Viaje nostálgico (o no) al cochambroso videoclub de barrio

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Quiero suponer que Charles Ginsburg murió feliz. El buen hombre, que contaba setenta y un años cuando le llegó el infortunado momento del óbito, dejó tras de sí una huella que debía de considerar imborrable. El planeta Tierra estaba todavía dominado por su gran invento, por el artefacto que le había dado sentido a su existencia, el que constituía su más generosa herencia para la raza humana: la cinta de vídeo.

Que no era imborrable, sino borrable, endeble, plegable, arrugable y, en definitiva, detestable.

No quiero quitarle méritos a Ginsburg. Su invento fue muy meritorio por cuándo y cómo fue desarrollado. A principios de los cincuenta, una modesta empresa estadounidense llamada Ampex contrató a Ginsburg y lo puso al frente de un equipo de seis personas. ¿El objetivo? Crear una cinta magnética que fuese capaz de registrar imágenes en movimiento con una calidad aceptable. Cosa que no había conseguido nadie, pese a varios (y cómicos) intentos.

Varios gigantes tecnológicos estaban detrás del invento. Las cadenas televisivas estaban ansiosas por comprarlo; no podían grabar sus propios programas, salvo con cámaras de cine muy caras y usando película de celuloide también muy cara y, lo que era peor, no reutilizable. La carrera por desarrollar la primera cinta de vídeo digna de tal nombre había dejado hilarantes experimentos, propios del doctor Bacterio, en los que se había usado cinta magnetofónica. Dado que la imagen contiene más información que el sonido y un factor importante para la cantidad de información que una cinta podía almacenar era la velocidad a la que pasaba por los cabezales de una grabadora, se aceleraban las bobinas de grabación hasta ponerlas al borde del incendio y todo para conseguir una imagen desvaída e inutilizable. La idea era estúpida, vista desde hoy, pero había que pasar por ahí.

El equipo que Ginsburg dirigía en Ampex era pequeño, pero incluía mentes tan preclaras como la de Ray M. Dolby; sí, el mismo Dolby que inventó el sistema de sonido Dolby. Consiguieron desarrollar la primera cinta de vídeo funcional y nuestro sonriente amigo Ginsburg vivió de ello, y merecidamente, toda su vida. Jamás dejó de trabajar en Ampex, donde se jubiló, y siempre aparecía en las fotos con expresión de plácida satisfacción. Al empezar la década de los noventa, etapa cumbre del negocio videográfico, Ginsburg recibió numerosas distinciones y medallas. Efectuó su definitiva transición al mundo de los fantasmas en 1992 (en este texto hablaré también de otro tipo de fantasmas), cuando el videocassette era todavía un puntal de la cultura colectiva. Blockbuster, la cadena de videoclubs por antonomasia, gestionaba casi tres mil tiendas en todo el mundo. El negocio global de alquiler de cintas de vídeo superaba los diez mil millones de dólares y las ventas directas sumaban otros seis mil millones. Para hacernos una idea de la enormidad de estas cifras, los videoclubs movían más dinero en un año que la recaudación de los cien estrenos más exitosos de ese mismo año, ¡contando lo recaudado en las salas de cine de todo el mundo! El vídeo doméstico, pues, reinaba sin oposición.

Ginsburg, para bien de su eterno descanso, no llegó a contemplar la extinción de la cinta de video. Aunque, ya por entonces, el éxito del compact disc en la industria musical hacía presagiar la aparición de un disco similar para contenido cinematográfico. Que ya existían porque, en realidad, los discos digitales para ver películas habían sido inventados con anterioridad al CD sonoro y, de hecho, habían inspirado el diseño de este. El LaserDisc, comercializado en 1978, había sido inventado ¡en 1963! Pero formatos como el LaserDisc no eran baratos, así que su uso era minoritario. En 1992, cuando murió Ginsburg, aún faltaban cuatro años para el lanzamiento del DVD, que sí era barato y hubiese matado (otra vez) del disgusto a nuestro amigo. Pero el DVD fue beneficioso para el negocio del alquiler porque el DVD era más cómodo y fiable que la puñetera cinta. Eso sí, ¿quién podía prever el final de la era del videoclub? Nadie. Recordemos que el concepto de streaming era pura ciencia ficción. HBO todavía era una cadena de televisión por cable más conocida por sus retransmisiones de boxeo que por las series propias que aún no había empezado emitir. Netflix apareció para dedicarse precisamente a la venta y reparto a domicilio de películas en formato físico, especialmente DVD (sé que la RAE aconseja escribir «deuvedés» y «cederrones», pero, ya saben, uno tiene cierto pudor y la risa fácil).

Internet, claro, fue lo que acabó con el multimillonario sector de los videoclubs. Este año quizá hayan leído noticias como esta: el penúltimo local con el logo de Blockbuster cerró este mismo 2019 en Australia. Aún queda otro, el Blockbuster de Astérix, que resiste en la ciudad estadounidense de Bend, Oregón. Aunque hay más videoclubs que permanecen abiertos por el mundo, el último Blockbuster es la gran atracción, el anacronismo eduardiano sobre el que los periodistas escriben usando términos como «nostalgia» (¡culpable!), «pérdida» o «atmósfera». La propia marca Blockbuster es usada en películas y series como señalización temporal de un pasado dorado. Así, le tocan el corazoncito a los espectadores más mayores y le explican a los más jóvenes que el Blockbuster era ese sitio tan raro al que iban sus padres cuando eran novios para buscar películas como Pretty Woman o Dirty Dancing, películas cuyo objetivo final era el frotamiento mutuo, pero cuyas portadas (cursis) y temáticas (blandas) tranquilizaban a los padres de los respectivos frotantes.

Es aquí cuando cabe aclarar, y con este pensamiento me dirijo sobre todo a los milennials (o Generación Y, o Gen Z, o como se hagan llamar esta semana los jovenzuelos), que es precisamente la cadena Blockbuster la menos digna de cualquier ejercicio de nostalgia. Blockbuster era el McDonald’s de los videoclubs, una desangelada constelación de locales uniformes sin personalidad propia ni alma, adonde afluían por decantación los consumidores menos exigentes en busca del último título de acción descerebrada o de comedia romántica o de cualquier otro género prefabricado y masivo. No quiero sonar esnob, porque sabe Dios que disfruto con la morralla comercial como el que más, pero quien vivió aquella época sabe que Blockbuster era una empresa fría, plastificada y postiza. Hasta sus anuncios parecían aterradoras secuencias sacadas de Dark City (si han visto Dark City, reconocerán al instante la referencia). Así que usar Blockbuster como símbolo emocional de la era del videoclub es como pretender que Everclear fueron lo más representativo del grunge.

Lo que realmente era digno de inspirar memorias cálidas y mohines añorantes, lo que de verdad merecería haber pervivido para nuestro disfrute eterno, es el cochambroso videoclub de barrio. Cuanto más cochambroso, mejor. Ahí era donde se encontraban tesoros que, antes de que todos tuviésemos internet en nuestras casas, eran prácticamente imposibles de encontrar por otros medios.

Pasará tiempo antes de que se repita un fenómeno industrial-cultural como aquel. El otro gran fenómeno similar fue la inflación del videojuego de principios de los ochenta; pero esta propició el hundimiento de la industria del videojuego estadounidense en favor de la japonesa. Lo del vídeo doméstico, en cambio, era universal y, salvo internet, aún hubiese durado hasta hoy. La cinta de vídeo excitaba la imaginación colectiva hasta niveles que ahora resultan inimaginables. Hoy hay mucha más tecnología, pero la gente, aunque parezca mentira, no se la toma tan a la tremenda. Ahora se usa la tecnología como medio para tomarse a la tremenda a los demás, pero el cacharro en sí ya no es tema central del debate. A principios de los ochenta, la ensalada de formatos de vídeo disponibles daba mucho juego durante las tertulias de Nochebuena y suscitaba discusiones bizantinas parecidas a las que después se produjeron entre los defensores del Mac de Apple que se consideraban La Civilización y los bárbaros que decidimos usar PC, pero con la diferencia de que casi toda la familia sabía opinar sobre el aparato de vídeo porque era fácil de usar, se atrancaba a menudo y hasta los niños lo destornillábamos para intentar arreglarlo. Pues bien, durante la primera mitad de los ochenta hubo varias empresas que peleaban por imponer sus propios formatos de cinta, que eran incompatibles entre sí, por lo que estaban obligando a que los usuarios eligiesen. Como en las elecciones generales, pero tomándonos menos por imbéciles (bueno, quitando Sony, que sí nos tomaba).

La guerra, como sabemos, fue ganada por la empresa japonesa JVC y su formato VHS. Es fácil de explicar: el VHS era el formato más asequible y el más conveniente para el uso (y abuso) doméstico, admitiendo además grabaciones de mayor duración. Esto último era muy valioso en la era pre-streaming porque permitía coleccionar películas o partidos de fútbol y conservarlos para el futuro. El grabar un programa para verlo más tarde constituía un increíble avance a ojos de los toscos primates de principios de los ochenta, acostumbrados a que la televisión emitía algo una vez y ya está, eso era todo; el programa se difuminaba en la atmósfera y se transformaba en un vago recuerdo, como un milagro o una aparición divina. Lo mejor para mí era poder grabar videoclips raros que emitían en programas musicales de TVE en los momentos más inesperados; uno podía verlos después sin parar, al menos hasta que la cinta fenecía. Ni sé la cantidad de veces que vi a los orangutanes holandeses de Claw Boys Claw dando un recital de cómo rodar un videoclip memorable con cuatro sillas o aquella canción de los suizos The Young Gods que me tenía tan obsesionado que la podía cantar de memoria pese a no tener idea de francés.

La perdedora de la guerra de formatos fue Sony con su sistema Betamax, apodado sencillamente Beta. La táctica comercial de Sony, bastante errónea, se basó en creer que todo el mundo, en el fondo, desea ser un pijo. Error. Presentaron el Betamax como un formato caro y de superior calidad que elegiría la gente inteligente (en los ochenta, «inteligente» era sinónimo de «no muerto de hambre») frente al descascarillado VHS más propio de bosquimanos y aborígenes del extrarradio. Contaron con la defensa de los Adelantados De Turno, pues ya sabemos que, en tecnología, la noción de que algo es «mejor» siempre encuentra un reducido núcleo de fervientes evangelistas. Así, el Beta fue defendido con iluminado énfasis por los listillos tecnológicos de cada familia y grupo de amigos, o sencillamente por los niños pera que, según cuentan los pergaminos de la época, llevaban pantalones de pescar y siempre querían distinguirse de la piojosa canalla con sus zapatillas Nike y sus aparatos relucientes, entre los que no siempre se contaba un encéfalo funcional. Por descontado, el precio y la comodidad de uso del VHS se impusieron en la primitiva mente colectiva de nosotros, los infectos desarrapados del populacho, y conforme se acercaba la década de los noventa empezó a quedar muy claro que el Beta iba a desvanecerse como lo que era, el capricho momentáneo de los sectores más alelados de la sociedad (no se ofenda usted si poseyó un Betamax; simplemente reflexione sobre el sentido de su existencia, ¡hereje!). Los profetas del «compra Beta que tiene mejor calidad y te durará más años» se quedaron, para solaz de todos los demás, con una amarga expresión de sentirse gilipollas.

Aunque peor cara se les quedó a quienes apostaron por el Video 2000, formato con el que Phillips intentó, sin éxito, subirse al carro. El Video 2000 tenía un nombre atractivo porque todo lo que llevase asociado el número 2000 era sinónimo de «futuro» y «modernidad», costumbre heredada de los años setenta. Sin embargo, el gigante tecnológico holandés llegó tarde a la batalla y ni siquiera los listillos tecnológicos, que estaban ya ocupados con sus flamantes cacharros Betamax, se interesaron por él. Si usted poseyó un Video 2000, déjenos su testimonio porque es usted una rareza, como un superviviente del Titanic.

Eso sí, los anuncios de Video 2000 eran molones, como un videoclip de Talking Heads.

Dejemos claro, en todo caso, que la cinta de vídeo, fuese VHS, Beta o 2000, era un medio atroz. Al igual que el cassette de música. Un día, no hace mucho, este anciano que les habla descubrió con asombro que hay ciertos grupos de jóvenes que consideran que el lo-fi es algo cool y graban y escuchan música con cassettes idénticos a los que usaban los desdichados trogloditas de los años ochenta. Es como intentar volver a poner de moda la viruela o la peste bubónica. Los puñeteros cassettes nos sirvieron de mucho en su momento, lo admito, pero porque no había otra cosa con la que grabar música. Es bueno que hayan pasado a la historia; parafraseando a Einstein, no sé cómo será la tercera guerra mundial, pero la cuarta la lucharemos tirándonos cassettes a la cabeza. Eran una pesadilla. Jóvenes y jóvenas lo-fi: ¿qué os pasa? ¿No os gustan las vacunas, los analgésicos, las conexiones inalámbricas? ¡El mundo avanza! Irónicamente, estos mismos jóvenes ni se plantean el reivindicar el lo-fi para lo visual y no parecen querer volver al VHS, porque una cosa es hacerse el guayón oyendo música con un cassette como el que usaba tu abuela para escuchar a Conchita Piquer (ojo, dicho sea con admiración, que doña Concha tenía una magnífica forma de cantar y grandes canciones), y otra cosa muy distinta es contemplar cómo tu película favorita se retuerce ante tus ojos porque la cinta se ha arrugado. Lo de una deficiente imagen pone nervioso a cualquiera, especialmente a quien ha crecido rodeado de pantallas táctiles y no se ha curtido padeciendo años y años de VHS. No conviene confundir nostalgia con utilidad. Uno puede sentir nostalgia del antiguo Egipto hasta que le toca sacarse una muela. Jóvenes, no hagáis caso de Stranger Things: los ochenta fueron feos y cutres. Los cassettes son feos y cutres. El lo-fi es como querer volver a las cuevas.

Volviendo a la fiebre del vídeo, esta generó una red de productores y distribuidores salidos de los rincones más dudosos del tejido socioeconómico, y dispuestos a ofrecer a los minoristas cualquier contenido que pudiera registrarse en cinta. Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa (enlace no relacionado: solteros de oro para ti, exigente lectora). Los videoclubs de barrio, al menos los que no pertenecían a grandes cadenas, aceptaban esos subproductos a granel porque los dueños de esos videoclubs solían padecer un horror vacui rayano en el síndrome de Diógenes. No toleraban la visión de estantes vacíos y, excepto snuff movies, casi cualquier bazofia pasaba el filtro. Aunque había grados, esto es verdad, y algunos locales mostraban cierto pudor a la hora de exponer al público según qué escombro audiovisual. Otros, esto también es verdad, no se preocupaban un carajo acerca de qué cintas exponer con tal de que alguien estuviese dispuesto a alquilarlas por sabía el cielo qué extraños motivos. En serio, ¿qué varón heterosexual en su sano juicio querría ver recopilaciones de pop pretencioso francés? ¡Aquí no hay nada que ver!

Había cintas que no alquilaba casi nadie porque estaban amontonadas en rincones raros: esas eran las mejores. Esas no las tenías en un Blockbuster, donde, para mantener la aséptica imagen corporativa, se ignoraba a los distribuidores de tercera división. Hablo de películas pasadas de moda, cutres o poco conocidas que llevaban años criando telarañas en almacenes recónditos y cuyos derechos eran adquiridos a precio de saldo por los distribuidores con el único fin de inflar la oferta, ayudando a que los videoclubs pequeños rellenasen sus estantes. Aunque en la práctica interesaban a poca gente, tenían su público y así, por ejemplo, fue rescatado mucho cine de serie B de los sesenta, setenta y principios de los ochenta. Eso empezó a generar un nuevo culto, aunque todavía disperso, entre los jóvenes de entonces. Y, cómo no, estaba toda la marabunta de películas baratas que fueron concebidas directamente para el mercado videográfico; no teniendo previsto el estreno en salas de cine, podían tomarse con mucho relajo los estándares de calidad y los requerimientos de la censura o la clasificación por edades. Eso sin contar un sinnúmero de cintas «educativas» o «documentales» centradas en las temáticas más peregrinas y que podían ser igual de hilarantes e hipnóticas que la serie B, aunque en ese sentido la oferta era muchísimo más amplia en los Estados Unidos —donde el asunto alcanzó cotas de delirio colectivo— que en España.

Se produjo un aluvión de emprendedores aventureros y oportunistas por la sencilla razón de que todo lo relacionado con el negocio del vídeo era muy barato. Los productores no iban a gastar una peseta de más rodando con celuloide de 35 milímetros, que es caro y requiere un equipo también caro, sino que rodaban directamente en vídeo. Y el resultado casi siempre era terrible. Empezando por lo visual: desde la televisión experimental de los años veinte y treinta, no ha habido cosa que produzca tan mala imagen como los rodajes hechos en cinta de vídeo. Con cualquier teléfono móvil reciente se puede obtener una imagen mil veces mejor. Sean Baker, director de la maravillosa The Florida Project (que debió optar al Óscar a mejor película en 2018 y no estuvo ni nominada), tiene otra película, también muy recomendable, titulada Tangerine. Pues bien, Baker rodó Tangerine con las cámaras de tres teléfonos móviles y algo de equipo adicional, algunas lentes y demás, cuyo coste total no debía de superar los dos o tres mil dólares. Con ese ínfimo, pero ínfimo presupuesto técnico, su película se ve mil veces mejor que la quincalla «directa para vídeo» de los ochenta y principios de los noventa, aunque aquella hubiese sido rodada con más dinero.

Lo cual, para ser justos, no siempre sucedía.

El montar un videoclub de barrio tampoco requería mucha inversión —el alquiler de un local y unas estanterías cutres—, aunque hemos de recordar que los ochenta también eran años de crisis. Todo dependía de las metas empresariales de cada cual y podríamos separar a los dueños de videoclub en diferentes categorías. Estaban, por ejemplo, los QSB («Quiero Ser Blockbuster»), inversionistas con ínfulas que se esmeraban en conferirle a sus locales un aire sofisticado y moderno con la esperanza de terminar estableciendo una lucrativa franquicia. Algunos, pocos, conseguían extender el franquiciado a un puñado de locales más. Sin duda imaginaban que el mercado videográfico duraría décadas y que se jubilarían en un yate anclado en Mónaco, comiendo caviar de peces extintos servido por modelos, mientras les llovían los millones recaudados desde sus miles de sucursales. Puesto que la amenaza del streaming era aún inconcebible, los dueños de los videoclubs habían creído encontrar un negocio seguro para el resto de sus vidas. Hoy, no obstante, podemos estimar el número de QSB que se ha retirado en un yate: cero.

Siguiendo con las tipologías, también estaban los DESC o «Doy El Servicio Correcto». Regentaban el videoclub de barrio más convencional, también dirigido al sector más acomodaticio del público, aunque siendo demasiado sensatos como para pretender hacerle la competencia a las grandes cadenas. Solían cuidar el contenido de sus estantes, evitando la exposición de carátulas controvertidas o sospechosas, porque en los días festivos sus locales se llenaban de niños, parejas con y sin hijos, jubilados y demás consumidores de productos inofensivos. Los DESC podían tener su apartado de cine pornográfico, pero con la entrada muy camuflada en un rincón bien vigilado para tranquilidad de los padres de familia. También tenían la delicadeza de meter allí el cine «S», como se llamaba entonces al cine erótico softcore. Algunos DESC, o sus empleados, eran incluso capaces de aconsejar sobre películas porque las solían proyectar para sí mismos durante las franjas horarias menos concurridas de la semana (ya saben, así aprendió cine Tarantino, viendo películas raras que después copiaría con todo su grácil y contagioso desparpajo), así que podían resolver dudas sobre cómo distinguir las comedias noventeras de Stallone de sus películas de acción, para no alquilar las primeras por accidente. Los DESC eran profesionales, pero sabían cuál era su público y no pretendían deslumbrar al vecindario con grandes alardes. Este tipo de videoclub era el más habitual en las ciudades: presentable, decente, funcional, pero sin grandes sorpresas. Existía otro tipo de videoclub, más inusual y valioso, que estaba regentado por LAC, Los Auténticos Cinéfilos. En él había clásicos de todas las épocas, una selección exquisita de películas modernas, un orden de presentación racional no basado en «lo que está de moda», y la posibilidad de preguntar a alguien que de verdad tenía idea de cine.

Pero ni los Blockbuster, ni los aspirantes a Blockbuster, ni los videoclubs familiares, ni siquiera los videoclubs cinéfilos llenaban las necesidades culturales de todo el público en todo momento. Algunos nos sentíamos abandonados. Mi hermano y yo, que todavía vestíamos pantalones cortos, habíamos descubierto el gusto por la morralla cinematográfica gracias a las películas de serie B que emitían a deshoras los incipientes canales de televisión local, casi todos ellos piratas, y algún canal gubernamental autonómico que era casi tan pirata como los anteriores (alguien debería escribir sobre lo que pasaba dentro de las teles autonómicas, ¡hay para un libro!). Estas emisoras necesitaban rellenar espacio y compraban paquetes baratos de películas donde solía ir incluida una buena dosis de serie B.

El producto estrella de esos paquetes, al menos para nosotros, eran los peplum o, como dicen los americanos, «cine de espadas y sandalias». Ya saben, largometrajes ambientados en la Antigüedad (Roma, Grecia, Egipto, o más frecuentemente un batiburrillo que provocaría un ictus a cualquier historiador) y protagonizados por héroes como Hércules, Maciste, Coriolano, Sansón, Ursus, o Taúr, la versión italiana de Thor. Un peplum cutre es, con toda seguridad, uno de los géneros cinematográficos más hilarantes que se pueda concebir. Hoy es fácil encontrarlos gracias a internet, donde se venden copias e incluso pueden verse gratis algunos que están ya libres de derechos (o cuyos derechos no parecen importar a nadie), pero en aquellos tiempos solo había dos opciones para hacerse con un peplum chapucero. Primera opción, pillarlo en directo cuando una televisión lo emitía en horario de relleno y así grabarlo con el aparato de vídeo, para lo que había que estar atento porque, lógicamente, ninguna cadena iba anunciar por anticipado aquello y nunca sabías cuándo podías toparte con alguna joya. La otra opción era intentar localizarlo en algún videoclub. Esto puede aplicarse a otros géneros de la serie B. Quizá gente más mayor que nosotros conocía otros canales de adquisición, pero para nosotros dos un videoclub cutre y desordenado era el oráculo de Delfos.

De manera poética, el peplum cutre (esto es, el europeo) había nacido impulsado por la misma energía que facilitó también la aparición de los más coloridos videoclubs de los que hablaré a continuación. Esa energía misteriosa, trascendente, sobrenatural, es la Jeta. Nunca hay que subestimar el poder de la Jeta, porque ha creado y sostenido imperios comerciales. Muchos de aquellos peplum habían sido rodados en los años sesenta para aprovechar decorados y vestuarios que los americanos habían dejado cuando vinieron a suelo europeo para rodar sus propias epopeyas históricas. En Europa, los estudios de Hollywood gozaban de considerables ventajas fiscales y financieras, entre las que se encontraba pagar a los extras con bocadillos. Aprovechando el tirón, productores de ciertos países perpetradores habituales de bodrios derivativos —esto es: Italia, España, Francia, Alemania y la ocasional aportación británica— se aliaban para seguir la estela hollywoodiense y aplicar el «conocimiento» técnico que los americanos habían dejado tras de sí. Pongo «conocimiento» entre comillas porque, aunque algunos lugareños realmente consiguieron canalizar su genio ejerciendo como subalternos de los estadounidenses (Sergio Leone, sin ir más lejos), lo más habitual en el peplum europeo era que los productos finales fuesen un pedazo de stercore. Coproducciones a las que nosotros, en un feble esfuerzo del ingenio —pero oigan, meritorio para nuestra corta edad— bautizamos como copro-ducciones.

A mi hermano y a mí no solamente no nos importaba la carencia de calidad del peplum europeo, sino que buscábamos esa carencia de manera activa. Aunque parezca increíble, tardamos años en darnos cuenta de que una parte sustancial del peplum había sido, en realidad, el cine gay de los cincuenta y sesenta: ya lo recordaba Frank-N-Furter en The Rocky Horror Picture Show, cuando citaba su afición por las películas de Steve Reeves en la letra de una de las mejores canciones del film. Pero eso nos daba igual. Nuestro único prejuicio era contra las películas de romanos que no eran lo bastante malas como para reírnos ni lo bastante buenas como para ser buen cine. En cualquier caso, no era una búsqueda fácil, sobre todo cuando ya habíamos consumido los títulos que circulaban con mayor asiduidad. No teníamos internet ni conocíamos a nadie que compartiese nuestra afición, salvo algunos miembros de nuestra propia familia, por lo que pensábamos que lo nuestro era una especie de tara genética. Por supuesto, había otra gente así y una de las cosas positivas de las actuales redes es el poder compartir el gusto por la morralla con miles de desconocidos en todo el mundo y saber que puedes encontrar ciertas películas con un par de clicks del ratón. En plena era del VHS eso era una utopía y no había manera de conectar con otros apreciadores del desecho cinematográfico, así que la principal vía para la obtención de nuestros preciados tesoros era un tipo muy concreto de videoclub: el regentado por una tipología de dueño a la que bautizaremos como TUVCPHACOC, o Tengo Un Videoclub Como Podría Haber Abierto Cualquier Otra Cosa.

Básicamente, el TUVCPHACOC era un carroñero para quien el videoclub era un eslabón más dentro de la cadena de aventuras empresariales breves, oportunistas y ruinosas que habían caracterizado su andadura vital. ¿Que el vídeo está de moda? Pues abro un videoclub para ganar dinero de la manera más rápida y fácil. Y, sobre todo, con el menor esfuerzo posible. Lo cual significaba reducir el videoclub al mínimo común denominador: un local diminuto y barato, sin adornos ni pretensión alguna de «crear estética corporativa», con estantes atiborrados de ácaros en primer lugar y, ya en segundo lugar, de cintas proporcionadas por los distribuidores más inciertos del mercado, que las vendían prácticamente al peso (incluyendo en el precio, supongo, el peso de toda la roña y los cadáveres de insectos). Y ahí, en ese videoclub infestado de telarañas e historiales penales, era donde, por supuesto, estaba el mejor material: serie B, serie C, ¡serie Z!

En nuestro barrio estaba el TUVCPHACOC definitivo. Voy a describir al dueño, aunque les parecerá salido de alguna comedia costumbrista del destape italiano: era no muy alto, peinado como el doctor. Slump y vestido siempre con camisas hawaianas de vivos colores, convenientemente abiertas para lucir un medallón dorado; si hiciesen una película sobre él, podría interpretarlo Alvaro Vitali, el actor que hacía de Jaimito. La cuestión es que el local de Jaimito materializaba el ideal de Antro Por Antonomasia y carecía de estándares en cualquier aspecto: contenido cultural, profesionalidad, atención al cliente, higiene. El tipo era simpático, eso sí, aunque con la simpatía accesoria y postiza del sinvergüenza. No sabíamos mucho de su vida y, aunque intentábamos imaginar su anterior bagaje profesional, no conseguíamos concretar ninguna idea más allá de suponer que quizá había cumplido alguna leve condena carcelaria por estafa. Pese a nuestra corta edad, éramos perfectamente conscientes de que Jaimito no era trigo limpio porque, parafraseando a Darth Vader, la Jeta era intensa en él. Pero bueno, como éramos buenos clientes, nunca nos estafó. O quizá no nos estafó porque íbamos a su local con el presupuesto justo para alquilar cualquiera de las películas más baratas y hubiese sido inútil cualquier intento de sacarnos más pasta.

En cualquier caso, su videoclub no solo era el más cutre del barrio y el más cercano a nuestro domicilio, sino también un oasis de Excelencia Cinematográfica. Era nuestro local favorito. Una gran ventaja con respecto de otros videoclubs era que a Jaimito se la soplaba que fuésemos menores de edad y nos permitía llevarnos cualquier cosa siempre, eso sí, que no proviniese de la sección porno, a la que de todas maneras no nos hubiésemos atrevido a asomarnos. Aun así, Jaimito hubiese debido fijarse más en lo que alquilábamos. Como sabrá cualquier aficionado al cine de serie B, hay muchas películas de los setenta y ochenta que, sin importar la temática, incluyen gore, violencia y sexo en cantidades industriales. Como Jaimito no había visto ninguna película de las que tenía expuestas en su local, ni tampoco se había preocupado por indagar en las contraportadas donde solían estar impresos algunos fotogramas ilustrativos más para atraer por el morbo de la imagen que para advertir a los padres, no sabía distinguir qué cintas eran potencialmente perjudiciales para nuestro desarrollo y salud mental (ejem). Para nosotros, no obstante, esta laxitud y libertad de acción constituían un refrescante cambio con respecto a otros videoclubs cuyos requisitos de admisión y sobre todo de alquiler eran más estrictos.

Foto: Joseph Mischyshyn CC BY-SA 2.0

Al principio, en nuestra infantil inocencia, cometimos el error de intentar que Jaimito nos asesorase sobre algunas películas buenas. Aunque peculiar, el tipo era dueño de un videoclub y supusimos ingenuamente que había en su persona algo remotamente similar al interés por el séptimo arte. Pero le preguntábamos por una cinta y su respuesta era invariable: «¿Eso? ¡Eso es un peliculón!». Lo decía siempre, cada vez, sin apenas echar un vistazo a lo que le estábamos mostrando. Y no, no eran peliculones. Cuando por fin entendimos que el tipo probablemente no había visto una película en su vida, y mucho menos aquellas sobre las que le estábamos pidiendo consejo, empezamos a divertirnos haciendo experimentos. Por ejemplo: un día alquilamos una película que resultó ser tan mala que ni nosotros fuimos capaces de soportarla. Y, créanme, teníamos la capacidad para sacarle jugo a la más infecta de las basuras. Hablo de Muerte en la estación Zeta, que fue, creo, la única película de serie B que llegamos a rebobinar en la desesperada búsqueda de alguna escena memorable porque no soportábamos continuar con el visionado normal. Pues bien, unos días después fuimos al local de Jaimito e hicimos como que nunca la habíamos alquilado. Él, por descontado, ni se acordaba. Le preguntamos si merecía la pena verla. Su respuesta nos divirtió sobremanera: «¿Eso? ¡Eso es un peliculón!». Ese maravilloso momento de la vida impúber en que descubres que la Jeta, como el universo, no conoce límites.

Jaimito nos ayudó a crecer y a conocer la naturaleza humana cuando descubrimos que incluso él era capaz de sentir algo parecido al orgullo profesional. Siempre que íbamos a otros videoclubs para pedir «películas malas», sucedía que una mirada atónita nos escaneaba desde el otro lado del mostrador, como queriendo comprobar si estábamos gastándoles alguna clase de broma pueril. Sobre todo porque había ocasiones en que, con todo nuestro desparpajo, pedíamos «películas malas» delante de otros clientes, provocando expresiones de embarazo en todos los presentes excepto en nosotros mismos. Podíamos llegar a entender que nuestra extraña petición produjese incomodidad en un dependiente normal, pero suponíamos que Jaimito, capaz de lucir con admirable desenvoltura los cacofónicos estampados de sus horrendas camisas (y capaz de llamar «peliculón» a verdaderos Crímenes Contra El Séptimo Arte), no se sentiría zaherido por la pregunta. Pues bien, cuando le preguntamos por películas «de romanos», nos señaló feliz una cinta que lucía en un lugar de privilegio cerca de su mostrador, era algo en plan Ben-Hur o Los diez mandamientos. Nosotros replicamos: «No, no. Esa película es buena. Queremos películas malas de romanos». El gesto de Jaimito se torció como si sus hijos le hubiesen partido el corazón llamándolo delincuente a la cara y, con tono inesperadamente serio, emitió un solemne alegato de cinco palabras: «Yo no tengo películas malas». Una afirmación atrevida por parte del tipo cuyos estantes parecían el resultado de una encuesta sobre recomendaciones cinematográficas hecha en un frenopático. Aún hoy, nos preguntamos qué habrá sido de Jaimito. Mi hermano cree que probablemente haya abierto una tienda de accesorios para vaping. Si es así, me alegro de que no me guste el vaping y de no ser uno de sus clientes, porque a saber de dónde saca Jaimito sus cacharros: imagino entre su clientela un reguero de bajas que ríete del desembarco de Normandía.

Había otro videoclub en el barrio que tenía buen material, aunque sus dueños sí eran de aquellos empeñados en crear una franquicia (spoiler: llegaron a abrir dos locales). Al contrario que Jaimito, parecían tener escrúpulos y, al ser nosotros menores, nos pusieron ciertas pegas en el momento de obtener nuestra tarjeta de clientes. Las pegas fueron descritas con despectiva minuciosidad por uno de los dependientes, que recordaba bastante, gafas y todo, a Herbert West, el científico psicópata de Reanimator. Dada la frialdad con la que aquel tipo desdeñaba nuestra solicitud de membresía, nos pareció la viva encarnación de la Opresión Adulta. Indignados por la absurda pretensión de que obtuviésemos la autorización de un familiar mayor de edad, mi hermano y yo consensuamos que la vestimenta laboral ideal para aquel sádico sin sentimientos era un uniforme de la Gestapo. De hecho, aunque al final conseguimos la tarjeta por mediación de un familiar (no hubo otra manera, ¡no todo en la vida era un oasis de libertad como con Jaimito!), empezamos a referirnos a ese videoclub con el sobrenombre «Los Nazis». Hasta nuestros padres sabían a qué lugar nos referíamos cuando decíamos que queríamos alquilar una película en «Los Nazis».

El caso es que el videoclub de Los Nazis proyectaba, por lo menos al entrar, la imagen de un negocio perfectamente profesional. La decoración era austera, pero presentable, y todo parecía limpio. El local era bastante grande. Incluso había mucha luz, revolucionario fenómeno físico impensable en el cuchitril de Jaimito. Los estantes más visibles, los cercanos a la entrada y al mostrador, los más concurridos, contenían éxitos del momento bien ordenados. Parecía un videoclub normal. Sin embargo, no tardamos en averiguar que hacia el fondo del local, cerca de la portezuela del porno, las películas ya no estaban tan ordenadas y el batiburrillo se volvía más y más psicodélico cuanto mayor era la distancia recorrida desde la calle. Nos topamos con un rincón místico, los «estantes de abajo», donde, prácticamente a la altura del suelo, los dueños habían aparcado todo lo peor de su repertorio videográfico. Abandonado y cubierto por una afelpada capa de polvo, aquel vertedero arqueológico le hubiese sacado los colores al mismísimo Jaimito. Supongo que los empleados pensaban que no hacía falta limpiar aquel rincón, dado que casi nadie se agachaba para comprobar qué había allí. Digo «casi nadie» porque, para nosotros dos, aquellos estantes eran el rincón más valioso de Los Nazis. Quién sabía lo que podía aparecer. Maravillas de Cannon Films como la secuela de Gor, cuyo título encontrábamos irresistiblemente hilarante: Gor II. La incomparable Mad Warrior y sus inmortales motocarros. Copias baratas de Mad Max. Por supuesto, péplums míticos como El león de Tebas. Incluso alguna película barata con pinta de bodrio que, para nuestra sorpresa, terminaba siendo buena. Aunque también, todo sea dicho, Hollywood tenía su buena morralla y a veces íbamos a «los estantes de arriba», los de la gente normal, y alquilábamos Fortaleza infernal para ver una y otra vez la apoteósica Escena Para El Oscar de Nuestro Extra Favorito De Todos Los Tiempos, entre otras varias secuencias hilarantes de tan delicioso film.

Allí encontramos también cosas como Holocausto Caníbal o Mal Gusto, la película que nos introdujo en el trabajo de Peter Jackson, a quien empezamos a considerar un icono porque era un tarado que rodaba comedias encantadoramente aberrantes con sus amigachos igualmente tarados (lejos estaban aún los días en que Jackson sería visto como un cineasta respetable, ante lo cual protesto, ¡siempre fue respetable!). Había películas de Sam Raimi, de Maciste, y estupideces hoy clásicas como Vendemos chocolate. Quizá esos títulos suenan más familiares hoy, pero entonces, al menos si eras un escolar, había que topárselos en un recóndito estante de Los Nazis para conocerlos. Nadie en el barrio, ni en el colegio, ni en tu familia, nadie te hablaba de aquellas películas, así que la exploración del videoclub conllevaba siempre la excitación del descubrimiento. Nos topamos muchas cintas inclasificables cuyos títulos ahora se pierden en la memoria de los tiempos, pero que ayudaron a moldear nuestro hoy exquisito criterio para la morralla. Había cosas verdaderamente indescriptibles. Si algún ciudadano bienpensante se hubiese acercado a aquellos estantes en busca de alguna copia de Dumbo para alegrar el cumpleaños de su niña, hubiese sufrido la versión inversa del síndrome de Stendhal. O un infarto. Y aquel videoclub no era un buen lugar para morir; sabe Dios qué hubiesen hecho después Los Nazis con el cadáver.

Por descontado, no importa cuán cutre o insalubre, el videoclub nos parecía un asombroso avance. Y lo era, al menos en su momento, como los barcos de vela con los que se descubrían continentes, aunque los tripulantes tuviesen que asomar las posaderas por la borda para aliviar sus intestinos. No puedo decir que eche de menos aquella manera de hacer las cosas porque internet es infinitamente mejor e infinitamente más práctico que las zarrapastrosas cintas de vídeo. Lo que sí echo de menos es el contacto humano, el poder cruzar la calle y preguntarle a un emprendedor con camisa de flores por Muerte en la estación Zeta, para que me diga: «¿Eso? ¡Eso es un peliculón!». Jaimito, dónde estarás ahora. Si un sinvergüenza merece hacerse rico en este país, qué coño, ese sinvergüenza eres tú.

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10 comentarios

  1. Gracias al teleclub cochambroso de barrio tenemos a la planetaria cochambrosa de netflix (o si)

  2. Jaumet

    Gracias Emilio!
    Pretendía, en mi ignorancia, aportar algo a tu tan descacharrante, veraz y olvidada Historia, pero chico, es imposible…Si Netflix, HBo o alguno de esos Megablockbusters de ahora,
    crearan un apartado en sus mareantes catálogos a la Basura Más Grande Jamás Rodada, aún a riesgo de que en casa me considerarán MÁS friky todavía, pagaba con gusto los ratazos que me iba a pegar…
    Ffwd & Rwd
    De nuevo
    Gracias

  3. perzolaga

    No sólo he reído como una hiena … y en el metro, lo que ha sido «llamativo», sino que también he vuelto a los ochenta, cuando era joven y tenía un futuro y muchas esperanzas :-)
    Muchas gracias, don Emilio

  4. jmperez

    «Si usted poseyó un Video 2000, déjenos su testimonio porque es usted una rareza, como un superviviente del Titanic.»
    Ay, Don Emilio… el primer reproductor de video que tuvimos en casa fue, me temo, un 2000. A mi padre se la metieron por la escuadra. Ni dos meses anduvo por casa que tuvimos que deshacernos de él por no encontrar películas en ese formato. Sniff.

  5. la ultima fase fueron maquinas expendedoras de cintas en un last stand para reducir costes a la min expresion…

  6. matias

    pues yo soy poseedor de uno de estos negocios que tu llamas cochambroso y chico, no t entiendo porque escribes mucho y al fin y a la postre nose si te gustan o t desagradan, pero bueno, en mi videoclub no comeras en el suelo pero de mierda la justa, si es x suciedad lo de cochambroso, si es x arcaico, bueno si,tengo rarezas y cosas que muchos ki sabrán que existen,pero ya t digo q ni 1000 Netflix tendrán un ínfima parte se arte se la que tengo yo en mi negocio, eso si q es cochambroso (por lo malo de su producto) ya q el 95% de su plataforma es pura basura, no obstante como decía nose quien es bueno q hable de uno,aunq sea para mal
    P.D
    Si alguien me pregunta por una película le doy mi más sincera opinión y desde luego NUNCA JAMAS le diré q es un joya si es una mierda, para recomendarle cosas «chulas» ya está el ALGORITMO de Netflix, ah, y yo si veo prácticamente todas mis peliculas

  7. Augustus

    Y recuerdo que… Por lo menos en mi barrio… Existia un videoclub que copiaba peliculas de estreno grabadas en la sala con camaras de Vhs y pasadas en cinta para su alquiler….aquel hombre era un pirata, de los 80’s precursor de la Pirateria digital….pero que placer ver peliculas en Vhs una semana despues de los estrenos en cines… Esperabamos como agua, de mayo los lunes despues del cole llegarnos al mostrador y preguntar si ya la tenia grabada…. Eso si… Con una calidad estercolera… Pero como bien dice el articulista… A quien le importaba….por 150 pesetas tenias el peliculon en casa.

    • matias

      ese si era cochambroso y ese y otros como ese bien q nos jodieron a loq hacemos bien las cosas

  8. Sputnik

    Lo que voy a escribir a continuacion, debe leerse e interpretarse con el orgullo y la prepotencia como si fuera Rutger Hauer en las escenas finales de «Blade Runner», (He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser… y tal)

    Yo de joven, trabaje en una distribuidora de videos cutres de Barcelona, yo he visto vender lotes de mas de 100 copias de «Apocalipse Canibal», yo etiquete y coloque caratulas a mas de 1000 copias de esta pelicula y otras basuras infectas similares, todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

  9. El dueño del video club de mi barrio, que no usaba camisas hawaianas pero no tenia la menor idea de lo que vendía, transformó su local en una casa de apuestas. Tengo una colección de VHS que no sé donde irán a parar. Me he reído de lo lindo. Gracias.

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