
La locución latina primum non nocere quiere decir «lo primero es no hacer daño». Se suele asociar al juramento hipocrático que hacen los médicos cuando empiezan su profesión, pero en realidad no la encontramos, tal cual, en ninguna de las muchas versiones que recitan los adeptos de Esculapio, y el origen de la frase se queda sin aclarar. Tampoco es relevante, porque lo que realmente importa es el mensaje, que queda bien claro a cualquiera, sin muchas explicaciones. No dañar. Y si pasamos de la medicina a la religión encontramos frecuentemente algo muy parecido. Por ejemplo, a pesar de las persecuciones, matanzas y genocidios que han perpetuado en muchas épocas históricas en el mismísimo nombre de Dios, los católicos tienen la caridad, la bondad y la no violencia grabadas como pilares en sus escritos y en sus tablas. El budismo tiene como meta el fin del sufrimiento propio y ajeno, el Dukkha, lo cual requiere primero localizar sus causas y luego eliminarlas. O, por lo menos, no fomentarlas.
De hecho, es posible que las religiones hayan evolucionado cuando el tamaño de los grupos sociales se ha vuelto demasiado grande para nuestro cerebro de cazadores-recolectores, la jerarquía y las relaciones individuales de la tribu han empezado a cambiar por el caos de una horda anónima, las inhibiciones han empezado a desmadrarse y, para controlar y calmar ánimos y pulsiones, hemos tenido que inventar a seres invisibles que nos juzgan si nos portamos mal, que siempre están controlándonos y que al final nos premiarán o nos punirán en función de lo que hayamos hecho. Desde los mandamientos de Moisés hasta los pecados capitales de Dante, el mensaje es parecido: hay que portarse bien. En fin, aunque el género humano a menudo no luzca por sus aspectos positivos, parece que tenemos bien claro, por lo menos en la teoría, qué es lo que tendríamos que hacer para propiciar y desarrollar un bienestar individual y social.
Para ser buenos, algunos necesitan una recompensa, real o prometida, mientras que otros, para no dañar a los demás, pasan de premios y necesitan solo una moral, un principio ético sobre lo que es justo. Algunos asocian todo esto con cierta actitud altruista, mientras que otros reconocen que no es necesario el altruismo para propiciar el bien ajeno, porque una situación positiva siempre repercute, finalmente, en una mejoría personal. De hecho, solo el parásito estúpido y primitivo mata a su propio huésped, poniendo fin a su mismo recurso energético. Un parásito más evolucionado e inteligente mantiene a su huésped con vida, o a veces ni siquiera llega a perjudicarle, para seguir chupando del bote. Finalmente, el parásito más evolucionado se llama «simbionte», y ha descubierto que si ayuda a su huésped en lugar de perjudicarlo, entonces tendrá más recursos y más energía, mejorando su calidad de vida y su gozo individual. Ya sea por la promesa de una recompensa futura, o bien por ética, por altruismo o por cuidarse en salud, en todos los casos resulta conveniente hacer el bien a los demás. O, cuando no sea posible, por lo menos no dañar.
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Cipolla, Alegro ma non troppo.
Las tres máximas de Justiniano son: No dañar al otro, vivir honestamente, darle a cada uno lo suyo (si mal no recuerdo «alterum non laedere, honeste víveres, suum quicke tribuere»). Son la base de todos los sistemas jurídicos conocidos. Me resulta llamativo que no haya ninguna referencia al aspecto jurídico, siendo tan trascendente el tema en ese marco. O al menos, me la perdí en la lectura.
Muy interesante el artículo! Muchas gracias!
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