Una sesión de ciencia ficción

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Last and First Men. Imagen: Films Boutique.

Hace no tanto, los aficionados a la ciencia ficción audiovisual estábamos acostumbrados a la escasez de material. El género producía poca cantidad de películas o series cada año. La situación ha mejorado bastante gracias a dos factores. Uno, las plataformas digitales, que han empezado a comprar y producir ciencia ficción porque su propia estructura requiere que cubran los grandes géneros, para no parecer plataformas «incompletas». Y dos, los efectos digitales, que han permitido que muchas ideas puedan ser plasmadas en pantalla sin necesidad de gastar un dineral en los carísimos efectos especiales de corte tradicional (mecanismos hidráulicos, maquetas, pinturas mate, etcétera).

Así que ahora estamos en una situación bien distinta: se estrena mucha ciencia ficción, al menos en comparación con la que se estrenaba en otros tiempos, y parte de ella pasa desapercibida porque no cuenta con estrellas de renombre en el reparto o la dirección. Y, sobre todo, porque nadie tiene tiempo para verlo todo. He aquí algunas películas cuyo único nexo es que las he visto por primera o segunda vez últimamente; no son necesariamente obras maestras (en tal caso hablaría de ellas por separado), pero me parecen, como poco, interesantes. Intentan hacer ciencia ficción inteligente, lo cual me hace perdonar sus posibles defectos. Es decir, no son como la tontísima Ad Astra, que recurre a piratas lunares y babuinos espaciales para tener entretenido al público palomitero, el cual, se suponía, no era el público objetivo. No es que yo me oponga por sistema a los piratas lunares y los babuinos espaciales, de hecho me gustan como idea aislada, pero sobraban en una película que pretendía ser la versión cósmica de Apocalypse Now (aunque el simple hecho de tener al oscarizado cono de tráfico Brad Pitt como protagonista ya bastaba como advertencia de que quienes producían el largometraje no se tomaban el asunto muy en serio).

Sputnik (2020)

Cuando hablamos de películas rusas de ciencia ficción, supongo que es normal pensar en la era soviética y los consabidos clásicos de Andrei Tarkovski (Solaris y Stalker), las deprimentes historias postapocalípticas (Cartas de un hombre muerto), las viejas aventuras de exploración espacial (Planeta Bur) o los guiños a los estudios sobre la identidad, del estilo Walter Tevis (Per Aspera Ad Astra). Aunque bueno, en el cine de ciencia ficción soviético había de todo y casi siempre interesante, aunque en ocasiones solo por lo diferente: desde el pulp con monstruitos típico de los cincuenta (sí, en la URSS también se hacían pelis de ese estilo) hasta películas educativas, pasando por delirios ochenteros inclasificables como la maravillosamente disparatada Kin Dza Dza!, aquella comedia cuyos cochambrosos alienígenas —que parecían salidos de algún film de Ettore Scola— llevaban campanitas en la nariz y trataban de imponer sus costumbres estúpidas a los visitantes terrícolas. O la surrealista Gorod Zero, película que, además de deleitarnos con suculentas tartas con forma de cabeza humana, nos enseñó, apenas meses antes de la caída del Telón de Acero, que los cincuentones de la URSS amaban con pasión a Elvis Presley.

Así pues, no todo el cine soviético de ciencia ficción era cerebral y filosófico, pero mucho de él tenía esa pátina. La actual ciencia ficción rusa imita al cine estadounidense en lo formal, pero conserva parte de aquella tradición reflexiva. Alguien como Tarkovski admiraba el cine europeo y japonés (todo sea dicho, era un tanto esnob al respecto), pero actuales cineastas rusos han bebido mucho más de Hollywood y eso se nota en las nuevas películas.

Sputnik es el primer largometraje de Egor Abramenko, que no oculta su pasión por clásicos americanos y cita entre sus mayores influencias La cosa versión Carpenter o Alien (esta última dirigida por un inglés, sí, pero muy americana en todos los demás aspectos). Quizá por ello, la prensa occidental ha etiquetado Sputnik como «la versión rusa de Alien»: pues bien, no. Esa afirmación es completamente engañosa. Primero porque Sputnik está bien, pero le falta mucho para llegar a las cotas artísticas de Alien. Segundo porque Alien era básicamente una película de terror, como si Tiburón o Halloween hubiesen sucedido en el espacio, mientras que Sputnik es ciencia ficción más dramática. Hay similitudes argumentales, pero son muy superficiales. Sputnik está ambientada a principios de los ochenta, cuando la URSS todavía existía. Un cosmonauta llamado Konstantin regresa a la Tierra portando en su interior un parásito alienígena. Los militares llevan a Konstantin a una base secreta y lo encierran en una celda reforzada. Allí, comprueban que el parásito es capaz de abandonar el cuerpo de Konstantin por las noches para cazar humanos, mientras el cosmonauta queda inconsciente. También detectan una extraña simbiosis telepática: cuando el alienígena se aleja de Konstantin, el cosmonauta sufre una caída de las constantes vitales. Deducen que, si matan al alienígena, Konstantin morirá también. Para descifrar los efectos que la simbiosis puede tener sobre la mente del cosmonauta, los militares reclaman los servicios de una psiquiatra llamada Tatiana Klimova.

Así que tenemos un parásito alienígena y una protagonista femenina, pero aquí se acaban las semejanzas con Alien. Donde Alien narraba una cacería claustrofóbica en la que primaba el suspense, Sputnik se apoya mucho en personajes y diálogos. Contiene algunas escenas de tensión y violencia (y hasta algunas de gore sangriento) que, vistas juntas en un tráiler, pueden hacer que esta película parezca lo que no es. La película termina centrándose, más que en la acción o el suspense, en la peculiar simpatía mutua que emerge entre el cosmonauta y la doctora, cuando ambos se dan cuenta de que están atrapados en un entorno militarizado donde sus vidas no cuentan. En cierto sentido, me recuerda a Monsters, aquella película de 2010 que en el tráiler parecía ser la típica invasión alienígena en plan La guerra de los mundos, pero que después resultó ser un (buen) drama que usaba a los alienígenas como metáfora social.

Es fácil ver hacia dónde querían ir los guionistas de Sputnik añadiendo posibles dobles lecturas al argumento, y la intención es loable, pero la película quizá apunta más alto de donde consigue llegar. Eso no impide que sea interesante. Hay buenos diálogos, buenas interpretaciones, y conceptos de ciencia ficción que no insultan la inteligencia del espectador. Se nota que el presupuesto no era alto, pero se ha usado de manera efectiva; no tanto al diseñar el monstruito, aunque eso era casi lo de menos. Lo mejor, probablemente, es la actriz protagonista Oksana Akinshina, que está habituada a llevar películas enteras sobre sus espaldas. Su carrera de actriz empezó como niña prodigio allá por el cambio de siglo, cuando ganó un puñado de premios en toda Europa gracias a un par de películas que rodó cuando tenía doce y trece años. Ahora, pasados los treinta, es una mujer muy carismática y capaz de expresarse con gestos muy sutiles. Es una pena que Oksana Akinshina no sea más conocida en occidente más allá de su fantástica aparición en The Bourne Supremacy. Mientras veía Sputnik, pensaba en que sería curioso ver una serie en plan Expediente X o Fringe, pero con la peculiar doctora Tatiana Klimova al frente.

En resumen, Sputnik es ambiciosa (lo cual se agradece) e inteligente (también se agradece), sin recurrir a una complicación innecesaria del argumento. Tiene sus defectos, pero se hacen perdonar porque, en general, va en la buena dirección. Insisto, el tráiler es engañoso, como por otra parte es habitual en estos tiempos. Sputnik no es terror cósmico, sino ciencia ficción clásica que encierra una metáfora de corte emocional, así que nadie debería esperar una «versión» rusa de Alien, sino más bien una «versión» rusa de Monsters.

Archive (2020)

La sombra de Ex Machina (y, de manera más remota, la sombra de Moon) es alargada. En los años recientes han sido varias las varias películas que han imitado tanto la temática como el tono de Ex Machina, y esta Archive es una de ellas. No es tan brillante como su modelo, pero evita los errores más gruesos que suelen arruinar este tipo de cine.

Archive transcurre en un mundo futurista. Se centra en George, empleado de una empresa tecnológica, que ha perdido a su mujer en un accidente de coche. La tecnología de la época ha permitido transferir la consciencia de la difunta desde su cerebro a una computadora; así, sus  allegados pueden todavía comunicarse con ella. Sin embargo, hay un problema: las consciencias transferidas a computadoras empiezan a degradarse cuando llevan almacenadas un tiempo, hasta que terminan desapareciendo. Lo cual, para sus seres queridos, equivale a una segunda pérdida. Vamos, todo esto es la «semivida» descrita en la novela Ubik, así que nos encontramos con la enésima vez que el cine usa ideas de Philip K. Dick sin molestarse en nombrarlo (entre las más conocidas: Matrix, El show de Truman, Inception, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Tenet… la lista es larga). George, en el intento de evitar que la mente de su esposa fallecida desaparezca, usa los recursos de su empresa ilegalmente para construir un robot donde poder trasladarla, y de paso conseguir que ella deje de habitar un extraño mundo virtual, y pueda recuperar la autonomía de movimientos que tenía cuando estaba realmente viva.

La premisa de Archive es simple y la historia se desarrolla de manera igualmente simple. El guion usa algunas triquiñuelas demasiado visibles como para que funcionen del todo, pero el asunto de la inteligencia artificial es tratado de manera sensata, aunque lejos de la superior agudeza de películas como Ex Machina, Her o I Am Mother. El actor protagonista es Theo James, una especie de James Franco británico que quizá hayan puesto ahí para atraer a las fans adolescentes de la trilogía Divergente. Aunque se me ocurren docenas de opciones mejores para ese papel, James lo defiende con corrección (y poco más que eso). Incluso los robots terminan siendo las presencias más simpáticas y convincentes en una película donde rara vez vemos a otro personaje humano que no sea el propio protagonista. Con otro actor, la película podría haberse elevado un escalón más, como sucedió con Sam Rockwell en Moon o Clara Rugaard-Larsen en I Am Mother. Pero bueno, aunque Theo James no llega ni de lejos al nivel de estos, tampoco arruina el material.

Lo que más me llamó la atención de esta película fue el diseño de producción y lo fantásticamente bien usados que han sido los recursos visuales. En Archive abundan los efectos computerizados, algo que se me suele atragantar en otras películas porque suele terminar consiguiendo que muchas escenas se parezcan a un videojuego. Pero, con todo, en Archive se consigue que los efectos se fundan de manera creíble con los actores y los decorados, y hasta llega a ser convincente en los paisajes. Si es usted de quienes disfrutan viendo diseños de robots y estructuras industriales plagadas de tecnología futurista, aquí tiene bastante que contemplar. No hay muchos escenarios, pero los que hay han sido cuidados con mimo, y me atrevería a decir que Archive es de esas películas cuyo apartado visual supera lo que cabía esperar de su presupuesto. Obviamente no hablamos de efectos al nivel de Star Wars,

Por lo demás, no creo que haya nada en Archive que no se haya visto en otras película recientes. Al contrario, todo tiene un aire familiar. Aun así, y sabiendo que no hay nada nuevo o revolucionario, los aficionados a la ciencia ficción clásica no se sentirán disgustados.

The Girl with All the Gifts (2016)

Esta película ya tiene un tiempo. En su momento pasó desapercibida y ha ido generando cierto runrún con el paso del tiempo. No es una obra maestra, pero sí una buena película que presenta uno de los argumentos más interesantes de la década en el trilladísimo —y ya agonizante— subgénero de los zombis (o «infectados», para quienes aún se preocupan por hacer esta tontísima distinción). No es una película de terror, sino de ciencia ficción de lo más clásica. Tan clásica, que podría decirse que The Girl with All the Gifts (La niña con todos los dones) es una nueva vuelta de tuerca a las ideas que emergieron de la novela I Am Legend de Richard Matheson, las mismas ideas que inspiraron la revolución iniciada por George A. Romero.

La película se ambienta en una Inglaterra arrasada por una epidemia de hongos que convierten a los seres humanos infectados en criaturas carentes de inteligencia y ansiosas por devorar a seres vivos (vamos, que los convierte en zombis). Sin embargo, esta animalización no llega a ser completa en los niños de la segunda generación de infectados, quienes sí poseen una inteligencia humana, aunque aún la pierden momentáneamente cuando olfatean a un ser vivo. En una de las pocas bases militares que quedan en pie, un grupo de esos niños viven encerrados en celdas. Excepto cuando olfatean la cercanía de seres vivos, son niños normales. Incluso reciben clases en una especie de aula, aunque atados a una silla de ruedas ante el riesgo de que ataquen al personal. Tanto la profesora que les enseña como los militares usan un espray que camufla el olor corporal, y esa es la única manera de poder acercarse a los niños sin que estos se transformen en bestias depredadoras.

De entre esos niños, la más brillante es Melanie, una superdotada intelectual con carácter plácido y amable, que mantiene una relación muy afectuosa con su profesora. Melanie no conoce otra vida que esa que transcurre entre la celda y el aula, y hasta parece acostumbrada a los insultos y menosprecios de algunos soldados. Hasta que un día ocurre un evento catastrófico: los infectados adultos que rodean la base militar consiguen superar las barreras, mientras los soldados se ven incapaces de contenerlos. Solo un puñado de humanos sanos consigue escapar, llevándose a Melanie consigo. Esto hace que la niña empiece a replantearse su lugar en el mundo. De repente, ha de asumir algo que ya sabía, pero que en las nuevas circunstancias adquiere una nueva dimensión: exceptuando a su profesora, los humanos la ven como un monstruo. También ha de asumir que ella misma tiene un vínculo biológico con los infectados adultos, que sí son monstruos, o se comportan como tales. Melanie se da cuenta de que en el mundo hay dos especies inteligentes. Los humanos convencionales, que están en proceso de extinción, y los mutantes como ella, que son capaces de convivir con los irreflexivos infectados adultos. El espectador ha de formularse similares preguntas con respecto a la niña: ¿Es una persona? ¿Es un monstruo? ¿Tiene derecho a vivir su vida con libertad, aunque eso suponga poner en riesgo a los pocos humanos convencionales que quedan sobre el planeta?

Todas estas preguntas tan intrigantes me llevan a formular una queja que rara vez hago sobre una película: The Girl with All the Gifts debería haber sido una miniserie. Lo normal en estos tiempos es quejarse de lo contrario, pues algunas series usan demasiado relleno para añadir horas a lo que podría haber sido narrado en un solo largometraje. Pero el mundo de The Girl with All the Gifts presenta tantos interrogantes dignos de atención que, la verdad, se hubiese agradecido verlos expuestos a lo largo de cinco o seis episodios de una hora. No es que la película contenga ideas revolucionarias, lo cual, a estas alturas, es difícil en la ciencia ficción. Tampoco es que los personajes, exceptuando a la protagonista, no sean estereotipados. Tampoco es que no haya momentos tópicos de película postapocalíptica, que los hay. Pero las ideas que maneja el guion, no siendo nuevas, están presentadas de manera tan atractiva que piden un desarrollo mucho mayor. No sé si en la novela original se ofrece un mejor desarrollo de ese mundo, pero insisto: la película acaba sabiendo a poco.

En cuanto a la interpretación de la protagonista, suelo coincidir con el dicho de Alfred Hitchcock: «No hagas cine con niños, ni con animales» (él añadió «ni con Charles Laughton», a quien no soportaba, aunque a mí me gusta mucho Laughton como actor). En el caso de los animales me mantengo firme. En el caso de los actores infantiles, cuando sé que son los protagonistas me producen cierta reluctancia a la hora de ponerme a ver una película, aun admitiendo que, en ocasiones, pueden llegar a realizar interpretaciones que elevan el material. Y eso es lo que sucede aquí con Sennia Nanua, la actriz infantil que interpreta a Melanie. Me da la sensación de que el director Colm McCarthy tuvo el gran acierto de no pedirle a Sennia que se pudiera a interpretar como lo haría una actriz adulta. Y así, precisamente por su candidez y naturalidad, Sennia le confiere una aureola muy creíble al extraño papel de humana medio zombi. La chiquilla, esto es obvio, tiene un gran talento interpretativo y es capaz de hacer ante la cámara cosas muy sutiles que uno normalmente no espera de una niña de su edad. El resto del reparto está bien, destacando a Glenn Close, que ha llevado a la perfección el típico «personaje Glenn Close» que consiste en una mujer implacable. Confieso que en otras épocas no era yo el mayor fan de Glenn Close, pero hace ya bastante tiempo (desde Damages, probablemente) que apenas la veo bajar el listón en cualquier cosa en la que aparece. Y aquí está, una vez más, fantástica.

En resumen, The Girl with All the Gifts es de esas películas que de verdad aportan una mirada refrescante a un subgénero en el que está todo hecho, pero donde aún se pueden combinar elementos conocidos de manera que consigamos ver lo familiar desde una perspectiva distinta. Me pondría a pedir que hagan una miniserie, pero la verdad, me resultaría chocante ver a otra actriz infantil en el papel de Melanie.

Last and First Men (2020)

Vamos con una de esas cosas a la que no llamaría «recomendación» porque, exceptuando a un pequeño sector de gente aficionada a las cosas raras, sé que un nocenta y cinco por ciento de los espectadores se morirían del tedio viendo esto. Que a mí me ha gustado mucho, pero sabiendo que es como hacer paracaidismo: le gusta a quien le gusta, y a quien no le guste no hay manera de convencerlo.

El compositor islandés Johan Johansson quizá les suene porque escribió bandas sonoras para gente como Denis Villeneuve o Darren Aronofski. En lo estrictamente musical, su trabajo me parece muchísimo más interesante que el de, por ejemplo, Hans Zimmer. En cualquier caso, Johansson saltó a las noticias en 2018 debido a su prematura y extraña muerte, parece que relacionada con el consumo de cocaína. Pues bien, el cine no solo perdió un gran compositor, sino un director en ciernes al que parecía importarle un pimiento la repercusión comercial de lo que rodaba. Johansson se ganaba la vida con la música y lo de ponerse tras la cámara parecía ser una afición personal más que una aspiración profesional. De hecho, sus únicas dos obras como director son cine experimental de lo más anticomercial que se pueda imaginar. Son esa clase de cine que nunca hubiese tenido sitio en los circuitos de distribución habituales, y que solo se suele ver en festivales.

En 2105 estrenó un documental —por llamarlo de algún modo— titulado The End of Summer. Sobre una banda sonora compuesta por él (claro), The End of Summer mostraba largos planos de icebergs, bandadas de pingüinos y demás estampas de la Antártida. Rodado en blanco y negro (¡y en Super 8!), la imagen granulosa simulaba una película estropeada tras décadas de haber estado perdida en la bodega de algún barco atunero. Era la clase de filmación no-abstracta-pero-casi que se ve con frecuencia en exposiciones de arte. Vamos, la clase de filmación que requiere de un espectador dispuesto a sumergirse en una nebulosa perceptiva en la que nada sucede. El filmar algo así puede parecer un ejercicio de esnobismo, pero yo creo que The End of Summer demostraba el amor de Johansson por imágenes muy antiguas, como queriendo insuflar vida a las viejas fotografías de exploradores. Y creo que demostraba que el músico tenía talento también para la composición visual.

Está claro que rodaba para sí mismo, totalmente indiferente a la posibilidad de que el resultado no le gustase a nadie más que a él. Y lo mismo sucede con su primer largometraje, Last and First Men, que algunos lo han calificado como «audiolibro de lujo», lo cual, cabe admitir, tiene una parte de verdad. La película adapta parte de la novela Last and First Men de Olaf Stapledon, pero no esperen una película de ciencia ficción al uso. No hay actores, no hay acción visual, y solo oímos a la actriz Tilda Swinton recitando un texto, poniendo voz a la representante de una humanidad extraordinariamente evolucionada que nos habla desde dos mil millones de años en el futuro. En esa época, los humanos han conseguido la inmortalidad —salvo por causas no naturales—, pero también han descubierto que el sol va a estallar y que no tienen forma de escapar al desastre.

El texto en sí mismo es magnífico y Tilda Swinton lo comunica con extraordinario poder de convicción. Las imágenes que acompañan son larguísimos planos de monumentos abandonados enfocados desde ángulos inusuales. Y esto es lo duro para quien no disfrute con la reposada contemplación de estructuras de piedra: Last and First Men no ofrece nada más desde el punto de vista visual. Si no le gustan los primeros cinco minutos, no le va a gustar el resto. Si no le basta con escuchar el texto y sumergirse en las imágenes, el metraje posterior no le reserva nada nuevo. De manera muy, MUY remota, Last and First Men me trajo a la mente algunas de las psicodélicas películas de Sergei Parajanov, en las que se sucedían escenas sin aparente sentido. Con la diferencia de que Parajanov, aun compartiendo el completo desdén por lo que pudiera sentir el espectador medio, mostraba imágenes siempre cambiantes, tan raras que lo mantienen a uno entretenido aunque solo sea por la constante sensación de estar en mitad de un viaje ácido. El cine de Parajanov, aunque no es entretenido en el sentido que pueda serlo el cine de Hollywood, contiene toda clase de estímulos: juegos cromáticos, folclore armenio, actores haciendo cosas raras, etc. Por el contrario, Last and First Men carece de todos esos elementos dalinianos que le dan tanto colorido al cine de Parajanov. Johansson pasea la cámara de manera lenta y obsesiva sobre estructuras monótonas, hasta el punto de conseguir que Parajanov parezca Tarantino. Si le horroriza a usted cómo suena todo esto y piensa que el cine experimental de esta clase es una tortura asiática, deje de leer aquí mismo: Last and First Men no es para usted. El potencial de esta película para provocar aburrimiento a quien no conecte con ella podría llegar a petrificar a un monje budista.

Hecha esta seria advertencia, lo cierto es que la lenta deambulación de la cámara y la música del propio Johansson crean una atmósfera asombrosamente idónea para la narración de Swinton. La película consigue capturar la noción de esas enormes distancias temporales, de la extrañeza de una civilización que, siendo humana, ya tiene poco que ver con nosotros. Todo tiene una aureola irreal y distante que parece querer transmitirnos la sensación de que estamos contemplando las ruinas de un futuro inconcebiblemente lejano. En otras circunstancias, Last and First Men podría haberme adormilado en diez minutos, pero debí de verla en un momento idóneo porque confieso que me sentí cada vez más inmerso, hipnotizado por la combinación de voz, música e imágenes. Hay que buscar el momento idóneo y además hay que estar dispuesto a abandonar toda pretensión de entretenimiento. Pero, para algunos al menos, la experiencia puede funcionar.

Me gusta explorar el cine experimental aunque solo sea por curiosidad, y, no pocas veces uno se topa con ejercicios pretenciosos cuyas ínfulas no se sostienen porque no están presentes los méritos artísticos que las justifiquen. Es habitual que la torpeza y la falta de talento visual se escondan bajo la pretensión de hacer algo «conceptual» y «diferente». Pero Johansson ni era torpe, ni estaba falto de talento. Last and First Men tiene esa cualidad indefinible que separa la debacle pretenciosa del logro artístico. Pocas películas más lentas que esta he visto en mi vida y, aun así, me ha fascinado el universo creado por Johansson (admito que también influye el que la narración adapte parte de una de las obras clásicas de la ciencia ficción). Lo malo es que resulta difícil saber con exactitud a quién recomendar este artefacto. Estoy convencidísimo de que hay más personas que pueden llegar a disfrutarlo, pero es difícil señalar de antemano a quiénes. Es posible que algunos admiradores de Tarkovski lo aprecien, aunque no hay un parecido estilístico y el ruso hacía películas más entretenidas que Last and First Men es (sí, acabo de decir lo que acabo de decir: Tarkovski ¡era más entretenido!). Pero supongo que a estas alturas ya me entienden: Last and First Men es un cine hecho para la contemplación. No lo estoy recomendando en general, pero creo que quien guste de estas cosas ya tendrá suficientes pistas. E insisto: quien a los diez minutos no haya conectado, que lo deje estar. Sé que es un tipo de cine minoritario y escabroso, y sé que, además, depende mucho de cuándo y cómo lo ve cada cual. Pero, dentro de ese género de cine contemplativo, es realmente una obra digna de dicha contemplación. Lástima que Johansson nos haya dejado porque he terminado sintiendo mucha curiosidad, que ya nunca será satisfecha, por lo que podría haber rodado a continuación. Créanme, dentro del cine experimental son pocas las veces que se ve algo tan bien hecho.

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6 Comentarios

  1. Tomo nota de ‘Sputnik’ y me aventuraré con ‘Last and Fisrt Men’ porque estoy seguro de que me va a gustar. Personalmente, de estos últimos años no me canso de recomendar la sueca ‘Aniara’ (2018) de Hugo Lilja; para mí todo un descubrimiento, aunque también pienso que podía haber dado para mucho más. Un gusto leerle siempre Sr. de Gorgot.

  2. Tomo nota de las recomendaciones, muchas gracias.
    De las mencionadas solo he visto The girl with all the gifts y me pareció interesante.
    Saludos.

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