Los alguien y los nadies del Festival Internacional de Cine de Xixón

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«¿Quién vino del New York Times a cubrir el festival?». Parecía una pregunta sensata.

Empezaba a montarse la 58º edición del Festival Internacional de Cine de Xixón (FICX), y el nuevo director de comunicación, Alberto Arce, hojeaba los informes del año anterior, tratando de hacerse una composición de lugar. Faltaban pocos meses para que arrancara el certamen y como cualquier cosa en 2020, pendía de un hilo finísimo. ¿Podría celebrarse presencialmente, como el de San Sebastián? ¿O se verían abocados al online por el cierre de salas? ¿O algo a medio camino, como en Sitges?

Fue online. Y, aunque esto entra en materia de lo subjetivo, salió bien. Pero no es esta una crónica cinematográfica, ni busca hacer balance de los más de treinta títulos que se proyectaron en las plataformas virtuales, de eso pueden dar cuenta aquí o aquí, por ejemplo. El objetivo es explicar por qué salió bien o, más concretamente, cómo. A costa de qué. De todas las cosas que la COVID-19 ha arrasado o forzado a replantear, mudar las películas de las salas a la exhibición virtual puede no parecer una de las tareas más complejas. Cierto. Tan cierto como que la operación va mucho más allá de volcar lo que tradicionalmente se exhibía con público a una web y sentarse a ver cómo los espectadores hacen clic en los enlaces. En una ciudad de tamaño medio como Gijón, un evento de la magnitud y presupuesto del FICX pone en juego muchas más variables que las cinéfilas. 

Esta pretende ser una crónica de los entresijos de esa organización, de cómo se ha desarrollado la trastienda de la edición en 2020. De lo que presenciamos y escuchamos, a hurtadillas o con la grabadora encendida. En un «ejercicio de transparencia» se nos permitió empotrarnos en la sede del FICX para constatar, sin filtros, cuál era su funcionamiento, siendo testigos de los golpes de timón, los conflictos diarios o las improvisaciones en tiempo récord. Prometemos poco cine, pero el cliffhanger es honesto: al final se sabrá quién era el misterioso periodista del New York Times

Los polvos

El festival cuenta con sesenta personas, entre trabajadores eventuales y fijos, técnicos y proveedores. No todos estuvieron cómodos con alguien merodeando por el centro de operaciones y haciendo preguntas. Una intranquilidad, a cierto punto, lógica. Porque hace años que el festival acapara titulares al margen de sus películas o directores. Es, solo queda echar mano del cliché, un campo de batalla político, un amasijo imposible de intenciones veladas. «Desde 2012 siempre ha estado envuelto en polémicas» reconoce su actual director, Alejandro Díaz Castaño. Lo ilustra con un ejemplo: «En el año 2017 cerraron los Cines Centro, donde proyectábamos algunas de las películas, así que tuvimos que trasladar a los Yelmo. La cantidad de noticias locales que generó eso fue enorme, desmesurada», asegura. Como programador en el Festival de Cine de Sevilla vivió una situación idéntica de cambio de ubicación, con cero impacto mediático. «En Gijón, cualquier aspecto que tenga que ver con el festival se magnifica», estima. 

2012 es un año clave, el origen de los polvos que explican los lodos actuales. En román paladino: la política metió las garras. Tras treinta y dos años de dominio socialista, Foro Asturias, el partido de Francisco Álvarez Cascos, se hizo con la alcaldía de Gijón. En sus siete primeros meses de mandato, la alcaldesa Carmen Moriyón destituyó al director del FICX, José Luis Cienfuegos, que llevaba al frente desde 1995 y había logrado situar el certamen de cine independiente en el panorama internacional como un a suerte de versión europea de Sundance. Aquello fue un polvorín: el mundo del cine instigó un boicot —con cuatrocientos nombres como Almodóvar, Erice, Atom Egoyan y el pleno de cineastas asturianos— que sirvió de nada. Foro colocó a Nacho Carballo, ayudante de producción de Garci, como sucesor y el FICX se precipitó por la irrelevancia. El dictamen de sus cuatro años al frente difícilmente puede ser más unánime: languideció por la pérdida de público, apoyo social y calidad; dominado por los sobrecostes y la pérdida de subvenciones europeas. El FICX sobrevivió, pero con heridas de gravedad. «Estuve allí tres años y garantizo que salió adelante solo por la gente, no por un director nefasto», resume una extrabajadora. 

A tenor del decaimiento, en 2016 se optó por abrir un concurso público para designar al director. Los consejeros de la empresa municipal Divertia, que gestiona el festival desde 2014, doblegaron la reticencia de Foro a acabar con los dedazos. Una medida de apariencia impecable, pero con una ejecución no exenta de maniobras… curiosas. Los requisitos de la plaza pública aprobados por Divertia fueron creados on spec para evitar que Carballo pasara el corte, según sostienen varias fuentes involucradas. Que uno de esos requerimientos fuera el dominio acreditado del inglés, del cual el anterior director carecía, no era en absoluto casual. 

Cuando Alejandro Díaz Castaño ganó el concurso, se insufló algo de esperanza. Había trabajado con Cienfuegos, sus conocimientos cinematográficos resultaban incuestionables y el FICX necesitaba dejar de celebrase de espaldas a la ciudad y reconstruir su espíritu independiente. Pero las aguas estaban ya demasiado enturbiadas para que esos nobles propósitos pudieran navegar en calma chica.  

En 2019 el PSOE recuperó la alcaldía de la ciudad con Ana González. Se nombró como nueva gerente de Divertia a Lara Martínez, hasta entonces concejala y miembro del consejo de administración de la empresa municipal, con amplia experiencia en la gestión cultural. La polémica llegó tan puntual como acostumbraba. La serie de Netflix El vecino inauguró la edición del festival, en un giro programático bastante insólito. O al menos, así lo juzgó Lara Martínez, que públicamente cuestionó que una producción de la mayor plataforma de streaming fuera la encargada de estrenar un evento de cine independiente. Volvieron los truenos. La prensa chapoteó en ese enfrentamiento entre las dos cabezas visibles, y el ambiente se presentaba enturbiado para la siguiente edición, la de 2020. La pandemia aún no había irrumpido pero el pronóstico ya era de marejada. 

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Los lodos

Hasta aquí el contexto. Y resumido, no crean. 

En la sede del FICX hay una tensión masticable. Hace seis días que se ha anunciado que se celebrará exclusivamente online debido a las estrictas medidas de confinamiento que han cerrado todos los servicios no esenciales del Principado. A menos de dos semanas de la inauguración, todavía no hay una web que centralice la información, no se ha hecho público el cartel, el precio del abono o desde qué plataforma se verán las películas. Es estéril tratar de averiguar cuándo se anunciará nada o algo de todo eso, nadie maneja certezas. Los distribuidores escriben pidiendo datos, pero tampoco hay nada para ellos. «Tenía que haber sido ayer», musita el equipo de comunicación con tono de disculpa avergonzada. Lo componen el citado Arce, Alejandra Barbé y David Remartínez. En su mesa hay una hucha con forma de aguacate que se ha consignado como «el bote de los gritos», vacía. Y vacía seguirá los quince días que estaremos presentes, como una materialización del principio de Heisenberg: «Tu presencia aquí está valiendo de escudo humano», confirma Arce. 

El bote —metafórico— de la paciencia sí que está hasta los bordes. Con la segunda ola de la pandemia recrudeciéndose en la ciudad, todo el equipo del festival estaba predispuesto a adaptarse y a trabajar contrarreloj, pandemia obliga. Pero la mayoría confiesan en on y en off the record que la decisión de pasar al online se tomó demasiado tarde y demasiado mal. Se dilató hasta el absurdo. El 17 de julio todos los escenarios (presencial, mixto, online) estaban sobre la mesa, pero no se tomó ninguna determinación. «Planteamos que tenía que hacerse una web, un sistema de retransmisión… pero nada. Todos esas propuestas se detuvieron, con la esperanza vana de que no llegaran a producirse», dice Alberto. Alejandra, que lleva varias ediciones en el equipo, aclara que es una lucha que ya peina canas: «Llevamos años intentando darle al festival la web que se merece, pero la respuesta siempre es no. Foro dejó un contrato con vigencia para muchos años, por el cual todas los organismos culturales deben integrarse dentro de la web madre, gijon.es, que funciona de una forma arcaica y demencial», explica. El director, por su parte, defiende que desde el principio se trabajó con los dos escenarios y niega que dilatara lo inevitable. Sencillamente, dice, se adaptaron a las medidas sociosanitarias. Una de las muchas ocasiones que, en lo sucesivo, las versiones serán frontalmente incompatibles. 

Sea como fuere, Alejandra y Miguel Esteban, diseñador gráfico contratado in extremis, se dejan las meninges para que la página esté lista a tiempo y sea operativa. Spoiler: lo conseguirán en apenas once días, pero Miguel tendrá que echar mano de uno de sus estudiantes para llegar al toque de corneta. «Durante tres meses y medio hubo una completa y absoluta pérdida de tiempo, que soy incapaz de saber en qué se invirtió más allá de los “ya veremos” o de las maniobras dilatorias», reflexiona Arce. «Todo es siempre para “luego”, pero “luego” es una unidad de medida demasiado elástica», remacha Alejandra. 

La web, además de la matriz de un festival virtual, es un símbolo de un caos organizativo que salta a la vista. Aída Gaitero, de producción, anda desesperada tratando de montar el rodaje de un spot publicitario que dé a conocer al público cómo asistir este año al certamen. Se planteó el 29 de octubre, pero no hubo respuesta. Ella trae el atrezo de su casa, va y viene del Teatro Jovellanos como un umpa lumpa, y pelea con Alejandro sobre la necesidad de que un festival de cine tenga un spot propio. «Me agobio porque llevo semanas proponiendo cosas y todo lo paralizan», resopla, para sus afueras. Sobre sus hombros acaba recayendo la planificación, rodaje y lanzamiento del clip, hecho en una millonésima parte del tiempo que habría requerido. «Aquí, los que más trabajan son alguien y nadie. ¿Alguien ha hecho esto? ¿Es que nadie va a hacer esto otro?», dice, resignada.  

Hay un matiz importante: todos los nombrados —Alejandra, Alberto, David, Aída, Miguel— son trabajadores eventuales. En la plantilla hay tres personas que trabajan el año completo en el festival, que aunque se celebre durante una semana está obligado a mantener actividades los meses restantes para recibir las subvenciones del Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICCA) y del Fondo Social Europeo. 

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Susana Martín trabaja en producción de Divertia, tiene plaza fija y una vocación cristalina de hablar sin ambages. «El caos organizativo es muy tremendo, es muy triste y muy amargo», dice. Más de veinte años en su puesto le han dado perspectiva sobre lo insostenible de la estructura actual: «Lo que no puedo es soportar que el que esté a mi lado haga lo mismo o más que yo, estando aquí tres meses y dejando la vida fuera; para que luego pase una factura ridícula por todo el trabajo», dice. Susana ha luchado también con las directivas anteriores para que los trabajadores eventuales no cayeran bajo el tramposo salvoconducto del falso autónomo, y tuvieran contratos laborales. «Hemos tenido un Cristo organizativo en el pasado que no nos íbamos a librar de una inspección de empleo, pero esto no cambió hasta que no llegó Lara». Alejando Díaz Castaño se muestra tajante, incluso bronco, al preguntarle por el tema: «Bajo mi dirección no ha habido ningún falso autónomo, y estoy dispuesto a discutir con quien sea. Estamos entre los festivales que hacen más contratos laborales, y ni siquiera tenemos voluntarios, uno de los pocos en España», dice. 

Es un tema sensible, pero no tabú. «Hay una realidad burocrática y administrativa que impide el desarrollo de las cosas con normalidad. Ni siquiera de manera óptima, solo con normalidad», explica Alberto Arce. «Soy el cuarto responsable de prensa en cuatro años, y eso significa algo. Algo que alguien debería mirar». Hablamos, no olvidemos, de una ciudad con un desempleo cercano al 20 %, donde la oferta laboral en el sector cultural no es boyante y la posibilidad de un empleo en algo tan potente como el FICX es, o debería ser, muy jugosa. «Los eventuales no somos actores inocentes ni inmaculados, nos mueve la necesidad de trabajo. Lo que nos diferencia es que no estamos dispuestos a hacerlo a cualquier precio», lanza Arce. En su opinión, se trata de una «cartelización» de los recursos laborales, un bien escaso. 

«Cuando alguien tiene el sustento asegurado, se relaja. Cuando vienes de dinámicas en las que, durante muchos años, nadie te exigió nada tampoco, pues sigues en esa dinámica porque el ser humano tiende a eso tan odioso que llamamos la zona de confort», concede Lara Martínez. La gestora se declara al tanto de los defectos organizativos, pero los cambios, de producirse, dependen de un engranaje más complejo que su sola voluntad. Divertia ultima su disgregación como empresa municipal en un futuro inminente, para focalizarse por separado en la gestión de todas sus áreas: Turismo, Festejos, Tabacalera, Teatro Jovellanos, el Jardín Botánico y, claro, el FICX. 

La inauguración se aproxima inexorable, mientras la sede en la plaza del Parchís sigue en ebullición. Queda lo indecible por hacer: cerrar los encuentros, las charlas, ajustar los derechos, asegurar qué películas irán a FestHome y cuáles a Filmin, dar las acreditaciones de prensa, cuadrar los horarios, contactar con toda la lista de invitados… El batallón de eventuales se olvida de horarios y de jornadas lógicas, mientras la otra batalla, la política, sigue su borboteo, también incombustible.   

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Huyendo de House of Cards, naufragando en House of Cards

«Lo que peculiariza el festival de Gijón es que está siempre reinventándose, por las luchas internas y externas. Por eso no da tiempo a consolidar una línea firme», resume Luis Pascual, presidente del Ateneo Obrero de Gijón, entidad que comparte edificio con la sede del FICX. En su opinión, el festival se mantuvo estable en la época de Cienfuegos en parte por un liderazgo carismático, en parte por la propia estabilidad política del gobierno municipal. Pascual introduce una variable añadida, que también constriñe el desarrollo normal de la cita: el director asume las tareas de dirección artística y también las de gestión, a diferencia del resto de festivales, que son cargos separados. 

Es complicado, mucho, sortear la comparativa con un House of Cards regional. A nadie termina de gustarle la analogía, por barata, pero tarde o temprano acaba aflorando en las decenas de personas con las que hablamos. Lo que nadie discute es lo siguiente: El FICX está dominado por dos grandes sombras antitéticas, un ying y un yang, dos fantasmas que marcan el camino: Cienfuegos y Carballo. El ejemplo de lo que se debe hacer, y el ejemplo de lo que no. Respectivamente. 

Sobre actual director se proyecta, especialmente, la primera de ellas. Cienfuegos es hoy el director del Festival de Cine Europeo de Sevilla, que está presente de manera obsesiva en muchas de las acciones y comentarios de Alejandro: «Tenemos más likes en Facebook que Sevilla, ¿os habéis fijado?», comenta en alto. Triunfante, pero a media voz. Cuando uno de los empleados dijo que iba a suscribirse a la newsletter del festival sevillano, Alejandro rogó que lo hiciera desde un correo que no le identificase, para que «no sepan que somos nosotros», nos cuentan.  

Manías persecutorias al margen, el FICX es un tablero de ajedrez en el que todos, hasta (o especialmente) los que lo niegan, planean con denuedo sus jugadas. A los pocos días de versiones enfrentadas, maledicencias, y operaciones con tentáculos políticos incomprensibles, toca asumir que, políticamente, el festival es una madeja demasiado embrollada para tratar de entenderla en su totalidad. Lo que obtengamos será, forzosamente, una visión parcial, porque el iceberg tiene toneladas de familias políticas, intereses y refriegas locales, y nosotros carecemos de suficientes corchos, chinchetas ni cordones rojos para descifrarlos. 

Fran Gayo, el programador, dice que renuncia a participar de esas «escaramuzas». Es, con mucho, el actor más opaco —hacia nosotros— del festival. Y eso que en torno a él se ha librado una de las batallas más relevantes. Trabajó en el festival la época de Cienfuegos y goza de un crédito profesional envidiable en toda la ciudad. Por eso, que en 2020 el FICX volviera a contar con él fue un bombazo y, a la vez, abonó el terreno para la especulación. La Nueva España publicó una tribuna incendiaria asegurando que el fichaje era un golpe sobre la mesa de Lara Martínez, que trataba indisimuladamente de moverle la silla a Alejandro Díaz. 

Pero aunque los tres implicados desmintieron al rotativo local y nos explicaran una versión coincidente de los hechos —que fue elección personal del director— la evidencia de que todo, en Gijón, tiene siempre una vuelta de tuerca más, es que hay una quinta versión de lo sucedido. Una que implica una reunión secreta en Buenos Aires entre Gayo y el escritor Miguel Barrero, donde acordaron mover los hilos del FICX en la sombra. Nos la explica Víctor Guillot, director del Centro de Interpretación del Cine de Asturias y miembro del PSOE, que se presenta como alguien que «no está al politiqueo, porque soy la oveja negra de la gestión cultural». Descabellado o no, su relato evidencia que todo puede (y es) interpretable en términos conspirativos. No obstante, tanto Barrero como Gayo aclaran que ni el encuentro fue secreto (se publicó en prensa) ni se trataron temas sobre el FICX.

Ante eso, solo nos queda lo presenciado, aunque sea menos peliculero: un botón rojo. 

Físicamente no existió ninguno en el  FICX, pero a fe que estaba ahí. Es la herramienta que algunos trabajadores empleaban cuando, desde la dirección, se bloqueaban decisiones o propuestas que era urgente llevar a cabo para que el festival no descarrilase. Alberto Arce, además del padre del término, fue su principal usuario en varias ocasiones. La que mejor simboliza lo ridículamente disfuncional que puede resultar todo es la gestión de la lista de correo. Esta se realiza través del gestor Mail Chimp, que permite mantener al tanto a los suscriptores de las actividades que se desarrollan tanto durante la semana del festival como el resto del año. El responsable de prensa lo cogió con quinientos suscriptores y antes de que comenzara oficialmente el evento ya sobrepasaba los dos mil doscientos. Lo que parecía un éxito mutó en conflicto: el aumento de seguidores incrementaba levemente (a setenta y cuatro euros) el precio del servicio, y además requería mantenerlo actualizado el resto del año. Se negaron a pagar el aumento y Arce pulsó el botón rojo: acudió a Lara Martínez para que costeara el gasto con la tarjeta de Divertia. «Da igual, cuando no estés aquí nadie se va a encargar de eso», le advirtieron, a su vuelta. «A veces, para que salgan las cosas, no nos queda más remedio que puentear así», reconoce Susana, que también accionó el botón invisible más de una vez. 

Alejandro achaca esa inoperancia, que tilda de puntual, a una querencia personal por no salirse del presupuesto marcado. «Estoy obsesionado con cumplir mi contrato, en que los gastos no superen los ingresos, lo admito. Tiene que ver con épocas no muy lejanas en las que se ha pasado de presupuesto, y también con que la empresa es compleja, y aunque teóricamente haya remanentes por la situación, nunca hemos tenido claro si se pueden utilizar o no. Hay un choque entre lo teórico y lo real», asegura. Lara Martínez, quien facilitó el desglose presupuestario (614 800 euros), insiste en que nunca se puso impedimento, más bien al contrario: «Desde que el covid cayó en nuestras vidas, la alcaldía dijo que se ejecutara el presupuesto completo, porque eso significaría que hay dinero en la calle para los artistas, los creadores, para la cultura que atraviesa una situación tan crítica». 

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Fin del cliffhanger

No hay plot twist ninguno: el festival ocurrió, a pesar de una lista mucho más amplia de impedimentos que la que hemos detallado. Algunos titánicos, otros nimios, como el que se vivió en la inauguración oficial del festival, que en esta ocasión corrió a cargo de Carne Cruda. El programa de Javier Gallego rodó una edición especial en un teatro Jovellanos vacío, un acto emocionante que es ya historia de la ciudad, con las actuaciones de Rodrigo Cuevas y Pablo Und Destruktion y el testimonio imperdible de la Tarabica. Un rodaje que tampoco estuvo exento de microenfrentamientos. Hasta dos horas antes, a algunos trabajadores del teatro les resultaba inconcebible microfonar en el escenario a una persona más de la que originalmente se había estimado, y consideraban descabellado colocar el Steinway en el escenario para la actuación de Cuevas. «Parecen chorradas, pero de estas hay cientos todos los días, es de un paralizante que desespera. Al final, abandonas muchas cosas», dice Susana. 

Que el FICX se celebrara sin más complicación no fue producto de la magia, sino del desgaste. «Sale adelante porque genuinamente, sus trabajadores militamos en el festival, no trabajamos en él. Lo hacemos porque nos apasiona, de verdad» asegura Aída Gaitero, sin ningún ánimo romantizador. Lleva años intentando que se adopte algún galardón fijo como seña de identidad, en vano. Edición tras edición, no queda otra que diseñar uno diferente, y porque ella se empeña. 

«Los departamentos se autoorganizaron y sacaron adelante todo en una especie de asamblea desorganizada y anárquica. Fue una coreografía organizativa modélica, porque se coordinaban más allá de los silencios obstruccionistas de la dirección», resume Arce. Para él, esta manera de funcionar del FICX sobrepasa el ejemplo anecdótico o hiperlocal, y funciona en el plano metafórico de una realidad más universal: «El mundo sigue cambiando a toda velocidad, y las organizaciones que no se adaptan a la velocidad del cambio dejan de servir para lo que fueron creadas. De ahí surge mucha de la desafección con las instituciones», apunta. Para él, es evidente que algo falla cuando «se asumen con fría y simpática normalidad hechos grotescos». 

En general, pocos de los involucrados enmarcan este año dentro de la excepcionalidad. La pandemia ha subrayado problemas preexistentes, ha obligado a lo virtual, pero se diagnostica una inercia en la forma de funcionar que se repetirá en los años venideros. «Se resetea y se empieza de cero cada año, no hay un planteamiento, ni una reflexión de cómo mejorar, de dónde quiere ir el festival. Te obligan o a la dejación de funciones, a dejar que todo caiga por su propio peso, o a minarte puenteando. Y nosotros estamos convencidos de que hicimos el mejor festival con los medios a nuestro alcance, pero la paliza moral nos ha dejado tumbados», remata Arce. 

Por supuesto, hay aspectos positivos por los que se cuela algo parecido a la satisfacción: la incorporación del Aula FICX, la difusión extraordinaria de las películas a través de El País América, o la propia programación cinematográfica, mucho más cuidada y arriesgada que otras ediciones. De momento, solo hay una promesa de futuro: volver a las salas el año próximo. Algo que esperanza a aquellos a los que más ha afectado la virtualidad: Carmen, la taquillera del Jovellanos, Jesús, el acomodador, o uno de los propietarios del Toma 3, Tono Permuy, donde el festival se vivía a pie de calle. 

Retomemos, ahora sí, la pregunta inicial: «¿Quién vino del New York Times a cubrir el festival?», preguntó Arce. Él ha trabajado en la cabecera norteamericana, y se figuró que conocería al periodista. Pero no. Porque ni era periodista, ni era del New York Times, a pesar de que esa información figurara en el informe de gestión que se envía al Fondo Europeo que subvenciona una parte del FICX. 

«Es la loquita, probe, no está bien», le respondieron. 

Una mujer, que, año tras año, acudía las ruedas de prensa y preguntaba en nombre de un periódico en el que no trabajaba. Quizá alguien debió excluir la información del documento oficial. Pero nadie dijo nada.

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13 Comentarios

  1. Fui asistente en este festival de cine muchos años, comenzando a finales de los 90. Los primeros años que fui estuvieron muy bien y de hecho me acuerdo en el 99 o el 2000 que no sé cómo acabamos de “fiesta” con Guillaume Depardieu (genial cuando estaba de buenas) y pillamos una buena (Gillaume montó después una bronca endemoniada en el hotel y creo que se peleó con alguien). Hasta 2004 ó 2005 (no recuerdo el año) no me perdía un festival, pero poco la cosa comenzó a ir en picado y la calidad pasó de más que aceptable a baja y en muchos casos paupérrima. A partir de 2009 dejé de asistir. Fue muy decepcionante y no era opinión mía sino compartida por muchos. No es de extrañar que los políticos de turno cambiasen al organizador, porque el festival se había convertido en la sombra de lo que fue. No sé si el reemplazo valió la pena. Tanto Cienfuegos como Carballo me parecen personas que saben lo que tienen que saber, independientemente de cómo salga el festival. Con Martínez, que era concejal, lo que han hecho ha sido un “asalto al poder” metiendo a un político en un festival cultural. De modo que me quedo con los recuerdos buenos y prefiero no volver. Considerando que la vaca ya no da leche, lo mejor es que este festival se celebrase cada 5 años y se presentase cine de calidad en vez de cutreces disfrazadas de cultura.

  2. Entro aquí esperando leer algún comentario sobre las películas proyectadas en el festival y me encuentro con párrafos y párrafos de cotilleo disfrazados de ¿periodismo?.

  3. Este festival de cine se llamaba Certamen Internacional de Cine para la Infancia y la Juventud de Gijón. Era un festival especializado y que tenia buen cartel dentro y fuera de España además de una programación estupenda, con autenticas maravillas que se estrenaron en dicho festival. Una vez que cambió su proposito para convertirse, por obra y arte del progrerio socialista de Gijón, en algo con infulas de cultura exclusiva devino en lo que es a dia de hoy: algo infumable. Para ver una pelicula pasable te tienes que tragar 20 pesimas, aburridas…………….Lamento si hiero sensibilidades pero lo que era algo bueno lo convirtieron en una mierda, y ya van años.

    • En efecto, cuando era el Festival para la Juventud se pudieron ver auténticas obras maestras, pero no se puede negar el tirón que tuvo el Festival posteriormente, en la época de Cienfuegos. Los que se lo cargaron no fueron precisamente los del “progrerio socialista” (lo que quiera ser eso).
      Un saludo

  4. Qué pena, con lo bien que nos lo pasamos en la etapa Cienfuegos, con la espicha inicial, los generosos vales de comida, las múltiples secciones repletas de gran cine (aunque algún bodrio también cayó), el ambiente, el trato perfecto al plumilla, los invitados siempre cómplices, los conciertos, las tertulias cafeteras, las zarandajas indies… Ahora, una mierda pinchada en un palo, como todo el panorama desolador que le espera al cine en estos tiempos. Siempre la puñetera política aldeana cargándose todo. ¿Por qué no fichan a Antoñito Berrinches para que lo reflote? Por cierto, el Festival de Sevilla cada vez está mejor, que rabien los envidiosos gijoneses (algunos, claro, adoro esa ciudad y sus gentes).

  5. Todos los gijoneses debemos leer este artículo para saber en que se gastan nuestros impuestos y de que manera tan insultante se comportan los funcionarios y políticos cuando tienen poder.
    Muy bien retratados toda esta banda de sinverguenzas que se atreven a hablar sin tapujos de todas las miserias.
    ESPERAMOS que se tomen medidas y se destituyan a muchos de los implicados en esto.
    Desde Gijón, muchas gracias al peridista que ha destapado todo esto. Grandísimo artículo.

  6. Lo que convirtió el festival en la medianía que es actualmente no fue otra cosa que una banda de paletos resentidos que entró en el gobierno municipal en el 2011. Me estoy refiriendo, claro está, al partido que se montó Cascos para seguir viviendo como un cura y pagándose sus múltiples divorcios (demandado lo tienen ahora porque le pasaba al partido hasta las facturas del super), que todos sabemos que es un vicio muy caro. Años y años de resentimiento llevaron a que no distinguieran lo que la alteranancia política con cabeza debe de ser: intenta mejorar las ocsas, pero si algo está funcionando, no lo toques. Y evidentemente, la cagaron. Y tampoco es que ahora estemos mucho mejor, porque la alcaldesa que ha sustituido a la anterior (ahora del PSOE) es igual o todavía más inútil. Que la clase política es la que es y no los escogen por ser birllantes.
    Todo esto me lleva a preguntaros por el cristo provinciano que se ha montado aquí acerca de que si pagaron por este artículo desde el ayuntamiento (y yo no he leído contenido patrocinado…) por qué los dejáis en tan mal lugar. En plata, si lo pagamos como os atrevéis a contar la verdad. No estaría de más una aclaración.Yo os tengo por un medio serio, la consideracion ue me merece Bárbara Ayuso es la misma y me gustaría leer vuestra versión.

    • Ni en sueños. Ya bien antes de 2009 este festival cayó en picado. Ya dije más arriba que dejé de ir porque hacia 2008 ó 2009 el festival era malo a rabiar. No soy amiga ni de Cascos (que ganaron sólo y exclusivamente porque la alcaldesa anterior que llegase el partido del Cascos tenía completamente abandonada la ciudad) ni de los otros (PSOE o izquierdas variopintas), pero los hechos son los hechos, porque mientras que este festival era bastante digno hacia el año 2000, enseguida cayó en picado. La caída de calidad no tuvo nada que ver con políticos ni de un bando ni de otro, aunque claro está que ninguno no han sabido devolverle la dignidad que tuvo hace 20 años. Esto es lo que pasa cuando se exprime demasiado la naranja… que no da jugo.

      • Es una cuestión de puntos de vista. Tú tienes el tuyo y yo el mío. Si según tú, Pacita tenía abandonada la ciudad, lo de su sucesora o la sucesora de la sucesora, es para pedir la declaración de zona catastófica, que además ahora está de moda. De todos modos lo que me interesa ahora es una aclaración acerca del artículo, su motivación, su encargo o no y demás.

        • No se trata de puntos de vista políticos: ni voté a Cascos y cia ni a la Pacita ni cia. Ni a nadie. Que Pacita tuviese abandonada la ciudad es un hecho. Que los sucesores de diferentes partidos (primero Cascos y cia y luego el PSOE y los suyos) la dejasen en ruinas es otro. Son la misma gente con diferentes logotipos, igual de resentidos unos que los otros (cada uno con sus historias, que no me van ni me vienen) y que al final acaban haciendo lo mismo, disfrazándose de —y repartiendo carnets de— demócratas. Y no me importa la motivación del artículo o si está encargado. Lo realmente grave es que este festival ya estaba agotado hacia 2004-2005 y era mediocre… y aùn así siguen intentando darle oxígenom, cuando realmente le están dando monóxido de carbono. Ningún partido político ha conseguido revivirlo, lo cual era de esperar (en el fondo es a eso a lo que se dedican los partidos). Este festival debería celebrarse cada 5 años (cuando haya material presentabe digno) o cerrar de una vez por todas.

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