La misteriosa lengua del asteroide 3251

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Un día más en la oficina para Tiöma Król. Foto: Justyna Olko

Siendo solo un niño, Tymoteusz Król descubrió que casi podía contar con los dedos de las manos y los pies a los que hablaban su lengua. A los cinco se puso a trabajar en un diccionario y, a los siete, escuchó aquella profecía: «El vilamovio se extinguirá esta misma década». Desde entonces, la vida del joven polaco ha sido una lucha constante contra el oráculo.

Tymoteusz, a quien todos llaman Tiöma, tiene hoy veintiséis años y habla desde Wilamowice, al sur de Polonia. Son tres mil habitantes en uno de tantos pueblos de casitas bajas desperdigadas alrededor de una iglesia gótica espigada, otro rincón somnoliento más de no ser por un detalle singular: un puñado de entre sus habitantes conservan aún un idioma que solo se habla aquí y cuyos orígenes siguen siendo un misterio. Los locales llaman Wymysoü a su localidad y Wymysiöeryś (pronúnciese algo parecido a «vemesheris») a su lengua. Hasta que la RAE la descubra y fije la norma, nosotros proponemos «vilamovio».

La media de edad de sus hablantes ronda los noventa pero sería aún más alta de no ser por el joven polaco y la comunidad que ha creado en torno a la lengua. Luego volveremos sobre esto. Tiöma lo aprendió de una anciana que se hacía cargo de él mientras sus padres, médicos ambos, encadenaban guardias y visitas por todo el territorio. La mujer (se llamaba Helena Rozmer) y Tiöma pasaron muchas horas juntos, tantas que el chaval incluso llegó a pensar que se comunicaban en una especie de código secreto entre los niños y los ancianos que sus padres no entendían. Król se sigue refiriendo a ella como «mi abuela».

Fue la fascinación que le provocó aquello lo que le llevó a escribir aquel diccionario. El siguiente hito en su precoz carrera llegaría en la Semana Santa de 2004. Tenía diez años cuando le regalaron aquella grabadora. «Empecé por Helena y sus vecinos, luego los conocidos, y los conocidos de los conocidos», recuerda el chaval. Muchos de ellos han muerto ya, Helena Rozner entre ellos, pero se pueden escuchar sus voces entre las mil setecientas horas de grabaciones recogidas por Król en los últimos dieciséis años.

Algunos expertos  afirman que el vilamovio es un primo perdido y aislado del alemán; otros, lo que queda de una lengua traída por colonos llegados de la zona de Frisia y Holanda en el siglo XIII. Bartlomiej Chromik, profesor de vilamovio en la Facultad de Artes Liberales de Varsovia, se remonta a una migración desde Europa occidental para repoblar y reconstruir una zona que había sido devastada por los mongoles. «Muchos se disolvieron entre la población local y acabaron hablando el polaco mientras que otros conservaron su lengua materna», matiza este académico de treinta y dos años natural de la vecina Kety. A apenas siete kilómetros de Wilamowice, el devenir de ambas localidades ha estado marcado por los estrechos vínculos administrativos y comerciales entre ambas. Chromik dice que su interés por la lengua de sus vecinos le viene desde muy niño. «Recuerdo acercarme en bicicleta y preguntar a la gente. Siempre me decían que la hablaban unos pocos viejos, que ya casi no quedaba nada. Me impactó saber que había una lengua a punto de morir muy cerca de mi casa», recuerda el polaco.

Lo cierto es que, a finales del XIX, el vilamovio era la lengua de prácticamente todos los mil quinientos habitantes de un municipio que había hecho fortuna con el comercio mientras su vecinos arrancaban patatas o carbón de la tierra. A aquella gente emprendedora se la conocía también por el sobrenombre de «judíos blancos» porque, a diferencia de los hebreos askenazis —también los había en Wilamowice—, eran católicos. Casarse con alguien del pueblo era el sueño de muchos que acabarían no solo hablando la lengua local, sino presumiendo de hacerlo. Nada como prestigiar un idioma para catapultarlo.

Aprovechando las posibilidades comerciales y de promoción que ofrecía el Imperio austrohúngaro, Viena y Trieste acogieron sendas comunidades de vilamovios que serían claves para el florecimiento cultural de su lengua. Fue a orillas del Adriático donde Florian Biesik —un funcionario de correos austrohúngaro natural de Wilamowice— escribió su obra magna inspirándose en la Divina Comedia de Dante Alighieri, a comienzos del siglo XX. No tuvo mucho éxito entre los propios vilamovios (parece que los distribuyó en regiones diferentes entre cielo y el purgatorio) pero sentó las bases de un estándar en su lengua de igual modo que haría el florentino con el italiano siglos atrás.

Los últimos cien años, no obstante, han sido demoledores. A principios del siglo XX, el vilamovio se enseñaba en las escuelas como un «dialecto del alemán», y así la promocionarían los nazis durante la ocupación de Polonia en la Segunda Guerra Mundial. La propaganda de Berlín buscaba en ellos a un pueblo que no solo había sobrevivido a la asimilación eslava sino que, además, conservaba la más ancestral de las herencias de la Ur germana. Nadie en Wilamowice se consideraba alemán pero daba igual. Se les obligó a inscribirse en la Deutsche Volksliste, la «lista de la gente alemana»; no hacerlo podía arrastrarle a uno hasta Auschwitz, a tan solo quince kilómetros de allí.

Desgraciadamente, los vilamovios seguían siendo «alemanes» a los ojos de los soviets. Su llegada levantó el veto sobre el uso del polaco y, aunque todos en Wilamowice lo hablaban perfectamente, nada se podía hacer contra la delación de gente de los pueblos vecinos. Y luego estaban los niños, que dejaban escapar palabras en vilamovio en el momento más inoportuno (no se enseñó el polaco en las escuelas durante la ocupación nazi). Hubo que esconder a muchos de ellos en casas de familiares o amigos en aldeas vecinas. Todo valía para esquivar una campaña de represión que llenó más trenes a Auschwitz (ya reconvertido en «centro de internamiento para enemigos del Estado comunista») y a gulags en los Urales o la Siberia más remota.

De no ser por la providencial intervención de un solo hombre, el vilamovio habría caído en ese capítulo de la historia. Józef Putek —ministro comunista de Correos y Telégrafos que había pasado muchos años de su juventud en la vecina Wadowice— no dudó en recurrir a sus conexiones con las esferas más altas para protegerlos. Putek repitió hasta la saciedad que no eran alemanes, algo que salvó unas cuantas vidas. De entre los muchos que ha entrevistado Tiöma están los que dejaron de hablar la lengua entonces para buscar refugio en el polaco, como dictaban las políticas de exterminio cultural y lingüístico impuestas por Varsovia. Siguieron en vigor hasta 1956. Medio siglo más tarde, aquellos ancianos desempolvaban palabras de las estanterías más recónditas de su mente cuando intentaban responder a las preguntas de un niño.

Los planetas

Los últimos veinte años han dado para mucho. La profecía de aquel sabio no solo no se ha cumplido, sino que él mismo (se llama Tomasz Wicherkiewicz) participa hoy en la campaña de revitalización de la lengua. Tiöma insiste en lo de «construir una comunidad en torno al idioma», más allá de sesudos estudios de tipología lingüística que pesarán en un archivo PDF, pero no sobre el terreno. Dice que son ya varios los que se han acercado hasta allí para trabajar sobre una tesis, un paper, lo que sea, no tanto por un interés genuino en la lengua sino por la simple razón de que aún hay poco sobre el tema. Desgraciadamente, el de la academia suele ser más un esprín que una carrera de fondo para muchos.

Egos a un lado, Król ha adaptado el alfabeto polaco para escribir la lengua y, desde el otoño de 2014, las clases vilamovio se han incorporado al currículum escolar en la localidad. Y luego está la Asociación para la Preservación del Patrimonio Cultural, una entidad cultural que fomenta clases de lengua y publicaciones en papel y on line, además de exposiciones, talleres de danza… Todos participan, desde los de seis años hasta los de noventa, o más. Como cuando se atreven con obras de teatro como El hobbit, con el que, entre otras cosas, se transmite la idea de que el vilamovio es igualmente válido para transmitir la cultura moderna. Gran parte del mérito se lo lleva ahora Katarzyna Zaleska, una antropóloga de veintisiete años cuyo camino se cruzó con el de Tiöma en la Universidad de Cracovia hace ya unos años. Hoy es otra más atrapada en la red vilamovia, a pesar de que ni es de Wilamowice ni habla la lengua.

Zaleska cuenta que fue en 2014 cuando se atrevieron con Der Kliny Fjyst, El Principito. «Todo el mundo sabe que el teatro es una forma de aprender un idioma muy efectiva pero es que, además, nos divertimos mucho», recuerda la polaca. La mayoría tuvo que memorizar frases en una lengua que aún no entiende pero no importa: el fascinante diálogo entre ese niño y el aviador que ha sobrevivido a un accidente en pleno desierto del Sahara es universal. Además, no habrá muchos lugares mejores que Wilamowice para escucharlo. ¿Recuerdan cuando el piloto descubre que el planeta de origen de aquel niño es «apenas más grande que una casa»? Justo después reflexiona así:

Sabía muy bien que, aparte de los grandes planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre, existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos aún con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, «el asteroide 3251».

En el éter en el que flotan las lenguas reconocemos enseguida a gigantes como el inglés o el español; el árabe, el chino, el francés, el alemán… Pero, como ocurre con los astros, hay muchísimas más de las que nunca supimos ni sabremos. Podemos pensar que la ausencia de noticias se debe a que no son tan válidas para comunicarse; que las habla gente «primitiva» que no da la talla en el siglo XXI; que cómo va a estudiar uno astrofísica en la jerga de unos aldeanos del confín de Silesia. Podemos agarrarnos a decenas de clichés y prejuicios sobre lenguas «útiles e inútiles» con los que justificar su desaparición. Es algo tan habitual como estéril.

Todas las lenguas mueren porque nada es eterno en este mundo, y las lenguas son de este mundo. Eso sí, hay maneras y maneras de hacerlo. El latín se fue de muerte natural, pero dejando tras de sí una hermosa herencia cultural y lingüística en forma de arco románico: desde las Rías Baixas hasta el delta del Danubio; desde el gallego hasta el rumano. Pero también se puede morir por extirpación. Existen infinidad de casos por todo el mundo pero nos quedamos en Wilamowice, donde ya hemos visto que unos y otros les hicieron tragarse sus palabras a palos. Dice Chromik —el profesor de universidad con el que hablábamos antes— que la identificación de los vilamovios con los flamencos ya está recogida en textos del siglo XIX, que no se trata de un invento para sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial. No obstante, continúa el investigador, no se trata tanto una declaración de carácter nacional o identitario como de una manera de expresar un «somos diferentes».

Vamos entendiendo por qué los intentos de polacos y alemanes de imponerles sus respectivos proyectos nacionales resultaran irrelevantes a los ojos de una comunidad cuyo pensamiento giraba en torno al simple «somos» más que al «¿qué somos?». Ya decía Tiöma que escuchar polaco, alemán, yiddish y vilamovio en su pueblo era la norma hasta el desastre de la guerra. Si se les deja, incluso los astros más diminutos pueden orbitar armónicamente junto a los gigantes.

Las estaciones

Otro de los rostros más reconocibles del despertar cultural en Wilamowice es Józef Gara, un minero del carbón que dedicó gran parte de su vida en la superficie a escribir en su lengua de cuna. Incluso hizo un intento de introducir el vilamovio en la escuela, pero aquello no germinó. Al fin y al cabo, no era más que un minero. Desde la Universidad de Cracovia, Katarzyna Staniszewska aporta más detalles. «Como hablante nativo, Gara saca la tradición de su casa pero resulta difícil distinguir entre lo que rescata de la memoria de su infancia y lo que es de su propia cosecha. En cualquier caso, su obra nace de su pulsión por consolidar la herencia cultural de Wilamowice», explica la filóloga. Son poemas como Der Fiywyt  («la primavera»), en los que Gara habla de un «despertar» tras un largo (łaong) y tedioso (baong) invierno. Las flores se abren, los pájaros anidan, el ganado cría, pero también es la época de mayor trabajo en la granja. Por supuesto, no deja de ser una metáfora del proceso de revitalización de la lengua para la que el minero también se encomienda al cielo: Wir müsa a hiergöt byta do a yns siejny cajt gyt. «Sin la ayuda de Dios los granjeros no pueden dar abasto».

Diez años antes de su muerte en 2014, Gara organizó las primeras clases de vilamovio —de forma totalmente voluntaria— para una docena de niños entre los que se encontraba Tiöma. Fue él quien consiguió materializar el viejo sueño del minero de llevar la lengua a la escuela donde unos treinta niños la estudian hoy. Han llegado becas de la UE y también ayudas del mundo universitario desde el que se apadrinan proyectos como el de Chromik quien, junto a su equipo del Centro para la Investigación y Práctica de la Continuidad Cultural, recopila, clasifica y hace accesible todo el material audiovisual recogido casa por casa durante tantos años de trabajo. El que busque algo más ligero puede curiosear en alguna de las páginas de Facebook en vilamovio donde, entre otras cosas, descubrirá que también existe una fuente de letra en vilamovio para IOS y Android.

En el fondo, hablamos de una lengua como cualquier otra, aunque algo tan básico siga siendo difícil de entender para muchos. Todos recuerdan aquella entrevista publicada a principios de los 2000 por un periódico polaco en la que Alexander Novak —ni más ni menos que el director del centro cultural de Wilamowice entonces— insistía en que el vilamovio servía «únicamente para describir realidades pasadas», que hoy ya había dejado de tener sentido. Nada como estigmatizar una lengua para exterminarla.

Conseguir su reconocimiento como «lengua regional de Polonia» y su inclusión en la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias es uno de los objetivos estratégicos de Król y los suyos. Por el momento, los últimos años han traído el reconocimiento oficial de «lengua en peligro» de la UNESCO y el vilamovio aparece finalmente en el radar de la base de datos de Ethnologue.

En cualquier caso, no dejan de ser sendos diagnósticos pesimistas para un paciente moribundo al que una pequeña comunidad intenta mantener con vida. Tiöma dice que quedan unos veinticinco hablantes entre los que lo siguen hablando o lo hablaron alguna vez, y que unos quince jóvenes lo han aprendido y son capaces de mantener una conversación «más o menos fluida». Puede parecer poco, pero ese es el fruto de una labor ingente en la que, por supuesto, también flaquean las fuerzas.

«A veces me siento muy cansado, pero luego un abuelo me dice que no ha hablado la lengua durante sesenta años y que ahora se siente feliz por poder hacerlo con los niños», suelta el chaval. Como cuando esa anciana le invitó a su cumpleaños. No era familia pero, justo ese día en el que cumplía noventa, la mujer agradeció enormemente poder hablar con alguien en su lengua. Puede que un día le toque a él y no tenga con quien hacerlo. Puede que el que una vez fue el único niño sobre el planeta que hablaba vilamovio se lo lleve consigo a la tumba. Es algo que Tiöma ni desea ni descarta, pero tampoco se arruga. Ante el peor de los desenlaces posibles, dice, siempre quedaran todas esas voces recogidas durante años. Para quien las quiera escuchar.

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6 comentarios

  1. En un momento dado del artículo se insinúa que los soviéticos usaron las instalaciones de Auschwitz: «…Todo valía para esquivar una campaña de represión que llenó más trenes a Auschwitz (ya reconvertido en «centro de internamiento para enemigos del Estado comunista») y a gulags en los Urales o la Siberia más remota.».
    Me gustaría saber que datos tiene para refrendar esto, no tengo ninguna simpatía por la Unión Soviética, pero, en honor a la verdad, fueron ellos los que liberaron los campos de concentración alemanes y denunciaron su uso; un poco de precisión no iría mal en este caso.

    • Máximo

      Me ha quitado el comentario de los dedos.
      Expresarse así respecto a los liberadores de Auschwitz es bastante desafortunado o está lleno de mala fe.
      En la URSS o sus satélites no hubo nunca campos de exterminio.
      Pero en este tema el discurso mítico habitual ecualiza el agua y el aceite.
      Liberales y trotskystas se dan la mano y se saludan efusivamente.

    • El artículo indica lo correcto. El NKVD «reabrió» Auschwitz y algún otro campo de los nazis para utilizarlos como cárceles. Entre las víctimas, prisioneros de guerra alemanes, pero tambien todos aquellos que a juicio de los soviéticos no eran deseables: resistentes nacionalistas polacos, militantes socialistas ( no-comunistas), minorías «sospechosas», etc.

      https://www.thefirstnews.com/article/after-liberation-of-auschwitz-death-camp-stalins-feared-nkvd-used-camp-to-hold-polish-prisoners-10133

  2. Gracias a ambos por leer. Les adjunto el documento del que extraje la información sobre Auschwitz.
    https://www.academia.edu/41763999/Vilamovian_and_Alznovian_narratives_of_post-war_persecutions_and_the_novel_Pfl%C3%BCger_im_Nebel

    Hay una herramienta en Internet muy útil que pueden utilizar para esta y otras cuestiones. Hagan clic en el enlace e introduzcan el término que deseen buscar:

    https://www.google.es/

    Un saludo

  3. Muchas gracias por la respuesta, me como mis palabras con el placer de haber aprendido algo nuevo.

  4. Comentarios que dan gusto leer. ¡Y qué hermoso artículo! Se habla en él de la lengua natal con el temor (compartido) de que la olvidemos y de que sean poco los esfuerzos para mantenerla en vida, siempre y cuando no vuelvan ciertos fanáticos con sus ideas de pureza. Pero pienso que la polaca Wislawa, que poetaba con entidades inmateriales como los no nacidos, las casualidades, el odio, la vida, la muerte (que no llora ni escaba fosas ni deja flores, decía) su lenguaje lo habría imaginado como una amada que, cansada de las infidelidades de su amante lo abandona y se lleva todas las cosas. Puede ser. Recuerdo que de pibe con mis amigos de correrías, nos imaginábamos que éramos los últimos y valientes defensores de la Tierra, por supuesto con el único lenguaje conocido: el español, oponiéndonos hasta el martirio a la invasión de los cabezudos marcianos. Entre nosotros había un chiquito, albino y portugués -tan flaco que temíamos que el leve soplo de un Pampero se lo llevase por los aires- que nos convenció, porque lo había leído en un libro, de quemar el papel con las palabras de las cosas que más amábamos. Según su libro los marcianos, al no encontrar el vocablo terráqueo para hacer un cine, una biblioteca, una casa, un amigo etc. etc. habrían hecho una guerra por nada porque las condiciones de la Tierra eran diferentes a las de Marte. Era imposible hacer una bicicleta marciana en nuestro planeta por más que se le pareciera, y tardarían milenios hasta encontrar la combinación de las cuatro letras para hacer una casa o tener una mamá. Encontrarían una Tierra pelada. Se lo merecían. Mis “póstumos” deseos fueron para mi vieja, mi perro Capitán, la escopeta de caza de mi padre con él incluido, mi hermanita, la bici y otras que ya olvidé. Nunca supimos cuáles fueron las palabras del portuguesito. Después de la batalla, ya muertos, con satisfacción vimos que el campanario de la iglesia continuaba ahí. Bizarrías de la infancia. Gracias por la lectura

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