La epopeya de los apaches

Publicado por
Gerónimo (Goyaałé) en 1887. Fotografía: Ben Wittick / The U.S. National Archives (DP).

Antes me movía por donde quería, como el viento. Ahora me rindo y eso es todo.

Con estas melancólicas palabras reconoció su derrota final el legendario líder apache Gerónimo, uno de los principales protagonistas de la última gran guerra de resistencia india. La última y, siniestra realidad, perdida de antemano. Gerónimo y los suyos nunca pudieron y nunca iban a poder, aun a golpe de heroicidad, detener el cruel rodillo de la historia. Los apaches, como estaba escrito con sangre en la profecía ya cumplida para otras naciones indias, perdieron sus tierras y todo lo que habían tenido, incluyendo la opción de vivir a su manera sobre su propio suelo ancestral. Se desvanecieron bajo el constante acoso de dos nuevas repúblicas que crecían como la mala hierba, devorando tierras sin que nada pareciese saciar su hambre: los Estados Unidos y México.

Las mismas palabras de Gerónimo sirven para titular la última novela del escritor mexicano Álvaro Enrigue, Ahora me rindo y eso es todo, una crónica monumental, vivaz y absorbente de la desaparición de la apachería, aquel país que sabemos existió porque estuvo en los mapas, como cualquier otro país, y del que ya no queda sino el recuerdo. Del libro podría decirse que es una novela histórica, porque la narración novelada de aquel tiempo y aquellos sucesos domina buena parte del texto, además enriquecida con el detallismo erudito propio de un ensayo; Enrigue se documentó durante años sobre las guerras apaches y el esfuerzo se deja notar. De ese trabajo previo de preparación emergen decenas de deliciosos detalles y curiosidades históricas.

Pero también es una novela mestiza, en varios sentidos de la palabra; en ella encontramos la interpolación de fragmentos escritos en primera persona por el propio autor —o más bien, por una versión ficticia del autor— a modo de reflexión sobre lo escrito, y aún hay veces en las que diríamos estar leyendo un libro de viajes. Las páginas basculan entre épocas, entre la aventura y la crónica, entre el punto de vista del narrador impersonal y el de los personajes que forman parte de la propia trama. Esta estructura, ambiciosa sin duda, tiene vocación de epopeya porque el alcance de lo que relata es enorme, como visto desde el espacio, como contado por un demiurgo. Los personajes de Ahora me rindo y eso es todo forman parte de un retablo fatalista gobernado por el tiempo y para ellos todo ha de acabar como sabemos que acabó: con la desaparición de los apaches como nación soberana.

Es una novela fronteriza no solo en lo geográfico, sino también en lo temporal: situada en el final de una era, en el colapso de una manera de entender la existencia, como las leyendas artúricas, las biografías de los pintores impresionistas y hasta las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, en las que los alienígenas desempeñaban el baqueteado papel de apaches. Álvaro Enrigue, con gran habilidad, permite que el lector viaje a aquellos tiempos y contemple, casi como con sus propios ojos, la destrucción de todo un mundo y su sustitución por otro.

Una de las reflexiones implícitas de la novela, no casual en esta época del auge rampante de nacionalismos en Europa y las Américas, y tampoco casual en un escritor mexicano que está casado con una gringa y vive en los Estados Unidos, es la noción de que las naciones desaparecen, todas. Desapareció la apachería, pero también desapareció el imperio español. Y, con el tiempo, desaparecerán México, los Estados Unidos, España. Lo que permanece son los seres humanos, sus recuerdos y sus costumbres, algunas de ellas más viejas que cualquier país; como dice Enrigue, «las naciones precolombinas ya no están, pero los mexicanos seguimos comiendo tacos». Y aun así, en mitad de esta visión opuesta a lo eterno, el exterminio sistemático de los apaches se antoja sangrante, improcedente, como si hubiese sido acelerado más allá de lo que el propio ritmo de la historia requería.

El argumento de la novela arranca con el secuestro de una mujer llamada Camila —uno de los varios personajes que existieron en la vida real, como el teniente coronel Zuloaga— a manos de los indios. Y luego continúa con varios secuestros más: el de la tierra apache, sobre la que ya no cabía pagar rescate porque nadie iba a devolverla y porque los apaches tampoco hubiesen tenido con qué pagar la recompra. El secuestro de los recuerdos de un pueblo a manos del folclore nacionalista estadounidense y de la poderosa mitología del wéstern. Como bien recuerda Enrigue, varios de los protagonistas más célebres de las guerras apaches —Gerónimo, Cochise, Mangas Coloradas— nacieron en territorios que entonces pertenecían a la república de México y por lo tanto son, al menos en terminología historiográfica, dignatarios mexicanos. Pero nuestra nación hermana cedió los términos del relato a los gringos, por lo que Ahora me rindo y eso es todo se propone recuperar esos términos, rememorando los días finales de los apaches, pero con orgulloso arraigo en los usos y costumbres de la literatura hispánica. Así, aunque una parte del libro es un wéstern por derecho propio, no se limita a una mera reelaboración de argumentos cinematográficos sobre indios y pistoleros; tiene mucho más en común, al menos en cuanto a tono, estilo y espíritu, con la novela hispanoamericana de segunda mitad del siglo XX.

La admirable ambición de Álvaro Enrigue hubiese servido de poco sin su arma principal como escritor mexicano: una prosa vivaz, aguda, al mismo tiempo escrupulosa y populachera, y con frecuencia sorprendente. Una prosa que recoge influencias, cómo no, de autores como Borges en cuanto a las escapadas ensayísticas y García Márquez en cuanto a estilo. Del nobel colombiano escribió el propio Enrigue que «el sentido del humor sardónico, sumado a su dicción desenfadada, genera la impresión de un habla popular en su escritura», y, sin ánimo de comparar, parecidos términos se le podrían aplicar al desparpajo cervantino de Ahora me rindo y eso es todo. Una novela fatalista y realista donde el siniestro destino final de los apaches le llega al lector tal como les llegó a sus contemporáneos, en forma de un armagedón acallado por el fragor de innumerables, pequeñas y distintivas tragicomedias cotidianas.

Nadie llegó nunca hasta donde terminaba Nueva España, o si llegó no dijo nada o no volvió: se lo comieron los osos, lo flecharon los indios, se lo cargó el frío.

Los amantes de las historias fronterizas, de las sagas indias, de un realismo mágico cuyos fantasmas fueron individuos de carne y hueso que tenían otro color de piel y hablaban otro idioma y que fueron convertidos en espectros por la fuerza, encontrarán en Ahora me rindo y eso es todo una lectura en la que perderse por unas cuantas horas.

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2 comentarios

  1. Brenda Gómez

    He tenido la oportunidad de leer «Muerte Súbita» y me encantó, con algunas cosas no estuve muy conforme pero es más cuestión de estilo. Este me lo apunto, por supuesto.

  2. Gracias por la información.

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