
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestal Jot Down nº 29 especial Locura, ya disponible en nuestra tienda online.
El crimen se presenta en la desnudez inmisericorde del instante inmediatamente posterior: la ira se ha extinguido con el último golpe, el velo rojo en la mirada se disuelve poco a poco y lo que queda es una realidad demasiado atroz para encajarla: un hombre sostiene en sus brazos el despojo inerte que fue su hijo y en sus ojos se va instalando un horror inacabable. El pintor ha elegido un punto de vista algo retirado, una distancia pudorosa desde la que miramos hacia abajo; el espacio que libera el encuadre alrededor de las dos figuras aparece despojado de objetos pero saturado de vibraciones en la gama de un rojo que tiñe cortinajes, alfombras o tapicerías. En primer término, el cetro dejado caer, repentinamente absurdo después de haberse convertido en arma homicida, es el único dato objetivo que nos sitúa en la historia.
Sabemos que ese hombre es Iván IV Vasiliévich, último de los Rúrik, llamado Grozny (que podemos seguir traduciendo por Terrible siempre que lo hagamos pensando en la terribilità, la capacidad de hacerse temer). No conocemos su rostro, no había retratos en aquella Rusia, pero todas las representaciones posteriores abonan la idea del monarca semibárbaro, astuto y capaz, dueño de un instinto infalible y de una brutalidad concentrada y sin límites. Nikolái Cherkasov le dio para siempre, en el celuloide, el rostro de ave rapaz, la intensidad maníaca y la crueldad helada de los sátrapas orientales. Sabemos que los años finales de su reinado son un embudo de paranoia y furia vengativa; sabemos, en fin, que asesinó a su hijo Iván en un arranque de cólera. Un instante de locura, decimos, un arrebato, como si así se pudiera neutralizar todo lo que hay de monstruosamente antinatural en el hecho de que un padre mate a su hijo, pero ni las definiciones ni los siglos transcurridos nos distancian de ello: cualquier padre que mire el cuadro es ese padre y siente el espanto puro de la mera idea. Si hay algo en la escena que nos resulte absolutamente ajeno es el poder, la experiencia del poder absoluto. En algún momento, cuando dejemos de mirar, el abrazo histérico acabará por mero cansancio; entrará un guardia de confianza que se hará cargo de la situación, se llevará al zar aturdido, limpiará la sangre, moverá el cadáver e inventará una explicación sin importar que nadie la crea. Un rey no paga sus culpas, sean las que sean, pero el ser humano no está hecho para esa certeza: la conciencia de la invulnerabilidad es otro nombre que damos a la locura.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





