La primavera en que nos enamoramos sin saberlo de Nigel Farage y Donald Trump

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Nigel Farage en un mitin a propósito de las Elecciones Europeas el 13 de mayo de 2019. Foto: Cordon.

En el principio fue Nigel Farage. Digo el principio por decir algo, mediados de mayo de 2011 y una agitación que pasa de las redes a las calles y de vuelta a las redes. Puede, incluso, que el principio no fuera Nigel Farage sino aquel anuncio de Orange en el que se decía bien claro a los espectadores: «Podéis cambiar un idioma, podéis cambiar una industria, podéis cambiar un político…» y aparecía un señor muy bien vestido rodando por las escaleras de algo parecido a un Parlamento.

La publicidad del sistema —Orange, en el fondo, solo pedía que contrataras una línea telefónica, en concreto la suya— coqueteaba así con la pulsión antisistema desde la distancia estética; desde el «hombre, a nadie se le ocurrirá hacer esto de verdad» o, más bien, «nadie creerá de verdad que se pueden hacer esas cosas». El efecto fue casual pero inmediato: a la semana estaban las plazas llenas de gente en algo parecido a una terapia de grupo.

Sí, en el principio fue el anuncio de Orange y todos los demás anuncios autocomplacientes de exaltación del individuo. Influjos de El secreto y la ley de la atracción. Los jóvenes —y no tan jóvenes— que llenaban Sol o la plaza de Cataluña aquella primavera no tenían en rigor poder alguno pero tampoco eran antisistema en sentido estricto, por eso todas sus referencias partían de la iconografía pop: el niño de Mary Poppins reclamando al banco sus dos peniques, la repetición del famoso eslogan de Obama, «Yes, we can», la justificación teórica de documentales como Inside Job y el mito de Islandia o la sublimación del «yo contra el mundo» en forma de Tyler Durden en El club de lucha o del misterioso V en V de Vendetta.

Aquello no fue una revolución, por mucho que se empeñaran. «Nobody expected the Spanish Revolution», rezaba una de las pancartas de Sol en otro guiño pop, esta vez a los Monty Python. Como decía Ortega y Gasset, las revoluciones son contra los usos; las rebeliones, contra los abusos. Ahí no había revolución posible porque quienes protestaban, en su mayoría, venían de la clase media; una clase media muerta de miedo precisamente porque sabía o intuía que pronto iba a dejar de serlo y pasar a ser otra cosa. El abismo. La suya era una indignación desesperada, en ningún caso relacionada con Hessel por mucho que se empeñaran los medios. Una indignación confusa, porque cuando a la estética se le añade el pánico solo cabe esperar monstruos.

«I´m as mad as hell and I´m not gonna take this anymore»

Así que en el principio estuvieron los años y años de complacencia, de adulación. Ese fue el problema. En 2006, sin ir más lejos, la revista Time puso un enorme «YOU» en portada para elegir a la persona del año. No es casualidad que coincidiera con la consolidación pública de Facebook. Quizá habría bastado con hacerlo todo más sencillo, más real, más «esto es lo que hay», pero había que vender teléfonos y muebles y coches y para ello se conoce que había que convencer al espectador de que era único, especial, más listo que nadie. Un continuo homenaje. Cuando el sistema juega a los espejos, no es de extrañar que de repente aparezca un espectro indeseado y ahí es donde llegamos, ahora sí, a Nigel Farage.

Farage representa aquello que resulta atractivo en la distancia. Sus discursos contra Van Rompuy y la Unión Europea se hicieron virales durante semanas, meses incluso. Discursos ácidos, demagógicos pero ingeniosos, que abordaban tópicos sociales con un aire rancio y xenófobo que a menudo pasaba desapercibido. A Farage no le gustaba la Unión Europea no porque fuera la encarnación malvada del capitalismo, sino porque se interponía en sus deseos, en su «Make Britain Great Again». Es el problema de la acción directa, eso que ahora llaman «populismo» sin saber muy bien a qué se refieren. Los políticos y la prensa, los mediadores en general, pasan a convertirse en obstáculos prescindibles para la pretendida «democracia real».

De repente, los muros de gente de izquierdas, de gente muy de izquierdas, se llenaron de elogios a un aspirante a fascista, el mismo que llevaría al UKIP a unos espectaculares resultados en las elecciones europeas pocos años después y que sería clave en la aprobación del brexit y el hostigamiento a los extranjeros en el Reino Unido. ¿Por qué? Porque el pánico no te deja pensar. Necesitas caminos cortos, lo primero que suene bien y de alguna manera te dé la razón.

Las redes sociales se enamoraron de la socarronería y la sonrisa altiva de Farage. Perdidamente. Igual que luego se enamorarían de las fake news que tanto ayudaron a que el mensaje de Donald Trump calara por medio Estados Unidos. Lo importante, de nuevo, era contarle al ciudadano lo que quería oír. A cada uno, su propio sueño prefabricado. Un compadreo barato con ese «hombre-masa» al que también se refiere Ortega y que se niega a no ser el protagonista de la historia. El que se siente todopoderoso delante de su ordenador y al que la gravedad acaba poniendo en su sitio en cuanto sale de casa.

Manifestante en un acto a favor del Brexit, Londres. Foto: Cordon.

No sé si se acuerdan de otro de los vídeos virales, otro de los hits de «la indignación». Se trata de la famosa escena de la película Network en la que el presentador, empapado y con un enfado monumental, llega al plató y exige que emitan su discurso improvisado en directo. Un discurso lleno de referencias a la inseguridad ciudadana, al desempleo, a la codicia bancaria, al abuso de drogas, a la desidia de los políticos, al olvido completo del individuo dentro de una sociedad asfixiante…

Había dos soluciones, según la película: una era encerrarse en casa muerto de miedo y otra era sacar la cabeza por la ventana y gritar «I´m as mad as hell, and I´m not gonna take this anymore» («Estoy cabreado como una mona y no voy a soportar esto ni un minuto más», en traducción libre). Era emotivo, era potente, era animoso… era, ya en los años setenta, el discurso de Donald Trump cuarenta años más tarde: «todo es un horror, todo es culpa de los otros, pero no te preocupes, ya soluciono esto yo a gritos». Y sí, sin saberlo, volvimos a enamorarnos un poquito. Al menos del mensaje. De nuevo, era bonito, sin que tuviéramos claro si era verdad. Y sin que nos importara demasiado, todo sea dicho.

Cuando la estética se hace realidad. Cuidado con lo que deseas

Y así, poco a poco, fuera de los focos, una vez el New York Times dejó de publicar portadas con las calles llenas, el mensaje siguió calando. Más sutil, más científico, más big data. Prescindir de los políticos, de la malvada democracia representativa y sus pesados mecanismos burocráticos, sonaba bien sobre el papel —sobre el vídeo, más bien—, pero nadie se preguntó qué pasa cuando los políticos desaparecen, es decir, qué hay después de Weimar.

En 2014, el UKIP de Farage sumó cuatro millones y medio de votos en las elecciones europeas, un 27 % de los votos totales, lo que le valió la victoria final. Aquel mismo año, con un mensaje parecido, Marine Le Pen ganaba las mismas elecciones en Francia al mando del Frente Nacional y Donald Trump perfilaba su campaña para las primarias republicanas. Los tres tenían algo en común, algo fácilmente reconocible porque también formaba parte de la cultura pop; de Hollywood, de hecho: Richard Pryor en El gran despilfarro decidía presentarse a alcalde con la esperanza de que no lo eligieran. Su mensaje, diez años después de Network, era menos agrio pero igual de contundente: «No votéis a ninguno de los anteriores», son todos iguales, es decir, políticos.

Las cosas no fueron mejor en los países del sur: Syriza ganó dos veces las elecciones en 2015, mismo año en el que Podemos pasó a encabezar los sondeos electorales y Beppe Grillo se consolidaba como alternativa al Gobierno en Italia, justo antes de conseguir las alcaldías de Roma y Turín. Para quien no vea la relación, baste con decir que, hasta este mismo 2017, el Movimiento Cinco Estrellas pertenecía al grupo parlamentario que lideraban el UKIP y Nigel Farage en Estrasburgo.

Así que el sistema nos invitó a prescindir de sus garantes, es decir, de la clase política y sus derivados. No fue una gran idea. Cuando los políticos se apartan, llega el tonto del pueblo y se hace con el mando. El tonto del pueblo puede ser un tío muy simpático, muy divertido, muy locuaz… pero sigue siendo tonto. El tonto del pueblo puede ser el mismo Donald Trump ganando cómodamente las elecciones mientras Susan Sarandon y compañía vienen a decir: «Mejor la honestidad de Trump que las mentiras de Hillary». El tonto del pueblo puede ser incluso Guy Fawkes, el ultracatólico asesino cuya figura reivindican con máscaras los miembros de Anonymous probablemente sin saber de quién se trató realmente.

¿Qué nos cabe esperar?

¿Quién puede parar esta deriva estética? ¿Este batiburrillo de ideas que acaban siendo de izquierdas y de derechas a la vez cuando en realidad no son ni lo uno ni lo otro? Susan Sarandon no, eso ya lo hemos visto. Determinada izquierda se ha pasado directamente al milenarismo, a la secta de «los justos» que denunciaba Camus a la que la realidad le da igual porque solo espera el reino de los mil años que llegará tarde o temprano. Todo lo que no sean unicornios, no merece la pena. Determinada derecha, por su parte, sonríe medio satisfecha porque intuye que algo saldrá ganando de todo este apogeo de la acción directa. Que lo controlarán. Como en los años treinta.

El mensaje ha calado y será difícil combatirlo. No está nada claro qué beneficios puede sacar la clase media enamorada mientras la horrorizada se lleva las manos a la cabeza. Queda, por tanto, de nuevo, el sistema, pero un sistema desquiciado, alterado, acosado. El sistema que dio las armas y que ahora no sabe cómo neutralizarlas. Venenos sin antídotos. Lampedusas confusos ante la velocidad de las cosas.

El mundo, poco a poco, se ha convertido en un lugar ingobernable. Un lugar donde los deseos y las realidades se confunden continuamente y donde siempre hay alguien dispuesto a explicarte que solo él te entiende. Todo sucede demasiado rápido y todos queremos que nos suceda a nosotros. O que, al menos, nos lo prometan. Pocos días después del apogeo del 15M, Movistar, la competencia de Orange, sacó su propio anuncio adulador: una asamblea popular para decidir qué tarifa era la mejor. La estética llevó a la revolución ficticia y la revolución ficticia engendró a su vez su propia estética. Un círculo vicioso, en definitiva, del que más nos vale ir saliendo antes de que sea demasiado tarde.

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