Entre el humo del lignito, una lengua

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Foto: Erich Zühlsdorf, (1968) DP.

En 1974 tampoco hubo sorpresas. La Orden de Karl Marx se posaba en la solapa de Jurij Brězan, otro intelectual cuya obra nunca osaría interponerse en la senda de Alemania Oriental hacia el socialismo. También gustaba que Brězan escribiera en su lengua soraba de cuna, aunque por motivos totalmente ajenos a la creación literaria.

No obstante, ¿cómo insinuar que se regalara nada a alguien con una trayectoria como la suya? ¿Es justo señalar a quien nace ya señalado por pensar en la lengua equivocada? Que nadie elige cuándo y dónde venir al mundo resulta aún más evidente en el caso de Brězan: la Primera Guerra Mundial y la región más deprimida de una Alemania ya condenada al fracaso. Esa llanura inmensa que se tragaron las minas de carbón se llama Lusacia y es la tierra de los sorbios (o sorabos). Son los únicos supervivientes de los pueblos eslavos que una vez se repartieron en lo que hoy es Alemania. Ni pertenecen a otro grupo eslavo mayor ni su territorio se extiende más allá de los límites de Lusacia.

Sorbios eran los Brězan, algo que también explicaba por qué siempre faltaba el dinero en casa. Hijo de un minero y una campesina, Jurij tenía tres hermanas pequeñas a las que entretener. No hay juguetes, solo los cuentos que el chaval rebusca en su cabeza para que el hambre sea más llevadero. Fuera de casa también reclaman su ingenio. Si bien pequeña, la sorbia era una comunidad muy organizada que ya contaba con una entidad política, la Domowina, para defender los derechos de la minoría eslava alemana. Es un trabajo ingente y Jurij siempre arrima el hombro, sea dando clases de lengua soraba o trabajando en el sindicato sorbio clandestino. Que le expulsaran  del instituto por «inmadurez política» en 1936 o que Berlín cerrara la Domowina un año después no extraño a nadie. Al fin y al cabo, era Hitler quien tomaba las decisiones y toda aquella gente no es sino  un tumor en el corazón de la Heimat.

Jurij comienza a escribir bajo el seudónimo de Dušan Šwik, pero acaba pagando eso y el resto de sus órdago al Reich con un año de exilio en Praga y otro de cárcel a su vuelta a Alemania. Habrían echado la llave de no haber otra guerra mundial en curso, pero todos los hombres eran pocos para la Wermacht. Ahí pasó dos años, hasta que cayó prisionero de los americanos. El 30 de abril del 45 la bandera roja ondea sobre el Reichstag y, diez días más tarde, la Domowina reabre sus puertas. Alemania se ha partido en dos y ya nada será igual. Tampoco para los sorbios.

Los hijos del carbón salen a la superficie, entre ellos Jurij Brězan, quien se convierte en un joven funcionario de la Domowina. De ahí a la Oficina de Cultura y Educación Nacional de Sorabia, donde será responsable de prensa, radio y cine. Por supuesto, esta promoción solo es posible para alguien que pertenece al Partido de la Unidad Socialista de Alemania (SED). No era el único partido, pero sí el que gobernaba en solitario. Su primera novela se publica en 1953 firmada ya con su nombre real. Para entonces, la Domowina ha pasado de ser una organización clandestina en la Alemania nazi a convertirse en un miembro más del Frente Nacional de la República Democrática de Alemania.

Es una libertad tutelada. El propio líder de la Stasi (el servicio secreto), Erich Mielke, pide que se vigilen «desviaciones nacionalistas o titoístas» entre los sorbios y exige informes constantes a su división en Brandeburgo. Aquella gente de la que Brězan llegó a decir que eran «los indios de Centroeuropa» tenía su propia lengua y su propio himno nacional; de hecho, organizaciones como el Comité Nacional Lusacio-Sorbio habían llegado a pedir un Estado independiente tras la Primera Guerra Mundial o la integración en Checoslovaquia. Cualquiera de las dos opciones valía. Eran capítulos del pasado que solo añadían leña en la hoguera de la paranoia de Berlín aunque, en realidad, tampoco era para tanto. A diferencia de otras minorías, como los daneses de Schleswig-Holstein (norte de Alemania) o las comunidades germanas en el lado oriental del Muro, los sorbios no tenían un Mutterstaat («Estado madre») a quien recurrir en busca de apoyo. Además, no dejaban de estar amarrados al principio soviético sobre minorías que giraba en torno al «nacional en la forma pero socialista en el fondo».

La política de revitalización y empoderamiento de la minoría eslava se simultanea con un plan mastodóntico para extraer el mineral bajo sus pies.

En un país obsesionado con la autarquía energética, los alemanes del este se calientan con esos tres ladrillos de lignito que se reparten cada día a las seis de la mañana. Es agradable el calor que emana de esos hornos cubiertos de baldosas de cerámica y, al fin y al cabo, uno acaba acostumbrándose al humo acre que envuelve pueblos y ciudades por toda la RDA. Ocurre que ese carbón de baja calidad solo abunda en Lusacia, lo que convierte a la región en la más insalubre de Alemania; un páramo desolado en el que la tierra vomita toneladas de lignito a cielo abierto y donde nadie se atreve a colgar la ropa fuera de casa. Decenas de miles de campesinos y mineros pierden la suya. Hay que hacer sitio a una maquinaria pesada a la que se le dedicaron poemas, canciones y hasta sellos postales.

La simple estadística es lo suficientemente ilustrativa del desastre: el 88% de los pueblos destruidos durante los cuarenta años de vida de la RDA eran sorbios. Realojados en la periferia de las ciudades, los desplazados se verán aislados en un entorno completamente germanófono y su lengua se apagará en un apartamento más de una enorme colmena. No hay vecinos con quien hablarla.

La situación en casa tampoco es mucho mejor. Las escuelas bilingües y sus instituciones quedan bajo el asfixiante escrutinio del SED, que no duda en sofocar de forma expeditiva cualquier atisbo de disidencia en la construcción del paraíso socialista. A ojos de muchos sorbios, la Domowina pasa de servir a la defensa de su lengua y su cultura a convertirse en una herramienta del Estado para ejecutar políticas de colectivización agrícola y una campaña contra la Iglesia en Lusacia.

Muchos abandonan el barco, no así Brězan. En 52 semanas hacen un año, el escritor aborda el tema de la colectivización en casa de un campesino sorbio quien, como el resto de sus vecinos, se resiste a ceder su propiedad al Estado. Cuando descubren los enormes beneficios de la colectivización de la tierra, todos aceptan gustosos. La obra se llevó al cine dos años después de su publicación, justo en el momento que más falta hacía.

El escritor seguirá encadenando galardones con novelas que tienen un alto componente propagandístico y otras más autobiográficas. El estudiante de secundaria es el primer volumen de una trilogía en la que repasa su juventud, pero también hay multitud de cuentos infantiles impregnados del folclore sorabo. Lobos, jabalíes y muchos más animales protagonizan relatos; hay hombres que se convierten en cuervos, hadas y otros seres mágicos alimentan una cosmogonía que habla de una naturaleza primigenia, pagana. Atemporal. Escribe en las dos lenguas en las que vive, también la historia de ese niño huérfano que se siente intrigado por un misterioso cofre de siete cerraduras. Lo custodia un lobo y encierra el conocimiento, ni más ni menos. Krabat —así se llama el niño— acaba en una escuela de magia donde tendrá que dedicar un año de estudio por cada cerradura del cofre. El molino negro se publicó treinta años antes que el primer Harry Potter.

Desnazificación

Con la excepción del esloveno, todas las lenguas eslavas se parecen mucho entre sí. Es en ese inmenso espacio lingüístico que se extiende desde el corazón de Europa hasta la costa del Pacífico donde encontramos al sorbio. Si bien comparten etónimo con los serbios (ambos grupos se llaman a sí mismos serbski), la lengua de los de Lusacia se parece más al checo y al polaco. Lo dice el proverbio: Ze serbskej hubu móžeš přez Pólsku a Rusku («Con una boca soraba atravesarás Polonia y Rusia»). Al igual que el resto de las lenguas eslavas, el sorbio tampoco tiene artículos (muy pocas lenguas los tienen) pero sí que conserva una categoría gramatical como la del numeral dual. Ruka significa «mano» y su plural es ruki pero, cuando hablamos de dos, usaremos ruce, y esto es extensible al resto de los nombres así como a pronombres y adjetivos. Se trata de un rasgo muy antiguo que desapareció en casi toda la familia indoeuropea incluyendo las lenguas eslavas, con la excepción, una vez más, del esloveno.

Desde la Academia Polaca de la Ciencias, Nicole Dołowy-Rybińska, antropóloga y experta en la cuestión sorbia habla de una comunidad dividida en dos: los altosorabos y los bajosorabos. «Los primeros cuentan con una comunidad católica que no se convirtió al protestantismo en el siglo XVI y aquello se convirtió en un factor de peso para la conservación de la lengua hasta hoy. En el caso de los bajosorabos, eran todos protestantes. Además, la transmisión de su variante lingüística se vio prácticamente interrumpida tras la Segunda Guerra Mundial, principalmente por la llegada súbita de alemanes expulsados de la vecina Polonia», explica la investigadora.

Que la RDA reconociera y protegiera a una pequeña minoría eslava en su propio territorio era un ejercicio de «desnazificación» más que Berlín tenía que hacer ante Moscú. Los sorbios y, por extensión, el resto de los pueblos eslavos, habían pasado de ser Untermenschen («subhumanos») en palabras de Hitler a convertirse en ciudadanos de pleno derecho de un Estado que se declaraba «aliado eterno e irrevocable de la Unión Soviética» en su propia Constitución. En cualquier caso, no es menos cierto que no existía en toda Europa una minoría que gozara de tantos recursos para desarrollar su lengua y su cultura.

Poco después de publicar El elefante y la seta —un libro infantil ilustrado—, Brězan se convierte en miembro de la Academia de las Artes en 1965. Cuatro años y tres novelas más tarde ocupará la vicepresidencia de la Asociación de Escritores de la RDA. La mayoría de sus antecesores en el cargo fueron individuos con fuertes vínculos con la Stasi, pero no es el caso de Brězan. El sorbio más leído del mundo sigue siendo un Staatsdichter («poeta del Estado») más que un Stasidichter («poeta de la Stasi»). Es más, tuvo que aguantar numerosos embates desde altos cuadros del partido que le tildaban de «titoísta hostil a la URSS», «enemigo del Estado y del partido» o «nacionalista sorbio peligroso».

Pasando página

La crisis en el país a finales de los ochenta es también la de los prohombres de Sorabia. En vísperas de la caída del Muro —en noviembre de 1989—, las tensiones internas entre los sorbios que abogan por un régimen continuista y los que piden una reforma política drástica y urgente son cada vez más visibles. Así, a escasos días de que se abra la Puerta de Brandeburgo a martillazos, un grupo de reformistas que incluye una amplia representación del clero crea la Asamblea Nacional Sorbia. Sus peticiones a la Volkskammer (el Parlamento alemán) giran en torno a una «acción urgente» para compensar a aquellos miles de desplazados por la minería salvaje en Lusacia así como una mayor presencia de la lengua soraba en las escuelas.

El terremoto político por todo el este de Europa también sacude los cimientos de la Domowina, pero un congreso extraordinario en 1991 la vuelve a apuntalar como «organización única y central» de la minoría. Contra todo pronóstico, son los continuistas los que se imponen en la institución sorbia tras una votación en la que hubo más votos que delegados. Mientras a la cúpula le basta con cambiar de chaqueta, los galardones en la solapa de Brězan serán la excusa perfecta para apartarlo del camino. Ya no es más que «el amigo de Honecker».

A día de hoy se suele repetir que son unos cincuenta mil los que conservan la lengua soraba, aunque estimaciones más científicas dan cifras que apenas rondan los veinte mil. En cualquier caso, los sorbios siguen siendo una minoría reconocida en Alemania, con sus propias instituciones y su lengua integrada en el currículo escolar. Seguimos hablando de una de las zonas más deprimidas del país, aunque un ambicioso plan ha convertido gran parte de su devastada cuenca minera en el mayor proyecto de lago artificiales de Europa. Se busca turismo así como nuevas posibilidades de desarrollo más sostenibles.

En cuanto a Brězan, murió en Lusacia en 2006 a la edad de ochenta y nueve años, muy cerca de la casa en la que nació. La virgen que no quiso acostarse, una colección de cuentos de hadas sorbios, se publicó el año de su muerte, y también El viejo y la estrecha extensión. Decía que le obsesionaba el complicado proceso de recordar, las jugarretas de una memoria que funciona de una manera extraña, independiente y sin patrones reconocibles. Son sus palabras.

Si se trató de un hombre «de partido» convencido o si su lealtad fue el peaje a pagar para poder seguir escribiendo en su lengua es un debate ya estéril. Hoy, docenas de novelas y cuentos infantiles arrojan luz sobre una sima desconocida en el corazón de Centroeuropa. Por ella se puede bucear en el alma de todo un pueblo.

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3 Comentarios

  1. Muy interesante.
    El dual permanece en menor o mayor medida en todas las lenguas eslavas. Y el esloveno no es tan diferente.

  2. Perdón pero no… «Con la excepción del esloveno, todas las lenguas eslavas SE PARECEN MUCHO entre sí»
    ¿Usted no conoce (y se ve que ni siquiera ha escuchado con detenimiento) una pizca de Búlgaro (ni de Macedonio), comparados en relación a la estructura del ruso, verdad?
    Para un oído occidental todo se parece ;)

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