
La alfombra mágica. Así llaman en The English Bookshop de Upssala a la desgastada alfombra granate que señala la sección de la librería dedicada a la literatura infantil. Está rodeada de estanterías y sobre ella hay una butaca, sillas, cojines, una mesa con novedades, todo lo necesario para que los lectores más jóvenes escojan una lectura, tomen asiento, se sientan cómodos y se zambullan en uno de esos universos imaginados que llamamos libros.
Se trata sin duda del espacio más importante de todas las librerías —aunque muchas de ellas no le otorguen el cuidado y la relevancia que se merecen—, porque en ellos se decide el futuro. Solamente si esos niños que ahora se refugian en las alfombras rojas del mundo entienden que la lectura en papel puede ser tan o más satisfactoria que la lectura en pantalla, los libros tal y como los conocemos seguirán existiendo dentro de veinte, treinta años, cuando ellos mismos sean padres y decidan cuáles son los lugares que quieren frecuentar con sus propios hijos. Y a qué objetos simbólicos desean vincular su relato familiar.
En Barcelona, la ciudad donde vivo, vamos con nuestros hijos sobre todo a dos librerías infantiles: Abracadabra, en el centro, y La Petita, en nuestro barrio. Abracadabra es también una tienda de juguetes y un taller de manualidades, porque hasta la adolescencia la lectura es sobre todo lúdica y aprendemos a leer y a pensar y a experimentar tanto con los ojos como con las manos. La Petita es, como su propio nombre indica («La Pequeña»), mucho más humilde, pero teje también incansablemente redes entre los niños y los padres del Poblenou a través de recomendaciones muy sabias y cuentacuentos semanales. Ambas disponen de libros en varios idiomas, lo que es fundamental, porque a los niños hay que abrirles el máximo número de puertas posibles (y no es casual que los libros se abran con el mismo mecanismo que las puertas, pero sin bisagras, silenciosamente, como el susurro de un secreto o ese gesto de la mano que se desliza hacia la derecha y dice: pasen y vean).
La librería infantil más alucinante que he visitado es Poplar Kid’s Republic de Pekín. Diseñada por el estudio del arquitecto japonés Keiichiro Sako, sus escaleras en la planta baja te reciben con dos franjas de tejidos de colores, una que repta por las escaleras y otra que se desliza por la pared; ambas te acompañan durante el recorrido por el espacio poblado por miles de libros ilustrados, que transcurre por nichos redondos y rotundos que recuerdan a naves unipersonales o vehículos de exploración lunar, donde los más pequeños se pueden sentar o tumbar a leer, que conduce a un círculo cromático de moqueta donde se pueden contar cuentos ante un círculo de cómplices, hasta converger —finalmente— en el mostrador donde atiende el librero. Es una librería laberinto o paseo: un relato textil de viaje.
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Necesario este artículo de divulgación para aquellos a los cuales les estamos dejando un mundo que a veces nos causa incertidumbre, y solo podrán enfrentarlo con el conocimiento. Fantástica su intuición de las páginas como puertas «que se abren sin bisagras». Muy bueno.
De derecha a izquierda pasen pequeños,
a través de esta puerta frágil sin bisagras
que, oh, por desgracia arde de acuerdo
con los hombres, sean Fahrenheit o no,
y se arropen con un solo vestido apto tanto
para travesías inter espaciales sin tiempo o
para rígidos y crudos inviernos y ligeros a la vez
y así poder, de punta a punta y de sur a norte
cruzar desiertos y huir veloces de fieras feroces
con intenciones oscuras, o conocer filibusteros
no tan malvados puesto que les darán a elegir
antes de pasar por la quilla o terminar como
almuerzo de horribles tiburones decidir entre
ser libres o tuertos y negros como todo pirata.
Gracias por la lectura, señor.