Para que no se espante (it’s not about you)

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Yvonne Rainer, 1965. Fotografía: Cordon Press.

Durante algún tiempo existió una leyenda, más urbana que rural, sobre las azafatas de degustación de bombones. Las mujeres que pasean en los eventos con bandejas colgadas del cuello para ofrecer una surtida mezcla de dulces entre los asistentes. Para ellas la tentación, figúrense, era mayúscula. Horas de efluvios de praliné, de pedruscos de chocolate suizo a un palmo de la nariz. Era humano premiarse con uno. O dos, tras la sobrecarga de estrictas sonrisas y espalda recta. Tres, cuatro. No lo tenían prohibido, al contrario. En lugar de eso (apelar a su responsabilidad profesional en semejante trabajo de mierda, o al autocontrol vacaburrista) los responsables les otorgaban carta blanca. La jornada previa, convidaban a las azafatas a darse un festín, un bufé libre de bombones; pretextando algo sobre el control de calidad u otra cucamona. La maniobra era de una cándida eficacia: si tras el atracón, la golosa tentación insistía en regresar al día siguiente, la punzada en el vientre la mantendría a raya. 

Esta anécdota de veracidad sospechosa sirve para hacer toscos paralelismos con el papel de la responsabilidad en casi cualquier profesión. En el periodismo, habituado a concederse una importancia y una responsabilidad de dioses mórbidos, el bombón eres tú. Es decir, el periodista, la primera persona del singular. La suculenta tentación de colarse en el texto está al alcance de la tecla. ¿Cuándo es aceptable que el narrador aparezca en el texto? ¿Aporta o estorba? ¿Es vanidad, narcisismo, ombliguismo… siempre?

Por si sobrevive algún incauto: no, eso tampoco lo enseñan en la universidad. Al menos no en gran parte de las facultades de periodismo. Suficiente tienen con corear apolillados eslóganes sobre que «el periodista no puede ser la noticia» (que se lo digan a Jamal Khashoggi) y con conceder el usufructo de la opinión a las columnas y los editoriales; absolutistas de que cualquier yo debe ir entrecomillado fuera de esos muros. El periodismo precintado en cómodos géneros. Buena suerte con eso.

En realidad, esas nociones llevan anquilosadas décadas. A finales de los cincuenta, cuando ciertos autores se pusieron a hacer el cafre en cabeceras estadounidenses, lo que más ofuscó al periodismo bienpensante no fue que ellos (Tom Wolfe, Joan Didion, Jimmy Breslin, Gay Talese, John Sack…) se colaran en las crónicas y lo pusieran todo perdido de detalles personales. El Nuevo Periodismo se salió del carril de las narrativas convencionales aplicando técnicas y formatos de la literatura de ficción para contar historias reales: sucesión de escenas, varios puntos de vista, extensión alocada… y sí, también la incorporación desacomplejada del «yo» narrador. Pero es absurdo reducirlo exclusivamente a esto último, o concederle toda la subversión. Esta hibridación no era nueva pero funcionó como nunca antes, convirtiéndoles en estrellas del rock (1). Y ya sabemos lo que llega después: el ataque de los clones. Las réplicas. Todos estos autores «dejaron una estela realmente terrorífica que aún se agita por las páginas de los diarios», resume Félix de Azúa en Autobiografía de papel. Una vez abiertas las compuertas del «yo», el húmedo aspiracional periodístico no era solo el Watergate (que brillase la historia), sino marcarse también una crónica a lo gonzo-Hunter S. Thompson (que además, brillases tú). 

En este antiguo dilema no suele haber bandos. Salvo provocaciones hiperbólicas, no existe tal cosa como los detractores de la primera persona y los defensores a ultranza. Se bascula en un prudente depende. Dicho de otra forma: la duda no es si usar la primera persona o no usarla («sería un error ir en contra de una sola manera de mirar el mundo», dice Leila Guerriero) sino cuándo hacer uso de ella. Cuándo quien narra apela a sí mismo para aportar algo valioso a la historia o cuándo está creyéndose más interesante que el tema sobre el que escribe. No se trata, como parodiaba Wolfe, de rendir pleitesía al «Santo Espíritu de la Objetividad», porque la subjetividad de quien escribe se contagiará en una historia sin importar si está escrita en primera persona o no. Uno puede ausentarse como narrador, pero su subjetividad gritará en cada párrafo de mil y una maneras distintas. Demos esto por superado. 

Se trata, en definitiva, de si debes formar parte del relato o sería mejor hacerse a un lado. De cuándo comerse ese bombón. 

***

Comencemos por el consenso: algunos de los trabajos más brillantes de la historia del periodismo están escritos en primera persona. Entrevistas, crónicas, semblanzas… y no solo en el Nuevo Periodismo. Por ejemplo, la dieta de Oriana Fallaci era rica en confitería: «Yo no me siento, ni lograré jamás sentirme, un frío registrador de lo que escucho y veo. Sobre toda experiencia profesional dejo jirones del alma, participo con aquel a quien escucho y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición. Y en efecto, la tomo, siempre, a base de una precisa selección moral», reconoció en Entrevista con la historia. Lo que la italiana contaba antes de dar paso al diálogo con personajes como Yasir Arafat, Henry Kissinger o incluso Alexandros Panagoulis llevaba el yo tatuado, indeleble. Esas introducciones, a ver quién lo niega, en ocasiones eran más jugosas incluso que la entrevista en sí. 

Ocurre lo mismo con indiscutibles reporteros valedores de este recurso, como la difunta Mary Colvin, Alma Guillermoprieto o Plàcid García-Planas (2), por mencionar tres nombres al vuelo. Para otros como Ted Conover el «yo» resulta irremediable, porque es parte crucial de la historia, habida cuenta de que las suyas son crónicas de inmersión. No existe ninguna fórmula en tercera persona para detallar cómo son las cárceles estadounidenses por dentro sin explicitar que él mismo se infiltró como funcionario de prisiones. También los hay que asoman solo la puntita, como Thomas Chatterton Williams, que en sus entrevistas con políticos de la ultraderecha francesa no sortea (sino que chapotea) la obviedad de que él es negro. «Para mí, la primera persona es un instrumento de honestidad. Es una forma de señalar que no estás revelando ni la verdad ni la realidad. Solo estás contando lo que tú has logrado descubrir o comprender de un tema determinado», dice el escritor Emmanuel Carrère, con toda seguridad, la figura de paso más frecuente cuando el uso de la primera persona sale a la palestra. Sea cual sea el «yo» frecuentado por cada cual, a la mayoría les hermana en el mismo rechazo que expresó Fallaci: «No me comporto con el desasimiento del anatomista o del cronista imperturbable». 

Pero Oriana Fallaci hubo una. Y falleció en 2006, antes de ver cómo el yo se convertía en la lingua franca de internet. Al principio, los textos que relataban experiencias de toda clase fueron el sustrato de aquellos blogs primigenios que convirtieron la primera persona en la voz nativa de la red. Aunque su naturaleza cayera más del lado de la literatura en formato diario («a mí me ocurrió esto») el hecho de que se abordaran temáticas con relevancia o controversia social los fue escorando, paulatinamente, hacia otro lado. Eran una suerte de bárbaros virtuales que merodeaban en torno a las puertas de la cultura periodística tradicional, incursionando de tanto en tanto en ella. Aupados por los cambios sociales y la ampliación de la esfera pública de «lo personal es político», estos asentamientos se robustecieron y cristalizaron en sus propias cabeceras: Jezebel, Gawker, BuzzFeed, Vox, XOJane… medios de comunicación que en todo o en parte se nutren de este tipo de contenidos cuya estructura se resume en «Yo soy X y me ocurrió Y». A saber: «Así perdoné a mi violador», «Cómo Medicaid obliga a familias como la mía a seguir siendo pobres» o «Soy una mujer blanca que salió con un Pantera Negra. Podría haber sido Rachel Dolezal» (3)

La conquista acabó por producirse: entraron en la ciudadela. A lo largo de la última década la práctica totalidad de diarios y revistas canónicos han incorporado estas narraciones en primera persona como parte de su menú diario, ya sea en secciones creadas ex profeso o diseminadas en sus páginas. Una suerte de ensayos personales que se sirven del yo para iluminar lo colectivo: «Entiendo por qué los occidentales se están uniendo a movimientos yijadistas. Yo casi fui uno de ellos», publicado en The Washington Post, o «Por qué estoy celoso del seguro de salud de mi perro», en The New York Times. La conquista se saldó con su propia etiqueta en forma de corona: se lo bautizó como «periodismo confesional» (4), género que reúne una ingente cantidad de vítores y rebuznos, pero ridícula comparada con el volumen de clics. El atractivo es poderosísimo. «Escribir en primera persona es algo muy llamativo, es como poner a una chica en bikini en la Puerta del Sol. Todo el mundo se va a parar a mirarla», explica Leila Guerriero. Y para los medios es también una maniobra de captación de atención (seamos honestos) mucho más barata.

Lo cual nos sitúa en un momento insólito: nunca antes ha habido una oferta tan masiva de primeras personas fuera de la literatura, una auténtica pandemia del yo, yo, yo. Hoy por hoy hay disponibles kilómetros de ubicuos reportajes, ensayos, crónicas en las que el yo ha dejado de ser un anatema para convertirse en la prima ballerina. Excelentes, mediocres, insulsos o esforzadísimos trabajos de émulos de Truman Capote convencidos herederos del Nuevo Periodismo conviven con ensayistas que escarban en su propia identidad, convencidos de que lo mejor que le pueden contar al mundo es lo peor que les ha ocurrido. Llegan de procedencias distintas pero confluyen en el mismo lugar: en sus mismísimos ombligos. 

El tiempo en el que se proclamaba que el periodismo era ese motelucho donde el escritor pernoctaba para llegar a la gran ciudad de la novela, ya ha pasado. Hoy, ese motel es un complejo hotelero con habitaciones confortables para egos excelsos. La banda que escribía torcido se convirtió en la banda que escribía sobre la banda. 

***

Norman Mailer jamás subió al Apolo XI. Sin embargo, en Un fuego en la luna, la legendaria crónica sobre la conquista del satélite, él era el auténtico protagonista, no la nave. A su enemigo íntimo y compañero del Nuevo Periodismo, Tom Wolfe, le hizo rechinar los dientes. Le desagradó sobremanera el protagonismo del dipsómano Mailer, cuyo rostro a toda página ilustró la portada de Life con la primera parte del relato. «Su obra estaba distorsionada por esa insistencia suya en formar parte de la narración», dijo, cuando Mailer ya había muerto. Wolfe había empezado a vislumbrar que uno de los platos estrella de su movimiento podía también generar empacho por atracón de uno mismo. Y lo sabía porque recordaba la indigestión.

«La primera vez que vi coches personalizados…» arranca Wolfe en su crónica «El coqueto, aerodinámico rocanrolcolor caramelo de ron». Lo que escribió como resultado de una visita a una exposición de coches tuneados en California se convirtió en su primera antología, y también en su primer arrepentimiento (5). Años después, juró que no tendría que haberse puesto por delante de la historia. «A menos que seas una parte de la trama, creo que es un error escribir en primera persona», zanjó. Estaba usando a los demás (aunque los demás fueran coches) para hablar de él. 

Hay muchísimos (demasiados) debates abiertos sobre lo que debe o no ser el periodismo. Sobre sus límites, sus errores, sus mitificaciones, servicios o enmiendas. Y cada respuesta acarrea una contradicción. Pero esta quizá no debería sumarse a esa lista: ¿debe el periodista usar a los demás como pretexto para escribir sobre sí mismo, sobre sus propias vivencias? La que fuera directora del The New York Times, Jill Abramson, tiene claro que eso es exactamente lo que ha ocurrido en los últimos años. En no pocas ocasiones ha llamado la atención sobre la pendiente narcisista por la que se despeña últimamente este tipo de festín de la primera persona, al borde del solipsismo. Como profesora de periodismo en Harvard ha constatado que la mayoría de los estudiantes ansían escribir en primera persona, relatos altamente personales sobre ellos mismos. «No se trata de nosotros. Se trata del mundo y de cubrir el mundo. La distancia es parte de la disciplina periodística», recuerda. 

No habla de una distancia física, evidentemente. Es una distancia de visión, de responsabilidad: a un periodista no se le manda a un conflicto para que sea una víctima de guerra y lo cuente. Se le manda para que cuente lo que les ocurre a las víctimas de esa guerra. Así lo expresaba la Nobel Svetlana Alexiévich, cuando un año después de la catástrofe de Chernóbil, le decían: «Todos escriben. Y usted que vive aquí, en cambio, no lo hace. ¿Por qué?». Ella reflexionaba: «Si antes, cuando escribía mis libros, me fijaba en los sufrimientos de los demás, a partir de entonces mi vida y yo se convirtieron en parte del suceso. Se fundieron en una sola cosa y no había manera de mantener una distancia». Reconoce que podía haber escrito rápidamente, en primera persona y como testigo presencial una obra sobre qué sucedió en la central aquella noche, quién tenía la culpa, cómo se ocultó la avería a su propio pueblo y al mundo, y cuántas toneladas hicieron falta para construir el sarcófago sobre el reactor. Pero algo le detenía la mano. Escogió no contar aquello, sino otra historia: la de los viejos campesinos, la gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski y sin internet, pero cuya conciencia había dado cabida a un escenario del mundo. Durante veinte años recopiló testimonios y relatos ajenos, prestándoles su voz y su primera persona para que monologaran en Voces de Chernóbil.

En el periodismo lo que importa es el tú, no el yo. Es un oficio esencialmente subalterno (6). Si eso no se transgrede, todas las opciones son válidas: primera o la tercera persona, no hay nada indecente en ninguna de ellas. El periodismo deja de serlo cuando se convierte en una disculpa para nuestra notoriedad y vanidad. Cuando el otro importa menos que tú. 

Todos caemos en eso en algún momento, no hay nadie libre de pecado. Los periodistas, reos perpetuos de nuestros egos, nos colamos en el texto creyendo que aportamos, algo que lamentablemente sucede una minoría de las veces. En la mayoría, con honesta la vocación de acercar más una realidad, damos la vuelta al catalejo y miramos al revés, por la mirilla pequeña. La historia de fondo se empequeñece, volviéndose tan minúscula como un pretexto. Ocurre con el «yo» lo mismo que la periodista Kaithe Rophie les advierte a sus alumnos sobre las metáforas: «El 90 % de las veces quedan fatal. Sobran. Pero hay un 10 % que quedan genial. No hay un término medio». Tampoco hay una fórmula mágica, una regla de oro que establezca con claridad cuándo a uno le está quedando el texto como a Joan Didion, o cuándo parece que está colándose en una emisión en directo para bramar «¿puedo saludar a mi madre?». Es difícil entrar en ese brillante club del diez por ciento. Cuando se está perdiendo el foco, la escritora Vivian Gornick (7) suele deslizar un consejo: «No escribas sobre tus sentimientos. Usa tus sentimientos para escribir». 

Esta es una de las pocas lecciones (8) del periodismo que debería serigrafiarse en cada redacción, cada facultad y cada cronista, reportero y narrador del globo, a fuego: el periodismo no va sobre ti. 

El periodismo no va sobre ti. 

Esto no va sobre ti. 

It’s not about you, que suena mejor. 

Ahí fuera hay millones de personas con experiencias y vidas infinitamente más interesantes que las tuyas. Tuyo es el privilegio de contarlas. Nadie te dice que no te comas el bombón. Que no te cueles para añadir algo que aporte una perspectiva, un matiz, un suceso que importe en la historia, aunque no sea su pared de carga. Pero sin olvidar que jamás ningún menú equilibrado se compondrá exclusivamente de bombones. No pasa nada, hay más restaurantes: si solo quieres escribir sobre ti, siempre estará la literatura, donde hay sitio para un Narciso más. Pero en el periodismo, pongamos al burro detrás para que no se espante. 

De lo contrario, el precio a pagar será alto. Cuanto más ensimismados nos volvamos, cuanto más tiempo invirtamos en contar sobre nosotros, menos contaremos sobre los demás. El espacio es ilimitado, pero el tiempo no. La tragedia no tiene forma de bombón, sino de pérdida: la de todas las historias que dejan de ser contadas porque nos metimos en medio.


Notas

(1) Sí, lo que hicieron estos autores se hacía antes: William Hazlitt ya narraba en 1822 torneos de boxeo con buena parte de estas técnicas, y Joseph Mitchell también. Y aunque a estas alturas la referencia está sobadísima, Marc Weingarten explica en La banda que escribía torcido (Libros del KO) todo lo que hay que saber al respecto del Nuevo Periodismo.

(2) El periodista catalán sostiene que «reportear es hacer el amor, y eso se hace en primera persona».

(3) Ejemplos de titulares de textos de Vox, Slate y XOJane.

(4) La etiqueta puede atribuírsele a la periodista Rosalind Coward, en su ensayo Speaking Personally: The Rise of Subjective and Confessional Journalism, que estudia la emergencia de esta clase de contenidos en el periodismo contemporáneo, dentro de una sociedad que también caracteriza como «confesional». Además, añade datos indiscutibles sobre cómo los editores de los medios tradicionales están a la caza y captura de este tipo de historias en primera persona, en detrimento de las demás.

(5) En puridad, Wolfe se justificó también contando que él ni siquiera quería escribir aquella crónica para Esquire, pero que el editor le presionó porque la exposición de coches tuneados había pagado una buena suma por publicar las fotografías que acompañarían a la crónica. Así que escribió cuarenta y nueve páginas.

(6) La frase es una libre adaptación de una idea del escritor Jorge Carrión.

(7) Aunque no hable estrictamente de periodismo, sino de narrativa de no ficción, Gornick analiza con lucidez el abuso del yo en el libro The Situation and the Story. Y lo hace a través de un autoexamen ciertamente revelador.

(8) Otras dos serían: «Pulsa Guardar» y «Lleva siempre dos grabadoras».

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One Comment

  1. Genial reflexión acerca de que el mensaje no puedes ser tú. Sería interesante conocer cuál es el porcentaje de quienes lo llevan a la práctica en el mundo de la comunicación. Enhorabuena.

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