
En el verano de 2008 un camarero me sacó a escobazos de una discoteca de Changsá, un hormiguero de siete millones de habitantes perdido en el interior de China. Cuando salí a la calle ya era de día, no recordaba dónde estaba mi hotel y no conseguía que nadie me entendiese. Además llovía, así que busqué refugio en una sala de masajes que se anunciaba con unos neones que dibujaban una jirafa en la bruma. Me desperté en calzoncillos, forcejeando con una campesina cincuentona que intentaba introducir su dedo anular por mi agujero del culo. Quizá fuese el dedo índice, la verdad es que no estoy seguro.
En términos de confusión y desconcierto, aquello no fue nada comparado con los cinco años que pasé en Roma abordando autobuses, tranvías, trenes, taxis y esa cosa entrañable que los romanos insisten en llamar metro. Con el tiempo me he convencido de que no es posible encontrar en ningún lugar del planeta la intensidad surrealista que alcanza la capital italiana. Y en los transportes se destilan las esencias porque entran en fricción casi todos los factores del legendario caos romano: los propios romanos (en sus dos categorías básicas: resignados e indignados), los funcionarios, la fisionomía de una ciudad que amontona desordenadamente sus siglos de esplendor, los tiempos del Mediterráneo, su luz festiva, los turistas entregados; y agregados más recientes, como esos grupos de chiquillas rumanas que te roban la cartera.
Quizá Google Maps haya conseguido revolucionar las cosas pero cuando yo llegué muchos nos guiábamos aún por un voluminoso librote lleno de cartografía, números y cuadrantes. Se compraba en los kioscos y mis compañeros de piso lo llamaban respetuosamente la guida. Tardé semanas en aprender a manejar aquel arcano y a menudo me veía obligado a pedir ayuda. Planificábamos los desplazamientos con mucha antelación, gesticulando alrededor de la mesa de la cocina, compitiendo por encontrar la mejor ruta. Nos poníamos muy serios y trazábamos líneas, trayectorias, derivadas… Era inútil porque estábamos intentando predecir el comportamiento de un organismo vivo, que invertía su curso o desaparecía a su antojo y sin previo aviso. Recuerdo que una noche vimos la película The Cube y nos sentimos profundamente identificados con sus protagonistas.
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He estado dos veces en Roma y en las dos ocasiones he tenido una experiencia parecida con el transporte público. La sensación de frustración. de impotencia. de fracaso sin paliativos fue increíble. Una auténtica cura de humildad después de haber usado el transporte público con soltura en países bastante menos desarrollados.
Roma es demasiado para mí.
Qué bien descrito, Ángel.
Dan ganas de coger el primer vuelo a Fiumicino, con sus carabinieri armados hasta las trancas. O tal vez de rascar un poco más en la MLP y evitarla para siempre.
Esa sensación de desamparo paseando por Via Golitti al quitarse el sol, rodeado de yonkis y putas, y a la vez empaparse de una extraña sensación de pertenencia a la ciudad, el barrio, el hampa…
En Roma uno agudiza los sentidos, todos, pero es imposible pasar más de tres días sin sentirse timado (normalmente suele empezar a las pocas horas, en el hotel/apartamento). Enseguida recuperan lo que uno se ahorra con la gratuidad del transporte público.
Y volver con la musiquilla del «preeeego» incrustada en los huesecillos del oído, como cucharilla de heroína incitando a recaer.
Roma. Solamente oír tu nombre causa ruina.
Señoras y señores, he estado en Italia 10 días, y llámenme raro, pero fui con las expectativas del transporte público italiano tan bajas que cuando me tocó «sufrirlo» no lo vi para tanto, salvo por un tren regional que era de la posguerra (Florencia-Pisa) que iba como un misil, y el que iba de Termini a Fiumicino (supermoderno) que salió 6 minutos tarde el resto no es que me agradaría pero si me sorprendió por funcionar bien a pesar de lo gastado y cascado que parecía todo. Disfrute en Italia, y la disfruté, 10 días no, ojalá 100. Por cierto en Italia la mayoría de la gente maravillosa, salvo por una revisora de Trenitalia en Pisa que era imbécil y los hoteles de Roma, caro y cutrelux. Por lo demás mediterráneo a fuego.
maravilloso
Como veo que el artículo tiene un poco de tiempo, lo actualizo con las últimas noticias:
– el metro C finalmente «funciona». Las comillas porque llega a solo a San Giovanni, y a pesar de lo moderno que es, un día que lo cogí tardé más que con el metro A. Eso sí, la estación de San Giovanni es un museo gratis, con todas las piezas encontradas en los decenios de excavaciones.
– el alcalde Marino lo echaron por pagarse unas cenas con la tarjeta de crédito del ayuntamiento. Ahora tenemos a una alcaldesa de 5 estrellas desde hace unos años, que apuesta por la solución definitiva al caos del tráfico: un teleférico.
– el metro ya no para en el centro porque hay 3 estaciones cerradas porque las escaleras móbiles parecen hechas con papel albal. En la estación de Repubblica en octubre resultaron heridos varios hinchas del Spartak Moscú al romperse la escalera.
– los trenes vascos son la mayoría en circulación; pero han cambiado la megafonía. Aún quedan de los viejos en la línea B. Si te toca uno de esos en verano arriesgas la lipotimia.
– varios miembros del equipo de la alcaldesa están procesados por corrupción por el nuevo estadio de la Roma, que ni siquiera se ha empezado a construir aún.
Habría más, pero daría para otro par de artículos…
Lo mejor del cuento, el camarero:
Aooo Rambo, ma il caffè me lo paghi?
Carcajada al aire jajaja, gracias, que risa.
Italia, tan humana, eléctrica e irresistible