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Documentar la muerte de un amor

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Ophelia, de Sir John Everett Millais, 1851-2. Imagen: Tate CC-BY-NC-ND (3.0 Unported). Clic en la imagen para ampliar.

La escritora norteamericana Joan Didion empezaba su libro El año del pensamiento mágico con una advertencia: «La vida cambia rápido. La vida cambia al instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba». En la sucesión de líneas posteriores relata lo que supuso para ella enfrentarse a la muerte por infarto del que había sido su marido durante treinta y nueve años, el también escritor John Gregory Dunne. Por este libro autobiográfico ganó el Premio Nacional del Libro en el 2005 y fue finalista del Premio Pulitzer en el 2006. Se premiaba no solo lo literario, sino la valentía de mostrar públicamente su vulnerabilidad y tratar un tema sorprendentemente aún tabú, la muerte, especialmente en la sociedad norteamericana, en la que exhibir las emociones se concibe como una indiscreción y una debilidad. Poco después, pero una vez que el libro ya estuvo terminado, moriría también de pancreatitis la hija adoptada de ambos, Quintana, la única que tenían. Sobre esa puñalada final, Didion escribió en Noches Azules. «El tiempo pasa /¿Es posible que yo jamás me lo hubiera creído?», con ese halo de perplejidad de quien no termina de discernir realidad de sueño. El arte es, con frecuencia, catalizador de ese despertar de conciencia.

Sharon Olds también escribió sobre el proceso de pérdida de alguien intrínseco a uno mismo. Lo hizo en un libro de poesía magistral, conmovedor, El padre (1992), que llegaría a España de la mano de la editorial Bartleby doce años después de que se hubiera publicado en Estados Unidos. Aún recuerdo la portada azul, el título en amarillo. Sus versos eran un viaje desgarrador y lento desde la vida hacia la muerte, desde la existencia hacia la nada, desde el amor hasta la pérdida. El viaje común, el mal común. La común impotencia. Olds era capaz de expresar de la forma más simple (consiguiendo la dimensión de lo «aparentemente fácil»), la complejidad de la existencia humana y de la forma de relacionarnos. En uno de los poemas, «Carrera», retrata de forma muy sutil la brutal angustia de la distancia espacio-temporal, el sufrimiento de no llegar a tiempo al lecho de muerte de un ser amado. Lo hace sin drama, con suavidad, domando las emociones. «Despegamos de un lado del continente / y no paramos hasta posarnos / sobre la otra orilla. Entré a su habitación /y vi su pecho ascender despacio /y bajar de nuevo. Toda la noche/ estuve mirándolo respirar». En «El padre», la poeta exhibe (con dolorosa opulencia) la gama de emociones, detalles y recuerdos que la acompañaron durante la estancia en el hospital acompañando a su padre, enfermo de cáncer, en sus últimos días. 

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5 comentarios

  1. Me emocionó mucho la tercera parte de “Niveles de vida» de Julian Barnes, donde reflexiona con una autenticidad tremenda sobre sus experiencias en los años posteriores a la muerte de su esposa.
    Ahora estoy empezando, de Fernando Savater, «La peor parte», un homenaje y reflexión asimismo sobre su esposa y él, fallecida de la misma enfermedad que la de Barnes. Me parece excelente.

  2. Sobrecogedores los relatos. No recuerdo el autor, pero me quedó grabada una frase de su libro: «… se adormentó el dolor en ella, y al mío, del cual jamás supe nada mientras estaba a mi lado, tuve que acompañarlo en su insomnio… Gracias por la lectura.

  3. Antonio Sanchez

    Rosa Montero, en su libro La ridícula idea de no volver a verte, reflexiona sobre la pérdida de su marido tomando como punto de partida los diarios de Marie Curie, que perdió a su marido en un accidente. Un libro pequeño e intenso que me resultó de gran ayuda en circunstancias similares. Como menciona el autor del artículo, son sentimientos que nos unen porque todos acabamos por experimentamos en algún momento.
    En su libro, Rosa Montero escribe que después de algo así uno no se recupera, sino que se adapta a la vida porque no hay más remedio. Gracias por el artículo y por las aportaciones de las respuestas

  4. … uno no se recupera, sino que se adapta a la vida porque no hay más remedio… Simple, contundente, práctica, de cotidiana vivencia.

  5. Incluiría el libro «esto también pasará» de Busquets

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