Ciencias

Ande o no ande. Elogio razonado de la nariz masculina

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Detalle del David de Miguel Ángel. Fotografía: Jörg Bittner Unna (CC)

En 1504, cuando Miguel Ángel tenía prácticamente acabada su estatua del David, recibió en su taller la visita de Piero Soderini, el gonfaloniero (el jerarca de mayor rango) de la entonces república de Florencia. En general, a Soderini le gustó la escultura y no puso objeciones a su desnudez. Dijo, eso sí, que tenía la nariz demasiado grande.

Miguel Ángel, que todavía no había desmontado los andamios en torno a la figura, subió a lo alto de la estructura armado con su cincel y comenzó a hacer ruidos, aplicando contra la piedra la parte roma del instrumento. También sacudió el polvo de mármol que se había acumulado sobre las tablas para que cayera y que pareciera que se estaba desprendiendo de la escultura. Desde el suelo, cinco metros más abajo, Soderini no pudo apreciar que Miguel Ángel no estaba esculpiendo realmente, solo fingiendo que lo hacía, y que no alteró en absoluto la nariz del David. Cuando el escultor dijo haber acabado, el gonfaloniero se dio por satisfecho:

—A mí me gusta más así —dijo—. Le has dado vida.

Lo cuenta Giorgio Vasari en Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, publicado solo unas décadas después de aquello, y la anécdota todavía trae de cabeza a los historiadores del arte. Unos dicen que no es cierta, que el cronista solamente quiso significar la superioridad del juicio del artista frente al del patrón y que por eso inventó este episodio en su libro (1). Otros dicen que esto seguramente ocurrió, pero no a colación de la nariz sino del pene del coloso, aunque eso parece lo menos probable: el David se iba a exhibir con una guirnalda dorada cubriendo su virilidad. Y otros dicen que no, que esto pudo ocurrir tal cual, y que posiblemente Soderini intuyó lo que, por otra parte, puede intuir cualquiera con ojos en la cara y un poco de sangre en las venas: esa nariz rotundísima del David, ese semblante de buque rompehielos, es una auténtica obscenidad (2). O no le gustó nada o, peor todavía, le gustó demasiado. Los puritanos, ya se sabe, con frecuencia no distinguen bien una cosa de la otra.

Sobre la vida sexual de los monos (incluido usted)

Solamente existen dos especies de primates con una probóscide cartilaginosa y protuberante en las fosas nasales. Una es el ser humano. La otra es un pequeño cercopiteco endémico de la isla de Borneo al que llamamos, en castellano, mono narigudo.

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3 comentarios

  1. The Lady of Shalott

    Rubén, genial como siempre!

  2. Me ha hecho usted divertir con estas investigaciones sobre nuestras narices. Especialmente con la muy posible sustitución, como símbolo del poder masculino, de la otra saliente puntiaguda que cotidianamente está más presente en nosotros que la primera por motivos de angustia terrenal. La primera es más celestial, aérea, y pasa casi ignorada. Esto me lleva a especular que, si los penes hubieran tenido una cierta personalidad reconocible en aquellos tiempos libres de dioses pudorosos, digamos un cierto perfil identificable, habrían tenido el legítimo derecho de ser ellos las efigies en las monedas y derivados. Y esto me lleva a pensar con bochorno en los penys ingleses. Luego de esto me pregunto cuál sería la interpretación de los científicos de frente a las grandes narices femeninas, y confieso que jamás presté atención a las de ellas. Es más, me parecían (hasta ahora, luego de leer este interesante artículo) que no merecían ningún tipo de reflexión, forman parte de la belleza femenina, pero que las hay las hay. Y me viene súbito la de Julia Roberts, o la de Liv Ullmann, o la otra aún mas pronunciada, la de la grande Ingrid Bergman, siempre puntiagudas y hacia lo alto como todos los suecos, y aquella otra de Christina Scott Thomas. ¿Aspiración de poder? No lo creo. Gracias por la lectura.

  3. Pingback: Historiones de la historia - Jot Down Cultural Magazine

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