Pepa Bueno: «La cercanía al poder para un periodista cuesta más de lo que vale»

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Quizá no lo sospechaba al llegar, pero Pepa Bueno (Badajoz, 1964) rompió dos pequeñas promesas. La primera por oficio, la segunda por obligación forzosa. Nos citamos con ella en una (otra) mañana de incertidumbre pandémica, a los pies de un puente con el Consejo de Ministros reunido de urgencia para decretar un estado de alarma en la Comunidad de Madrid. Es difícil tener la atención absoluta de un periodista durante unas horas, más aún en estas circunstancias, mucho más si es Pepa Bueno. Intenta permanecer ajena al pulso político y centrarse en las preguntas ajenas, pero el intento se queda en eso en cuanto el cierre irrumpe en la entrevista. Dirige y presenta a diario Hora 25 en la cadena SER y en pocas horas será ella la que plantee las dudas que suscitan las nuevas medidas. 

Aun así, con la escaleta y el programa sobre un alfiler se ofrece, generosa, a hacer un exhaustivo repaso a las tres décadas de trayectoria profesional. Televisión, radio, y prensa. Horas de tête à tête con toda clase de personalidades —no solo políticas— que además de curtirla en el odio al argumentario, le han inoculado una sólida desconfianza con el poder. O más bien, con acercarse demasiado a él, si estás en el lado que hace las preguntas. No pone reparos a sacarle los colores a la profesión, pero sí a incumplir un consejo que hace años le dio Núria Espert: que nunca se dejara hacer fotografías mientras hablaba, porque como ella, son las dos «muy gesticuleras». 

Cede, y además de los gestos le brota el acento extremeño, como cada vez se apaga el piloto rojo del estudio. 

¿Serás capaz de desconectar un rato mientras se decide el estado de alarma o no?

[Risas] No, no lo creo. Lo intentaré. Me resulta casi imposible desconectar. Todavía me funciona un mecanismo interior que no me llama la atención, pero cuando se lo cuento a terceros, flipan. Si me acuesto pendiente de una noticia que sé a qué hora se va a producir, más o menos, me despierto a esa hora. Me despierto, sin alarma y sin nada. En los muchos años que hice el Hoy por hoy, me pasaba mucho, especialmente cuando estábamos pendientes de algo de Estados Unidos. Me metía en la cama a las diez, y a la una, ¡pum! Cogía el teléfono, miraba lo que había ocurrido y pensaba si nos daba para la apertura de las siete. Tenía una conversación por Whatsapp, inteligente e inteligible con mi equipo, cuadrando si lo veíamos para la apertura. A continuación dejaba el teléfono y me dormía profundamente. De estos mecanismos tengo muchos, sí, y además han empapado a mi vida familiar. 

¿Cómo cuáles? 

Mi hija, cuando tenía cuatro o cinco años y yo estaba trabajando, venía y decía  «mamá, te tengo que contar, te tengo que contar» y la pobre miraba el reloj y añadía «bueno, me espero a que pase el boletín de las seis» [risas]. Especialmente si lo que me iba a contar era largo, se esperaba para tener toda mi atención. Es que tengo el tempo incorporado. Aunque haya hecho diferentes horarios, siempre ha sido diario, actualidad. Todavía estoy esperando el programa horario del semanal, mensual… pero no me llega nunca. Llegará, espero. 

Empiezas en Radio Extremadura. ¿Qué recuerdas de aquello, cuál fue la primera noticia que cubriste?

Sí, empecé con las prácticas, que se produjeron en una etapa dolorosísima porque se acababa de morir mi madre y fue muy duro. Recuerdo mi primera vez ante un micrófono que hice un parte de sucesos en el cambié la geografía extremeña de cabo a rabo. Los nervios del directo mezclados con la hiperresponsabilidad que me ha acompañado toda mi vida me hicieron hacer algo catastrófico, porque no di una a derechas. O eso es lo que recuerdo.

Ahí conocí a José Ramón Pérez Valmorisco, que fue alguien determinante para mí. Cuando terminaron aquellas prácticas me dijo «Hay una plaza en radio Cadena Plasencia que creo que es perfecta para ti. Quieren un periodista pero tienen que contratar a un especialista de control y sonido. ¿Tú puedes aprender control y sonido en unos meses?». Y le dije que sí, que claro que podía. «Pues aprende y luego preséntate a ver si te cogen». Y eso fue lo que hice. 

Con él hice muy bonitas coberturas, muchas en Portugal, porque Extremadura y Portugal no se han dado la cara durante mucho tiempo y en aquel momento era un de redescubrimiento mutuo. José Ramón era un renovador de formatos, había ideado el programa La Vendimia, con el que se iba con los vendimiadores a Francia y volvía… tuve mucha suerte, porque he coincidido con gente de la que he aprendido desde el primer momento. Eso es una fortuna. Hice prácticas en Radio Cadena Badajoz, pero sobrevenidas, porque mi idea era hacer prácticas en Madrid, pero murió mi madre.

¿Cómo fue tu experiencia con el acento extremeño? ¿Te obligaron a modularlo? En radio y televisión tiende a aniquilarse casi cualquier tipo de acento, en favor del neutro. 

Yo trabajé con mi acento extremeño en Badajoz y en Plasencia. Hasta que en Plasencia tuvimos un cambio de director y entró otro tan decimonónico que le molestaban los acentos. Y yo sabía modularlo, porque había hecho teatro clásico. Y lo hice. Con el tiempo se convirtió en una esquizofrenia que funciona ya como un automatismo: si hay piloto rojo, me sale el acento de Valladolid. Piloto apagado, sale el acento de Badajoz. Y me ha parecido terapéutico, a lo largo de mi vida. 

Reconozco que sí hubo un momento en que quise volver a mi acento natural. Aquel director decimonónico, en plena democracia, duró lo que duró. Poco. Así que pensé en volver a mi acento, pero me quedaba ese acento como del sur, terrible, forzado, como poniendo las eses mal, eso de decir: «Holassss». Y dije, oye, pues si mantengo los dos acentos diferencio los dos ramos en los que se desarrolla mi vida. Y a mí que me encanta el caparazón y protegerme, porque creo que he estado siempre muy expuesta al trabajar en medios audiovisuales… Si ese caparazón también incluye el acento, pues mira, terapéutico. Se crea el automatismo inmediatamente. Es verdad que la radio es mucho menos impostora que la tele, en la radio eres infinitamente más tú. Y yo soy básicamente racional y trato de contener la emoción. No sé si demasiado. Pero cuando sale la emoción, sale el acento. Me enfado en acento castellano puro y me pongo cariñosa en extremeño. 

Alguna vez te has descrito como «una insegura que lo disimula yendo por la vida arrasando»

Sí, le pasa a mucha gente, creo yo. 

¿Tiene que ver con el síndrome de la impostora? 

Claro, claro que tiene que ver con el síndrome de la impostora que sufrimos las mujeres, que es un sesgo de género clarísimo. Por más que lo racionalices, da igual. Una cosa es lo que sabes y otra cosa es lo que sientes. Aunque lo racionalices, te distancies, te hagas mayor… da igual, te sigue pasando. Pensar siempre que van a descubrir que no lo hago bien, que no soy estupenda, que no sé de todo… Eso está ahí siempre. Y esa inseguridad la disfrazas. Es como los tímidos, que te abruman a simpatía y tú sabes que es un tímido sobreviviendo a su propia timidez. Pues con la inseguridad pasa, y sin ninguna duda tiene que ver con el síndrome de la impostora. 

Lo que llama la atención es su transversalidad, ¿no? Porque te ocurre a ti, que llevas más de treinta años en esto…  

Sí, exacto. Conforme te vas haciendo mayor descubres con asombro que en cada etapa de tu vida sigue habiendo sesgo de género. En tu comportamiento y en el comportamiento de los otros respecto a ti. Incluso ahora, que yo ya pensaba que había pasado por todas las etapas en las que no iba a percibir ese sesgo, veo que está. Por ejemplo se ve en la autoridad de la opinión, que es fundamental y doy mucho la batalla con ello. Es el último reducto donde a las mujeres se nos concede poquísima autoridad. Yo tengo las mejores analistas, pero compruebo cómo cosas que ellas han expuesto en el programa, después se las escucho repetir a un señor… pero atribuyéndoselas a otro señor. Señores a los que admiro, eh. «Ha dicho Iñaki Gabilondo, o ha dicho Joaquín Estefanía…». Y yo les corrijo: «No, eso lo dijo Sol Gallego-Díaz hace unos días, y aquí, también». Es la autoridad de la opinión como en último escalón, que se te concede o no se te concede. 

Tú haces un editorial diario en Hora 25. 

Sí. Ahí se demuestra la apertura de los programas. Pero también me topo con muchas cosas que yo he dicho, replicadas y atribuidas a un hombre. Creo que quien lo hace no es consciente. Yo he tenido un detector para esto desde siempre, creo que es una actitud muy periodística. 

Cuando entrevistamos a Lucía Méndez y a Marisa Flórez contaron que, en sus inicios, tuvieron que superar mucha condescendencia por parte de los hombres en el sector periodístico. Que tuvieron que comportarse como hombres, casi inconscientemente. 

Se lo he leído a varias de ellas aquí, sí. No sé, quizás porque yo tenía esa capacidad de arrasar para protegerme, he dejado poco margen para que sean paternalistas conmigo. Y si lo han querido ejercer, no ha funcionado. Reconozco más paternalismo ahora que cuando empezaba, porque yo en mis inicios tuve mucha suerte. Las redacciones son incubadoras de exigencia, de conocimiento, de odio y de amores. Y para un periodista que empieza eso es fundamental, porque ahí es donde se toman las decisiones y tú aprendes que hay que tomar decisiones. He tenido siempre mucha suerte porque he estado cerca de gente que me ha dejado crecer sin paternalismo. Y había hombres, eh. Mis jefes mayoritarios han sido hombres. 

Hay una cosa muy curiosa, y es que las reglas, en ciertos aspectos, se han roto. ¿Qué áreas están más cerca del poder? Economía y política. ¿Qué áreas son un calvario en los medios públicos? Economía y política. ¿Quiénes hacen economía y política en los medios privados? Las mujeres. ¿Quiénes hacen economía y política en los medios públicos? Muchas mujeres. ¿Quiénes son los jefes de sección? Claro, es que ser jefa de Nacional o de Política en un medio público es una tortura china, como todo el mundo sabe, porque haces información con un helicóptero sobrevolando tu cabeza, como en Vietnam. Con la información de política en los medios públicos todo está bajo sospecha siempre. Todo lo que dices. Y ahí sí había jefas, que era un marrón enorme. Pero eso está cambiando, afortunadamente, como la sociedad. 

Alguna vez te has quejado de que a las mujeres no se les daban los llamados «temas bombón», los vistosos.  

Sí, así era. Porque se suponía que el tema bombón es el que implicaba cierta cercanía con el poder, que a mí siempre me ha espantado. He trabajado siempre muy cerca del poder pero he mantenido la distancia, porque es terapéutico. Con el poder, pasa como con los privilegios de las mujeres, que cuestan más de lo que valen. La cercanía con los políticos, si eres periodista, cuesta más de lo que vale. 

Porque tú lo que quieres de un político es información. En off o en on, para entender lo que está pasando, lo que están haciendo. Pero la cercanía con los políticos acaba pasando factura, llega un momento en que te piden, en aras de la cercanía… algo. Y eso a mí siempre me ha espantado. Incluso con las personas con las que he tenido una relación afectiva anterior a su paso a un puesto muy destacado de la política. Esas, con las que todo el mundo daba por supuesto que se iban a convertir en mi fuente. Pues no, hemos mantenido mucha distancia en el plano profesional. Conservamos la relación afectiva que ya existía, pero como fuente ha sido al contrario: he establecido distancia como fuente de información porque cuesta más de lo que vale. La cercanía al poder para un periodista cuesta más de lo que vale, repito. A la larga, siempre te pasa factura. Y es que a mí me gusta mucho este trabajo y quiero seguir ejerciéndolo. En el fondo no hago más que proteger el ámbito en el que me desarrollo, y por qué me dedico yo a esto. 

Yo, que llevo muchos años presentando, creo que es fundamental salirte de la burbuja y estar con las antenas desplegadas fuera de este ambiente. Si no, acabas formando parte de una burbuja que no tiene que ver con la vida de la inmensa mayoría de la gente. Hay etapas de tu vida en que tu propia biografía te pone en contacto con la vida, como cuando tienes hijos. Esas antenas naturales te las proporciona la vida, pero tienes que hacer una fuerza enorme para escuchar, porque si no estás hablando desde un púlpito y en una burbuja en la que las cosas que te pasan a ti no le pasan a la inmensa mayoría de la gente. Hay que tener disciplina. 

¿Se ha glamurizado demasiado la imagen del periodismo político? Esa cosa de comer con altos cargos, tener influencia…  

Eso lo hemos cultivado los periodistas. A los periodistas nos sobra victimismo y nos falta humildad. Todas las cosas malas que nos pasan en la profesión son culpa de otro, ¿te has dado cuenta? [risas].

Claro que los periodistas nos relacionamos con políticos y comemos con ellos… y te tienen que contar cosas. Pero ya está. Y yo particularmente… pues lo he tratado de limitar mucho. Esas comidas son para que me cuenten cosas. Y ellos lo tienen claro. Los políticos son seres humanos inteligentes, que saben dónde pueden y dónde no pueden rascar. Esa distancia crítica con el poder, con el que trabajas muy cerca, es imprescindible. Si no, dedícate a otra cosa. 

Pero es fácil deslumbrarse y no ver que si te están contando algo, también es por otro «algo». 

Claro. Te deslumbras tanto que te crees que eres parte de eso. Los políticos usan a los periodistas como un clínex. A mi juicio, la incondicionalidad no se le puede conceder a nadie. El día que la entregas, ya no la recuperarás hasta el día que no le sirva. 

Volviendo a cuando estabas estudiando la carrera y empezando a trabajar…. ¿También estuviste en Diario 16, no? 

Sí. Pero eso ya me pilló en mi etapa en Aragón. Primero estuve en Radio Nacional en Teruel y luego en Zaragoza. Crearon Diario 16 de Aragón con Miguel Ángel Liso, y fui corresponsal. Hicimos cosas preciosas allí, porque llegamos una generación de periodistas, de fiscales e incluso líderes sindicales, que nos moríamos de ganas por hacer cosas. Para mí, que estaba todavía estudiando la carrera, aquello fue una escuela. Y luego ya me fui a Zaragoza. Muchos cambios en muy poco tiempo. Hubo una época en la que decía que me podía contratar Gil Stauffer para hacer mudanzas si lo del periodismo no era lo mío. En muy poco tiempo, pues… [Reflexiona, como no queriendo hablar].

¡Dilo!

Pues que debí hacerlo bien, eso quería decir. En Teruel y en Zaragoza. Fue un momento muy complejo, me dejaron de directora en funciones porque el director enfermó. Justo pilló la fusión de Radio Cadena y de Radio Nacional, siete emisoras… Y entonces me propusieron venirme a Madrid de directora de Radio 4 y de Radio Nacional de España en Madrid. 

¿Qué edad tenías? 

Veinticinco años. Era una niña. Antes me había tocado ya la compra de la emisora de Huesca, mientras hacía una sustitución del director que estaba enfermo. Mi padre me decía, «¿Pero has ido a comprar tú eso? ¡Habrá ido un abogado contigo!» [risas]. Y en Madrid había que hacer una fusión parecida, porque Antonio San José, que entonces era director de informativos de Radio Nacional, quería integrar la redacción de Madrid en la dirección central. Vine e hice ese proceso también y ya descubrí que yo quería ser periodista y no gestora. Esto lo tuve claro muy pronto y fue fundamental en mi vida. Porque por determinadas circunstancias, muy jovencita, tuve que meterme en despachos. Y dije «Ah, que era esto lo del despacho. La tarjeta y eso… Pues no lo quiero». Y no hacían más que proponerme cosas de despacho. Me aburría la gestión, admiro mucho a la gente que sabe hacerlo, porque es algo muy complejo, y son imprescindibles. Mi maestra real, en todos los órdenes, Alicia Fernández-Cobos, es una gran gestora de empresa informativa. Pero yo no quería eso. Muy joven fui directora en funciones de Radio Nacional de España en Aragón, directora de informativos de Radio 4 y de Radio Nacional de España en Madrid… y dije: basta. 

Y aún me fui de directora de informativos de Televisión Española en Andalucía. Eso fue todo en un espacio cortísimo. La desaparición de Radio 4 fue de las cosas más horrorosas que vi en la vida, se quedó solo Radio 4 Cataluña, y llegaba la Expo. Se fue un jefe de informativos en Andalucía y me propusieron irme. Me decían «casi nos da vergüenza proponértelo porque hace siete meses que te hemos traído de Zaragoza». Y, efectivamente, yo estaba aún colgando cuadros en mi casa. Me dieron dos días para que me lo pensara: cambiar de medio, cambiar de ciudad, ahora viene la Expo… y dije, «me voy». Y me fui. Tenía un novio entonces que decía «cada vez que me acerco a ella se va a quinientos kilómetros más lejos» [risas]. Él intentaba ir a Zaragoza y yo me iba a Madrid, intentaba llegar a Madrid y yo me iba a Sevilla… Decía: ¡Acabamos en el Magreb! [risas]. Nunca acabábamos de unirnos en una misma ciudad. 

Cambiar tanto de ciudad y de puesto te curte. A mí me enseñó que el único despacho en el que podría estar era en dirección de informativos. Pero yo lo que quiero es hacer información. Coger la página en blanco para hacer una escaleta sigue siendo, treinta años después, lo que más me gusta. Llevarlo en antena es muy poderoso, pero realmente el momento de todo el trabajo más importante es redactar una escaleta. Componer el mejunje, el relato informativo del día. Tratar de relacionar unas cosas con otras, el contexto… 

Me han dicho que discutes mucho, muchísimo. 

Sí, tengo equipo muy discutidor. 

Pero que tú, en concreto, lo eres. 

Sí, yo discuto todo. Y pregunto, pregunto, pregunto… y cuando no tengo claro un asunto provoco discusión en el equipo. Me parece que es una garantía de no equivocarte. Plantear en un equipo, con gente muy distinta, plantear la discusión de los temas. También soy muy interrogadora. «¿Y esto por qué?». «Esto no lo entiendo». «¿Hemos mirado este dato?». Es un poquito agotador traer un texto para que yo lo vea. Pero al final lo mejor siempre sale de ahí. Porque tú puedes tener mucha experiencia y mucha intuición, pero los mejores productos, los mejores trabajos, salen de un equipo que se interroga, que duda y que discute. Esta ha sido una de las cosas malas de la pandemia: que intentamos mantener esa dinámica, pero no es lo mismo discutir por Whatsapp, por un Ting que propiciar una discusión cara a cara. Tratamos de mantenerlo pero no es lo mismo. 

Me gustan los equipos que me discutan, porque si estoy en lo cierto —que casi siempre lo estoy— [risas] o si estoy equivocada, lo veo claramente. En las redacciones hay gente que está en todas esas etapas de la vida en las que se tienen antenas desplegadas de manera natural. No es la presentadora o conductora que ya está, por edad o por entorno, en un sitio donde sus antenas naturales (no las que fuerzas tener desplegadas) están a otra cosa. Eso es muy enriquecedor. 

Has dado mucho la batalla también con la necesidad de dar no solo oportunidades a los jóvenes que empiezan en el periodismo, sino con la importancia de no perder a los veteranos. 

Eso es fundamental. De las dobles, o triples crisis, que llevamos acumulando en el periodismo en este comienzo de siglo, yo viví una trágica: la salida de los mayores de cincuenta y dos en Televisión Española. Y luego comprobé el tapón que ponemos a los jóvenes para que entren en condiciones al periodismo, en condiciones laborales aceptables que les permitan trabajar en plenitud. Eso es empobrecedor completamente, porque una redacción tiene que parecerse a la vida. Necesitas a los que vienen sin ningún lastre, con los ojos frescos, nuevos, a los que tienes que frenar, o casi. Pero necesitas también al que ha pagado la hipoteca y tiene los hijos fuera de casa y ya tiene sabiduría y libertad. 

Y luego está lo que yo llamo «la edad hipotecada», la de los jefes de sección. Esa etapa intermedia en la que estás decidiendo qué tipo de adulto eres. El que quiere formar una familia, el que no, el que la ha formado porque está en la crianza… Es la edad de las hipotecas. Si tú dejas las redacciones en la edad de las hipotecas estás perdiendo algo muy gordo: la sabiduría y la libertad de los que han visto todo y también la sangre nueva a la que tienes que ponerle freno. Muchas veces se dice eso de «no, este redactor tan joven que es muy guerrero…». ¡Claro, bendito sea Dios! Yo prefiero hacer así con ellos [gesto de frenar] que así [gesto de tirar]. Y esto lo hemos ido perdiendo, se han jibarizado tanto las redacciones…

Una de las claves es que mantener a esos profesionales con años de experiencia es caro, ¿no? Es uno de los pretextos que se usan. 

La información y el periodismo son caros. Lo que es más barato es el infoshow, el periodismo declarativo… Que el periodismo cuesta dinero no lo tienen que asumir solo las empresas, sino también la sociedad. No te repetiré esto tan cursi de que somos el instrumento para que los ciudadanos ejerzan el derecho a la información, pero es que lo somos. Y para que los ciudadanos puedan ejercer ese derecho se necesita periodismo digno de tal nombre. 

El periodismo vive la misma confusión que vive la sociedad: esta especie de olla a presión en la que todo se mezcla, el periodismo, la comunicación, el espectáculo… Y yo creo que hay sitio para todos, ¿eh? Lo que pasa es que no confundamos términos, ni espacios. Cada uno se dedica a una cosa y todo es digno. Ahora, pretender hacer un cóctel con todo eso y ponerle a una única etiqueta… Eso es malo para todos… salvo para los impostores que quieren hacer pasar por periodismo interesantes particulares. Pero para el periodismo es malo. 

Sobre las fake news, has dicho alguna vez que lo que te preocupa es la responsabilidad del público que las consume. Decías algo así que da igual cuantos fact checkers haya…

Creo que esa es de las alarmas que más me han saltado últimamente en lo tocante a nuestra profesión. Detectar que hay una parte de la gente, que no creo que sea la mayoría, pero tampoco es pequeña; que no quiere que le cuentes los hechos, quiere que le cuentes la interpretación de los hechos que ellos quieren. Bueno, eso es terrible, y si tú haces periodismo para ese sector…  ya estás haciendo otra cosa. No te reclaman los hechos, te reclama una interpretación de los hechos que se acomode a ellos. Eso es peligrosísimo.

¿Cuál es la materia prima de nuestro trabajo? Los hechos. En medio del nuevo paradigma, los formatos, la adaptación… Todo esto está muy bien, pero en medio está el enterarse bien de lo que pasa y contarlo mejor. Luego ya vendrá la interpretación y el análisis de ellos. Si empieza a haber una parte de la sociedad que ya no te demanda hechos, sino la interpretación de ellos, empieza a ser una sociedad con la que sabes que no puedes contar para el periodismo que tú haces. Si haces periodismo para esa parroquia, estás haciendo otra cosa. Evidentemente, el periodista no amputa la parte de su cerebro en la que reside la ideología, no es un acento de quita y pon. 

Y sobre el fact checking… [risas]. Me hace gracia que parezca un hallazgo nuevo. Pero si no es a eso ¿a qué nos dedicamos entonces los periodistas? Pero vamos a ver ¿qué es? ¿Una moda? Nos comemos todas las tabletas que nos ponen en circulación sin masticarlas. ¡El fact checking es la esencia de nuestro trabajo! ¿O acaso cuando volvíamos de las ruedas de prensa no comprobábamos qué había de verdad en lo que nos habían dicho? Lo he hecho cuando trabajaba en Badajoz, en Teruel, en Sevilla. ¿Los periodista nos hemos tragado todo lo que nos han dicho sin hacer fact checking? ¿Qué somos? ¿Notarios? Otra cosa es que la explosión de noticias falsas haya derivado en que se creen secciones concretas, pero reducir el fact checking a esa sección… No, mire usted, yo estoy haciendo fact checking desde que me levanto hasta que me voy, o trato de hacerlo. Es la esencia de nuestro trabajo. Si la materia prima son los hechos, lo que se cuenta de ellos, todo eso, es materia de fact checking 

En 1996 llegas al programa Gente. Un cambio de medio, porque pasas a hacer tele, y de registro: información de sucesos. 

Sí, y además con una razón objetiva. Ya que a los periodistas nos sobra victimismo y nos falta humildad. Yo voy a Gente en el 96,  después de ser directora de Madrid porque llega el PP y cesa a todos los directores. Estuve en el pasillo dos o tres meses…

¿En el pasillo?

Sí, sí, sin destino, esto que cuando no te pasa piensas: «¡Ale, en el pasillo sin hacer nada!». Es terrible porque no tienes un puesto de trabajo, no tienes donde poner tu cuerpo. Lo terrible es la logística. Llegas a un edificio muy grande y tú no puedes colocar físicamente tu cuerpo en ninguna parte [risas].

¿Cuánto tiempo estuviste así, en el pasillo?

Pues… no lo sé [reflexiona]. ¿Ves que esto no lo he contado en ningún sitio? Para empezar porque soy mala para recordar lo malo, por eso no soy rencorosa, aunque igual es mejor serlo un poco [risas]. Yo creo que fue junio cuando me cesaron porque empecé en agosto con la tragedia de Biescas

Me encontré con un productor ejecutivo que conocía de los informativos que hacía yo en Madrid y me preguntó que qué estaba haciendo en ese momento. «Nada», le contesté. Y me dijo: «Tengo una sustitución para ti en Gente». Contesté que quería ponerme a trabajar ya, mañana. Así empecé. Cuando terminó la sustitución volví a informativos, porque seguía buscando destino. Cuando vi que no había nada para mí, le dije al productor ejecutivo que el hueco que había en Gente, me lo quedaba. Y él encantado. 

Y allí estuve, las dos legislaturas completitas de Aznar, ocho años. Aprendí muchísimo de periodismo de sucesos, y algo que se dice siempre pero es verdad: aprendes de la condición humana y del periodismo porque estás hablando de la vida y la muerte y del dolor. E intentas hacerlo sin caer en el  sensacionalismo… ¿Qué plano añade información en televisión de una muerte violenta y qué plano es puro morbo? Fue un máster en estos temas. 

Sobre todo porque en eso no hay consenso, es uno de los eternos debates del periodismo: qué es morbo y qué información. 

Exacto: en este tema no se puede aplicar una plantilla que sirva para todos los casos. Fue un aprendizaje día a día y tema a tema. Este plano sí, este plano no… Este, lo siento, tiene sangre, pero es esencial para entender la información. Y vimos crecer desde allí la violencia de género. Bueno, no la violencia de género, sino la toma de conciencia social sobre la violencia de género, porque por aquel entonces solo estaba en los espacios innobles de la prensa y de los medios. 

Nosotros que contábamos sucesos, un día teníamos un accidente, otro una catástrofe natural y detectamos un goteo de asesinatos de mujeres. Sacamos el patrón en seguida: «Se está separando», contábamos. «¿Otra vez? ¿Otra que se está separando? Esto no es el accidente de trafico de ayer, esto no es el accidente natural de la presa que se rompe, aquí hay un patrón de comportamiento», decíamos. Lo empezamos a separar del resto de los sucesos. Vivimos el momento en el que muere Ana Orantes y la violencia de género ya se convierte en un asunto porque se interpela a los poderes públicos y salta de las páginas de sucesos a las paginas nobles. El cambio de los fenómenos sociales a los fenómenos políticos.

¿Crees Gente tuvo influencia en esa toma de conciencia social?

No me atrevo a llegar tan lejos. Ángeles Álvarez cuenta que las personas que estaban siguiendo el tema con atención, estaban atentas al recuento que hacíamos nosotras en Gente. No sé cuál es la influencia, pero que hubo una evolución en la forma de entender esos sucesos, sí. Yo, que soy muy presentista, en Gente aprendí mucho sobre la condición humana, la violencia de género, sobre cómo hacer periodismo de sucesos audiovisual… Además, nadie del equipo que habíamos hecho antes sucesos, fue un aprendizaje constante. 

La otra sección de Gente se centraba en la información llamada entonces de crónica social, de corazón, que también marcó un hito televisivo. ¿Cómo ves ahora, con la distancia, en lo que ha devenido ese tipo de contenido? 

Pues como la información política. Tú mira los programas de información política que había en los noventa y mira los que hay ahora. Es una evolución muy parecida. Ha entrado el infoshow, se mezcla la información con el show

Por entonces, en Gente, era todo muy blanco y al frente estaba alguien tan elegante como Jose Toledo, elegante por fuera y por dentro. Fue otro hallazgo del programa, un ser humano precioso. Ella no hubiera presentado jamás un programa que hubiese traspasado ciertos límites. 

Es entonces cuando coges la baja por maternidad, ¿no?

Sí, tuve a mi hija en 1999. Me hicieron una mesa de metacrilato para que me cupiese la tripa [risas]. Allí había un equipo maravilloso. La situación de una presentadora con respecto a la maternidad tiene una ventaja y es que tiene un horario. Esto es fundamental. Aunque sea un horario malo para quien tiene hijos en edad escolar, es un horario. Los niños necesitan una rutina, una estabilización de la vida y, claro, en el periodismo, un 95% de los puestos de trabajo no tiene ninguna de esas dos cosas: ni rutina, ni sistematización. 

La maternidad te saca a ti del centro de gravedad, de repente tienes un brazo que es autónomo y es un proceso complicado. Reordena tus jerarquías. En el ámbito laboral yo tuve dos fortunas para mi maternidad, que normalmente se convierte en un obstáculo para las carreras de tantas mujeres. Tuve una pareja que era padre al cien por cien, como yo madre, eso es una gran fortuna que hoy sigue ejerciendo. Y un trabajo que me permitía sistematizar mi tiempo libre que es lo que te permite ordenar tu vida para cuidar de tus hijos. Luego, cuando eso cambió, empezamos a acumular reproches de los hijos, el «no estás nunca» … Cuando empezaron a saber leer: «Es Fran Llorente, no lo cojas, no lo cojas», decía mi hija, al ver su nombre en la pantalla. 

Hablando de Fran Llorente, ¿cuándo aparece y dice «tengo una cosa para ti»?

En TVE Fran y yo compartíamos espacios muchas veces, aquella casa es muy grande, compartíamos hasta espacio físico durante un tiempo los de Gente y los de La2 Noticias. Cuando se produjo el relevo me dijo: «¿Te vienes allí a hacer Los Desayunos?» Y le dije que sí. Era un espacio que tenía completamente chequeado espectadora, porque yo hacía Gente por la tarde y por la mañana veía los programas de análisis e informativos. Llevaba ocho años nutriéndome de ese producto. Tenía clarísimo lo que me gustaba, lo que no, por donde tenía que ir la casa… Me tiré de cabeza y empezamos a trabajar juntos y fueron unos años maravillosos. Una etapa muy ilusionante porque por primera vez se desgubernamentalizó TVE y quienes estábamos dentro tuvimos que aprender que ya no existía ninguna dependencia del gobierno.

Sobre todo teniendo en cuenta la etapa anterior de TVE…

Claro, llevábamos muchos años con una televisión muy gubernamental y que había dependido de la decencia de los directores de informativos, que habían creado paraguas en distintas etapas para trabajar en la redacción con libertad. Eso se ha notado al largo de la historia de RTVE. Y cuando llegó ese período, y esto hay que decirlo, Zapatero es el que cree en una televisión pública auténticamente independiente, junto a Carme Chacón y… ya. Había mucha gente del PSOE que cuando gobernaba el PP defendía una tele independiente, luego ya no lo veía claro. Es decir, dejar la gestión de la información a los profesionales, que nos podemos equivocar naturalmente, pero cae en nuestra responsabilidad. Fue duro. Fueron unos años de mucha tensión política. Decías «buenas noches» o «buenos días» y podías sentir el helicóptero sobrevolando tu cabeza lleno de francotiradores, dijeras una cosa u otra. Yo que tengo tendencia a recordar solo lo bueno, reconozco que aquellos años fueron duros.

El panorama sociopolítico de esos años fue muy bronco. ¿Cómo impactó eso en la manera de trabajar?

Nosotros nos sentíamos muy fuertes como equipo y muy ilusionados. Dijimos: «Se puede hacer». Además, era una gestión económica muy racional también, mérito de Fran y del equipo financiero. Coincidió con la época que se acaba con la publicidad en la radiotelevisión pública, sin haber modificado el modelo de financiación y haber buscado una alternativa. El mismo gobierno que propicia ese proceso de desgubernamentalización, quita la publicidad y no te da una alternativa. Te deja en una situación de asfixia financiera por un lado y de dependencia absoluta de lo que haga el gobierno, por otro. Fue contradictorio. 

Toda esa época tiendo a contarla de manera muy idealizada y  profesionalmente, muy apasionante. Tener esa responsabilidad y saber que acertábamos o nos equivocábamos nosotros, no las directrices de un gobierno. 

En esa etapa de Los desayunos, además de casi toda la plana política, tuviste entrevistas singulares, como la de Ahmadineyad. 

Sí, la conseguimos porque yo soy muy pesada. Al principio de temporada pido entrevistas con todo el mundo mundial de manera sistemática, si sale, sale, y si no, ya está pedida. Esta salió para sorpresa nuestra y allá que nos fuimos a hacer una entrevista grabada, que íbamos a editar a la vuelta. Cuando estábamos haciendo escala en Ámsterdam, nos llaman y nos dicen que tiene que ser en directo. Llegamos y prácticamente sin dormir nos fuimos a hacerla. Habíamos visto la calle dos segundos antes de que me sentara delante de él. 

Juan Cruz dijo que tuviste que ser muy buena actriz para «estar en esa situación y aparentar normalidad». 

Bueno. Era la segunda entrevista que Ahmadineyad concedía a una mujer, la primera a una europea. La de la CNN se había cubierto el rostro completo, pero el protocolo para los occidentales no era ese, sino que podías enseñar el pelo y yo me puse el velo al límite. Ellos estaban obsesionados con que yo apareciese en pantalla como apareció la periodista anterior. Me decían: «Se te va caer». Y yo: «No, no, si llevo horquillas» [risas]. Y me decían que me lo echara para adelante un poquito más. 

¿Temías que eso pudiera hacer que se acabase la entrevista abruptamente?

No, no iba a pasar eso. Lo más impresionante de ese viaje, como mujer, fue subirme en Ámsterdam en un avión donde había una Bárbara Ayuso, muchas Pepa Bueno, muchos hombres y mujeres… hasta que anuncian el aterrizaje en Teherán. Entonces escuché un sonido «zas», miro a mi alrededor y las Bárbara Ayuso y las Pepa Bueno se había cubierto todas, ahí me sentí muy consciente. Le quité importancia a que yo me lo hubiese tenido que poner un velo para la entrevista. Entré en un avión donde había hombres y mujeres y bajé de él con todas ellas veladas. 

¿Cómo se desarrolló esa entrevista? ¿Os exigieron las preguntas por anticipado?

No. Sí que hubo traductores que preguntaban si iba a utilizar una palabrea rara, pero no era una censura. A propósito de lo de buena actriz que decía Juan Cruz… Ten en cuenta que estás haciendo una entrevista a un hombre que no te mira a los ojos, durante media hora. Y al que le preguntas cosas, porque has visto detener mujeres en la calle porque no llevaban la gabardina tapándoles el culo, o porque hacía calor todavía y se les caía el pañuelo. Yo eso lo vi en los dos minutos que me había dado tiempo a estar en Teherán antes de la entrevista. Luego estuvimos allí unos días y tienes una impresión más completa y más compleja del país. Pero a mi ese momento del avión cuando las vi a todas ellas desaparecer le quité mucha importancia al protocolo que yo tenía que cumplir. 

Siempre se recuerda que Aznar fue uno de los entrevistados que se negaron a ir a Los Desayunos en tu etapa. Pero, ¿qué entrevista recuerdas en la que pensaras «se me ha escapado vivo»? 

Muchos, muchos… O yo soy muy autocrítica o la entrevista perfecta no existe. Hay entrevistas de muchos tipos, de llegar al personaje, de obtener información… Pero incluso de la que sales más satisfecha, que llegas a la persona, como las que hacía en Chester, porque tocaba una fibra más personal, también tienen peros. Incluso con esas, me decía «esto no ha quedado claro…».

¿Te ves, te escuchas?

No, y eso está fatal. Todo el mundo dice que hay que hacerlo, pero lo que más me gusta del directo es que eso te lo ahorras [risas]. Lo de escucharme o verme después lo hago poco. 

En Los Desayunos reconoces que empezaste las entrevistas con un tono más agresivo, debido en parte a la situación bronca del panorama, pero luego te fuiste moderando. 

Esto es una gran discusión. Porque… [Reflexiona].

¿Porque no la tendríamos si fueras un hombre? 

[Risas] Exacto. Nosotras somos mandonas y ellos son incisivos. Ellos están preparados y tú eres muy seria, ellos gobiernan la entrevista y tú eres una borde, eso sigue ocurriendo. Ese cliché sigue funcionando, se diga más o se diga menos. 

A mí no me gusta usar una plantilla para las entrevistas, no creo que se le pueda hacer la misma a todas las personas. Ni a la misma persona en todas las coyunturas. No es lo mismo hacerle una entrevista a alguien que está en la oposición y no ha gobernado, que a alguien que tiene que rendir cuentas… Al ministro que tiene el marrón un día, o al que ha presentado una ley y quiera hablar de ella. Lo de «entrevista masaje», «entrevista agresiva», es que depende. 

Le he hecho entrevistas duras a José Luis Rodríguez Zapatero, recuerdo una muy dura en la Moncloa. Él fue el que hizo posible la televisión pública tal como es, y es verdad, y hay que decirlo, igual que te digo que no vieron venir la crisis económica y la enmascararon con la ralentización de la economía. Esa entrevista fue de ese modo porque tenía que rendir cuentas de algo muy concreto. 

Cuando se habla de modelos de entrevista, se habla del modelo Rottweiler de que te agarra y no te suelta, pero es que la vida no permite plantillas y el periodismo tampoco. Hay entrevistas más duras porque intentas sacar algo en especial, una respuesta, o que no insulten tu inteligencia. Eso es muy difícil ahora, los argumentarios de partido han matado la entrevista política porque o la conviertes en un ring de boxeo o estás dando por bueno cosas que sabes que no son verdad, argumentarios que en el mejor de los casos no dicen nada y en el peor de ellos está ocultando algo. Esto cuando lo hace un periodista hombre se suele decir que ha estado genial y si lo hace una mujer es muy agresiva. También recuerdo una entrevista dura con Cospedal por los papeles de Bárcenas, tensa, porque había determinadas preguntas que había que hacer y ella estaba en un momento muy difícil. Hay muchas cosas que entran en juego. 

¿Qué pasa por tu cabeza cuando un político abre la boca para recitar un argumentario? ¿Te desesperas, te da pereza pensar que no vas a sacarle de ahí?

Piensas: «¿Por dónde entro aquí para obtener un poco de verdad?». En los medios audiovisuales se nota en seguida cuando alguien habla de verdad. Me asombra la poca eficacia que tienen los argumentarios políticos, en seguida se nota. No hay mayor valor político que ser auténtico. ¿Tienen que ser todos brillantes y premios Nobel? No. A mí me gusta mucho la entrevista política, pero me da hasta pereza porque ya no hago el cuestionario, hago cuestionario de la repregunta y de la repregunta de la repregunta porque resuena en mi cabeza lo que van a decir. Es un tiempo precioso de radio y de atención de la gente, que los políticos acudan a los medios a soltarte argumentarios me parece, para empezar, un insulto a la ciudadanía, porque se dirigen a ellos y también una falta de respeto al profesional que tienen enfrente. 

¿Quedan excepciones?

Claro. Especialmente cuando alguien está empezando en política o cuando entra a la política una persona como Castells. Tuvimos una entrevista interesantísima, pero el titular es político. No digo que yo quiera titulares, pero se buscan titulares de gestión porque ahora es ministro. Sin embargo, es un hombre que tiene una visión del mundo interesante. No usa argumentario, pero de gestión poquito porque no había manera. Y luego yo he visto políticos empezar, usar cada uno sus recursos dialécticos y políticos y poco a poco meterse en el argumentario hasta perder interés. 

Hablemos de tu última etapa en TVE. Te libras de la purga política por muy poco, ¿no? 

Pues sí, sí que fue por poco.  La SER empezó a hablar conmigo en mayo y ahí fue cuando empezaron los cambios en TVE. Pero claro, al  Hoy por hoy no le puedes decir que no.

¿Tenías otras ofertas? 

Sí, pero el Hoy por Hoy tenía que vivirlo. 

La primera mujer al frente. Y la primera en la franja de las mañanas, históricamente masculina en todas las radios. 

Sí. Aunque no lo creas, siempre le tengo que preguntar a Fran cuando voy a hacer una entrevista: «Esto lo tenemos chequeado que es así, ¿no?». Porque también fui la primera directora/presentadora sola de un Telediario de las nueve, del telediario estrella, el que tenía más influencia. En 2009. Yo siempre dudo de si es verdad, pero él me dice que sí. 

Lo que me atormenta es pensar que lo que hago es lo que voy a seguir haciendo el resto de mi vida. Me explico: cuando hacía el Telediario, me decían «Es que con hacer el Telediario de las nueve en la pública, luego ya…». Y yo respondía que luego ya esperaba que la vida me sorprendiera. Después me decían «Estás haciendo el Hoy por Hoy de Iñaki Gabilondo, después ya…». Pues respondía lo mismo, que esperaba que la vida me pusiera frente a cosas nuevas. Porque asumir esta profesión como una carrera de metas es una locura, y además si lo haces pensando en ello, no te entregas. Tienes que ponerte a hacer tu trabajo y ya está, yo lo disfruté mucho y creamos un grupo fantástico que me ha acompañado. Soy consciente de mi responsabilidad, fue una etapa emocionante pero también horrorosa por la fuerte crisis. Hoy por hoy ha sido una experiencia preciosa, que te voltea la vida por el horario, pero bueno como también hacía horarios parecidos en Los Desayunos

El día antes de tu debut en el Hoy por Hoy me han chivado que comiste con Iñaki Gabilondo. ¿Tenías vértigo?

Sí, yo que soy muy nerviosa, luego en los grandes momentos me quedo fría y parece que ahí no pase nada. Puedo contarlo porque lo he descubierto con el paso del tiempo, en ese momento no te das cuenta de lo que te está pasando. Por dentro está el volcán, pero te metes dentro de una coraza para sobrevivir a las inseguridades, los nervios, la enorme presión. Y bueno Iñaki es tan excepcional y generoso…

[En este momento, Pedro Sánchez decreta el Estado de Alarma en Madrid]

Mira cómo tengo el móvil [Se toma unos minutos para hacer llamadas]. Lo peor de decretar el estado de alarma no es decretarlo, es que se decrete en una administración enfrentada. Es la locura y la excepción española otra vez. Pero continuamos. 

Estábamos hablando de tu desembarco en la SER. ¿Qué importancia tuvo Antonio Hernández-Rodicio en tu carrera?

Es un tipo excelente, con un olfato increíble y que cogió a una señora que llevaba en la tele [duda] quince años. 

¿Cuántas veces ensayaste la careta?

Poco, poco. Eso forma parte del proceso de frialdad. El «no va a poder conmigo». Ahora, esto de encender la luz y hacer así [se recoloca como si la enfocara una cámara] no se me quitó. Lo que tenía que hacer era adaptarme al medio. Es algo muy orgánico y va ocurriendo con el paso del tiempo, porque la comunicación no es la misma. La radio es menos impostora que la tele. Aunque es cierto que a la pantalla la engañas un par de semanas, luego se te ven las costuras. Pero en la radio la voz es muy poco impostora y además entras en la vida de las personas, en la vida cotidiana, porque te escuchan mientras hacen cualquier cosa, acaba siendo un contacto muy íntimo. Me he sentido mucho más desnuda en la radio que en la tele. Y mucho más responsable de lo que cuento. Tú miras una entrevista en Los Desayunos súper tensa y difícil, y alguien que te llama y le dices: «¿La has visto?», y te responden: «Esa camisa nunca más» [risas]. Esto nos pasa sobre todo a las mujeres, pero supongo que a los compañeros también les ocurre. La imagen distrae más, en la radio eres tú y el producto se parece mucho a ti. Porque hay mucha menos distancia entre lo que quieres hacer y lo que haces. Hay mucho menos intermediario y te desnuda mucho, en la radio engañas muy poco tiempo.

¿En cierta esa percepción de que en la televisión eras «Pepa Bueno» y en la radio «Pepa»?

[Risas] Sí, sí. En la tele o te admiran o te odian, pero la relación es así, más vertical. En la radio te quieren. Esta es una diferencia fundamental, hay una relación mucho más horizontal con el oyente que con el espectador. Desde la tele te diriges a la gente y en la radio le hablas. Y yo creo que si uno se dedica a esto es para que lo quieran, ¿no? [risas]. Esa sensación de que te quieren y de que te quieren como eres, porque no engañas, te desnuda mucho, es muy potente. El feedback es muy potente. La capacidad de penetración de la voz es muy grande. 

Me sorprendió, porque viniendo del telediario de las nueve en la pública, te crees que si pasas a la radio, a un plano más anónimo. ¡Jaaaaa! [risas]. Voy al quiosco y me dicen «Tú eres la de la SER». Ahora, incluso con mascarilla, la gente me reconoce la voz. El otro día mismo, el hombre que vino a arreglarme la persiana: «Usted es la de Hora 25». 

Además del cambio de medio, el salto de la televisión a la radio tenía otras responsabilidades aledañas: Francino dejó el programa en cinco millones de oyentes, por ejemplo. ¿Te costó empezar a preocuparte por las audiencias, por el EGM? 

En la pública también preocupan, pero sí que es verdad que no es lo mismo. Lo llevas con hiperresponsabilidad. El primer EGM me pilló en Barcelona haciendo allí el programa y Gemma Nierga me preparó un desayuno especialísimo cuando terminé el programa a las diez, porque habíamos hablado el día antes de lo nerviosa que estaba. Claro, yo venía de las audiencias diarias, que quieras o no lo relativizas, pero esto te lo dicen cada trimestre y de golpe. La tarde de antes tenía una responsabilidad… Gemma me decía: «Esto es diferente, Pepa, la radio tiene otro tempo, tienes que tomártelo con mucha más tranquilidad. Ya verás que irá bien». 

Era un momento de riesgo, en ese sentido. Partir el programa en dos…

Era todo riesgo, absolutamente: cambiar el formato, poner a dos mujeres…

¿Hubo suspicacia porque dos mujeres sustituyeran a un hombre?

No, porque lo que era novedoso era el formato. Separar las dos partes. Había mucha gente muy pendiente. Afortunadamente, fue muy bien y pude incorporar el ritmo de la comunicación en la radio, como soy tan presentista cuando empecé en la radio no entendía cómo había podido vivir sin la radio. Cuando empecé en la tele, pensé: «¿Cómo he podido hacer periodismo sin imágenes?». Y en Diario 16, pensé «¿cómo he podido hacer periodismo sin tener este espacio?». Me ilusionaba esa sensación de hacer periodismo en caliente que te da la radio, como la noche de ayer, de que las cosas están pasando, previas del estado de alarma. 

En el Hoy por Hoy hiciste un montón de coberturas especiales fuera de España: el cónclave, la muerte de Mandela…

¡Y el Brexit! Que es una de mis anécdotas favoritas. Cuando hacemos coberturas fuera normalmente no salgo a cenar con el equipo porque ya me concentraba en el programa del día siguiente y cenaba en la habitación. Pero esa noche sí, porque bueno, Londres es mi ciudad. Volvimos y se quedó Jordi Fàbrega de guardia para el recuento de votos por la noche, los demás nos fuimos a dormir porque empezábamos el programa a las seis de la mañana. El caso es que yo llegué muy espabilada, y me puse la BBC. Vi el primer recuento, y parecía que ganaba el remain. Ya que estaba espabilada, me puse a escribir, e hice la apertura de las ocho, la de las siete, la de las seis… Me hice hasta el esquema de las entrevistas, el árbol de la escaleta… y me acosté. Una hora después me despierta el teléfono, era Fàbrega: «Gana el leave, bájate que entramos en directo a las tres de la mañana». Primero me tranquilizó: «No te preocupes, que no te has dormido» [risas]. 

¿Te has dormido alguna vez?

No. Hemos hecho mucha cobertura, el referéndum del memorándum en Grecia, las elecciones en Grecia, referéndum de la reforma constitucional en Italia… Creíamos que era interesante estar en el lugar de la noticia más importante del día. Le daba mucha vitalidad. 

¿Tuviste que pelear mucho por lograrlas?

Sí, peleé mucho. Y bueno, Rodicio también, que luego fue director. 

Y Luis Fernández, ¿qué importancia ha tenido en tu carrera?

Hombre, Luis estuvo ahí en la etapa dorada de la tele. Él fue muy valiente porque confió en nosotros y peleó por nuestra independencia. No había trabajado con él antes y fue muy valiente. Si tú no tienes actualmente un directivo que pelee por los trabajadores… Todos los periodistas han recibido presiones, lo que tienes es que soportar sobre tus hombros la que te toca y que no le llegue a tu gente para que trabaje. Cada cargo tiene una responsabilidad, la que me llega a mí me la como yo. Yo soy muy educada y muy amable, y me he comido la de uno que me quería vender una moto que pensaba que yo me iba a comer… pero he seguido haciendo lo que tenía que hacer. Viniera de donde viniera la presión: fuera ministro, una empresa, agente social… Cada escalón tiene que aguantar esa presión y no trasladarlo al siguiente. En los medios especialmente.

¿Cómo llevas el discurso «antimedios»? Lo de señalar sus intereses empresariales… 

Me sorprende. Es como si hubiéramos descubierto ahora que se trata de empresas y que ganan dinero con la publicidad. ¡Somos Adán y Eva y acabamos de caer en la cuenta de que la manzana tenía veneno!  Pero eso forma parte de este momento de la historia en el que se trata de desacreditar a los intermediarios y te enfrentan a las contradicciones. 

Lo que me sorprende es que a ese discurso se suman incluso compañeros que han estado en las empresas trabajando. ¿Y ahora hemos descubierto que trabajamos para empresas y que tiene intereses económicos y políticos? Por favor.

Cuando hiciste el programa Chester, te preguntaron si te marcaban las preguntas que hacer. «¡A mí nunca me han dicho lo que tengo que decir!», respondiste. ¿Nunca?

[Risas] Sí, sí, fui tajante. Pero es que es así, nunca me han dicho nada. Es que no ha ocurrido, lo he tratado de pensar y es que no. Y en el Chester, en absoluto. Ese programa me permitió en un momento muy duro político verme en otro registro, retarme, que es lo que a mí me gusta. En aquella época hacia directos y grababa el programa, fue agotador. Los directos al final son duros, pero sabes que empiezan y acaban, pero las grabaciones…

Llegamos a tu relevo del Hoy por Hoy y el relevo de Ángels, con tu paso al Hora 25. ¿Cómo lo llevaste? 

Esas decisiones al final las toman los directivos de la empresa. Yo, creo que eso ha quedado claro, soy muy poco patrimonialista, todos los programas que he hecho los ha hecho un periodista antes y otro después. Es una decisión que no tomas tú. Para mí fue una sorpresa, lo reconozco. Poco después me proponen hacer Hora 25 y lo que me pregunté es: «¿Quiero trabajar en esta empresa? ¿Tengo margen de maniobra para hacer lo que yo quiero? ¿Me gusta el programa que me proponen?». Si la respuesta a todo esto es sí, por qué problematizar esto, que mucha gente…

Fue bastante polémico, acuérdate. 

Sí, lo fue. Pero insisto: este tipo de decisiones no las tomamos quienes dirigimos los programas, son direcciones empresariales. Tú trabajas para una empresa, yo he hecho muchos programas. De verdad, hay mucha gente que buscó una reacción mía, como de cabreo…

¿Porque habías sido sustituida por otra mujer, quizás?

Sí. Les encanta esa rivalidad entre mujeres, sí que hubo gente que vino a preguntarme en esa dirección. Cuando Francino relevó a Iñaki no hubo esa reacción, por ejemplo. 

Conmigo hubo búsqueda de rivalidad intencionada entre dos mujeres, como entre Soraya Sáenz de Santamaría y Cospedal. ¿Cuántos ministros hombres se han llevado a matar? Y no se ha convertido eso en la parte central de su relación política y de su carrera. Pues aquí claro que hubo gente que buscó eso y venía a buscarme a mí… 

En fin, yo me siento muy privilegiada. Porque he hecho formatos muy apetecibles para muchos profesionales de este país y vuelvo a decir lo de antes: si pienso que lo que estoy haciendo es lo que voy a hacer el resto de mi vida, a mí me paraliza el terror. Si ahora me dices que Hora 25 es un formato de largo recorrido, pues bien, porque me lo paso muy bien, pero supongo que la vida me tendrá reservada una sorpresa más. 

Pero la pregunta era… por no esquivarla [risas]. Claro que vinieron a buscar la rivalidad, porque el éxito de las mujeres siempre se pone bajo sospecha. O es un hombre, o si es mujer siempre tiene detrás o una relación matrimonial, o una carambola, o una historia de rivalidades entre dos mujeres. Pero esto también lo vivimos con las ministras, este gobierno paritario en el que el triunvirato Pedro Sánchez, Pablo Iglesias e Iván Redondo concentra todo, los egos, el relato y la capacidad de influir, igual. Lo sabíamos todo de ellos. Luego había una docena de políticas, cada una con su trayectoria, y a lo más se llegaba en la conversación pública es que Irene Montero es pareja de Pablo Iglesias. El éxito de las mujeres sigue estando sobre sospecha, pero va cambiando. 

Yo soy optimista con respecto al movimiento feminista. Es verdad que luego se producen retrocesos en la historia, pero la incorporación de las jóvenes al movimiento ha sido clave. Ha habido épocas en las que mi generación era la más joven en el movimiento, por eso ahora la incorporación de las jóvenes lo convierte en algo irreversible. Han tomado una conciencia pública de que las calles son suyas, e que ellas pagan impuestos como ellos para poder transitarlas tranquilas.

¿Eres optimista o posibilista?

Diría que ambas. Siempre veo la luz en casi todas las situaciones. Es así en todos los aspectos de mi vida, siempre peleo por ver la luz. Los palos vienen, la pérdida de gente viene… Yo soy huerfanita, supongo que eso también te enseña a pelear, a buscar esa luz, porque lo otro va a venir igualmente. Además es que me da mucho pudor el victimismo. Vivimos la parte del mundo más privilegiada, le damos a un botón y hay luz, agua, comida, gas…  A mí me da pudor cuando convertimos nuestros problemas en el gran problema. 

Por eso, con lo del feminismo, soy optimista. Las jóvenes vienen con otras miradas, prioridades y experiencias; que no necesariamente tienen que ser compartidas por las históricas, ni por las intermedias. No tenemos la patente de sentirte feminista y ser feminista. Mi hija de veinte años no lo va a vivir como yo, evidentemente. 

¿Habéis tenido contradicciones con este tema?

Claro, hay contradicciones. Yo tengo que respetar, porque insisto en que no tengo la patente. Además, lo que une ser feminista a mi edad y serlo a la suya todavía es poderoso, y desgraciadamente, evidente: aún hay espacios públicos en el que estás condicionada por los hombres, espacios privados en los que se te exigen cosas que no se les exige a ellos… Lo que nos une es todavía tan poderoso que el encuentro es muy fácil. Pero hay cosas que son producto de su época, de sus experiencias, de su visión y yo no tengo la patente para que mi hija tenga que ser la feminista que yo he sido. Ya está bien de discutir con mis iguales. Tendrán que acertar, equivocarse, elaborar, discutir… Eso de: «Ay, es que se están desviando». No, pues no. Desviando de qué. 

En general, no te cuesta pasar el testigo. Con los programas, en el feminismo…

No, porque es que si no… A mí los cambios, parece una frivolidad, pero me parecen buenos en sí mismos. Hay cambios malos, pero renueva la sangre en las venas. Tengo muy poco lugar para la nostalgia. A mí de los programas me quedan los equipos, me gusta mucho formarlos y trabajar en ellos. Tengo el «Dream Team 1» que es el de Telediario, y los de la SER son el «Dream Team 2», que a veces se me ponen celosos, pero es que va por orden cronológico [risas].

Soy poco adanista, aunque me ha tocado ser Eva en algunos casos. La vida es un río, la vida fluye y tú te incorporas a ese caudal y ojalá que dejes algo de oxígeno en esa agua y no basura. Eso en todos los órdenes. En el movimiento feminista estoy muy contenta de la incorporación de miradas nuevas, cosas que jamás se me habían ocurrido y que ponen en contradicción otras en las que  había creído toda la vida. Mi hija me pone en contradicción permanentemente con su forma de entender el feminismo y la igualdad.

En 2017, en una entrevista en El Mundo, dijiste que no habías estado más triste nunca, era el momento en el que estallaba el conflicto catalán y temías por la fractura social. ¿Cómo estás ahora, en un mundo de pandemia?

Recuerdo que aquel conflicto me entristeció muchísimo porque sentía que algo se rompía de verdad, una fractura sentimental muy seria y lo viví con mucho dolor. Esa tristeza permanece cuando hablo de ese tema porque creo que algo se rompió. Quiero decir: España no se rompió y no se va a romper, pero sí una vinculación sentimental. 

La pandemia ha sido un shock absoluto y creo que nos falta perspectiva para analizar el efecto que tiene sobre nuestras cabecitas, nuestras emociones y nuestra manera de entender. Primero lo viví con mucha tensión informativa. Siento que pueda sonar muy de «capitán a posteriori», al cuñado de «ya te lo dije yo», pero fue así. Estaba muy muy obsesionada con Wuhan y con China, me parecía que éramos unos soberbios los occidentales. 

Personalmente he vivido el shock como todo el mundo, al principio con mucha ansiedad, como si fuera la guerra de nuestra generación, y luego descubriéndome en casa con una convivencia muy intensa con la gente que quieres pero que nunca habías podido convivir así en muchos años. Ahora lo que hay es una incertidumbre que puede con todo, por encima de cualquier otra cosa, que es peligrosísima porque en esas sombras es donde nacen los monstruos. Y mucha pena y mucho bochorno por el enfrentamiento político que hay en España. Cuando digo que somos «la excepción española» lo digo con pesar, porque lo habíamos sido tantos años en el siglo XXI y de repente nuestras penas y nuestras alegrías corrían en paralelo a la del resto de países europeos del club al que pertenecíamos. Ahora hemos llegado a un nivel de cainismo político que es un bochorno y una tristeza.

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16 Comentarios

  1. «Hay una parte de la gente, que no creo que sea la mayoría, pero tampoco es pequeña; que no quiere que le cuentes los hechos, quiere que le cuentes la interpretación de los hechos que ellos quieren. Bueno, eso es terrible»

    Vamos a ver, Pepa, es que lo que no queremos es que mintáis descaradamente según una agenda empresarial para disfrazarlo como «información objetiva y contrastada». Como cuando el verano pasado os empeñasteis en que Pablo Iglesias había «purgado» a Echenique porque había que dibujar a Iglesias como un dictadorzuelo bolivariano, que es lo que estiláis en la SER cada día.

      • Otro que se creyó los montajes de Inda, Jorge Fernández y Villarejo. Con lo listos que parecíamos los españoles.

      • Puede que lo sea. Pero ese dictatorzuelo bolivariano ha conseguido subir notoriamente el salario mínimo, extender el subsidio de mayores, aumentar las políticas sociales, y tal vez parar los desahucios durante mas de un año.
        Vivan los dictatorzuelos bolivarianos !

        • El salario mínimo no lo ha subido el dictatorzuelo bolivariano, sino que fue la consecuencia un pacto entre empresarios y sindicatos, bendecido por la ministra de Trabajo. El «subsidio de mayores» no existe, las «políticas sociales» tampoco, y lo de «parar los desahucios» me temo que no depende de él ni de ningún político. En una sociedad civilizada y respetuosa con la seguridad jurídica, los desahucios solo se paran pagando lo que se adeuda.
          Aparte de eso, un magistrado de la AN lo hubiese imputado ya por hechos asquerosos cometidos en el ámbito de su vida privada, si no estuviese protegido por el privilegio del aforamiento que tanto denostaba en otros tiempos.

          • Claro, los empresarios pactaron subir mas del 25 % el SMI, ya…
            El subsidio para mayores existe – a menos que se haya suprimido hace muy poco – , antes era para mayores de 55 años y ahora es de 52 años ( cumpliendo unas determinadas condiciones, claro ) Esto te lo dice un antiguo trabajador del SEPE, que ha reconocido muchos subsidios de ese, y otros, tipos.
            Para tí, por lo visto, una sociedad civilizada es aquella en que se deshaucia a familias que no pueden pagar el alquiler.
            ¿ «Hechos asquerosos» ? Espera, no me digas más: es un violador de menores…

  2. Bueno, no me parece mala profesional pero de nuevo se escapa viva otra periodista a la que no se le pregunta con más profundidad sobre el mal que aqueja al periodismo español: su servilismo, no para con el poder, sino para un sector político social que puede estar con el poder o con la oposición al poder. Queeee bueno, también es poder. La SER ha sido durante décadas el brazo mediático del PSOE, junto con El País, y es evidente que a nadie se le contrata ahí si no demuestra cierta afinidad a la causa. De la misma manera que sería impensable su fichaje por la COPE por los mismos motivos, o comulgas con la secta o aquí no trabajas. Y es que en España no hay periodismo político, hay poderes económicos y empresariales con departamentos de creación de opinión. Y en ese terreno como no van a proliferar las fake news. ¡Los medios generalistas les han marcado el camino!

  3. La mejor respuesta y la mejor conclusión al artículo, sí señor
    Me recuerda cuando hace unos meses Angels Barceló hablaba en la radio con gente que participaba en concursos de debate. Toman un tema y lo defienden sin importar su afinidad con él. Angels Barceló se puso toda digna diciendo que para ella eso «sería imposible» Mientras en los últimos cuarenta años (muchos, no todos) periodistas de este país han comulgado con ruedas de molino para defender los intereses de turno de su grupo empresarial

    • Pepa y Angels son dos claros ejemplos de “periodistas” al servicio del PSOE como otros (Carlos Cuesta, Carlos Herrera, etc) lo son del bando contrario. Reciben las consignas y cobran sus sueldazos. Todos contentos.

  4. ¿Se acuerdan de cuando lo del «golpe de Estado» que montó el aparato del Psoe (Susana Díaz, Felipe, etc) para quitarse de encima a Pedro Sánchez y el papelón q hizo doña Pepa y la Ser dando apoyo a semejante cacicada? Pues eso

  5. Una mujer santa que ha contribuido a que hombres y mujeres sean por fin diferentes frente a la ley.
    Santa mujer, malditos afectados.

  6. En el periodismo actual, del que uno de sus más significados exponentes es esta señora, la materia prima no son los hechos, sino las versiones (interesadas) de los hechos.

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