El año en que milité en la Anti-Nazi League

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En el año 1999, a mis veintisiete años, entré a formar parte de la Anti-Nazi League. Sobre esa época yo vivía en Londres, y fue allí donde me sobrevino aquella repentina (francamente inesperada) ventolera de politización y militancia. Aunque siempre me había considerado (de boquilla) de extrema izquierda y antifascista, en los únicos frentes donde había militado hasta entonces eran los de la extrema beodez, el vandalismo público y la subcultura mod. Y la pequeña delincuencia. Y la holgazanería punible por la ley. No tengo una razón particular para justificar mi escaso talante para la militancia, más allá de que en mi instituto, en 1987, los militantes de izquierda, independentista o no (POSI, PORE, MDT y cáfilas similares), eran una panda de PUTOS hippies, estalinistas ajados, charlatanes odiosos, cotillas irredentos, gallinas e hipócritas que olían como fosas sépticas, vestían como camas sin hacer y estaban todo el día chinchando por los pasillos con el altavocito aquel, reclamándonos a todos los felices borrachos que hacíamos la rabona a nuestro aire que dejásemos de inmediato el absentismo académico y acudiéramos de inmediato a esta o aquella manifestación en contra de la ley Corcuera (ni recuerdo qué hostias era) o las pruebas de la selectividad (aquellos sucios hippies querían anularlas, si pueden creerlo). 

La cuestión es que en 1999 yo tenía veintisiete años, como les decía, y aún no había militado en ninguna parte porque, ya lo vieron, los cenáculos pretéritos me habían dado bastante asquito, y además todo apuntaba a que yo era un jeta egocéntrico patológicamente incapacitado para la empatía. Y fue entonces, en Londres, cuando me dio por apuntarme a la ANL. Así, tal cual. Sin meditarlo demasiado, que es como suelo hacer yo las cosas. Como para desafiar la inercia, ¿me explico?

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Las imágenes que tenía yo de la organización hasta entonces eran nítidas, rotundas e históricas, y llevaban adornando mi mente —y las paredes de mi habitación adolescente— desde hacía una década: los dos carnavales Rock Against Racism de 1978, con más de cien mil asistentes y casi todas mis bandas favoritas del momento en cartel (Buzzcocks, Stiff Little Fingers, The Ruts, The Clash, Sham 69, X-Ray Spex, Generation X…), las manifestaciones multitudinarias y bullangueras y multirraciales, la omnipresencia de chapas con la flecha de la ANL en una vasta mayoría de chupas de cuero y Harrington que llevaban las bandas del momento, el vapuleo constante a los nazis cada vez que levantaban cabeza y trataban de reagruparse… Para mí, entrar en la ANL era como pasar de inmediato a formar parte de la leyenda del antifascismo y el punk rock inglés de una sola tacada. Deseaba ser miembro activo de la organización y empezar de inmediato a… Comenzar a… Un momento. ¿Qué se suponía que hacían este tipo de organizaciones? ¿Cuál iba a ser mi papel? Sin duda, razoné, iban a asignarme una tarea comprometida y arriesgada en la lucha contra el neonazismo británico. Quizás me adiestrarían como agente doble para espiar las actividades del National Front o el British National Party desde el vientre de la bestia. Yo sería el tipo de tío que dice precisamente expresiones como «desde el vientre de la bestia». Tal vez incluso tendría un misterioso mote de guerra: Spanish Kiko. Mad Spanish Kiko. Kiko The Mad Spanish Bastard. Kiko The Catalan Tank. The Catalan Tankard. The Drunken Catalan Fool. Careful-With-That-Axe-Kiko. Big Dick Kiko. Handsome Big Dick Kiko. Cool Hand Kiko. Farty Pants Kiko.

Esta y otras cuestiones cruciales atascaban las cloacas de mi mente cuando llegué a Brixton, que era el barrio (en la otra maldita punta de la ciudad) que alojaba su cuartel general. Desde fuera, déjenme que les diga esto de inmediato, aquello no tenía ninguna pinta de «cuartel general». ¿Qué había visualizado yo en mi imaginación febril? Si lo pienso bien, yo diría que imaginé un edificio entero. Eso veía yo en mis ensoñaciones: un caserón con pinta vagamente castrense y actividad febril en los pasillos, y un montón de chicos valerosos y mozas despampanantes agitando banderines y apilando sacos terreros, marciales y dispuestos para el definitivo combate contra esos malvados nacionalsocialistas de la porra. Y con un gran logo corporativo en la fachada.

Déjenme saciar su curiosidad: la ANL no era nada así. Para empezar, era un jodido segundo piso, y ni siquiera especialmente grande. Cien metros cuadrados, y suelo tender al despiporre numérico. Su fachada no desvelaba ningún tipo de información sobre el contenido del habitáculo (ni siquiera en el timbre), y el único rótulo visible desde el exterior, a pie de calle, era el del restaurante griego Panathinaikos II que ocupaba la planta baja. ¿Me deshinché yo por aquello? No señor. Tal vez se trataba de algún tipo de operación encubierta, me dije a mí mismo mientras subía las escaleras y el pestazo a fritanga helénica impregnaba todas mis prendas. Allá voy, Anti Nazi League. Ábreme ya las puertas de la glooooo… Oh. 

¿El montón de chicos valerosos y mozas despampanantes? Eran dos. Dos putas personas. Mujeres. Damas. Las llamaré Sigourney y La Chepitas, no tanto por cautela o para preservar su anonimato, sino porque no conservo el menor recuerdo de sus nombres reales.

Sigourney, lo vi bien rápido, era la chica negra más pija de todo el Reino Unido, un poco como la Hillary de El príncipe de Bel Air, y tenía el acento que deben tener los hijos de David Cameron (aunque ella lo aderezaba con algo de jerga callejera, espolvoreada aquí y allí sin demasiado método). Era obvio que estaba en la ANL por algún tipo de voluntariado obligatorio (valga el oxímoron) de esos que uno cursa para obtener créditos (o como carajo se llamen) de su carrera. Llevaba un afro de clase media (tolerable, pulcro, nada amenazador) y yo la recuerdo con peto tejano, aunque esto último tal vez obedezca simplemente a alguna de mis fantasías onanistas de fornicio hippie.

La Chepitas, por su parte, era una vieja. Una vieja enana, de barbilla prominente, tal vez incluso pilosa (así la recuerdo yo); un poco como aquella Abuelita Paz de Bruguera. Sí, aquella buena mujer parecía una anciana (¿quizás estuvo de cuerpo presente en la batalla de las Ardenas, en 1944, dándoles leña a los nazis originales?), aunque lo cierto es que no debía tener más de cuarenta años. «Quizás la ha envejecido todo el cruento guerrear contra las fuerzas del neonazismo», volví a decirme mientras me adentraba en el cubículo y chocaba esos cinco con ambas, tratando al mismo tiempo de camuflar mi patente desilusión. 

Estaba claro: los tiempos turbulentos y bulliciosos de la Anti Nazi League habían terminado, de forma oficial. Allí no habían milicianos ni armas ni saludos castrenses ni ambiente bélico de ningún tipo (ni mozas despampanantes, huelga decir). Solo pancartas y pegatinas polvorientas amontonadas por todas partes, como en un prosaico almacén de la UGT de Cornellà, y una kettle eléctrica para hacer té, y las dos personas menos fascinantes de la Gran Bretaña soltando bostezos felinos a discreción. Una de las cuales señaló a un zigurat de sobres, y acto seguido a otro zigurat de panfletos, e indicó sin dejar lugar para la interpretación personal que aquel sería mi cometido heroico en la ANL. Ensobrar pasquines, y luego ensobrar unos cuantos más, y en medio de ambas actividades hacer té para ambas como si no existiese un mañana.

Tras dejar claro en qué iba a consistir mi hercúlea tarea en la contienda antinazi, hicieron un par de bromas francamente inapropiadas sobre mi bolsa de mano Lonsdale (hacía muy poco había estallado aquella famosa nailbomb en un pub gay del Soho) y luego volvieron a sus quehaceres y sus bostezos. Dejé escapar un suspiro, y me puse a ensobrar. Al cabo de una hora llamé por teléfono a mi mujer, y le dije que ya estaban repartiendo las armas y que todo estaba dispuesto para el combate final, y luego le conté la verdad, y ella se echó a reír.

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No me llevó mucho tiempo ratificar que la ANL no era lo que había sido. Desde su fundación en 1977 por el SWP, y vinculada al ala izquierda del partido laborista, la ANL desde siempre había sido tildada de tibia organización socialdemócrata por sus detractores. Pero en el pasado, al menos, eran bien capaces de involucrarse en una buena zapatiesta callejera con boneheads o de montar un verbenón callejero en condiciones. Cuando yo me uní a ellos las tornas habían cambiado, estaba claro. Hasta el Club Rubik Catalunya o la Associació Pessebrista de Prada de Conflent tenían unos estatutos más radicales y firmes —y unos militantes más rudos— que la ANL de 1999. Allí nunca se hacía nada más que enviar pasquines informativos o ejemplares de Searchlight, que para colmo ya estaba empezando a expectorar sus últimos estertores y empezaba a desvariar de forma grande en sus titulares.

Aburrido como una ostra, empecé a hacer lo que siempre había hecho en empleos anteriores cuando empezaba a aburrirme: robar todo lo que pudiese ser robado por una mano humana y no estuviera atornillado al suelo. Sí, robar. Saquear, rapiñar, expoliar. Rapiñé en una organización antifascista, lo admito y me llena de bochorno y asquito mi propia admisión; pero lo hice por puro tedio, de veras, y también (aquí viene la infame justificación de mi crimen, pues siempre hay una justificación) porque razoné que era una organización a sueldo de Labour. ¿Y quién no robaría a Labour, eh? Eran parte del establishment, como el PSOE, traidores a la clase obrera, y además me apetecía poseer varias de esas cucas camisetas de ANL y todas esas chapas multicolor, y tal vez también ese atractivo librito White Noise; Inside the International Nazi Skinhead Scene, que era un quién es quién de todos los nazis locos e hijoputas que tanto me fascinaban. Todo fue al saco. Y también a los bolsillos, Dios del cielo. Bolsillos repletos de cachivaches como alforjas a petar de algarrobas. El único mote con el que llegaría a conocérseme aquí, ya empezaba a verse, era Kiko El Apandador de Mierda. Quizás si me meto el White Noise aquí, entre la rabadilla y el panta…

—Mad Kiko —dijo La Chepitas, entrando al almacén (en realidad no dijo lo de Mad) y peinándose el hirsuto mentón con un gran cepillo de cerdas duras, de los que se utilizan en jamelgos—. Prepáralo todo para la manifestación de Southall, que tenemos que vender merchandising.

—Claro —le dije, lanzando las camisetas a tomar por saco, y todas las chapas que me había embutido en los bolsillos sonaron clin-tilín-clanc como campanillas de un trineo— Un momento: ¿manifestación?

Cada año la ANL celebraba una marcha callejera en Southall para conmemorar la muerte de uno de sus militantes, Blair Peach, que por desgracia sonaba a mis oídos como algún nuevo tipo de sabroso artículo de confitería. A Blair Peach lo apioló la policía, como sucede a menudo en cada esquina del globo, pero nadie fue condenado y la ANL seguía manifestándose anual y tercamente (si bien con la asistencia decreciendo de modo geométrico) para recordar dicha injusticia.

Y bien por ellos, no me entiendan mal, aunque hacia esa época yo ya empezaba a estar hasta el moño de la ANL, como pueden ustedes imaginar, y veía de forma diáfana que había escogido mal mis afiliaciones, y que todo aquello era más ñoño que un club de tricot. En todo caso pensé que una buena refriega urbana con la pasma (y también, tal vez, con algunos nazis) me devolvería la fe en el movimiento.

Con tal espíritu acudí a Southall. Dicho espíritu aguantó firme durante tres minutos escasos, hasta que alguien de la organización (no era de Brixton; a los de Brixton los tenía contados: eran dos) depositó en mis manos una hucha y un nuevo saquito de chapas para vender. Ni corto ni perezoso señalé a la cámara que yo llevaba colgada del cuello (me había dado la ventolera paralela de que quería ser fotógrafo) y le dije a aquel viejo (pues casi seguro que también era un viejo achacoso) esta frase, que desde hace años está incluida con todos los honores en mi Libro Gordo del Bochorno Kikil:

—Creo que puedo ser más útil a la organización tomando fotografías del evento.

Lo que, por descontado, ustedes pueden traducir como:

—Mira, Sieteculos —le bauticé así—. Me da un poco de apuro lo de vender chapas por ahí como un hippie piojoso, ¿sabes? Aparte de que soy un vago de siete suelas y (ya percibes que) la militancia práctica no es para mí, y además esta manifestación es más sosa y cuadriculada que unas convivencias salesianas. Nen.

Buscando justificar que había dicho esa estupidez, para colmo, me puse de inmediato a sacar fotos como un demente, pese a que no tenía previsto hacer tantas ni en broma. Aún conservo esos dos carretes revelados, con centenares de fotografías de una concentración insulsa llena de gente que no conozco ni de vista, y también unas cuantas de mi mujer poniendo cara de circunstancias por haber tenido que acompañarme a aquel disparate.

4

Se acabó. Había llegado el momento de ponerle los cuernos a la ANL con otra organización de perfil más viril. Me decidí por la Anti Fascist Action (AFA), basándome esencialmente en una sola frase que mi amigo Roger, un punki de la tienda de discos donde yo trabajaba (y que llevaba el pelo más pringoso de laca que Barbara Cartland), me había dicho un día:

—Los del AFA son unos tarugos sanguinarios e iletrados —me dijo, mientras reordenaba alfabéticamente la sección de reggae A-Z— pero están de nuestro lado. Eso me tranquiliza.

Los nazis de Blood & Honour habían atestiguado este hecho en sus magullados traseros cuando el famoso incidente del Main Event, en 1989, su intento de organizar un macroconcierto de bandas nazis en el oeste de Londres. La discretísima idea de Blood & Honour era reunir a todos sus seguidores en Hyde Park Corner y luego encaminarse sin llamar la atención (un gran plan: centenares de skins rapados portando cruces gamadas en el centro de Londres, silbando y con las manos a la espalda, la-lo-li) hacia la localización secreta del concierto. No importa demasiado la hora o el lugar acordados, porque los nazis jamás pasaron de Hyde Park. Un millar de antifascistas, la gran mayoría del AFA, les arrearon a aquellos rapazuelos nacionalistas una de las GRANDES palizas de la historia del antifascismo. Qué digo: de la historia en general. Fue el fin ratificado de Blood & Honour en Londres. O sea, en serio. Las siguientes actividades de Blood & Honour tendrían lugar en granjas ignotas en mitad de las Midlands, o en pubs desvencijados en algún culo-del-mundo del Gran Londres, con asistencias que oscilaban entre lo risible y lo directamente grotesco.

Emocionado por esta gesta decidí llamar al teléfono del AFA londinense. Una voz grave me comunicó —en cockney casi incomprensible, mascando todas las consonantes y haciéndolas gravilla— que vale, que podíamos citarnos en la estación de metro de Aldgate East para una primera entrevista. Le pregunté cómo íbamos a reconocernos, y la voz me respondió que ellos me reconocerían a mí, y que les dijese solo cómo iba a ir vestido.

Veamos: en aquella época aún conservaba yo innumerables tics y extravagancias de mi época mod, y lo de qué iba a ponerme al día siguiente no se consideraba una cuestión baladí que pudiese yo responderle a un extraño por teléfono, así de sopetón. Diversos factores estéticos, meteorológicos y esotéricos entraban en consideración y, además, no tenía mi armario ropero a mano ni podía comprobar combinaciones cromáticas como Dios manda (ante un espejo, y plantificándote las prendas delante, como un muñecajo de papel a quien le vas alterando el uniforme).

Aturullado, le contesté al fulano que llevaría una donkey jacket, qué sé yo, y así cerramos la hora de la cita.

Naturalmente, cuando llegó el día de nuestro randevú espionajesco yo ya había olvidado por completo lo de mi promesa, y aquella mañana azul y fresca me engalané con lo que se antojaba perfecto: un anorak snorkel monísimo, de color azul y con el parche de un búho que anunciaba CASINO CLASSICS en la pechera.

El resultado de ese impulso lechuguinesco, como pueden sospechar, fue que el agente secreto del AFA y yo estuvimos plantificados en la estación de Aldgate East durante más de cuarenta minutos, incapaces de reconocer al otro. Solo al final de aquella larga espera, y cuando ya solo quedábamos en la salida del metro un caballero muy musculoso con tremenda cara de borrico y yo, me decidí a interpelarle.

—Perdona, ¿eres del AFA? —le dije—. Soy Kiko.

Él me miró de arriba abajo, y luego realizó un barrido visual a izquierda y derecha, para cerciorarse de que no fuese una trampa que le habían tendido unos pérfidos birrias catalanes con peinado Small Faces.

—Pero no llevas la… —me dijo, señalando el anorak.

—Es c-complicado de explicar —titubeé, recordando lo de la donkey jacket—. Cambié de idea.

Él me miró como si acabara de brotarme un culo de mandril en mitad de la frente, y ese culo acabase de recitar la Ilíada entera en griego.

En fin. Cagancho (acabo de bautizarle así) me transportó a un pub cercano, y una vez allí pidió dos pintas de lager (afortunadamente una de ellas era para mí) y un paquete de pork scratchings (morros) y procedió a meterse el contenido entero de la bolsa en el hocico.

—¿For fé fieres enfrar en el AFA, entonfef?— dijo, con la boca llena, como un auténtico cerdo y sin invitar en ningún momento.

Me encantaría relatarles el contenido de la vital conversación con Cagancho, que sin duda fue tan importante para el devenir de Europa como la conferencia de Yalta, pero no recuerdo qué cojones debí contestarle. Sé que Cagancho no me dejó ni un solo morro, como había previsto, que debí tomarme otra pinta (por hacer algo), y que nunca ingresé en el AFA. Se me quitaron las ganas de repente, tras verificar el peso intelectual de aquel estulto cacho de carne. Cagancho era una pieza indiscutiblemente valiosa de la guerra antinazi, no lo dudo, pero me temo que no era el tipo de individuo con el que yo pudiese discutir las novelas de Colin Wilson o la calidad del paño de las bufandas universitarias o los filmes de Powell-Pressburger. Y yo era así, por aquel entonces.

Naturalmente, también abandoné la ANL. Me despedí de Sigourney y La Chepitas en un pub bastante fifí de Brixton, y (ya a mis anchas, y sin carnet de ninguna organización) empleé mi tiempo restante en la ciudad ocupándome de asuntos tan cruciales como leer todas las novelas del Soho existentes, tomar quintales de MDMA en clubs de soul, buscar-y-hallar discos raros, rastrear trapitos monos en ropavejeros y casi vivir en The Blue Posts, el pub de Berwick Street que había en la esquina contigua a mi tienda de discos, Reckless Records. 

No volvería jamás a intentar militar en ninguna otra parte. Había quedado claro: aquello no era para mí.

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6 Comentarios

  1. Me ha encantado el articulo, por cierto, ¿Recomendarías alguna novela de las que mencionas sobre el Soho?
    Yo lei “Soho” de Keith Waterhouse

  2. En una ciudad universitaria alemana hace treinta años, existía en el centro urbano una “Zona libre de nazis”.
    En pasquines pegados en las paredes de la zona se proporcionaba un número de teléfono al que llamar en el caso de que algún nacionalsocialista osará traspasar los límites.
    Fuimos a un supermercado y aparecieron dos señores nazis descomunales. El más bajo me sacaba una cuarta, y mido un metro ochenta. Eso de alto. De ancho, dos armarios. Rapados, botas militares, bombers, tirantes… Todo el combo.
    Me han atracado varias veces, incluso a punta de navaja en el costado, pero puedo decir que fue en esa ocasión cuando comprendí la expresión “cagarse de miedo”, aunque la sangre no llegó al río, no sé si me entienden.
    No pasó nada. Un buen samaritano llamó a los antinazis, una chavalería de redskins, y echaron a los sujetos sin mayor trastorno.

    Por cierto, muy bien descrita la panda de izquierdistas del instituto, solo un matiz, o una glosa más bien. Si eran jipis, no eran estalinistas; si eran estalinistas no eran jipis.
    El problema actual de la izquierda viene de ahí, de que está llena de progres o, en términos leninistas, de izquierdistas, enfermos infantiles del comunismo.
    Si Stalin y los suyos levantaran la cabeza, mandarían a la inmensa mayoría de los jovenzuelos autoproclamados izquierdistas, comunistas o estalinistas a picar piedra en Siberia.

  3. Kiko, a Peach Blair deberias conocerlo por el raggae que le dedica Linton Kwesi Johnson y que tanto ha sampleado/versionado tu amigo vasco.

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