Música

Fascinación por lo inacabado

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Retrato de Franz Schubert (detalle), por Gábor Melegh, 1827 (DP).

No es necesario morirse para dejar una obra inacabada. Un fragmento, una reliquia, un esbozo. El motivo puede ser simplemente una distracción o una crisis. Un problema material o conceptual. Falta de interés o escasez de confianza. El puro exceso de ideas o el mero derroche experimental. Causas todas que históricamente han determinado el abandono voluntario de un poema, una escultura o una sinfonía. Cuenta Borges en un relato de Otras inquisiciones el caso de «Kubla Khan» de Coleridge, esos «cincuenta y tantos versos rimados e irregulares de prosodia exquisita» que el poeta inglés dejó sin concluir en 1797. Le fueron revelados junto a otros doscientos más durante un sueño inducido por el opio. Coleridge empezó a transcribirlos al despertar cuando una inoportuna visita lo interrumpió. No pudo seguir y el poema quedó inacabado. Nada negativo sino todo lo contrario. Ya en el Renacimiento se valoraba positivamente la existencia de obras inacabadas. Vasari admitió las prerrogativas del llamado «non finito». Esos bocetos resueltos en pocos trazos, piezas esculpidas con golpes escasos y certeros. A veces valía más el arrebato que la diligencia, el furor que la compostura, la saña que el esfuerzo. Saber retirar a tiempo la mano.

La fascinación por el esbozo y el fragmento fue el impulso más vívido de los primeros filósofos y poetas románticos. Novalis y Schlegel promovieron una renovación estética que enfrentó el entusiasmo creativo y el distanciamiento crítico, la experimentación artística desde dentro pero también desde fuera. El fragmento se convirtió en la ideal dicotomía entre la imperfección de la obra creada y su consideración como perfecta por el autor. Defendió Novalis que los aforismos sobre cuestiones estéticas, filosóficas y literarias servían para activar la reflexión. Eran trozos de un diálogo interior continuo, semillas que germinaban en la obra literaria. Para Schlegel, en cambio, el fragmento debía ser en sí mismo tan perfecto y acabado como un erizo, pero también servía como vía de modernidad: «Muchas obras de los antiguos se han convertido en fragmentos. Muchas obras de los modernos lo son desde su nacimiento», afirmó no sin ironía en 1798. Goethe también alabó el fragmento, pero más como testimonio del proceso creativo. Esos fascinantes jeroglíficos de los grandes maestros que conformaban la ilusión de la obra futura, que permiten a mentes creativas tratar con mentes creativas. 

Pero fue la lucidez de Walter Benjamin lo que nos permitió ver en la oscuridad. El filósofo alemán denunció el error de la historia del arte por fijarse simplemente en los objetos y desdeñar su historia. Propuso considerar la obra terminada como una naturaleza muerta. Y aclaró en 1928 que el acto de completar una obra mataba su intuición. Lo hizo en Calle de dirección única y con una de sus frases más famosas: «La obra es la mascarilla funeraria de la concepción». Richard Kramer ha demostrado recientemente la utilidad de aplicar todo esto al estudio de la obra musical inacabada. Se trata de reivindicar la intuición artística de un compositor y revelar su proceso creativo. En realidad, la obra musical muere cristalizada en algo concreto y definido una vez que es fijada por escrito en una partitura. Esa mascarilla funeraria de Benjamin conjura precisamente el momento previo. Ese instante fugaz en que la cara se congela de muerte cuando todavía late de vida. La verdadera riqueza y vitalidad de una obra musical está en lo que podamos conocer de ese complejo, turbulento y rico proceso que precede al texto fijado. En escudriñar el boceto, el esbozo y el fragmento.

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3 comentarios

  1. Rosaliaozunalia

    Nada más torpe por parte de un artista que cerrar el círculo: el arte debe incomodar al espectador. Debe darle donde le duele. Solo una rendija pequeña y angosta debe separar la obra de un segundo plano… o de un tercer plano, o de un cuarto, o de un quinto. ¿Desde dónde pintaba Velázquez su cuadro más famoso? ¿Desde cuál de los infinitos planos componía Bach? Y Tolstoi… ¿qué posición ocupaba cuando escribía Anna Karenina?

  2. ¡No le toques ya más,
    Que así es la rosa!

  3. Pingback: El fragmento: una literatura rota (1) - Jot Down Cultural Magazine

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