
Durante unos años trabajé para el que, según dicen, ha sido el mejor entrevistador de la radio y la televisión de este país: Jesús Quintero. Yo ni estoy de acuerdo ni dejo de estarlo. Las carreras de caballos no son lo mío y no sé por qué hay que echar a competir a entrevistadores, poetas o articulistas: siempre que alguien dice que X es el mejor en lo que hace, sin ser esto que hace una competición con reglas estrictas como el tenis o el boxeo, pienso que la frase dice más del que la dice que de quien recibe el elogio, que no tendrá culpa de que lo hayan puesto en esa tesitura. Los «combates del siglo», tipo John Ford contra Alfred Hitchcock, me parecen no solo inútiles, sino también molestos. Lo cierto es que Quintero, esto no admite discusión, tenía un estilo propio, inconfundible, y precisamente por eso no podía ser nada parecido al mejor entrevistador, porque el estilo propio e inconfundible lo colocaba siempre por encima del entrevistado, tramaba una tela de araña para cazar a un insecto o algo así; lo que importaba en cualquier caso era la araña. Sus entrevistas no solo eran muy buenas: eran sobre todo muy suyas.
Si algo hay que reconocerle a Quintero es que fue el único «comunicador» —según palabra que en los noventa se puso de moda y hoy se ha deteriorado hasta aplicársele a Belén Esteban— que se dedicó a «inventar» personajes; exploraba el mundo alrededor con un equipo de buscadores que descubrían en tabernas o polígonos personajes radiantes que eran llevados al estudio para que cayeran en la tela de araña de Quintero y los convirtiese en parte de un dramatis personae donde había humoristas de barrio, filósofos de esquina, nihilistas que no sabían qué era el nihilismo y pensaban que Nietzsche era el último fichaje del Madrid, juguetes rotos que querían volver a jugar para no perder el gusto de romperse, etcétera.
Quintero llevó la entrevista radiofónica o televisiva a un nuevo peldaño en el que solo podía estar él, pero que sus piezas como tales entrevistas no eran mejores ni peores que las de otros muchos se puede observar en el hecho de que, transcritas, sin la realización de los maestros que contrataba, ante los escenarios de los escenógrafos geniales que colaboraban con él —si por algo destacaba el solitario Quintero era por las buenas compañías con que se equipaba— no pasan de ser buenas entrevistas: las de Soler Serrano, por ejemplo, reunidas en un libro, pueden servir de curso acelerado de literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX, aunque televisivamente no fueran más que dos señores hablando sin parar durante una hora, a veces, como la entrevista de alguien tan poco hablador como Delibes, incurriendo en el aburrimiento.
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Muy buen artículo. Otro curioso entrevistado era Nabokov. Pedía las preguntas con varios días de antelación y respondía leyendo, pero actuando como si no leyese. Y lo mejor es que lo hacía genial.
Un buen artículo faltante. Gracias.
No entiendo por qué motivo los artículos de Jot Down no están fechados. ¿Como sé al hacer una búsqueda de cuándo es un articulo? No lo entiendo