Arte y Letras Lengua

Una lengua perdida en un Matisse

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Un hijo de Roma en algún rincón del Pindo. Fotografía: Thede Kahl.

Lukas y Alexia habían tomado la decisión mucho antes del parto: no hablarían en su lengua a la criatura. Jamás. Era su manera de evitar la transmisión de una enfermedad congénita. Así lo veían ellos. —La pesadilla se ha acabado. Agatha tiene ya ocho años y solo habla griego—, cuenta el padre de una preciosidad a la que sí legó una intensa mirada azul. De eso también se siente orgulloso.

La conversación podría haberse escuchado en cualquiera de esos lugares en los que la lengua propia se convierte en un estigma ante la comunidad en la que uno ansía encajar. En el caso de Lukas y Alexia, tenemos que trasladarnos a un rincón de Grecia completamente ajeno al imaginario alimentado por la industria del turismo o el cine. No busquen Metsovo en un folleto turístico al uso; es más, recuerden que deben avisar al conductor del autobús si quieren que pare y, aun así, no verán más que una garita de madera a un lado de la Egnatia. Es la autopista que atraviesa Grecia de este a oeste por su montañoso y fascinante norte.

Cuando el tiempo acompaña, uno puede llegar dando un agradable paseo (son seis kilómetros) aunque, en invierno, lo más sensato es recurrir a los servicios de taxi que se anuncian en la caseta. Enfilar hacia Metsovo pasa por empequeñecer ante la inmensidad del macizo del Pindo. Densos bosques de coníferas trepan desde el valle hasta esa línea imaginaria donde ya no pueden crecer. Desde ahí, las cumbres aún nevadas bien entrada la primavera se elevan por encima de los dos mil quinientos metros. Y así, sin dejar mirar a cielo, hay un momento en el que notamos que el asfalto se convierte en adoquín bajo nuestros pies. Ya estamos en Metsovo. 

En 1850, el viajero inglés George Bowen escribió que las casas de esta localidad de seis mil habitantes parecían precipitarse monte abajo, pero que permanecían inmóviles «como por arte de magia». Ha sido en su plaza, auténtico ágora de un pueblo con forma de anfiteatro, donde hemos conocido a Lukas y Alexia de forma puramente casual. Se sentaban en la mesa contigua de una concurrida terraza. Querían saber por qué estamos aquí, y no en Santorini. O Corfú. 

—Nos interesan más las lenguas que el sol o las piedras. 

Nuestra respuesta les desconcierta, y hasta parecen sentirse incómodos. Lukas incluso se pone a la defensiva esgrimiendo un sonoro «Aquí todos somos griegos». No tenemos la más mínima intención de ponerlo en duda. Lo cierto es que Metsovo «Aminciu» en la lengua local es el centro neurálgico de la comunidad vlach, o vlaja, de Grecia, también llamada armanesti. Aquí se habla arrumano, una variedad romance que comparte un origen común con el rumano vlach tiene la misma raíz que «Valaquia». Fue hablar en una lengua «de pastores» en la patria de Sócrates lo que llevó a Lukas y Alexia a cortar la transmisión familiar del romance balcánico. Y es que es en la enorme presión social, cultural, e incluso institucional, donde hay que buscar las razones tras la drástica decisión de la pareja. Llámenlo diglosia. 

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Un comentario

  1. ¡Gracias!

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