
Las mejores obras de ingeniería a menudo nacen por accidente o, más en concreto, debido a un accidente.
En la mañana del 8 de enero de 1902, un tren expreso procedente de White Plains enfilaba el túnel de Park Avenue en Nueva York, camino de Grand Central Station. La ciudad, ya por aquel entonces, albergaba a más de tres millones y medio de habitantes y crecía con fuerza; al final de la década rozaría los cinco millones. Grand Central Station era la única estación de ferrocarril situada en el corazón de Manhattan, la joya de la corona de la New York Central, la gran compañía de ferrocarriles que dominaba la ciudad. Era en esa época una de las empresas más ricas y poderosas de Estados Unidos y una de las mejores empresas ferroviarias del mundo.
El túnel de Park Avenue, con sus cuatro vías, tenía circulaciones cada cuarenta y cinco segundos en horas punta. Para ahorrar tiempo y asegurar que los trenes pudieran entrar y salir de la estación perdiendo el menor tiempo posible, utilizaban una maniobra llamada flying switch: antes de entrar en la estación, los maquinistas separaban la locomotora de los coches de viajeros, con el tren aún en marcha. Unos operarios cambiaban las agujas una vez había pasado la máquina, dirigiendo los coches de viajeros al andén y permitiendo que la locomotora fuera al depósito y volver a ponerse al frente de la composición sin hacer apenas maniobras.
Grand Central Station debería haber sido la joya de la NY Central, pero hacía tiempo que la estación era motivo de quejas y burlas. El edificio había sido inaugurado en 1871 con el nombre de Grand Central Depot, una estación con doce vías y tres salas de espera que daba servicio a tres ferrocarriles distintos (el Central, el New Haven, y el Hudson River Railroad). Cuando abrió las puertas al público, era el edificio más grande de Estados Unidos y la terminal ferroviaria más grande del mundo. Menos de tres décadas después, sin embargo, la que otrora fuera un modelo de elegancia y orden había sufrido una serie de añadidos, parches y modificaciones para aumentar su capacidad a marchas forzadas, con siete vías adicionales, un edificio neorrenacentista para albergar más pasajeros y constantes cambios en su playa de vías.
La ciudad, además, había crecido alrededor del edificio. En 1869, cuando Cornelius Vanderbilt anunció que iba a construir una gran estación en la calle 42, la prensa se burló de él por intentar situar una gran terminal ferroviaria en las afueras de Nueva York, rodeada de campos de coles. A principios de siglo XX, Grand Central estaba en el corazón de un barrio comercial vibrante y caótico, pero su mera presencia era una enorme molestia para los habitantes de la ciudad, por el ruido y el vapor de cientos de locomotoras que cubría las calles de hollín cada día. La inmensa playa de vías en la superficie creaba una barrera que partía la ciudad en dos hasta la calle 59; solo dos puentes permitían el tráfico rodado entre ambos lados.
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Increíble escribir un artículo sobre esta magnífica obra sin mencionar a su arquitecto, Rafael Guastavino, que además era era español de la misma tierra que Calatrava, el que afeó el bajo Manhattan con ese espantoso mamotreto llamado Oculus.
Guastavino es va encarregar només de l’Oyster Bar i del seu accés
Cuando EEUU nos inspiraba y maravillaba, ahora casi nos produce risa y estupor.
Gracias por el artículo. Muy bien escrito. Un regalo.