Ciberganaderos

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Mauricio Lima (CC BY 2.0)

Como es conocido, deus ex machina es un recurso que los griegos y romanos utilizaban en sus obras para salir de los atolladeros en los que se habían metido en una trama argumental sin salida. Ante estas situaciones, un brazo articulado rescataba a los actores de situaciones cuanto menos delicadas. Como cuando la sacerdotisa Medea escapa en el carro del Sol que le había regalado su abuelo Helios, en esa eterna obra de Eurípides. Del mismo modo, podría haber resuelto una satisfactoria escapada de un guerrero griego ante el ataque de una veintena de persas. Soluciones tan inesperadas como satisfactorias y, en ocasiones, espectaculares. 

En este recurso griego debieron pensar algunos neoyorkinos cuando en el último momento de la crisis de las boñigas aparecieron los automóviles. Para refrescar la memoria, los excrementos de caballo cubrían las calles de Nueva York a finales del siglo XIX. Y no solo generaban un problema de salud pública, sino que incluso modificó la arquitectura de la ciudad, promoviendo las cinematográficas escaleras de acceso a los edificios que, de este modo, contribuían a aislarlos de las inmundicias callejeras. Para que se hagan una idea de número, a finales del XIX había en Londres unos diez mil taxis de caballos y unos cincuenta mil caballos de carga. Y Nueva York triplicaba estos volúmenes, con sus deyecciones diarias, liquidas y sólidas. Y aunque hoy se reconoce que The Times nunca publicó, como se le atribuía, ninguna noticia apocalíptica sobre la crisis de la boñigas,  la crisis sanitaria estaba servida y la proyección en ciudades creciendo en su número de habitantes conducían a un modelo de transporte insostenible. Bien, pues cuando la situación era cada vez mas compleja, aparece el automóvil como innovación tecnológica y desplaza el problema de un modo extraordinariamente rápido. Y los humos sustituyeron las boñigas. 

Sin duda alguna, que el final del XIX coincidiera plenamente con la II Revolución industrial contribuyó a esta solución tecnológica y, a buen seguro, los innovadores de la época pensaban constantemente en cómo aplicar las tecnologías desarrolladas a su vida cotidiana, a su salud, para el desarrollo económico y, en definitiva, para su bienestar y el bienestar común. Y aunque esta II Revolución industrial es principalmente recordada por el uso de la electricidad, la aparición del acero, los aceites y combustibles, el inicio de la globalización o la reorganización del trabajo, el impacto que tuvo en otros sectores productivos fue espectacular. Los desarrollos de fertilizantes, fungicidas o los primeros tractores impulsados por gasolina cambiaron la eficiencia productiva y el acceso a los alimentos; la nuevas técnicas de conservación de alimentos permitió transpóortalos a largas distancias y conservarlos, como la esterilización, pasteurización o la propia refrigeración; los primeros ensayos en inseminación artificial ganadera o el desarrollo de la centrifugadora, que permitió transformar la industria láctea. Estas innovaciones condujeron a otras que generaron un efecto sobre el progreso sin precedentes. Imagínense, fue la revolución de Tesla, Diesel, Verne, Bessemer, los hermanos Wright, Graham Bell, Pasteur, Edison, Eiffel, entre otros.

Probablemente este ambiente de cambio hizo que surgieran escritores, pensadores o ilustradores que intentaban, mas allá de lo que estaba sucediendo, imaginar el futuro que les (nos) esperaba. Una visión a veces utópica y distópica en otras muchas. Y frente a quienes imaginaron advenedizos aterradores futuros, otros vieron ese mismo futuro, cuanto menos, mejor que el que tenían.   

Y teniendo a Verne como máximo exponente de estos visionarios del futuro, permítame el lector traer una figura desconocida y rescatada por Isaac Asimov. Jean-Marc Côté fue un artista francés de finales del XIX al que una fabrica de tabaco le encarga una serie de ilustraciones para una serie denominada «en el año 2000» con el fin de adjuntarlas junto a las cajetillas de tabaco. Cuentan que la fabrica cerró antes de lanzar la campaña en la que participaba Côté y las pequeñas postales quedaron olvidadas hasta que años más tarde Isaac Asimov las rescata y las expone en su obra Futuredays, una visón del siglo XX desde el siglo XIX. 

Bien, pues en una colección de deliciosas estampas encontramos imágenes de realidades que hoy podemos reconocer en nuestra sociedad y en nuestra agricultura y ganadería. Y entre ellas, «agropostales» del futuro con cosechadoras automáticas o incubadoras de huevos que permitían automatizar los procesos.  

Y, ¿qué pasó con ese futuro imaginado por Côté y contemporáneos? Pues que la gran revolución industrial actuó como cimientos de un siglo XX que «ganaderamente hablando» se tradujo  en cambios disruptivos de lo sistemas productivos y en sistemas de transformación y conservación de alimentos. Y la actividad ganadera cambió. Junto a las tecnologías disponibles y de la mano del conocimiento en aspectos relacionados con la selección genética, la nutrición de lo animales, la mejora del estado sanitario de los sistemas productivos o la conservación de alimentos, la disponibilidad de la carne, los huevos o los productos lácteos se incrementaron exponencialmente. Pasamos de un modelo en donde la carne y otros alimentos de origen animal eran artículos exclusivos a «democratizar» su consumo durante el siglo XX en una sociedad donde la alimentación nos ha permitido mejorar nuestra longevidad y calidad de vida. En algunos casos se ha conseguido multiplicar por dos el peso de los animales consumiendo la mitad de alimentos, es decir, multiplicando su índice de transformación y ganando en eficiencia productiva. Pero hoy sabemos que lo alcanzado hasta hoy es insuficiente. 

Ilustración de Jean-Marc Côté. Clic en la imagen para ampliar.

Cuando casi hemos consumido el 20 % del siglo XXI, nos adentramos en un futuro que, como si de una cebolla se tratará, viene acompañado de capas de incertidumbre que muchos las interpretan como preludio del futuro distópico que nos espera, y del que solo un nuevo deus ex machina puede salvarnos. Es cierto que los retos son muchos, pero no es menos cierto que las tecnologías disponibles se multiplican y nuestro conocimiento sobre nuestra realidad y las posibles soluciones son cada vez mayores. El cómo abordar las incertidumbres nos obliga, en mi opinión, a no dejarnos arrastrar por las tecnologías en un suerte de determinismo tecnológico sino, de modo opuesto, fijar a dónde queremos llegar y, a partir de ese momento desarrollar una estrategia posible con el conocimiento y tecnologías existentes y/o desarrollar las que no existen aun para conseguirlo. 

La principal incertidumbre es consecuente a lo que podríamos llamar «los límites del planeta». El planeta es finito, y la presión a la que lo sometemos —y vamos a someterle— pone en cuestión el concepto de sostenibilidad del mismo. De un lado la existencia de una creciente presión demográfica. La estimación es que casi diez mil millones de vecinos viviremos en el 2050 en este barrio llamado planeta Tierra, vecinos que cada vez seremos más longevos. Una población que, además, demandará consumos crecientes de alimentos, incluyendo carne, leche y huevos. Según previsiones de la FAO, en 2020 harán falta seiscientos millones de toneladas de proteína y en 2050, mil millones de toneladas par atender a una población cercana a los diez mil millones de personas. De otro lado, los recursos naturales limitados necesarios para la actividad agraria en general y ganadera en particular. Y, por último, amenazas a combatir que van desde la necesidad de atenuar el cambio climático y sus efectos, a disminuir la utilización de antibióticos para controlar presente y futuras resistencias bacterianas en el nuevo y necesario concepto de «one health». 

Y mientras, la ganadería sigue evolucionando como lo ha hecho en los últimos ciento cincuenta años, pero ahora trasladándose a un modelo de sostenibilidad no solo económica sino también social, medioambiental y ética. Una ganadería que debe ser más eficiente, que preserve el medio ambiente y sea respetuoso con el bienestar animal. 

¿Cuál es la alternativa? Una alternativa para mí improbable a corto plazo pasa por una reducción global en el consumo de carne por habitante y, de este modo, compensar el incremento en el consumo debido al incremento global de la población. Esta reducción podría fundamentarse en el desarrollo de productos alternativos o de proteínas animales de origen no convencional. De ahí la actual oferta vegana de «carne» vegetal en múltiples formatos, construida a partir de  extractos vegetales, entre los que se incluyen leghemoglobina de la soja o leghemoglobina producida a partir de levaduras genéticamente modificadas, aceite de coco para mejorar la palatabilidad del producto, derivados del bambú, vegetales variados o zumo de remolacha para aportarle color. O de la carne «limpia» o carne de laboratorio resultado de la producción in vitro de células de origen animal en biorreactores que, posteriormente, incluso con la ayuda de impresoras 3D, pueden dar forma de filetes o hamburguesa. Sinceramente creo que de momento no dejan de ser muy minoritarios los colectivos que lo incorporaran en la dieta siendo, para la gran mayoría, objeto solamente de curiosidad aunque, como la «carne» vegetal, deberemos seguir atentos a su evolución. De otro lado están las fuentes alternativas de proteínas de origen animal como los insectos, que si bien tienen un índice de transformación casi óptimo, no resultan del agrado de la mayoría de la población como para que pudiera actuar como sustituto de la carne. 

Actualmente solo las proteínas procedentes de la acuicultura son una verdadera alternativa. Las granjas de peces se han transformado en verdaderas ganaderías y, personalmente, creo que la acuicultura está llamada a ser una de las principales fuentes de proteínas de origen animal en los próximos años. A modo de ejemplo, la acuicultura ha multiplicado por cincuenta su producción en los últimos años.

Y frente a estas alternativas, la ganadería de las especies que conocemos. Pero la ganadería tiene que ser mas eficiente y eso pasa por adaptar las nuevas tecnologías disruptivas y emergentes nacidas en la cuarta revolución industrial a un contexto tradicional como es la producción animal. Una ciberganadería con ciberganaderos, ganaderos digitales que sepan combinar nuevas tecnologías, biológicas, físicas o digitales a las necesidad de una ganadería que debe producir mas con menos recursos para alcanzar el grado de eficiencia que nos permita gastar menos recursos naturales y dar respuesta a los requerimientos de un consumidor cada vez mas exigente.

¿Qué nos espera? Me gustaría abrir una ventana al futuro como Côté o Verne pero, mientras tanto, estoy seguro que en los próximos años veremos lo siguiente. 

Foto: Julien Mattia / Cordon.

Granjas conectada en el llamado internet de las cosas e internet de la cosas vivas. O por qué no llamarlo el internet de los animales de granja. Existe una conexión de dispositivos nunca conocida. Tres mil millones de dispositivos conectados hace apenas diez años. Hoy hay más de veintidós mil millones. Y en cinco años, treinta y ocho mil millones. Y la agroindustria no podía ser diferente. Todas los animales van a disponer de dispositivos, mas aun con el 5G, que permitirán obtener información múltiple. Desde la geolocalización, a la temperatura, fisiología reproductiva, actividad metabólica o aparición de enfermedades. Todos estos datos serán combinados con datos de otras fuentes o de repositorios existentes para la toma de decisiones mediante inteligencia artificial en cuanto a la alimentación a suministrar, los ritmos reproductivos a seguir, el ordeño a hacer o una intervención de emergencia en bioseguridad que evite la propagación de enfermedades o, incluso, episodios zoonóticos. Información integrada en entornos de realidad virtual o mixta.

Asistiremos cada vez más a la automatización de los procesos: robots para el ordeño, para la limpieza, para el diagnóstico o para el pastoreo que podrán ser asistidos simultáneamente por drones que ya son capaces de identificar individualmente a los animales incluso por reconocimiento facial. Es impresionante ver los perros robots capaces no solo de actuar individualmente, sino también de actuar en manada con protocolos de machine learning. Con un aprendizaje automático, un conocimiento previo adecuado y una fuente de datos, maquinas dedicadas a la ganadería son capaces de aprender de aciertos y errores. Estoy seguro que la mayoría de los manejos estandarizados en granja serán sustituido  por robots en un futuro próximo. 

Asistiremos a la presencia en granja de nuevos materiales ligeros, resistentes, biocompatibles, flexibles. Materiales que se autorreparen, materiales con memoria, materiales que cambian de forma a demanda o que se autodesplacen. Materiales conductores mucho más resistente que el acero; o nuevos polímeros capaces de ser sustitutivos biológicos o nuevos hidrogeles que no se sequen. 

En las granjas existirán impresoras 3D que permitan construir desde grandes impresiones en sistemas productivos imposibles a pequeños dispositivos necesarios para una producción eficiente.

Pero no solo será tecnológico y digital. La edición genética que se no ofrece con técnicas seguras, relativamente sencillas y no muy costosas con CRISPR, nos permitirá obtener animales mas eficientes, mas resistentes a enfermedades y que por tanto requerirán menos tratamientos farmacológicos o incluso animales que, por ejemplo, produzcan una baja emisión de metano mediante la transformación de su microbioma. Y más allá de aspectos como la biología sintética, la edición genética también se ha «democratizado» y no podemos quedarnos en Europa y como consecuencia de una legislación extemporánea y errónea, fuera de este progreso que es global.

Y, finalmente, tendremos que irnos familiarizando con blockchain como certificador de los procesos que asegurará al consumidor desde el bienestar de los animales productores a la temperatura en el que el producto se ha mantenido en el lineal del supermercado, eliminando de otro lado la intermediación. 

Han pasado casi treinta años desde que Willian Gibson escribiera el termino ciberespacio y docenas de nuevos términos nos ilustran desde entonces en todo aquello que ocurre en el mundo «vitual» y que sin duda alguna tiene transcendencia e impacto en el mundo físico. Ciberseguridad, ciberacoso, cibercafé, cibernauta y, ¿por qué no?, ciberganadero. Porque todo está cambiando. ¿Han visto el último anuncio del Grupo Social ONCE. Se oye una voz en off: «Mi bisabuelo pastor, mi abuelo pastor, mi padre pastor y yo, también pastor», mientras un joven con discapacidad física en silla de ruedas maneja un dron que atiende al ganado. 

Terminamos el año 2019, el de Blade Runner, sin haber visto, ni conocer a nadie que lo haya visto, atacar naves en llamas más allá de Orión o ver brillar rayos C en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Pero lo terminamos con incertidumbres y preguntas que hace apenas unos pocos años no nos formulábamos, entre las que se encuentra ¿cómo se alimentará la población en el año 2050?. Y, como decía  Morfeo en Matrix «No existen preguntas sin respuesta, solo preguntas mal formuladas». Formulemos las preguntas adecuadas para avanzar en la incertidumbre del futuro. 

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1 comentario

  1. Creo que el cambio de dieta sea inevitable. El consumo de carnes rojas lo considero anacrónico, un exceso del cual podemos prescindir, visto en las sociedades sedentarias en las cuales habitamos, cada vez menos exigentes en consumo de calorías. Una solución sería potenciar el consumo de productos avícolas, que en materia de sostenibilidad serían más eficientes, ya que el espacio, el consumo del suelo y del agua necesaria son menores. Excelente artículo.

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