Alguien voló sobre el nido de Ken Kesey

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Fotografía: Rue des Archives.
RDA. Cordon Press

El filósofo Arthur Schopenhauer insistía en que solo el conocimiento bien madurado era verdaderamente útil. Schopenhauer prefería «las pequeñas bibliotecas bien ordenadas a las grandes y caóticas colecciones de libros».

Si hay un autor y un libro sobre los que se han escrito cientos de artículos intentando desvelar rincones oscuros del texto, estos son Ken Kesey y su libro Alguien voló sobre el nido del cuco (1962), del que se han vendido millones de ejemplares. Pero, tras el impresionante despliegue de interpretaciones aportadas por estudiosos de todo tipo, uno tiene la impresión de que seguimos manejando una visión superficial y contradictoria tanto del autor como de su libro más célebre. Parte de la responsabilidad la tiene el propio Kesey, tan apasionado y ambivalente como la época en la que le tocó vivir. Ken Kesey, el hombre que aborrecía las entrevistas pero que dejó tras de sí un largo rosario de conversaciones. Y su libro, Alguien voló sobre el nido del cuco, que se hizo archiconocido nada más publicarse pero que sufrió un empujón decisivo hacia la fama tras el estreno en 1975 de la versión cinematográfica, dirigida por Milos Forman, que ganaría nueve premios Óscar. Pocas películas han tenido y siguen teniendo un impacto social como el de esta. 

Ken Kesey (1935-2001) es el escritor más representativo de la llamada psicodelia. En realidad, es más importante como figura transicional entre dos décadas: la de los años cincuenta, los años de Eisenhower, plenos de prosperidad y conformismo, que solo fue contestado por la generación beat, los beatniks, liderados desde San Francisco por Jack Kerouac y Allen Ginsberg con On the Road y Aullido respectivamente, muy críticos con la conformidad social, y la de los sesenta, pues Kesey aparece como una figura que recoge el legado beatnik y que inspirará el movimiento hippie que sacudirá Estados Unidos en la siguiente década. 

Ken Kesey, un chico de Oregón, apasionado de la lucha libre y de la literatura, se trasladó a vivir a California hacia finales de los cincuenta y se inscribió en un programa de literatura creativa en la Universidad de Stanford, donde empezó su carrera como escritor.

Los turbulentos años sesenta están marcados por un gran malestar social. La lucha por los derechos civiles, por la liberación de la mujer, el pacifismo ante la guerra de Vietnam y la revolución sexual construyeron una gran ola que se llamó «contracultura».

En este contexto, el libro Alguien voló sobre el nido del cuco (1962), que refleja la lucha de un individuo contra una sociedad que exige conformidad con el orden establecido, fue rápidamente acogido como icono contracultural y es una de las obras fundamentales para entender esa época.

La primera novela de Kesey, no publicada, se tituló Zoo (1959) y trataba sobre las aventuras de un grupo de beatniks en San Francisco. Ese mismo año, Kesey se inscribe como voluntario pagado, como «cobaya», en el hospital psiquiátrico de Menlo Park, California, para un estudio de la CIA que buscaba conocer los efectos del LSD y otras sustancias psicoactivas en seres humanos. Luego se quedará trabajando allí como auxiliar. A la vista de lo que sucede en dicho hospital, Kesey comienza a preguntarse por la improbable frontera entre la locura y la normalidad. El contacto con los enfermos mentales a los que atendía hace que cuestione una sociedad que define la salud como pura aquiescencia con las normas sociales establecidas. Y se pregunta si ante una sociedad bárbara, mecanizada y conformista no es más sano luchar contra ella. Así, en 1960 comienza a escribir, muchas veces tras haber consumido peyote, Alguien voló sobre el nido del cuco, un gran éxito nada más aparecer en las librerías.

Hay que recordar que en Estados Unidos la Ley de Salud Mental de 1946 había conseguido la apertura de gran número de hospitales psiquiátricos por todo el país. Hacia 1955, la mitad de las camas hospitalarias estaban ocupadas por enfermos mentales graves. Será en 1963 cuando, bajo el mandato de John Fitzgerald Kennedy, comience el desmantelamiento de los hospitales psiquiátricos a favor del tratamiento comunitario de los enfermos en los centros de salud mental. Será la Administración Reagan, en los años ochenta, la que cierre casi todos los grandes manicomios, aunque con tal falta de estructuras alternativas que provocará la triste situación que viven hoy los enfermos mentales graves en Estados Unidos, con cerca de doscientos mil pacientes en las calles y casi otros tantos en las prisiones.

Los tratamientos para los enfermos mentales en los años cincuenta eran rudimentarios. El LSD o la mescalina se usaban en las depresiones severas con resultados erráticos. Los neurolépticos aún no tenían un uso generalizado. Pero Kesey habla de todos los tratamientos que vio usar en Menlo Park como de formas que tiene la sociedad de controlar a los que «parecen diferentes», lo cual no deja de ser un ingenuo error que en aquella época encontró rápido acomodo en las corrientes antipsiquiátricas entonces dominantes y que situaban el origen de la enfermedad mental en la sociedad o en su célula fundamental, la familia.

Kesey carga mucho las tintas contra el uso del electroshock, la terapia electroconvulsiva, un tratamiento que nunca ha tenido buena prensa pese a ser, a día de hoy, el tratamiento más efectivo en psiquiatría en los cuadros para los que está indicado (básicamente, depresiones severas). Kesey cuenta que en Menlo Park el electroshock se usaba como forma de castigo hacia la rebeldía. 

Pero el tratamiento más controvertido que se emplea en Alguien voló… es la lobotomía. En concreto, la que se le aplica a McMurphy, el psicópata rebelde interpretado por Jack Nicholson, tras su agresión a la enfermera Ratched. Las lobotomías eran tratamientos utilizados desde 1936 en pacientes con conductas especialmente agresivas. Eran el último eslabón de una cadena demasiado corta. Algunos pacientes se calmaban, pero a costa de importantes daños cerebrales. En Alguien voló… la lobotomía fue el último intento para controlar al rebelde McMurphy, que quedó en estado vegetativo.

Así pues, en el imaginario que describe Kesey en 1962, los tratamientos para las enfermedades mentales graves se volvían armas contra los pacientes.

Las cosas cambiaron en pocos años. Tras la ley Kennedy de 1963 que abría los centros de salud mental comunitarios, la aparición de nuevos psicofármacos y de nuevas intervenciones psicoterapéuticas, muchos enfermos recluidos en manicomios pudieron volver a sus casas con el objetivo de integrarse en la sociedad como cualquier ciudadano. En veinte años, la población institucionalizada en Estados Unidos disminuyó un setenta por ciento.

Alguien voló sobre el nido del cuco fue y sigue siendo la primera ventana al mundo de la enfermedad mental para muchos estudiantes y lectores. Se ha querido ver en este libro uno de los pilares que contribuyó a mejorar las condiciones de los enfermos mentales en los psiquiátricos. Esto es algo difícilmente demostrable. Pero es cierto que el debate que plantea sobre los límites entre la enfermedad y la normalidad en salud mental o sobre los factores sociales e interpersonales que influyen en la patología psiquiátrica son cuestiones vigentes, aún por solucionar. Aunque lo terrible es que en esa falta de consistencia epistemológica encuentran acomodo, sobre briznas de realidad, peligrosas mentiras.

El exitoso libro de Kesey es una mezcla de elementos de cultura popular con héroes del cómic. Es la lucha del Bien contra el Mal. Describe un hospital psiquiátrico controlado por miss Ratched, la llamada Big Nurse, que se ve sacudido por la llegada del «antihéroe» Randle Patrick McMurphy. La historia la narra el Jefe Bromden, un indio enfermo de esquizofrenia crónica que se hace pasar por sordo y mudo. Será la energía incontenible y la alegría cargada de risas contra todo que aporta McMurphy lo que permitirá a muchos enfermos, al Jefe Bromden especialmente, salir de su aislamiento y rebelarse contra las fuerzas controladoras que dirige la enfermera Ratched y recuperar su capacidad para disfrutar con placer de las cosas bellas de la vida… ¿Alguien da más?

Tras el éxito de Alguien voló…, Kesey publicó en 1964 una segunda novela: Sometimes a Great Notion, sobre la vida de una familia de leñadores en Oregón que reviven la eterna lucha del individuo contra las adversidades. Una novela más compleja en la construcción de los personajes y en el estilo narrativo. Aunque se vendió muy bien, no tuvo el éxito de su primer libro. Paul Newman dirigió y protagonizó en 1970 una adaptación cinematográfica titulada Casta invencible.

Kesey y un grupo de amigos, reunidos bajo el nombre de The Merry Pranksters, entre los que estaba el carismático Neal Cassady, popularizaron los acid tests, piedra basal de la revolución lisérgica californiana. Kesey comenzó a buscar nuevas formas de escritura bajo los efectos de estimulantes psicodélicos, aunque sin resultados que le hicieran persistir en el intento.

En el verano de 1964, Kesey y los Merry Pranksters cruzan Estados Unidos desde California a Nueva York en un autobús pintado «en modo lisérgico». Grabaron cuarenta horas de película que luego proyectaban en los acid tests. De todo este periplo da buena cuenta Tom Wolfe en The Electric Kool-Aid Acid Test (1968).

Así pues, en 1964, con veintinueve años de edad, Ken Kesey ya era el autor seminal de la psicodelia. Es curioso que con tan escasa edad hubiese producido dos novelas tan relevantes en la vida cultural norteamericana. Y llama la atención el ostracismo al que le somete la crítica estadounidense más canónica. Pero ahí está su Alguien voló sobre el nido del cuco, impertérrito ante el paso del tiempo. Su periplo vital desde entonces fue alejándose de la literatura. Detenido por posesión de marihuana, se fugó a México, conoció la cárcel y en 1970 afirma haber dejado las drogas porque ya no le aportaban formas de conocimiento aprovechables. Se estableció en su Oregón natal donde fue un importante activista cultural, pero los libros de esta etapa apenas han tenido relevancia. En 1984 su vida se trastocó tras la muerte de un hijo en accidente de autobús. Siguió dando clases de escritura creativa y escribiendo algunos textos para niños. Falleció en 2001 a causa de un cáncer de hígado. 

Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey es un buen libro. Pero sería muy superior el éxito de la película dirigida por Milos Forman en 1975 y protagonizada por Jack Nicholson y Louise Fletcher

psicodelia
Fotografía: Cordon Press.

La génesis de esta versión cinematográfica es demostrativa del formidable poder de la imagen frente a la palabra y de la irresponsabilidad que supone tratar temas desde la ficción sin documentarse. Ken Kesey vendió los derechos del libro para su representación teatral a Kirk Douglas, que la representó en Broadway. En 1974 Michael Douglas convenció a su padre de que le cediese los derechos «porque la época pedía hacer una película con aquel libro». A Kesey le ofrecieron formar parte del equipo de guionistas y una parte de los beneficios. Tras un tira y afloja poco claro, Kesey renunció al proyecto, que pasó a criticar con denuedo, hasta el punto de negarse a ver la película de Forman. Y murió sin verla, pese a las insidias vertidas por Michael Douglas.

El guion de la película tiene muy poco que ver con el espíritu noble y solidario que emana del libro. Forman hizo una película cargada de sensacionalismo y demagogia. El narrador del film es el psicópata McMurphy, convertido en héroe. El papel del Jefe Bromden, piedra angular del proyecto de Kesey, pasa desapercibido. La aplicación de los tratamientos somáticos, que Kesey había relatado en su crudeza porque era como se hacían en los años cincuenta, se exhibe con un ensañamiento superior en la cinta de 1975, cuando ya algunas terapias habían desaparecido y otras como el electroshock habían mejorado su administración con la anestesia.

La película fue rodada en un psiquiátrico de Oregón. El director del hospital, Dean Brooks, y varios enfermos participaron en ella. Las declaraciones de Michael Douglas sobre cómo se rodó la película son bastante ligeras. Nada que ver con el espíritu de la obra de Kesey, la ingenua, divertida y franca personalidad de Kesey, aunque fuese bajo los efectos del peyote. Tal vez no haya mejores palabras para ilustrar qué fue la psicodelia que la dedicatoria que Ken Kesey hace en Alguien voló… a Vik Lovell, el amigo que le puso en contacto con los experimentos lisérgicos de Menlo Park en 1959: «A Vik, que después de haberme dicho que los dragones no existían, me condujo a su guarida».

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4 Comentarios

  1. Lo que el señor Reagan hizo, también, bajo otras premisas, se hizo aquí, donde las personas con enfermedad mental sufren situaciones de terrible vulnerabilidad gracias a esos genios que decidieron que fueran la familia y los servicios sociales quien los atendiera. Esa gran farsa del tratamiento ambulatorio cada 6 meses, con suerte no sólo la sufren los enfermos por sus patologías, si no que les arrastran a todo tipo de disfunciones sociales como la droga, el delito y la prostitución. Arruinan la vida a todos sus familiares, parejas, y, lo que es más grave, a sus hijos. Pero, claro, los niños no votan y los ricos sí pueden pagarse centros privados. Sí, Reagan fue terrible, pero no podemos criticar cuando nuestra situación es igual o peor.

  2. La película no ganó 9 premios Óscar, ganó 5. Eso sí, es junto con “Sucedió una noche” y “El silencio de los corderos” la única en haber logrado los 5 premios gordos: película, director, actor y actriz principal y guión.

  3. Recomiendo encarecidamente “Alguien voló sobre el nido del cuco”, es impresionante, imprescindible, estremecedor, terriblemente humano. Recomiendo no perder el tiempo con “On the road”, muy sobrevalorado. Mis juergas eran más salvajes y yo escribo mejor que Kerouac.

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