Política y Economía

La tasa alien

tasa alien
Pyongyang, 2017. Fotografía: Cordon Press. alien

Aggrappato alle rive e alle barche e immersi nell’acqua fino alla bocca o sepolti nella terra fino al collo, attendevano che le autorità trovassero un qualche rimedio contro quel fuoco traditore. Poiché il fosforo è tale che si appiccica alla pelle come una viscida lebbra, e brucia solo al contatto dell’aria. Non appena quei disgraziati sporgevano un braccio fuor della terra o dell‘acqua, il braccio si accendeva come una torcia. 

(Curzio Malaparte, La pelle, 1949)

El fascista Malaparte (Kurt Suckert, 1898-1957) contó con su humor tan profundamente oscuro todo lo que pensaba que nadie iba a contar una vez el árbitro levantó el brazo que daba por finalizada la Segunda Guerra Mundial: el trato a las mujeres de Nápoles por los soldados estadounidenses, el sufrimiento civil del bombardeo con fósforo de Hamburgo, la historia del perdedor. El mérito de dar a conocer al mundo los detalles de la Operación Gomorra se lo llevó el novelista alemán Hans Erich Nossack, pero tanto su éxito como el intento de Malaparte no hacen sino confirmar con la excepción la regla de que la historia la escriben los vencedores. Hay otra: las páginas más difuminadas de la historia las paga el dinero.

Los desembarcos triunfantes, la liberación del pueblo oprimido, la búsqueda de armas de destrucción masiva se esmeran en amortiguar para la inmensa mayoría el ruido de fondo de las calculadoras echando humo. Hay una lectura económica en todo conflicto. Debería ser central si al ser humano no se le hubiese secado el cerebro, «de claro en claro y de turbio en turbio», con libros de caballerías y superproducciones de Hollywood. ¿Pierden todos los que estaban en el bando perdedor? ¿Cuánto se ingresa destruyendo y cuánto reconstruyendo lo destruido? ¿Cuánto vale el dominio de la región «liberada»? ¿Es la guerra, al fin y al cabo, buena para la economía?

No tan perdedores

Olía a almendras amargas. Se colaba en la nariz, directo al cerebro. Primero un picor en el pecho seguido de un dolor extremo. Convulsiones. Paro cardíaco. Zyklon B, el pesticida pensado para insectos gigantes, fumigó seres humanos en las cámaras de los campos de exterminio nazis. Fue procesado, enlatado y etiquetado. Se almacenó, se transportó, se entregó, se facturó, se cobró. Oferta. Demanda.

El gas venenoso Zyklon B era ampliamente utilizado como insecticida mucho antes de la guerra. (…) No ha podido demostrarse que el consejo de administración o los acusados, como miembros del mismo, tuviesen conocimiento de los usos a los que se destinaba la producción. Ha quedado demostrado que grandes cantidades de Zyklon B fueron suministradas por Degesch a las SS y que fueron utilizadas en las exterminaciones en masa de los prisioneros de los campos de concentración, incluido Auschwitz, pero ni el volumen de producción, ni el hecho de que se suministrasen grandes cantidades a los campos fue en sí mismo suficiente como para implicar responsabilidades criminales, dado que lo que ha quedado probado es que hubo una gran demanda de insecticidas allí donde llegaba un alto número de personas desplazadas, confinadas en espacios abarrotados en los que faltaban las mínimas condiciones de higiene.

(Informes legales de los juicios por crímenes de guerra. Comisión de crímenes de guerra de las Naciones Unidas, Volumen X. 1949)

El tifus brotó en el frente occidental. Los oficiales alemanes temían que se extendiera a la población civil. A los suyos, se entiende. Era urgente encontrar una solución, una cura o una vía para lograr la inmunidad. Había que aumentar la producción y la eficacia de las vacunas. En Behringwerke, perteneciente como Degesch a IG Farben (conglomerado fruto de la fusión de empresas como Basf y Bayer, la de las aspirinas), trabajaban desde hacía unos años en una vacuna que permitía tratar a quince mil personas en un día, frente al proceso utilizado hasta ese momento por el que solo era posible tratar a diez. La vacuna no había sido probada. No era reconocida por la profesión médica. Farben estaba ansiosa por lograr ese reconocimiento. 

Las pruebas muestran que prisioneros sanos de los campos de concentración fueron deliberadamente infectados con tifus por las autoridades alemanas en contra de su deseo y que las medicinas producidas por Farben, que se esperaba tuviesen poder curativo contra la enfermedad, fueron administradas a estas personas dentro de un programa de experimentación médica que tuvo como resultado la muerte de muchos de ellos. (…) No es posible demostrar la culpabilidad de los acusados de Farben.

(Informes legales de los juicios por crímenes de guerra. Comisión de crímenes de guerra de las Naciones Unidas, Volumen X. 1949).

El 20 de diciembre de 1945 se promulgaba la Ley N.º 10 con la intención de enjuiciar a los otros criminales de guerra, los que no habían sido juzgados en el Tribunal Militar Internacional de Núremberg. Los doce juicios posteriores encausaron a los colaboradores necesarios, los beneficiarios del desastre. No se enjuició a las empresas, sí a algunos de sus directivos. Dentro de los juicios posteriores ninguno de los directivos de IG Farben encausados fue condenado por la producción y suministro de gas venenoso o vacunas contra el tifus a los campos de concentración y exterminio. Cinco directivos fueron encontrados culpables de emplear prisioneros de guerra, trabajos forzados y empleo bajo condiciones inhumanas. En el juicio se leyeron las características físicas que pedían de los prisioneros como si fuese una lista de la compra. Las penas no superaron en ningún caso los siete años de prisión y no se cumplieron en su totalidad. Uno de los directivos que acudió al juicio como testigo, no como imputado, Gerhard Friedrich Peters, reconoció en su testimonio que sabía para qué se utilizaba el Zyklon B. Un juicio posterior por esas declaraciones lo condenó a cinco años de cárcel y, tras recurrir la sentencia, fue absuelto.

Las guerras abren espacios que quebrantan las normas de los tiempos de paz y quien se cuela en el engranaje puede sacar grandes réditos. IG Farben ya era una de las empresas líderes de la industria farmacéutica mundial antes de la Segunda Guerra Mundial. Su implicación en la misma, lejos de pasarle factura, la reforzó. Aunque ya no lo haría con la marca del grupo, hoy sigue teniendo entre sus marcas algunas de las más potentes de la industria química y farmacéutica del mundo. 

Lo que se diga de ellos se puede aplicar a Krupp, hoy parte del gigante ThyssenKrupp. Sin su suministro de material bélico no habría sido posible la invasión país tras país que llevó a cabo el ejército alemán bajo las órdenes de Adolf Hitler, con el agravante en su caso de saber perfectamente que con el rearme Alemania incumplía el Tratado de Versalles. Krupp participó en el expolio de las poblaciones de los países invadidos y utilizó prisioneros de guerra en condiciones infrahumanas en sus factorías. No se juzgó a la empresa ni por estos ni por otros crímenes en los juicios posteriores, lo que dejaba a salvo de reclamaciones las ganancias obtenidas durante el conflicto. Se juzgó a sus directivos, a los que se absolvió por delitos contra la humanidad y se impuso una pena máxima de doce años por el expolio y el uso de prisioneros. Con Estados Unidos pasando en un corto plazo a estar mucho más pendiente de la guerra fría que de un conflicto ya solventado, la justicia fue benevolente con ellos.

La lista es amplia. Incluiría a Daimler-Benz y el escueto «Daimler-Benz apoyó al régimen nacionalsocialista solo hasta donde fue inevitable para una compañía de su tamaño» de su información oficial, frente a lo que cuenta el libro Mercedes en la paz y en la guerra (Bernard P. Bellon). No era solo la obviedad de que Hitler fuese montado en su Grosser 770K modelo 150 Offener Tourenwagen, una fabricación artesanal de Mercedes Benz con detalles, incluido armamento, solo creados para él. Ni el hecho conocido de que Mercedes fabricase motores para aviones, tanques y buena parte del cohete V2 para el ejército nazi. Bellon describió la financiación con inserciones constantes de publicidad en el periódico nazi Volkischer Beobachter y también cómo Jakob Werlin, directivo de la empresa automovilística, fue quien recogió a Hitler a las puertas de la prisión de Landsberg cuando salió libre en 1924. 

Fueron otras muchas las empresas a las que no solo no les pasó factura su implicación con el bando perdedor. Hoy siguen siendo gigantes en sus respectivos sectores. Si se cogen estos ejemplos es para mostrar que, si esto es con los que pierden, no es difícil imaginar las ganancias de las empresas del bando que gana.

Te vendo una guerra

Desde las empresas concretas se pasa al salto invisible entre la micro y la macro. La duda de si las guerras en general sacan al buen mundo civilizado de sus letargos y crisis y le dejan seguir después con más fuerza con sus cosas de mundo civilizado.

Difícil resolverlo si no es tirando de las opiniones de tres premios Nobel. Empieza la de Paul Krugman. Como es de Krugman, esta opinión sonríe mirando al suelo mientras la presentan, con las manos metidas en los bolsillos y balanceando los pies. Es una opinión de 2013, acostumbrada al cuerpo a cuerpo con los argumentos neoliberales, al debate sin grises entre la austeridad y la política de expansión del gasto. Ajusta los micrófonos y empieza a hablar mirando por encima de sus gafas, calibrando los gestos del público. «Para salir de la crisis de una vez por todas hay que fingir la amenaza de una invasión alienígena», dice.  

Los neoliberales desde las gradas le lanzan tomos de tapa dura de Milton Friedman y Friedrich Hayek. La opinión de Krugman los mira desafiante. Saben que de lo que habla en realidad es de crear una causa de proporciones cósmicas, un enemigo externo que una al planeta tras la pancarta del gasto necesario, ineludible, defensivo, que obligue a poner todos los recursos disponibles en un fin común y productivo. Que se mueva el dinero de una vez, dice la opinión de Krugman. 

La segunda invitada se sorprende del jaleo y al entrar al escenario tropieza con los tomos tirados por el suelo. No sabe nada de la Gran Recesión. Es una columna de opinión en The Guardian escrita en enero de 2003 por otro Nobel, Joseph Stiglitz. Está nerviosa. Quiere decir algo mientras esté a tiempo. Quiere hacer cambiar de parecer a quienes piensan que la guerra y la bonanza económica van unidas. Entendería, de haberla escuchado, la opinión de Krugman de 2013, porque una de las claves de la invasión extraterrestre es que sea falsa, fake news. Sin daños colaterales. La opinión de Stiglitz se enfrenta a una guerra real, la que se prepara a invadir Irak sin el respaldo de Naciones Unidas, refrendada dos meses después con la foto de las Azores. «La economía de guerra es un mito», comienza su discurso. «Se dice a menudo que la Segunda Guerra Mundial sacó al mundo de la depresión y desde entonces la guerra ha incrementado su reputación como impulsora del crecimiento económico. Algunos sugieren incluso que el capitalismo necesita guerras, que, sin ellas, la recesión acecha siempre en el horizonte». La opinión de Stiglitz niega con la cabeza. Una guerra en un espacio geográfico y temporal limitado no tiene la capacidad de producir el verdadero factor dinamizador de la economía, el que emerge cuando el conflicto alcanza dimensiones mundiales: el pleno empleo. «La Segunda Guerra Mundial llamó a la movilización total, requirió del uso de todos los recursos del país y eso es lo que acabó con el desempleo». 

Entre el público pide la palabra Barry Eichengreen, el economista autor de la obra La economía europea después de 1945. El profesor de Berkeley piensa que las opiniones de los dos premios Nobel no están yendo al fondo de la cuestión: qué ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. Saca unos papeles que hacen temer al público que la cosa se va a alargar y empieza a dar cifras del Plan Marshall. Dieciséis países, incluido Alemania, se beneficiaron de casi trece mil millones de dólares. Si al principio se emplearon en alimentos, productos de primera necesidad, combustibles y maquinaria procedente de Estados Unidos —es decir, el dinero recaía directamente en las empresas americanas como proveedoras—, después el dinero se destinó a invertir en desarrollar la industria europea. Europa podría haber crecido tras el conflicto simplemente por el hecho de tener que reconstruir lo destruido.

El silencio le anima a seguir. Hay algo más. En Europa no surgieron de repente como por arte de magia viviendas calentadas con carbón y refrigeradas con hielo, hornos de gas y frigoríficos eléctricos. «Las nuevas tecnologías nacidas en el periodo de entreguerras no habían sido comercializadas de forma masiva en Europa debido a la inestabilidad política y a la crisis económica en las décadas de los años veinte y treinta». El teflón, el nailon, los motores de combustión interna, los cambios en la organización de las cadenas de trabajo, innovaciones que ya se empleaban ampliamente en Estados Unidos, no arrancaron en Europa hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Antes, no se daban las condiciones. Estados Unidos había entrado en la Primera Guerra Mundial siendo deudor del Viejo Continente y salió siendo acreedor, la inestabilidad europea de aquellos años fue la tónica, los inversores no se vieron con fuerzas para arriesgarse. En esa brecha que se abrió con respecto a EE. UU. en el periodo de entreguerras también se dio tiempo a que las nuevas técnicas y prácticas se probaran, se perfeccionaran y posteriormente pudieran asumirse a toda velocidad por Europa al término de la Segunda Guerra Mundial, acelerando el crecimiento económico tras el conflicto.

Habla usted de grandes sumas de dinero, dice la opinión de Stiglitz, que sigue en 2003 pendiente de la guerra que está a punto de desatarse. «Los costes directos de un ataque militar al régimen de Sadam Husein serán minúsculos en términos del gasto total de Estados Unidos», clama tratando de sumar argumentos a quienes piden evitar un conflicto basado en falsas premisas y cuyas consecuencias pondrán con los años a Europa en alerta cuatro. «La compra de munición que ya existe, que ya está en los almacenes de las compañías de armamento, solo va a traducirse en un recorte en otras áreas del gasto público: en la inversión en educación, en sanidad, en investigación, en medio ambiente (…). La guerra será sin duda mala en términos de lo que realmente importa: el nivel de vida de la gente corriente», sentencia la opinión de Stiglitz de 2003. No le harán ni caso.

El público se pone en pie y aplaude. Ha entrado en el escenario una opinión de Paul Samuelson de enero de 1991 publicada en El País. El entusiasmo se debe a que Samuelson, fallecido en 2009, está considerado el padre de las bases de la economía moderna, un firme defensor del uso de las matemáticas en el análisis económico. Su opinión se origina en medio del debate sobre la acción que debe emprender EE. UU. (en aquella ocasión, de la mano de Naciones Unidas y con Bush padre) tras la invasión de Kuwait por parte de Irak. Una acción que ha provocado un shock en la oferta mundial de petróleo, una subida de los precios con la economía estancada o cayendo. Estanflación. La bicha.

 «Ya es casi oficial», comienza la opinión de Samuelson de 1991. «América se encuentra en una recesión. Cae la producción. Crece el desempleo. Se resienten los beneficios». Las importaciones estadounidenses se reducían y esa era la mecha prendida que enseñaba el camino hacia la crisis a todos los países que vendían productos y servicios a la primera potencia económica mundial. «Me pregunto si la escalada militar americana en el Golfo va a permitir una inyección de dinero a la rueda global similar a otra que sí funcionó: la guerra de Corea de 1950». Un conflicto que contribuyó a avivar las teorías que ligan la bonanza y la guerra desde la Segunda Guerra Mundial.

«En la Segunda Guerra Mundial, una vez la guerra falsa se convirtió en lucha abierta, el producto interior bruto de todo el mundo se vio estimulado por los gastos militares. Fue temporal. ¿Debemos esperar que este patrón se repita si Irak mantiene su postura y las fuerzas de las Naciones Unidas cumplen la fecha tope con la que han amenazado?», se pregunta la opinión de Samuelson. Y responde: «No. (…) Los milagros de la prosperidad económica tras la Segunda Guerra Mundial se produjeron en Alemania y Japón, precisamente las potencias vencidas a las que se prohibió mantener grandes gastos militares». 

«Fue por la reconstrucción, la reconstrucción», bracea Eichengreen desde su asiento.

Un señor desde las sombras pide la palabra. Está debajo de un foco que crea un efecto de contraluz que no deja verle el rostro. Avanza un paso para ser reconocido. Es La travesía del desierto: experiencias de un embajador, un libro de Juan José Arbolí, embajador español en Kuwait durante la invasión de 1990. «El sistema ideado para acometer la reconstrucción de Kuwait consistió en la elección de ocho grandes compañías: cinco multinacionales americanas y una británica, además de una empresa saudí y una kuwaití. Tales compañías (…) se repartieron el país por zonas, y no por la especialidad de cada compañía (electricidad, ingeniería, obras públicas…). Su misión consistió en asumir, en sus respectivas zonas, la responsabilidad de la ejecución de las tareas imprescindibles para la puesta en funcionamiento del país». Para captar parte del dinero de la reconstrucción había que lograr ser subcontratado por una de ellas. 

España también quería su parte. La diplomacia se puso en marcha. El libro de Arbolí cuenta que no solo se reaccionó tarde. El viaje resultó ser algo accidentado.  «La expedición volaba en un avión tipo Falcón, creo recordar, y su rastro había sido perdido por las torres de control de El Cairo y de Riad, con las que me puse en contacto para cerciorarme de la llegada del aparato. Al parecer, condiciones atmosféricas adversas forzaron al comandante de la aeronave a cambiar el rumbo». 

«Durante los días que permaneció la misión en Kuwait, sus integrantes se distribuyeron el trabajo de acuerdo con el programa preparado en la embajada. El ministro de Industria y demás cargos oficiales, a quienes acompañé, visitaron a las autoridades kuwaitíes, mientras los representantes de organizaciones empresariales se entrevistaron con representantes de la Kuwait Emergency Reconstruction Office y de empresas kuwaitíes». España protagonizó la primera recepción oficial que ofrecía una embajada tras la liberación de Kuwait. Un año después, solo cinco empresas españolas habían conseguido algún contrato de una reconstrucción cuyo coste total se estimaba en cincuenta mil millones de dólares. Eran contratos pequeños porque en realidad Kuwait no necesitó tanta remodelación de edificios como se esperaba.

Hay vencedores del bando derrotado y, para cerrar el círculo, hay quien creyó colocarse en el bando ganador y no logró sacarle partido. 

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Un comentario

  1. Lareon Falken

    La «ley de hierro» (el crecimiento de una economía durante un periodo de guerra) en realidad sólo funciona si el país además de movilizar toda su capacidad productiva, resulta salir relativamente indemne de la destrucción, tal y como fue el caso de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial. El caso opuesto sería Alemania o Japón, y el caso intermedio la URSS (con movilización total pero casi la mitad de su territorio arrasado).
    Soy de los que opino que Eichengreen da en el clavo. Si no permites gasto militar un un periodo de paranoia, todo el gasto se convierte en gasto productivo.
    P.D. Solo se mencionan empresas alemanas que se lucraron durante el Reich, pero IBM a través de la Dehomag vendió maquinas Holleritz de tarjetas perforadas durante todos ese tiempo. Y esas máquinas eran las que permitían clasificar el censo (judío, homosexual, etc.), controlar el sistema de trenes de mercancías que trasladaban a la gente a vamos de concentración, y otras varias actividades imprescindibles para conseguir un exterminio eficiente. Y la Dehomag tenía su certificado de «empresa aria» que IBM mantuvo a toda costa, y para lo que debía reunirse periódicamente con jerarcas nazis. Para saber más de este tema, lean «IBM Y El Holocausto» de Edwin Black.

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