Arte y Letras Historia

Historia de las pandemias (III): La hecatombe americana

Viruelaepide
Enfermos de viruela durante el asedio de Tenochtitlán, según una miniatura de la Historia general de las cosas de Nueva España, o Códice Florentino, de Bernardino de Sahagún., Biblioteca Laurenciana, Florencia. (DP)

(Viene de la segunda parte)

Las enfermedades infecciosas desconocidas siempre encontraron a la humanidad desprevenida. Como hemos experimentado en tiempos recientes, la aparición de un único patógeno nuevo puede desestabilizar sociedades enteras. En ocasiones han sido dos o más patógenos nuevos los que han circulado al mismo tiempo por una misma región, con consecuencias terribles. El ejemplo paradigmático es lo sucedido tras el descubrimiento de América, cuando una decena larga de infecciones llegadas desde Europa pusieron a la población local al borde de la aniquilación.

La coincidencia de dos pandemias ya se había producido en Europa. En 1485, mientras nuestro continente intentaba reorganizar su vida en mitad de sucesivos rebrotes de la peste bubónica, un extraño mal desconocido apareció en las islas británicas. Allí lo llamaron sweating sickness, «enfermedad del sudor». En el resto de Europa fue bautizada peste inglesa o sudor inglés. No se conoce su origen. De hecho, la propia naturaleza de la enfermedad es un misterio y ni siquiera existe una sospecha fundamentada sobre qué clase de patógeno la produjo. Hay pandemias antiguas fáciles de identificar porque los síntomas descritos por cronistas de aquellas épocas coinciden con los de enfermedades que aún existen, como sucede con la viruela o la propia peste. Por el contrario, es casi imposible identificar la sweating sickness con alguna enfermedad actual. Como veremos más adelante, se barajan algunas hipótesis, pero ninguna ha sido aceptada por consenso.

Lo que sí está claro es que la enfermedad descrita por las crónicas era inequívocamente distinta de la peste bubónica. Tan distinta, que ni en aquella época se les ocurrió confundirlas. El curso de la enfermedad era incluso más rápido que el de la peste: desde la manifestación de los primeros síntomas hasta la posible muerte del enfermo transcurrían menos de veinticuatro horas. El cardenal Jean du Bellay, embajador de Francia en Londres, fue testigo de la oleada inicial y, estupefacto, escribió en una carta: «De todas las enfermedades, esta es la que mata con mayor facilidad». Otro cronista, Edward Hall, habló de una enfermedad «tan cruel, que ha matado a personas en dos horas». El propio Hall usó una frase tan expresiva que se hizo célebre entre los historiadores médicos: Some merry at dinner and dedde at supper («Algunos están tan contentos a la hora de comer, y muertos a la hora de cenar»).

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4 comentarios

  1. María Antonieta Ugarte y Chocano

    Debo felicitarlos por estos artículos…He leido los dos primeros capítulos de esta serie. Mucho tiempo he esperado para la tercera parte. Todo lo publicado es muy interesante y leyéndolos termino pensando que cundió muchísima ignorancia, en las autoridades, para hacer frente a la pandemia que hoy vivimos. El siguiente artículo, espero, que no demore demasiado.

  2. Eduardo Roberto

    Qué buena serie de artículos, señor. Una novedad absoluta esa del sudor inglés. Se lo agradezco.

  3. Felicidades por la serie de artículos. Espero con impaciencia el próximo!

  4. Eduardo Roberto

    Me olvidaba. Supongo que usted es el autor de «El carpintero que conquistó el Imperio Romano», pues entonces vayan mis felicitaciones y admiración. Se me hizo corta su lectura. Tres mínimas quejas sobre el mismo: Ninguna dedicatoria, los buenos libros siempre las tienen. Un final abrupto (sobre este punto confieso que talvez se deba a lo corto que me pareció su lectura o a la falta de un epílogo o consideraciones finales que contrabalancee el magnífico prefacio, y la más importante: ¿cuáles fueron sus fuentes para afirmar que Jesús era carpintero? Gracias por la lectura.

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