Arte y Letras Cómics

Supermedianías

Super
Superman, 1978. Fotografía: Warner Bros.

Odio los superhéroes. Creo que son abominaciones. No tienen el significado que solían tener. En un principio estaban en manos de guionistas que ayudaban a expandir la imaginación de un público de nueve a trece años. Eso era precisamente lo que estaban pretendiendo hacer y lo hacían de forma excelente. Hoy en día, los cómics de superhéroes saben que realmente su audiencia no está entre los nueve y los trece, porque no tiene nada que hacer con ellos. En realidad su público está compuesto por gente de treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta años, normalmente varones. Alguien acuñó el término «novela gráfica» y estos lectores se aferraron a él; tan solo estaban interesados en encontrar un modo de validar su amor por Linterna Verde o Spider-Man sin parecer emocionalmente subnormales.

Estas declaraciones lograron poner en ebullición las gónadas del fan duro del tebeo, ese estereotipo compuesto por más de cien kilos aprisionados en una camiseta de Dungeons and Dragons que entiende por comprar ropa nueva a la pareja sentimental el adquirir un par de guantes. Pero lo que resultaba más doloroso del discurso era descubrir que todos esos esputos provenían de la figura del guionista Alan Moore. Porque Moore, a pesar de su aspecto de Capitán Cavernícola arrollado por un camión, era un educadísimo caballero inglés autor de piezas indispensables de la historia del arte secuencial: La cosa del pantano, Batman: la broma asesina, V de vendetta, From Hell o la titánica Watchmen, ese relato de superhéroes sin poderes y con paredes salpicadas de pintadas que cuestionaban las virtudes de la gente que va por el mundo repartiendo justicia con criterios variables y objetos sólidos. El venerado escritor parecía un demente recién salido de un cubo de basura gritando delirios a los viandantes, pero lo que afirmaba tenía poco de locura. 

Ni los pájaros visten capa, ni los aviones usan ropa interior, ni el peatón medio se preocupa mucho por las cosas que sobrevuelan la ciudad en un plano superior al suyo a no ser que se trate de un pájaro vaciando los interiores. Superman definiría el contorno del superhéroe y le regalaría el prefijo distintivo aunque ni siquiera era el primero que pisaba las ficciones populares: Hércules, Robin Hood o el Zorro habían regalado nudillos, conjuntado mallas y ondeado capas mucho tiempo atrás. Pero esa idea de superhombre contemporáneo resultaba enormemente atractiva para la sociedad, incluso a pesar de lo ridículo de contemplar a un adulto correteando con un atuendo que ofrecía la impresión de que el objetivo inmediato del individuo era localizar la carroza del carnaval de la que se había caído. Más preocupante resultaba el asimilar que estábamos hablando de dar el visto bueno a una persona que tiene la firme creencia de que los tribunales y el abogado defensor son elementos opcionales en la resolución de un crimen, y sobre todo a alguien que prefería sentenciar la pena haciendo uso del mecanismo jurídico conocido técnicamente como sus cojones morenos. 

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4 comentarios

  1. Oderus Urungus

    Recuerdo hace años haber visto un reportaje en una web de noticia sobre Shadow Hare, perteneciente a los Reales esos.
    Ayudaba a ancianas e incluso había evitado un hurto. Tenía su propio batmovil (un segway).
    La fascinación que sentí por tal personaje fue cautivadora y me duró una semana, aproximadamente.

  2. Oppiano Licario

    Qué gran oportunidad perdida para citar a Kick Ass, meta-real Hero por excelencia

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