Pensar el tiempo

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El futuro ya no es lo que era.

(Paul Valéry)

Voy en un tranvía, y voy fijándome lentamente, de acuerdo con mi costumbre, en todos los detalles de las personas que van delante de mí. Para mí, los detalles son cosas, voces, frases. En este vestido de muchacha que va frente a mí, descompongo el vestido en la tela de que se compone, el trabajo con que lo han hecho —pues lo veo como vestido y no como tela— y el bordado leve que rodea a la parte que da la vuelta al cuello se me separa de un torzal de seda, con el que se lo bordó, y el trabajo que fue bordarlo. E inmediatamente, como en un libro elemental de economía política, se desdoblan ante mí las fábricas y los trabajos: la fábrica donde se hizo el tejido: la fábrica donde se hizo el torzal, de un tono más oscuro, con el que se orla de cositas retorcidas su sitio junto al cuello; y veo las secciones de las fábricas, las máquinas, los obreros, las modistas; mis ojos vueltos hacia dentro penetran en las oficinas, veo a los gerentes procurar estar sosegados, sigo, en los libros, la contabilidad de todo esto, pero no es solo eso: veo, hacia allá, las vidas domésticas de los que viven su vida social en esas fábricas y en esas oficinas… Todo el mundo se despliega ante mis ojos sólo porque tengo ante mí, debajo de un cuello moreno, que al otro lado tiene no sé qué cara, un orlar irregular verde oscuro sobre el verde claro de un vestido.

Toda la vida social yace ante mis ojos.

Más allá de esto, presiento los amores, las intimidades, el alma, de todos cuantos trabajan para que esta mujer esté delante de mí en el tranvía, lleve, en torno a su cuello mortal, la trivialidad sinuosa de un torzal de seda verde oscura tejido verde menos oscuro.

Me aturdo. Los asientos del tranvía, de un entrelazado de paja fuerte y menuda, me llevan a regiones distantes, se me multiplican en industrias, obreros, casas de obreros, vidas, realidades, todo.

Salgo del tranvía agotado y sonámbulo. He vivido la vida entera.

(Fernando Pessoa[1])

Tiempo circular, tiempo lineal

Hace unos años
Me asustaba el otoño
Ya soy invierno

(Mario Benedetti, 1999[2]:213)

Los antiguos presocráticos no daban mucho valor al tiempo concreto, ya que no aportaba regulación alguna sobre la dimensión arquetípica del ser humano. El tiempo era entendido, pues, como repetición del arquetipo [3].

Desde esta perspectiva, cada acción y cada gesto adquieren su sentido en la medida que renuevan una acción primordial. Acción que nos remite a la creación del mundo. El calendario es una repetición simbólica de la creación: el año empezaba en muchas culturas en marzo, en relación con las ceremonias agrícolas[4].

He aquí un nuevo día, de un nuevo mes, de un nuevo año. Hay que renovar lo que el tiempo ha gastado.

(Felicitación del año nuevo persa, de parte del rey[5])

El paso del año reproduce el proceso del fin del mundo. La percepción del tiempo era circular, la percepción lineal de la temporalidad se inicia en la mente humana desde las épocas en las que vivir dejó de ser un ejercicio tan esforzado como en la antigüedad.

La repetición es la imitación de un arquetipo celeste. Así en la Tierra, como en el Cielo, rezan todas las religiones del mundo. La repetición da seguridad en un mundo aparentemente caótico, porque se asemeja al comportamiento de las cosas en el cielo, que se convierte en ejemplo a seguir porque parece que todo está en orden.

Cada otoño que viene está más cerca del otoño que tendremos.

(Fernando Pessoa, 1985: 307)

En griego existen dos modos de referirse al tiempo.

Por un lado, nos referimos a cronos, vocablo griego que define al tiempo cronológico, lineal y secuencial. Ningún segundo vale más que otro. Es el tiempo de planificación de agenda, el que programa las tareas y les asigna una duración concreta. La eficiencia consiste en ajustarse a esa planificación previa. Tiene una dimensión cuantitativa.

Por otro lado, está el tiempo kairós. Su importancia radica en el valor que se obtiene de él, no en la cantidad de tiempo cronos que se haya invertido. Así, kairós se refiere a la oportunidad y al camino hacia la trascendencia. Transmite un concepto más emocionante que el simple cronos. Kairós aporta una dimensión cualitativa.

—Tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo—. Le dijo el aborigen al conquistador.

En la simbología china, el tiempo viene simbolizado por dos ruedas de carro unidas en cruz y entramadas totalmente desde el centro, las ruedas comparten el hueco del eje. Una de ellas simboliza el tiempo el paso del tiempo concreto. La otra simboliza el tiempo eterno, una ventana a la visión del tiempo.

Las dos ruedas no pueden moverse a la vez, ya que se destrozarían. Cuando una se mueve, la otra debe permanecer en reposo. Así, cuando se está en acción, no se puede acceder a la ventana de contemplación del tiempo eterno y viceversa.

(…) ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de te. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. No entiendo mucho de lo que dicen, pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen. Tampoco existe la Historia más allá de la que sepan contar aquí y ahora. Nunca nacerá esa que en Europa se llama científica y objetiva, porque la africana no conoce documentos ni censos, y cada generación, tras escuchar la versión correspondiente que le ha sido trasmitida, la cambia, altera, modifica y embellece. Por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito.

En dichos mitos, el lugar de las fechas y de la medida mecánica del tiempo –días, meses, años- lo ocupan declaraciones como: «hace tiempo…», «hace mucho tiempo…», «hace tanto que ya nadie lo recuerda…». Todo se puede hacer caber en esas expresiones y colocarlo en la jerarquía del tiempo. Solo que ese tiempo no avanza de una manera lineal y ordenada, sino que cobra forma de movimiento, igual al de la tierra: giratorio y uniformemente elíptico. En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa de durar. África en un eterno durar (…)

(Ébano. Ryszard Kapuscinski, 1998)

Otra concepción del tiempo es de carácter lineal. Heráclito dijo hace dos mil quinientos años: nunca podrás bañarte dos veces en el mismo río, ya que sus aguas cambian permanentemente.

El tiempo es un fluir permanente y la historia un conjunto de decisiones superpuestas que, dialécticamente van configurando el devenir.

Desde esta perspectiva no se puede predecir el acontecer del tiempo. Todo cambia, nada permanece. De ahí que se pueda afirmar que el tiempo es ahistórico.

El recuerdo de acontecimientos y personas deja de ser una crónica histórica para convertirse en una estructura mítica.

Hoy es el mañana que ayer planificábamos.

(Oído a mi abuela)

Los acontecimientos históricos y los personajes auténticos no resisten en el recuerdo más allá de dos o tres siglos, con el fin de que puedan entrar en el molde de la mentalidad arcaica[6]. La memoria colectiva funciona mediante estructuras arquetípicas.

Mircea Eliade narra la historia del folclorista rumano, Constantin Brailoiu, quien tuvo la oportunidad de hallar una admirable balada de un pueblecito de Maramesh:

La historia habla de un amor trágico. El joven prometido había sido hechizado por un hada de las montañas y, pocos días antes de su matrimonio, el hada, celosa, le había arrojado desde lo alto de las rocas. Al día siguiente, los padres habían encontrado su cuerpo y su sombrero enganchados en un árbol. Trasladaron el cadáver al pueblo, y la joven llegó a su encuentro, al ver el cuerpo inerme de su prometido entonó un canto fúnebre, lleno de alusiones mitológicas, texto litúrgico de una nostálgica belleza.

Brailoiu quedó hechizado por la historia y se interesó por los detalles de la misma. Incluso quiso saber la fecha de la tragedia. Le informaron de que era una historia muy antigua. Sin embargo, el folclorista averiguó que solo habían pasado cuarenta años desde los hechos, incluso localizó a la heroína que aún vivía y que le contó la historia de primera mano. En realidad, todo fue más realista y verosímil:

El novio se cayó por un precipicio y malherido fue encontrado por unos vecinos que oyeron sus gritos y le llevaron al pueblo donde murió. En el entierro, la novia y el resto de mujeres, habían repetido los cantos fúnebres tradicionales sin mencionar al hada de las montañas.

Unos cuantos años bastaron para que el acontecimiento se desprendiera de toda autenticidad y se transformase en una leyenda, a pesar de la existencia de la novia protagonista. Mucha gente había vivido el suceso real, pero no les satisfacía tanto como la mitificación de la crónica. Cuando Brailoiu les llamó la atención sobre la versión auténtica, estos le respondieron que la vieja, en su dolor, había perdido la cabeza. El mito es el que contaba la verdad, los hechos narrados por su verdadera protagonista ya no.

A continuación, le propongo que realice el siguiente ejercicio:

Recupere en su memoria un episodio sencillo, una historia familiar, o del pueblo en el que vive. Es preferible un relato que tenga algunas sombras de la memoria y conviértalo en una historia mítica, añadiendo personajes como brujas, duendes, animales sagrados… La historia debe parecerse a la acontecida, solo hay que cambiar o añadir algunos personajes. También es importante respetar las leyes psicológicas que rigen el comportamiento de los personajes.

Puede afirmarse que la concepción de tiempo circular tiene que ver con etapas históricas de incertidumbre y gran dificultad para llevar la vida adelante. Mientras que la concepción lineal se relaciona con etapas de optimismo y fe en el ser humano como medida de todas las cosas. Sin querer ser excesivamente reduccionista, el tiempo circular es más teocéntrico y el lineal más antropocéntrico.

La percepción del tiempo es una de las claves más importantes de la adaptación a la vida adulta. Muchas angustias humanas se deben a una incorrecta percepción del tiempo, a una deficiente percepción del tiempo fragmentado. Estudios recientes sobre el proceso de inadaptación social de jóvenes atribuyen a esto gran parte de su dificultad para pensar correctamente sobre la proyección de su vida.

Una vida

La cocinera dijo que no se casó porque no tuvo tiempo. Cuando era joven trabajaba con una familia que le permitía salir dos horas cada quince días. Esas dos horas las empleaba en ir en el tranvía 38, hasta la casa de unos parientes, a ver si habían llegado cartas de España, y volver en el tranvía 38.

(Adolfo Bioy Casares [7])

 

Notas

[1] Pessoa, F. (1985). El libro del desasosiego. Págs: 143, 144.

[2] Benedetti, M. (1999): Rincón de Haikus.

[3] Eliade, M. (1951). El mito del eterno retorno. Alianza.

[4] Eliade (op. Cit.: 68)

[5] Eliade (op. Cit.:69)

[6] Eliade, (op. Cit.: 50ss)

[7] Guirnalda con amores, (1959).

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1 comentario

  1. Un magnífico artículo como para desorientarse temporalmente. Antes me angustiaba un poco el misterio del tiempo, pero después de saber que puede ser relativo, o sea que podría no existir, me siento más ligero.
    Sin embargo, confieso que esa insensata cita de San Agostino todavía continua a ejercer una fascinación incomprensible sobre mí: cuando no pienso en el tiempo sé lo que es, pero cuando quiero describirlo no lo sé.
    “Alguien se lava los dientes y él mismo, dos pasos más allá, decide de hacer una poesía sobre este hecho de aseo personal, de dos pasos más atrás, la poesía no se hace, pues se continúa a caminar; los dientes de ayer y ya hoy, mañana habrá que asearlos una vez más, pero los cráneos vacíos con sus horas digitales no funcionan, están lejos, y le son extraños los hechos sucedidos o que están por empezar. Es un mentiroso pertinaz, no como este grifo con su goteo que ni pienso reparar, pues es más clara, transparente y aerodinámica su manera de contar…

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