
Hay tres comienzos posibles para esta historia.
Uno.
Estamos en la ciudad mesopotámica de Uruk, la fecha no puede ser más lejana y más imprecisa: unos 2000 o 2500 años antes de nuestra era. La ciudad va a desaparecer, como casi todo lo que nos rodea: la muralla, los canales que conectan el poblado con el río y traen la comida, también se van a desvanecer los templos, el de Inanna y el de An, el altar, el foro y las plazas serán arrasados por los pueblos y los tiempos. Un hombre toma una cuña y unas tablas de arcilla todavía fresca, las hiere dibujando unos signos que no se parecen a nada, uno al lado del otro, primero una línea y después una más y así muchas hasta completar varias tablillas.
Dos.
La ubicación es más o menos esta: a la ribera del río Tigris al norte de Irak, sobre lo que alguna vez fueron las principales ciudades asirias. En cuanto a la fecha hay discrepancias, pongamos que alrededor de 1850. Hay un hombre haciendo trincheras: saca tierra, polvo y piedras, remueve, socava, inspecciona y, si no encuentra nada, las vuelve a rellenar. Es arqueólogo, es inglés pero no está solo, hay un colega local que lo ayuda y más de cien lugareños que hacen el trabajo duro. Excavan durante meses hasta que se abre bajo sus pies lo que parece haber sido una biblioteca. El hallazgo es fenomenal porque estos fragmentos que parecen escombros en realidad son libros con la forma de tablas de arcilla como las que se cincelaban hace miles de años, y todos viajarán con destino a Londres.
Tres.
La escena transcurre en un cuarto trasero del Museo Británico, durante un noviembre oscuro de 1872. Vemos a un hombre encorvado sobre unos fragmentos irregulares, parecen restos de mampostería, pero en realidad son antiguas tablas de arcilla con escritura cuneiforme. Es como un rompecabezas, solo que no hay imagen con la que guiarse y el hombre no sabe lo que está armando, pero tiene una gran memoria visual. Se llama George Smith y lo convocaron porque es asiriólogo, un experto en la civilización antigua que se desarrolló entre el Tigris y el Éufrates hace unos 4000 años. Los del museo confían en que podrá traducir esos signos intrincados y encontrarles un sentido. Smith trabaja día y noche: debe limpiar y ordenar las tablas, observa, compara y después traduce: cabras, un cargamento de vino, la rueda de una carreta que se ha roto, la cosecha del año, en fin, la vida doméstica de aquellos tiempos. De repente encuentra algo imprevisto. Los que estaban presentes dijeron que la escena fue así: el hombre que había estado días enteros sentado a una mesa con su cabeza sobre las tablas desordenadas, se levanta y comienza a correr por todos lados y a sacarse una a una sus ropas. El señor Smith se desviste por el entusiasmo.
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Estupenda lectura. Sugestiva esa afirmación sobre la literatura de Valery y apreciada por JLB. Tal vez se podría decir lo mismo de la Historia (que también es literatura) con solo ciudades y sus decadencias, sin hombres y fechas decisivas, solo rastros. Gracias.
Divagar con las letras mientras
el mundo divaga prescindiendo
de ellas y de nosotros. Nadie sabe
quien fundó esta ciudad y quien
escribió el primer poema, si Eva
fue así de sumisa y si alguna vez
lloró, ¿qué hizo aquel lejano padre
cuando descubrió la utilidad? Quizás
se horrorizó al imaginarse una ciudad
y se perdió para siempre persiguiendo
sus necesidad sabiendo que después
llegarían los demás.