Cómo combatir una pandemia: el traje nuevo del emperador

Publicado por y Carlos Pena
Una terraza en Palma, en el primer día de la fase 1. Foto: Cordon.

Los lectores de esta serie saben que los autores (muchos de estos artículos están escritos al alimón con Carlos Pena, a quien debo el gráfico que muestro más abajo) han expresado en numerosas ocasiones sus críticas a la gestión de esta crisis. En particular, hemos argumentado que el nivel de confinamiento ha sido excesivo y que se podría haber optado por medidas menos restrictivas a la libertad individual y menos severas con la salud de las personas, en particular con los ancianos y los niños.

Por otra parte, la figura 1 muestra la evolución del número de fallecidos por cien mil habitantes para diferentes países. Observe el lector varios efectos muy interesantes. El primero, la existencia de «familias de evolución de la pandemia». Las curvas para Italia, Reino Unido y Francia son casi idénticas y lo mismo las curvas para Suiza y Estados Unidos. Cabe preguntarse las razones por las que la evolución de la enfermedad ha sido tan similar en países con demografía y políticas tan diferentes como Suiza y Estados Unidos (o Italia y Reino Unido) y los datos parecen no darle la razón a algunos de los lugares comunes más habituales. Por ejemplo, a pesar de que el sistema de salud en Suiza es, presumiblemente, más avanzado y accesible que en Estados Unidos, la mortalidad relativa en ambos países es la misma. Lo mismo ocurre con Italia, Francia y Reino Unido, aunque todos estamos convencidos de que Italia está peor que los otros dos países. La familia de curvas da un claro ganador (Alemania) pero España ya no está en la cola de la liga, puesto cuyo dudoso honor le corresponde a Bélgica.

Y la razón no parece ser otra que el aplanamiento, muy visible, de la curva de defunciones asociado con las medidas de confinamiento. Durante la primera fase de la epidemia, la subida de la curva en España era salvaje (tan salvaje, dicho sea de paso, como la de nuestros vecinos belgas, así que una incidencia endemoniada tampoco es exclusivamente un privilegio de los países del sur ni puede explicarse solo en términos de manifestaciones masivas y fiestas populares). La diferencia con Bélgica es que las medidas de confinamiento aquí han funcionado. No es de extrañar, por otra parte, dado lo radicales que han sido.

Pero a César lo que es de César y lo cierto es que el arresto domiciliario ha servido para aplanar la curva.

El fin del estado de alarma empieza a aparecer en el horizonte, aunque la famosa «desescalada» —quizás inevitablemente— parece no gustar a nadie. Tampoco entusiasman al que suscribe, pero debo reconocer que el problema es muy complejo y admite muchas variantes, todas ellas debatibles. No obstante, creo que varias ideas son correctas, en particular la de retrasar la movilidad en el territorio nacional tanto como se pueda. Otras tienen aspectos dudosos. La «liga de la desescalada» ha generado ya algunos cabreos morrocotudos, incluyendo el de los valencianos, que no comprenden por qué los vascos sí y ellos no —o sí lo comprenden, pero no en términos de criterios sanitarios—. Por otra parte, retrasar la fase uno en Madrid —algo que tampoco ha gustado a muchos— no parece una imprudencia, vistas las cifras, todavía altas de contagios y defunciones diarias. Pero en el fondo todo este encendido debate diario es anecdótico. Dentro de dos meses, a más tardar, todas las autonomías habrán completado la desescalada. ¿Y entonces qué?

Una parte muy sustancial del PIB español es generado por bares, restaurantes y hoteles y depende fuertemente del turismo interno y externo. Por otra parte, bares, restaurantes y hoteles son focos claros de contagio, nos guste o no. Una medida sensata para mitigar el riesgo es permitir solo terrazas, dado que la probabilidad de contagio es mucho más alta en espacios cerrados y en particular en espacios cerrados donde el aire recircule (vía aire acondicionado). También es sensato introducir distancia en las terrazas, por la misma razón. ¿El resultado? La propuesta del plan, que propone servicio solo en terrazas con un aforo del 30 % en la fase 1 (50 % en la 2). Visto desde el punto de vista de la sanidad, la medida es impecable. Visto desde el punto de vista del negocio, una ruina.

A medida que avance la desescalada, el problema se irá multiplicando. Una vez que se abra la veda en Madrid, un ejército de ciudadanos saldrán disparados hacia segundas residencias, aumentando la posibilidad de contagio si la prevalencia oculta del virus es más alta de la cuenta. Un camarero asintomático puede lanzar él solito un SSE (super-spreading event o evento de contagio masivo) en un restaurante concurrido, por mucha distancia que haya entre mesas. Los turistas internacionales no van a venir si los ponemos quince días en cuarentena y si no los ponemos nos arriesgamos a que sean ellos los que lancen el temido rebrote.

Esta contradicción esencial entre salud y economía recuerda el relato del traje nuevo del emperador. Todo el mundo ve pasearse al monarca desnudo, pero pretende admirar su vistoso atuendo. Pues bien. Creo que no son pocos los que en este país y muchos otros han asumido que no hay más remedio que reflotar la economía y pretenden poder hacerlo sin que la pandemia se salga de madre otra vez, a pesar de que todos los estudios de los que disponemos indican que el riesgo de rebrote es altísimo a no ser que se tomen medidas excepcionalmente eficaces de control.

¿Cuáles son estas medidas? En esencia dos. Un sistema de test masivos lo bastante potente como para identificar al 50 % de los casos sintomáticos —lo que en la práctica quiere decir testear inmediatamente a todo aquel que presente síntomas— y un sistema capaz de trazar al 40 % de sus contactos, lo que exige poner en marcha un ejército de rastreadores (del orden de veinte mil personas), desplegar una tecnología informática que hasta el momento brilla por su ausencia en nuestro país y mantener una coordinación estricta entre autonomías.

Quien más, quien menos, ha entendido que estas dos condiciones son imprescindibles para evitar una segunda oleada, quizás monstruosa que desarbole el país aún mucho más de lo que está. Quien más, quien menos, también, se barrunta o debería barruntar que ninguna opción de turismo masivo es viable este verano, por mucho que perjudique al sector. Pero nadie se atreve a decir que hasta el momento no hemos demostrado que seamos capaces ni de realizar de manera sistemática y fiable tests masivos ni de poner en marcha el ejército de rastreadores, ni de desplegar la tecnología informática asociada, ni de coordinarnos para que todo eso pase —al contrario, nuestros políticos de uno y otro signo siguen perdidos, cada uno en su laberinto—, ni siquiera de decir la verdad —este año el sol y playa no van a ser negocio—. Pretendemos, por el contrario, que el emperador luce su deslumbrante traje nuevo por palacio.

Pero el emperador, a día de hoy, pasea desnudo.

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10 comentarios

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