Carmen Sarmiento, el sur de todos los nortes

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Carmen Sarmiento
Carmen Sarmiento recibiendo el Premio Clara Campoamor el 8 de marzo de 2017. Foto: Diario de Madrid (CC)

Una mujer, tumbada en la cuneta, intenta protegerse de la lluvia de disparos que silba desde ambos lados de la carretera. A duras penas, su compañero graba el sonido, pero este se transmite de forma tan nítida como si los dos estuvieran en el salón de casa. La mujer lleva en la mano un revólver antiguo, que apunta de manera vacilante. Por el colorido de la escena ―una caravana de vehículos sorprendidos en una emboscada― y el ruido de los tiros, los gritos y las explosiones, podría tratarse perfectamente de una película de acción, pero no. Aquí no hay actores disfrazados de reporteros, con chalecos de muchos bolsillos, botas militares y sonrisa cínica: se trata de una grabación «real» para Televisión Española. Juan Miguel Velázquez registra el sonido, encorvado en el suelo, con los proyectiles volando sobre su cabeza. Luis Berraquero está filmando la imagen, casi bajo la furgoneta. Carmen Sarmiento es la mujer del revólver. Lleva alpargatas y un chaleco informal, pero no es antibalas ni de los clásicos en el imaginario del periodista de guerra. Aun en un momento como ese, es capaz de describir, con tensa calma y perfecta dicción, la situación en la que el grupo de once periodistas que circulaba por una carretera cercana a la Jalapa, camino del aeropuerto de Managua, ha sido interceptado por un comando de la contra, y los soldados sandinistas que los escoltaban han respondido al ataque con fuego. El equipo de Carmen no ha dudado en ponerse a grabar.  

Tras este incidente, Sarmiento comenzó a plantearse abandonar las crónicas de guerra. No fue una respuesta a la ansiedad o el miedo que pudiesen provocar escaramuzas como la de Nicaragua u otras situaciones de evidente peligro en las que ya se había visto implicada, sino cuando la periodista observó que la información era cada vez más difícil de obtener, al estar controlada por diferentes bloques y agencias; fue sobre todo, por el desgaste que suponía luchar contra los directivos, que solo querían determinados enfoques y temas, casi nunca en relación con lo importante: las causas y las consecuencias de los conflictos armados. Por ejemplo, y pese al evidente interés de la grabación en Nicaragua, que agencias norteamericanas quisieron comprar, esta no fue emitida inmediatamente al llegar a España, sino que pasaron unos meses hasta que se pudo ver, en la serie documental Los marginados. La demora en emitirla había mermado la fuerza del testimonio.

Carmen Sarmiento pasó en primera línea de batalla los años ochenta, transmitiendo para la televisión sus crónicas de la devastación, los enfrentamientos a tiros en las calles, el efecto de las bombas y el hambre, los secuestros y ejecuciones, las torturas, el infierno de los hospitales de campaña, la evacuación de civiles… pero, por encima de todo, las intrigas políticas y los grandes beneficios que suponen estos sucesos. Soy hija de la televisión y crecí viendo sus reportajes. Primero, sus crónicas como corresponsal de guerra y después, sus monográficos como periodista de denuncia social. Todo su trabajo, por si no fuese suficientemente complicado, ha estado imbuido por un fuerte compromiso feminista. Ella representa todo lo que ahora no cabría en la cabeza de ningún creativo de contenidos audiovisuales, pero por entonces se toleraba, porque las guerras, los levantamientos armados y las situaciones catastróficas alrededor del mundo entraban en los contenidos del espectáculo de masas, cuando la televisión aún no estaba cautiva por las audiencias, e incluso se buscaban unos mínimos en la información, antes de que todo fuera barrido por la crisis económica y el entretenimiento. Hoy en día es muy raro ver en prime time noticias sobre conflictos en África u Oriente Medio, salvo escuetos titulares que venden las grandes agencias o contenidos extraídos de internet.

Las crónicas bélicas fueron un clásico en la literatura y el periodismo. A la televisión, sin embargo, llegaron con la guerra de Vietnam, que supuso una revolución a la hora de mostrar acontecimientos que antes solo se habían podido contemplar a posteriori y filmados en formato cine (la cobertura, por ejemplo, de la Segunda Guerra Mundial; la guerra de Corea, sin embargo, fue un precedente de ejemplos como los de la actual Siria, hermética y manipulada al máximo): ahora se veía la muerte en directo y los periodistas destacados en Saigón formaban parte del escenario. Los españoles también estuvieron allí y formaron un grupo de leyenda, conocido como «la tribu», que cubrió las guerras de los años setenta en África, Sudamérica y Oriente Medio para los informativos y programas especiales, como aquella serie histórica, Los reporteros (1974-76). Entre ellos había nombres como Manu Leguineche o Miguel de la Quadra-Salcedo, pero el de ninguna mujer periodista. 

La madrileña Carmen Sarmiento entró a trabajar en TVE en el año 68 y desde ese momento pidió viajar a una zona en conflicto, pero los directivos no solo no lo consideraron oportuno, sino que les pareció un disparate. Don Victoriano Fernández de Asís, uno de los periodistas más distinguidos de la radio y los comienzos de la televisión en España, que por entonces coordinaba a los corresponsales en el extranjero, respondió rotundamente que no. ¿Qué pintaba una mujer en la guerra, con lo peligroso que tenía que ser aquello? 

A finales de los años sesenta, ni a los directivos ni a nadie le entraba en la cabeza que una mujer quisiese ir a hacer una crónica informativa a un país en semejante situación. En realidad, a pocos les entraba aún en la cabeza que una mujer en España quisiese ser periodista, salvo si era para hacer crónica social, quizá figurar como florero en continuidad o de recitado de las noticias. Lo de ser corresponsal de guerra era sencillamente del género tonto o el síntoma de algo mucho más peligroso. Más incluso que la propia guerra. Nadie parecía haber oído hablar de Clare Hollingworth, Martha Gelhorn, Sofía Casanova, Josefina Carabias o Gerda Taro.

Tuvieron que pasar unos años para que Carmen Sarmiento y otras periodistas obtuviesen el beneplácito de sus superiores para viajar a lugares en conflicto. Sarmiento fue la primera de su generación enviada en 1974 a informar de un golpe de Estado: el derrocamiento del emperador Haile Selassie en Etiopía. Digo de su generación, porque, curiosamente, cuando Etiopía aún se llamaba Abisinia, recién coronado Selassie, y las tropas de Mussolini entraban en el país para mandarlo al exilio en 1935, dos periodistas españolas se desplazaron hasta allí para escribir sobre el desastre: Margarita T. de Herrero y Hazte, para Le Journal parisino, y Dolores Pedrosa, para el diario madrileño Ahora. Las dos tomaron idéntica decisión: cuando comprobaron la cantidad de gente herida y los estragos que aquella incursión militar había causado, dejaron la máquina de escribir y se apuntaron como voluntarias en el hospital de Adís Abeba. 

Sarmiento no optó por consagrarse a la ayuda y cuidados del prójimo, un rol que la sociedad veía con muy buenos ojos para las mujeres, sino que continuó, durante casi diez años, informando de la deriva de tropas, guerrillas, pueblos sublevados, etc., en su recorrido por las distintas líneas de fuego a lo largo del mundo, consecuencias directas o indirectas de la Guerra Fría. Desde programas como Objetivo y Primera Página, dio cuenta de un rosario de estallidos de violencia en lugares como Lisboa, en marzo del 74, durante la Revolución de los claveles; en Atenas, cuando se puso punto final a la dictadura de los coroneles, en verano del 74; en Buenos Aires, durante el golpe militar de marzo del 76; en Ghana, cuando el golpe de estado, esta vez, del 79 (fue detenida por la policía y trasladada a la prisión donde se torturaba a los civiles); y en Chad, en la sublevación militar de ese mismo año. También fue testigo de cómo los soldados estadounidenses invadían la isla de isla de Granada, en octubre del 83. Por méritos propios, y dentro de una lucha personal y profesional muy superior a la que hubiese tenido que librar un hombre en similares circunstancias, consiguió no solo ser corresponsal de guerra, sino enviada especial del Telediario y de Informe semanal, del que fue subdirectora, para dos conflictos claves de la historia del siglo XX: Líbano y Nicaragua, además de escribir reportajes y entrevistas para diferentes medios en prensa.

Antes de conseguir convertirse en reportera de conflictos internacionales, Sarmiento ya había provocado ciertos problemas en la redacción de TVE. Con un estilo incisivo, semejante al de Oriana Fallaci, se las tuvo que ver tanto con los mandamases de televisión como con los gerifaltes políticos y militares. La combinación nunca ha sido buena. TVE censuró sus reportajes en Chile, donde entrevistó a Fidel Castro en 1971, cuando este fue a visitar a Salvador Allende; cortaron el encontronazo con el dictador Lanusse, que la obligó a ella y al equipo a salir precipitadamente de Paraguay; o el incidente en el Salvador, durante la guerra civil, en una tensa entrevista con José Napoleón Duarte, a cuenta de un vertedero conocido como el Playón, donde los periodistas habían encontrado miles de cadáveres arrojados por el ejército, y que Duarte negaba, pese a la evidencia. 

El trabajo de un corresponsal de guerra era y es extremadamente complicado. Además del riesgo y las amenazas, están las dificultades para conseguir información, casi siempre controlada bien por el gobierno de turno, bien por la agencia estatal de noticias, el gabinete de una potencia extranjera y varios servicios secretos, y teñida por la acción de contrapropaganda de cada bando y un caos considerable, agravado en las últimas décadas por internet, los canales de noticias y la contra-contrainformación. La veracidad de la información de guerra es la más difícil de comprobar por la cantidad de intereses y manipulación a la que se ve sometida.

Si en países como Brasil la policía le veló las cintas de vídeo a Carmen Sarmiento después de entrevistar al religioso Pedro Casaldáliga, en España, recordemos, aún perduraba el franquismo, y sus reportajes eran inspeccionados con lupa cuando conseguían llegar. Sus primeros trabajos internacionales, sobre la aprobación de las leyes del divorcio y el aborto en Italia, fueron filtrados a conciencia. Las filmaciones del 74 en Portugal fueron censuradas en gran parte: a la cúpula de televisión no le interesaba dar muchos detalles de la caída del régimen de Salazar, pero en cambio sí querían saber quiénes, llegados de España, habían estado en las manifestaciones y actos públicos, y con esa intención se revisaron. Años después, fueron los informativos de televisión los que ayudaron a Sarmiento. En uno de los viajes a Colombia, cuando el surgimiento de las FARC, se internó en la selva para hacer una entrevista a Manuel Marulanda, aka Tiro Fijo, el jefe de los guerrilleros. Los soldados del ejército la retuvieron un par de días, amenazada de muerte. A través de los corresponsales de la agencia EFE, la noticia llegó a España: Rosa María Mateo lo anunció en el telediario y a las pocas horas fue liberada. 

Tras sus experiencias en los combates, Sarmiento emprendió la crónica de una guerra permanente y global: la violencia contra los pobres y los excluidos. Su militancia feminista marcó los contenidos de varias series de reportajes acerca de pueblos, colectivos y personas que viven en el margen de la nada, especialmente las mujeres, víctimas dobles de cada conflicto social, sea armado, económico o político. La primera serie fue Los marginados (1984-1991). Recuerdo aquella cabecera y su sintonía tecnopop, que habían compuesto Alberto Iglesias y Javier Navarrete. La echaban los lunes por la noche y era como un puñetazo en el estómago. No porque contuviese imágenes truculentas o sensacionalistas, todo lo contrario, sino por la insultante realidad que se filtraba en la pantalla: vidas cotidianas de gente que carecía de lo más mínimo, fuese en la India, el Sáhara, Jamaica o Nueva York. Sarmiento escribía el guion y su voz se escuchaba a lo largo de cada programa, pero apenas se la veía (casi siempre, de espaldas): los protagonistas eran los personajes y el medio contra el que luchaban. Los hubo memorables, como el dedicado a los refugiados de la guerra de Irak y los miles de guatemaltecos en México, en el que se exponían los motivos de un problema que hoy, no solo no se ha resuelto, sino que sigue y crece en intensidad y crueldad. Varios de estos documentales se centraban directamente en las duras condiciones de las mujeres en sitios tan insólitos como el Japón industrializado o en el triángulo de oro, una odisea para llegar a la frontera birmana, donde Sarmiento hubo de fingir cierto interés por las maniobras de un grupo paramilitar solo para poder llegar a su objetivo: las «mujeres jirafa», que toda España contempló con asombro. Entonces, aquellos soldados las utilizaban como moneda de cambio; ahora, son uno de los objetivos más codiciados por las cámaras de los millones de turistas que abarrotan el país. 

Tras el éxito de la serie, Sarmiento llevó a la práctica un proyecto que algunos calificaron de «inoportuno». Justo en medio de los fastos de 1992, se estrenó Mujeres de América Latina, una serie de trece documentales sobre distintos aspectos de la vida de las mujeres en aquel continente: las indígenas, las guerrilleras, las madres, las pobres… una panoplia que realmente no dejaba a nadie en buen lugar. La periodista, que nunca disfrazó sus simpatías y su posicionamiento con la izquierda, empezaba a detectar la deriva que tomaban los gobiernos comunistas y hacia dónde se encaminaban determinados grupos, anteriormente considerados revolucionarios: el narcotráfico y la explotación de los mismos de siempre. Siempre la pobreza, siempre la violencia.

En colaboración con Manos Unidas, Sarmiento dirige Los excluidos en 2000. Seis documentales donde toman la voz niños que trabajan en régimen de esclavitud, personas mutiladas severamente que piden limosna en la calle, familias que viven de y en vertederos y asociaciones de mujeres que se han formado en las condiciones más duras. 

Sarmiento formó parte del Seminario Colectivo Feminista, una reunión de cincuenta mujeres del mundo de la política, el periodismo y el derecho, que querían estudiar las posibilidades de un movimiento de espectro más combativo. Sarmiento fue la única periodista española en acudir a las conferencias de México, en 1975, cuando se declaró el Año Internacional de la Mujer. Fruto de aquella experiencia publicó un libro en 1976, en Ediciones Sedmay, titulado La mujer, una revolución en marcha, en el que volcaba los pormenores de aquellos debates, además de realizar una exhaustiva panorámica sobre el la historia del feminismo y los problemas de la mujer en España. Libro imprescindible para varias generaciones. Como ella misma.

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