
La gran fuerza o, si se prefiere, la gran debilidad del doctor Tarrasch reside en su pronunciado amor propio. Sin ello, habría sido un muy mediocre jugador de ajedrez; teniéndolo en un grado anormal, se ha convertido en un gigante.
Así hablaba el futuro campeón mundial de ajedrez, Emanuel Lasker, sobre su compatriota Siegbert Tarrasch a finales del siglo XIX; el trash talking, como se ve, no lo inventaron en la NBA. Mantuvieron una agria rivalidad ¡desde antes de haber jugado una sola partida entre ellos! Cuando se sentaron por primera vez —coincidieron en un mismo torneo después de haber estado evitándose—, su peculiar choque de caracteres llevaba ya años ofreciendo material a la prensa de la época. Aún tardarían otros doce años en resolver de forma definitiva sus querellas en una final mundial. La rivalidad Lasker-Tarrasch se produjo fuera de los tableros mucho más que dentro de ellos; fueron tres lustros de porfía psicológica y colisión de egos entre dos hombres que sentían una profunda antipatía mutua… aunque en todo ese tiempo solo hubiesen disputado dos partidas.
La curiosa disputa empezó en 1892. Por entonces el campeón mundial era Wilhelm Steinitz, el austriaco que había creado la estrategia ajedrecística moderna, y al que se consideraba intocable. Aquel mismo invierno, el ruso Mijaíl Chigorin había fracasado —por segunda vez en cuatro años— en el intento de tumbar al rey. Sin embargo, Steinitz no era ya joven; tenía cincuenta y seis años, así que los grandes nombres de la siguiente generación se preparaban para destronarlo bajo la idea de que sus fuerzas iban a flaquear en cualquier momento. Dado que no existía un torneo de selección de candidatos como en la actualidad, los enfrentamientos por el título mundial se organizaban como en el boxeo: era el campeón vigente quien decidía cuándo, contra quién, en qué condiciones y por cuánto dinero ponía su título en juego. Así, cualquier ajedrecista que quisiera convertirse en aspirante necesitaba, por encima de todo, acumular el más importante de los recursos competitivos de su tiempo: la reputación. Ganar torneos importantes o matches (series de partidas) contra rivales de entidad mejoraba esa reputación. Después de que Chigorin hubiese sucumbido, el mejor situado para convertirse en el nuevo aspirante era Tarrasch, que tenía por entonces treinta años y estaba en lo mejor de su carrera: se había impuesto con enorme autoridad en dos importantes torneos, doblegando a la plana mayor del ajedrez internacional y reforzando su candidatura como inminente rival de Steinitz. En 1890 se le presentó la primera posibilidad de asaltar el título, pero Tarrasch, médico en ejercicio, tuvo que declinar por cuestiones de agenda, confiando en que se presentaría otra ocasión. Para su asombro, pronto asomó la cabeza un ambicioso joven de veinticuatro años que intentaba por todos los medios abrirse paso hacia la cumbre, al parecer con la misma idea de llegar a enfrentarse a Steinitz. La ciudad natal de Lasker estaba a unos ciento cincuenta kilómetros de la de Tarrasch, y había poca diferencia de edad entre ambos, pero la cercanía geográfica, cultural o cronológica nunca se tradujo en cercanía personal.
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¡Qué buen artículo! Una pequeña pero apasionante historia de egos desatados que me hubiera gustado que fuese más larga. Gracias.
PD: En el sexto párrafo, ese que contiene casi al final… “Algunos lo acusaban de…” lamentablemente, no me ha quedado muy en claro. Las malas jugadas ¿eran sobre el tablero o en la vida social? Y el final del mismo tampoco
Gracias, un buen relato
La lectura que ud. da a las cancelaciones – contrariedades aparte, como la fractura sufrida por Tarrasch al patinar – del duelo entre ambos no se ajusta a la realidad: Lasker exigía una bolsa de premios muy elevada para que sus futuros oponentes, en la plenitud de su fuerza, se vieran obligados a rehusar y sólo accedía cuando el nivel de su juego declinaba.Y Tarrasch no fue una excepción. El segundo campeón del mundo procedería de igual forma con Capablanca y tan sólo puso en juego la corona acuciado por la ruina económica que sufrió a consecuencia de la hiperinflación alemana.
Excelente artículo, gracias.
Los títulos se ganan fuera y dentro de las partidas, menuda guerra psicológica.
Adhiero a que es un excelente artículo .Mis felicitaciones por ello. No podemos olvidar, sí , otros ejemplos de soberbia o arrogancia de Tarrasch ,me refiero a su legendaria disputa contra Aaron Nimzowich ,»el príncipe del ajedrez » . Es sabido que estos dos ilustres ajedrecistas mantuvieron una larga y amarga discordia acerca del juego y la manera singular de concebirlo por ambos.
Tarrasch dio forma científica a los nuevos postulados de Steinitz ,los ordenó y pulió ( su obra máxima : » Trescientas Partidas de Ajedrez «. Escuela Clásica del ajedrez ) ; Nimzowitch creó un nuevo sistema ( que está básicamente en su obra cumbre : » Mi Sistema» , calificada por Alerkhine como «obra notable «. Ajedrez Hipermoderno ).
Una larga serie de calificaciones y descalificaciones entre ambos . El alemán trataba despectivamente y minimizaba los postulados de Niizowitch y su manera de jugar ,decía que el riguense «»es partidario de jugadas feas «,
Que ambos fueron formidables jugadores ,no caben dudas ; pero modestamente y de forma sincera ,creo en la superioridad teórica de Nimzowitch por sobre Tarrasch. Después de sus tres trabajos esenciales : » Mi Sistema » , «La Práctica de mi Sistema » y » El Bloqueo » ,el ajedrez nunca regresó para ser el mismo. Creo que realmente fue el más formidable teórico del mundo del ajedrez ,ni siquiera superado por egregios campeones del mundo. Un sólo ejemplo, ni Lasker ni Capablanca ni Alekhine eleboraron teoría al nivel de Aaaron Nimzowich.
Dentro de nuestro mundo ajedrecístico ,el ego es cosa viva . Y sobran los ejemplos ( Capablanca -Alekhine ; Kasparov- Kramnik : Korchnoi -Karpov, y un largo etc. ).