
Durante algún tiempo existió una leyenda, más urbana que rural, sobre las azafatas de degustación de bombones. Las mujeres que pasean en los eventos con bandejas colgadas del cuello para ofrecer una surtida mezcla de dulces entre los asistentes. Para ellas la tentación, figúrense, era mayúscula. Horas de efluvios de praliné, de pedruscos de chocolate suizo a un palmo de la nariz. Era humano premiarse con uno. O dos, tras la sobrecarga de estrictas sonrisas y espalda recta. Tres, cuatro. No lo tenían prohibido, al contrario. En lugar de eso (apelar a su responsabilidad profesional en semejante trabajo de mierda, o al autocontrol vacaburrista) los responsables les otorgaban carta blanca. La jornada previa, convidaban a las azafatas a darse un festín, un bufé libre de bombones; pretextando algo sobre el control de calidad u otra cucamona. La maniobra era de una cándida eficacia: si tras el atracón, la golosa tentación insistía en regresar al día siguiente, la punzada en el vientre la mantendría a raya.
Esta anécdota de veracidad sospechosa sirve para hacer toscos paralelismos con el papel de la responsabilidad en casi cualquier profesión. En el periodismo, habituado a concederse una importancia y una responsabilidad de dioses mórbidos, el bombón eres tú. Es decir, el periodista, la primera persona del singular. La suculenta tentación de colarse en el texto está al alcance de la tecla. ¿Cuándo es aceptable que el narrador aparezca en el texto? ¿Aporta o estorba? ¿Es vanidad, narcisismo, ombliguismo… siempre?
Por si sobrevive algún incauto: no, eso tampoco lo enseñan en la universidad. Al menos no en gran parte de las facultades de periodismo. Suficiente tienen con corear apolillados eslóganes sobre que «el periodista no puede ser la noticia» (que se lo digan a Jamal Khashoggi) y con conceder el usufructo de la opinión a las columnas y los editoriales; absolutistas de que cualquier yo debe ir entrecomillado fuera de esos muros. El periodismo precintado en cómodos géneros. Buena suerte con eso.
En realidad, esas nociones llevan anquilosadas décadas. A finales de los cincuenta, cuando ciertos autores se pusieron a hacer el cafre en cabeceras estadounidenses, lo que más ofuscó al periodismo bienpensante no fue que ellos (Tom Wolfe, Joan Didion, Jimmy Breslin, Gay Talese, John Sack…) se colaran en las crónicas y lo pusieran todo perdido de detalles personales. El Nuevo Periodismo se salió del carril de las narrativas convencionales aplicando técnicas y formatos de la literatura de ficción para contar historias reales: sucesión de escenas, varios puntos de vista, extensión alocada… y sí, también la incorporación desacomplejada del «yo» narrador. Pero es absurdo reducirlo exclusivamente a esto último, o concederle toda la subversión. Esta hibridación no era nueva pero funcionó como nunca antes, convirtiéndoles en estrellas del rock (1). Y ya sabemos lo que llega después: el ataque de los clones. Las réplicas. Todos estos autores «dejaron una estela realmente terrorífica que aún se agita por las páginas de los diarios», resume Félix de Azúa en Autobiografía de papel. Una vez abiertas las compuertas del «yo», el húmedo aspiracional periodístico no era solo el Watergate (que brillase la historia), sino marcarse también una crónica a lo gonzo-Hunter S. Thompson (que además, brillases tú).
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Genial reflexión acerca de que el mensaje no puedes ser tú. Sería interesante conocer cuál es el porcentaje de quienes lo llevan a la práctica en el mundo de la comunicación. Enhorabuena.