Viaje alucinante al fondo de Notting Hill (I)

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Notting Hill
Notting Hill. Imagen: Working Title Films.

La comedia romántica del entresiglos es como el alcohol: arruina el hígado y vilipendia la estima propia, pero nos hace ver, durante el breve lapso en que flotamos en su estimulante neblina, el mundo tal y como bellamente no es. Nos hace sentir lo que no sentimos, nos hace creer en verdades que por la mañana, entre náuseas y dolores, habremos olvidado. Y nos juramos: «Nunca volveré a beber».

Pero aquí estamos otra vez. Después de haber visto Love Actually por primera vez, me dispongo a adentrarme en ese amazónico jardín de sentimientos llamado Notting Hill. Acompáñenme, si es que planean refocilarse con mi decadencia, con mi descenso quizá definitivo hacia la locura.

Como dijo aquel prócer hoy homónimo de un aeródromo, puedo prometer y prometo que hasta empezar el visionado no sabía nada de Notting Hill excepto que la protagonizaban Julia Roberts y Hugh Grant. Y que, según cuentan, contribuyó al auge del turismo en el barrio londinense que le da título. Curioseando durante el visionado, no obstante, he descubierto Nuevas y Terribles Verdades. La más desasosegante: Notting Hill fue escrita por el mismo Mefistófeles que poco después escribiría y dirigiría Love Actually. Hablo de Richard Curtis, el genio del mal que me arranca escamas de salud con cada uno de sus trabajos. Y eso que, de momento, llevo vistos uno y medio.

Al igual que con Love Actually, lo que van a leer es una crónica de mis primeras e instintivas impresiones, anotadas conforme veía la película para conservar la veracidad de mis sentimientos. Pero no ha sido tarea fácil. No es una película coral como Love Actually y yo, inocente de mí, pensé que teniendo pocos personajes sería más simple de analizar. ¡Error! La intrincada complejidad psicológica del argumento ha convertido mi visionado en una tarea hercúlea, pues no transcurren quince segundos sin que suceda algo que subvierte todo cuanto hasta ahora yo creía saber sobre la vida, sobre el amor y sobre la lógica cartesiana. Ante tal desafío, he decidido dividir la crónica en dos partes: una por cada hora de metraje. Alea jacta est.

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Si quieren ahorrarse el artículo, les resumo la sinopsis de Notting Hill: Julia Roberts encuentra un monolito alienígena y se enfada muchísimo cuando no le devuelve las llamadas.

Empieza la película. Julia Roberts interpreta a una famosa estrella de cine. Suena una canción: «Ella podría ser el espejo de mis sueños, una sonrisa reflejada en un arroyo. Ella podría no ser lo que parece, dentro de su cáscara. Ella, que siempre parece feliz entre la multitud; ella, cuyos ojos pueden ser tan reservados y orgullosos que a nadie permite verlos llorar». Esto la describe a ella, o a una fuente de jardín, no estoy seguro.

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Notting Hill no endulza la realidad. Al contrario, traza un descarnado retrato de la dureza de las peores partes de la ciudad. Pese a la creencia popular, los pijos como Richard Curtis y como yo entendemos muy bien la Vida en las Calles. Aquí, por ejemplo, veo claramente a un toxicómano comprobando la pureza de su dosis de caballa.
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La impoluta camisa de Hugh Grant (el Único Pobre Guapo del Mundo) es, con su esplendoroso fulgor, el faro que ilumina nuestra singladura por los Océanos de Cochambre.

La voz en off de Hugh Grant empieza a narrar la historia. Nos cuenta que ha visto las películas de Julia Roberts y podemos considerarlo un admirador de la actriz. Lo vemos caminar por un mercadillo en lo que denomina su «parte favorita de Londres». Este es el barrio de Notting Hill. Admito que había imaginado algo más limpio, con sus glorietas, sus estanques. Pero no. Parece una secuencia de Mad Max.

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Este señor despierta de la borrachera con un tatuaje nuevo que parece indicar, para la hilaridad general, que es un homosexual encubierto. Al fondo, típicas y entrañables escenas de la vida en los barrios: un chulo intimidando a una prostituta, un psicópata secuestrando a una niña, gente robando camiones. ¡Cuán pintoresco!

Para que entendamos que Notting Hill es un barrio popular vemos, además de basura y la consabida gente fea, una casa de tatuajes. De ella sale un individuo con aspecto de ser hincha del Millwall. Estando borracho la noche anterior, entró a hacerse un tatuaje que reza: I Love Ken. La posibilidad de que un señor con esa pinta de malote sea homosexual es la clave del efecto cómico porque los varones homosexuales, como Richard Curtis evidentemente piensa, nunca parecen malotes sino que comparten todos el mismo aspecto y se caracterizan por sus uniformes multicolores y sus camisetas estampadas con unicornios.

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El Monstruo de las Galletas: no han terminado los créditos iniciales y Richard Curtis, el Azote de las Minorías, ya ha insultado a varios sectores vulnerables de la sociedad.

Continuando con los entrañables prejuicios de Mr. Curtis, vemos que de una peluquería «radical» (así la describen, probablemente dando a entender que es una peluquería de lesbianas) sale una chica con el cabello rizado y teñido de azul a la que el narrador compara con el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo. Ah, el año 1999: cuando en las comedias románticas podías insultar a toda la humanidad.

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Visto en Idealista: «Fabuloso palacete del siglo XVII, con salón-cocina a triple altura, ladrillo vista, aparcamiento para bicis, amplia alacena con cuelgabolsas, y el vivificante aroma del mar que llega desde el exótico mercadillo contiguo. Muy céntrico. 6500 euros mensuales».

Vemos el apartamento de Hugh Grant. Vive en una cochiquera porque Notting Hill tiene como uno de sus principios fundamentales la siguiente ecuación matemática: pobre = guarro. Grant nos cuenta que su mujer lo dejó por un hombre «clavado a Harrison Ford», aunque sospechamos que en realidad le dejó porque estaba harta de que se la comieran las cucarachas. En cualquier caso, va a ser difícil que Hugh Grant, el actor que tiene cara de haber estudiado en Harvard (fact check: estudió en Oxford) haya visto alguna vez, si quiera de lejos, un pobre. Es guapo y parece limpio en cuanto a su ropa, si descontamos esa vomitiva vivienda por la que no se atreverían a pedir alquiler ni en Esclavist… perdón, Idealista.

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Impresionante estampa darwiniana: la diferencia entre un homo sapiens proletario pero genéticamente avanzado (es guapo y lleve la camisa planchada) y un espécimen inclasificable que probablemente haya nacido por generación espontánea de entre los restos de queso de la pizza de hace tres meses; esto es, un pobre de verdad.

Grant comparte piso con un Neanderthal llamado Spike, que, este sí, parece pobre porque es feo y tiene los dientes amarillos. Además, siente una irresistible pulsión de estrujarse los genitales en cualquier lugar porque, recordemos, la ciencia curtisiana se fundamenta en: pobre = guarro.

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Les traduzco el cartel: Spike, limpia tú, que eres el feo.

Grant pone carteles recordándole a Spike que tiene limpiar. Spike, naturalmente, no limpia porque es un proletario acostumbrado a vivir entre detritus. Es posible que Hugh Grant, siendo pobre, tenga ADN procedente de las clases altas, pues además de ser guapo no parece considerar la posibilidad de que podría limpiar el apartamento él mismo.

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Esos mamotretos verdes que jamás verán ustedes cerca de sus mansiones se llaman «contenedores»; su función es la de criar cucarachas que después constituyen la dieta predilecta del proletariado. No, no me lo invento, es una verdad científica bien documentada en Snowpiercer.

Comprobamos que en los barrios obreros hay contenedores porque el populacho infecto, incapaz de comprar productos orgánicos o de reciclar adecuadamente, se comporta como una colonia de termitas que consume de manera descerebrada y produce inmensas cantidades de basura.

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Aunque parezca que el actor está intentando provocarse el desmayo con un pellizco de Vulcano para olvidar en qué clase de película está, es el gesto que nos indica que el personaje es gay. Eso, y la rebequita confeccionada con un mantel de Subbuteo.

Hugh Grant trabaja en una ruinosa librería especializada en libros de viajes. Su jefe se toca la rebequita para que entendamos que es homosexual porque, insisto, en eso consiste ser homosexual en el progresista universo de Curtis. Además, en 1999 el cuero negro estaba estigmatizado por culpa de las películas de Al Pacino, y Eurovisión era todavía un evento agonizante al que únicamente prestaban atención las pocas personas que estaban en casa un sábado por la tarde: alcohólicos, presos, Richard Curtis.

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Notting Hill coincidió con los años de mayor popularidad de Aerosmith.

Entra una clienta en la librería. Se la ve borrosa. ¡Sorpresa! La cámara enfoca el rostro de la clienta y, aunque por un breve momento de confusión me pareció que era Steven Tyler, resulta ser Julia Roberts. Lo cual, supongo, tiene más sentido en el contexto de la película. Hugh Grant, que es un gran admirador de la actriz, queda casi tan anonadado ante su presencia como cuando tiene que interpretar un fragmento del guion. Aparece Dylan Moran como cliente que intenta robar un libro metiéndoselo en la entrepierna de los pantalones (pobre = guarro).

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Sutil metáfora visual: todo sueño de ascenso social queda roto ante la visión de una barriga prominente, señal de que hoy puedes ser guapo y esbelto, pero mientras seas pobre te espera ese mismo futuro: la panza de vino, signo de ausencia de personal trainer. O signo de fallo hepático, según.

Tras marcharse Julia Roberts, Hugh Grant queda pensativo. Para recordarnos que no debemos verlo como lo que aparenta —un tipo guapo y, por lo tanto, triunfador—, sino como un desarrapado que sueña en vano con una inalcanzable estrella de Hollywood, se nos recuerda la realidad social del barrio: vemos pasar por la calle un señor con barriga. Esto nos recuerda que Hugh Grant puede estar delgado, sí, pero aún pertenece a la canalla que desayuna tocino en vez de aguacate.

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La gentrificación. Librerías, anticuarios, galerías de arte y otros negocios que no apestan a pescado rancio. Por fin subirán los alquileres y la gente fea tendrá que mudarse al ignoto extrarradio, donde ya no importará si provocan arcadas a los turistas o si mancillan con sus caretos las fotos de Google Maps.
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Mientras los pobres vagan sin rumbo en busca de su dosis de pescado maloliente, la Gente Guapa y Moderna transforma los bares en ateneos de intercambio intelectual donde se planifican los acontecimientos más importantes en la vida de todo hijo/a de cirujano: los festivales veraniegos.
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Bird Box: en los barrios gentrificados es fundamental no quitarse las gafas de sol, pues los pobres podrían mirarte a los ojos y tratar de convencerte de que tienen sentimientos y merecen ser tus amigos.

Compruebo con admiración que esta película fue una de las primeras en tratar el fenómeno de la gentrificación. El barrio de Notting Hill es una ratonera cochambrosa repleta de contenedores y pordioseros cuya obesidad está fuera de control, pero los alquileres de locales son asequibles, así que se han instalado allí galerías de arte, anticuarios y otros negocios. Este despertar cultural atrae a veinteañeros y treintañeros de buena familia —en su mayoría, futuros periodistas— para quienes vivir en un «barrio» donde los pintorescos jubilados sin dientes compran col y salchichas es una asombrosa aventura que contarse después entre gintonics de pepino. Así, aunque los bares de Notting Hill son del tamaño de un retrete, vemos en ellos una estudiadísima clientela de hípsters que se peinan con rastas y no se quitan las gafas de sol para no ser confundidos con los intocables. Notting Hill es un barrio pobre, pero se comercia con arte, las callejuelas son exóticas y, al no haber edificios colmena, los pobres no proliferan hasta límites insoportables, así que se dan todas las condiciones para que aumente la población de mentecatos que, mientras arruinan la vida de los lugareños disparando los alquileres, acumulan experiencias vitales con las que escribir su primera novela.

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Hugh Grant derrama su zumo (¡de naranja!) sobre el pecho de Julia Roberts. Desconcertante ejemplo, por lo inusual, de un proletario que carece de experiencia como camarero. Los grafitis indescifrables representan las palabrotas que Roberts piensa pero, como clase alta que es, no pronuncia.

Hugh Grant compra un zumo de naranja en un bar cuyo dependiente lo mira como si quisiera matarlo. Esta mirada de odio nos recuerda que el personaje de Hugh Grant se halla bajo el efecto Titanic; o sea, es pobre, pero también guapo y blanco, y por lo tanto medianamente aceptable como pareja sexual. Quiere el destino que se tope con Julia Roberts, que aún camina por el barrio, y le vuelque encima un zumo de naranja sobre la pechera de la camisa. Grant trata de limpiarle la pechera con un pañuelo; ella, obviamente, se escandaliza al ver sus tetas magreadas sin permiso. Pero no hay que culpar a Grant: los pobres, al haberse criado en familias de veinte miembros apelotonados en cuchitriles, desconocen el concepto de espacio personal. Es más, está por ver que en esas habitaciones atestadas los pobres no acaben acostumbrándose al toqueteo erótico incestuoso. Quién sabe lo que sucede en el misterioso seno de esas «familias».

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El extra con Más Estilo de Toda la Historia del Cine. ¿Por qué no ocupa el centro de la pantalla? ¿Por qué no tiene su propio spin-off? No lo sé, pero ya ven que eclipsa sin esfuerzo a dos de las mayores estrellas de Hollywood.

Grant le ofrece a Roberts llevarla a su casa para que pueda limpiarse. Ella acepta ir a casa del desconocido que le acaba de manosear las tetas. Una vez en el apartamento, Roberts casi se desmaya al experimentar por primera vez en su vida semejantes niveles de cochambre (como me sucedió a mí con los niveles de genialidad de Love Actually). Hugh Grant le ofrece bebidas varias y comida repugnante que quizá el populacho considere una delicadeza. Ella, como estrella de cine que es, rehúsa cortésmente envenenarse con productos que ninguna empresa de catering decente, ni aun en el rodaje de una serie de televisión, incluiría en el menú destinado a los extras.

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Nevera. Donde lo frío. Guardo. Para que calor. Tú le des. Y con tu amor. Lo derritas. («Confelación», Turista en tu Frigorífico, 1998).

Julia Roberts se cambia con un vestido de recambio que casualmente llevaba encima y que casualmente es muy sugerente, y se marcha, pero vuelve al medio minuto porque ha olvidado una bolsa. Y de repente, sin un motivo discernible, le planta un beso en la boca a Hugh Grant, el desconocido que le acaba de tocar las tetas, que vive en una pocilga y que la ha intentado envenenar. Traduciendo el hecho a términos actuales: es como si Scarlett Johansson va a casa de un garrulo poligonero y le besa después de que este le haya ofrecido ensaladilla de hace dos semanas. ¿Por qué le besa? Pues porque esto lo ha escrito el tipo que dirigió Love Actually.

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Julia Roberts acaba de marcharse. La secuencia del beso ha sido tan chocante que he decidido sustituirla por un entrañable ejemplo del costumbrismo amable de Notting Hill: el simpático desaliño de los pordioseros.

Tras el inopinado morreo, Julia Roberts le dice a Hugh Grant que no se lo cuente a nadie lo del beso. Hubiera sido más fácil no darle el beso, claro. Y se va. Parece que ahora de manera definitiva.

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Viendo la tele, comiendo basura, bebiendo cerveza y aireando los hongos: la vida cultural del proletario.

Esa noche, Grant y su compañero el Neanderthal ven una comedia romántica protagonizada por Julia Roberts. Se titula Gramercy Park. Un chiste autorreferencial, pues Gramercy Park es también un barrio, en este caso de Nueva York. El Neanderthal admira la belleza de Roberts y dice: «En algún lugar del mundo hay un hombre que ha podido besarla». Hugh Grant no revela que él es ese hombre. Es todo un caballero, al menos cuando no se pone a magrear tetas por las buenas. Transcurren varios días y Grant se hace a la idea de que nunca volverá a ver a Julia Roberts y que el beso con su admirada estrella de cine ha sido como un fugaz sueño que no se va a repetir.

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Love Actually, Notting Hill y los avistamientos de cajas de cereales, únicos objetos con marca comercial visible. Bienvenidos a la Nave del Misterio.

Para desengrasar, un par de secuencias de humor. En la primera secuencia, entra en la librería de Hugh Grant un individuo de aspecto adinerado pero sospechoso (calvo) que se empeña en pedir novelas y libros de Winnie the Pooh, aunque la librería esté especializada en viajes. ¿Quién es este señor? ¿Qué pretende? No lo sé, pero siendo Curtis el guionista, cabe asumir que se nos quiere dar a entender que fue la alopecia lo que sumió a este pobre individuo en la demencia, y que desde entonces el desafortunado pelón vaga como alma en pena entrando en comercios aleatorios para pedir cosas que no están allí. Con estas dos películas ya podemos ir elaborando la escala de importancia humana según Curtis: ricos y guapos > ricos pero feos > pobres y guapos > homosexuales > gordos > calvos > negros.

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Hugh Grant telefoneando a su agente y pidiendo explicaciones, convencido de que todo ha sido un engaño para hacerle participar en el rodaje de un episodio de Scooby Doo.

Interrogando al Neanderthal, Hugh Grant descubre que días atrás Julia Roberts dejó un mensaje en el contestador telefónico. Presuroso, la telefonea a su hotel. Resulta que ella, la gran estrella de cine, está molesta porque él, y cito textualmente, «se ha hecho el guay» al tardar tres días en llamar. Lo voy a intentar resumir para no perderme: Julia Roberts besa sin motivo alguno a un desconocido que le ha tocado las tetas, y después se enfada porque el desconocido ha tardado tres días en devolverle la llamada. Una de dos, o Julia Roberts se cree Cleopatra y considera que Grant es uno de sus muchos esclavos, o se lo tiene más creído que Justin Bieber en un bautizo («¡Mirad! Tengo más músculos que ese bebé de mierda»).

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Vestíbulo de un hotel para ricos. Nótense la distinción, la elegancia, la ausencia de barrigas y la contención de minorías étnicas.

Grant y Roberts quedan a tomar el té. Grant acude al hotel de Roberts con un ramo de flores porque, en 1999, ninguna mujer consideraría una señal de alarma el que un hombre al que apenas conoce le lleve un ramo de flores en la primera cita. En los noventa se hacían estas cosas. Entiendan que a las primeras citas la gente no iba a conocerse, sino a intercambiar anillos de boda, títulos de propiedad de viviendas y las llaves de los coches. Hablamos de humanos primitivos cuya esperanza de vida no sobrepasaba los veinticinco años, así que no había tiempo para un cortejo prolongado.

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Nótese el imperdonable fallo de composición: el personaje de Roberts, actriz rica y famosa, aparece en un plano inferior al de Grant, librero. Supongo que alguien fue despedido por esto.

Grant sube a la suite de Roberts y la encuentra repleta de gente, pues la actriz está de promoción de su película. Para que el entourage de la actriz le permita entrar, Grant miente y dice que es un periodista enviado por una revista de caza (¿?). Entra a saludarla, le da las flores. Están a solas, pero de repente entra también un miembro del equipo de promoción y Grant, para que no le echen (¡aunque ha sido la propia actriz quien le ha invitado!), empieza a fingir que la entrevista con una torpeza que, por supuesto, es encantadora. Ella le sigue el juego, encantada de hacerlo sufrir para vengarse de que no la haya llamado en tres días. Él le pregunta por qué no han incluido más caballos en una película que resulta ser del espacio. Es un buen chiste, pero estoy demasiado ocupado intentando descifrar el significado de estas interacciones afectivo-social-pasivo-agresivas.

A continuación, cuando se vuelven a quedar solos, Julia Roberts se disculpa por haberle besado. Él responde que es como un sueño volverla a ver. Ella pregunta: «¿Y qué ocurre a continuación en ese sueño?». Él dice que en el sueño, si dependiese de él, se acercaría y la besaría. No sé si interpretar esto como tensión romántica o como el preámbulo de un arrebato al estilo Norman Bates. Por cierto, Grant trata de invitarla a salir esa misma noche, pero ella dice que va a estar muy ocupada. Anoten este dato para después.

Dado que Hugh Grant se está haciendo pasar por periodista, se lo llevan a una habitación distinta para que entreviste a otros actores de la película. Que son Lester Freamon, un tipo español que hace de robot, y una niña. Esta escena de humor ha sido preparada de la manera más artificiosa imaginable con un giro argumental sin sentido pero, para mi sorpresa, me hace gracia. Hasta creo que Hugh Grant actúa bien en este gag. Creo que estoy perdiendo los cabales.

Julia Roberts no es aficionada a marear a los hombres. Hace llamar de nuevo a Hugh Grant y le dice que esa noche ya no va a estar ocupadísima y que quiere invitarlo a cenar. ¿Por qué el cambio? No lo sé, pero veremos que no es la única neurótica con problemas para centrarse. Ahora resulta que es Hugh Grant el que va a estar ocupado, pues hoy es el cumpleaños de su hermana y va a cenar con ella. No entiendo nada; hace un par de escenas era Grant quien estaba invitando a Julia Roberts a cenar, de ello deduzco que el cumpleaños de su hermana le importaba un pimiento. Y ahora que Roberts sí está libre, el cumpleaños resulta ser un impedimento. Me duele la cabeza intentando descifrar la relación entre estas dos personas.

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Terrorífico plano: una familia proletaria, con su calvo, su loca despeinada, su parapléjica y su cuñado con mofletes, es lo que aguarda tras La Puerta.
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La hermana de Hugh Grant. Es evidente que no tiene estilista. Seguramente no tenga ni chófer. Qué clase de vida es esa.
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La comprensible reacción de horror de Julia Roberts al conocer a la hermana de Hugh Grant. Este no sabe dónde meterse porque acaba de darse cuenta de que es adoptado.

Julia Roberts propone que vayan juntos al cumpleaños y que él la presente a ella, mundialmente famosa, como «su cita». Recordemos que ella ni siquiera quería que él contase que la había besado y ahora, sin conocerlo mucho mejor, está dispuesta a hacerse pasar por su novia ante su familia. ¿Por qué? Porque Notting Hill.

La hermana de Grant es, por descontado, una proletaria sin glamur ni clase, incapaz de peinarse para su propio cumpleaños. En cuanto ve a la actriz y la reconoce, dice lo único que los proletarios saben decir en estas circunstancias: palabrotas. También le dice que es la mujer más hermosa del mundo. Además de proletaria resulta estar loca e insiste en que van a ser las mejores amigas. Cuando la actriz quiere ir al retrete, la hermana de Grant empeña en acompañar a su nueva mejor amiga para mostrarle el cuarto de baño; es incapaz de dejarla sola antes de que Roberts se baje los pantalones (la otra posibilidad es que Roberts decidiese bajarse los pantalones adrede porque también le entretiene marear a mujeres).

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Una asqueadísima Julia Roberts teniendo que soportar que no la reconozcan AL INSTANTE y la confundan con una ruinosa actriz de teatrillo de barrio.

Llega al cumpleaños otro tipo que no reconoce a Julia Roberts y que, por lo tanto, la trata con total naturalidad. Le pregunta a qué se dedica y ella responde que es actriz de cine, pero él sigue sin reconocerla y casi parece que la compadezca, pues afirma que todos sus amigos actores están en la ruina. Ella, por descontado, proviene de Hollywood y no entiende nada: ¿actores en la ruina? ¿Qué será lo próximo, actores feos? Cuando él le pregunta cuánto cobró por su última película, ella, que parece molesta al ser tratada como una persona anónima cualquiera, responde con altivez que le pagaron «quince millones de dólares». El pobre individuo, que de momento parece el personaje más cabal de la película, pone cara de preguntarse qué ha hecho para molestar tanto a esta chica. Yo te diré lo que has hecho: la has tratado como a una mujer normal. En lo que llevamos de película, Julia Roberts solo sonríe cuando los demás pierden el oremus al verla y la tratan como a una diosa.

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Ingleses cenando. Premio especial para quien reconozca ahí una sola sustancia comestible. Julia Roberts, por descontado, se limita a fingir que bebe agua. Pero sin tocarla tampoco, que sabe Dios para qué usaban antes ese vaso.

La familia de Hugh Grant cena una especie de materia parda acompañada de hierbas indeterminadas con pinta de haber sido arrancadas de un arcén; supongo que eso es lo que los ingleses entienden por «comida». Para que los espectadores no se sientan incómodos ante la visión de tanto pobre junto, nos muestran una colección de tacitas. Bien jugado.

Julia Roberts resulta ser, cómo no, vegetariana. Solo los hediondos proletarios comen carne. En cualquier caso, se lo pasa bien contemplando lo felices que son los pobres cuando celebran cosas entre ellos. Para ella es como ir al zoo. Para mí, está película también está siendo como ir al zoo, pero a la seis de la mañana para limpiar las jaulas.

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Julia Roberts pensando: «Cómo disfruto no siendo como ellos».

Suena una canción tierna  y susurrante. Uno de los personajes —el que había cometido el insultante atrevimiento de tratar a Roberts como una persona normal— dice que no tiene novia porque le han engordado los mofletes. Me fascina la obsesión de Richard Curtis por el sobrepeso. Para él, recordemos, es sobrepeso todo lo que no sea anemia incapacitante.

Solo queda un muffin de chocolate. Al parecer, entre el populacho existe la costumbre de decidir quién se come el último dulce del cumpleaños (y seguramente el último que podrán probar en los once meses siguientes). Organizan un concurso de dar pena, porque es lo que los pobres saben hacer. Se ponen todos a comparar sus respectivas desgracias: que si estoy en una silla de ruedas y no puedo tener hijos, etc. Julia Roberts decide participar y cuenta que lleva diez años a dieta. Todos se callan porque cuando una persona rica y famosa se pone triste es IMPERATIVO MORAL escuchar en silencio. Roberts cuenta también que tuvo un novio que le pegaba, que ha sufrido operaciones dolorosas… Después resulta que estaba mintiendo para sentirse integrada. Todos ríen, ¡qué encantadora es! Por supuesto. Si me diesen quince millones de dólares por un mes de trabajo, lo primero que haría sería ir a un cumpleaños proletario para ponerme a contar desgracias inventadas para, además de menospreciar sus desgracias verdaderas, poder dejarlos sin su último muffin.

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Hugh Grant dándose cuenta de que uno quiere a la familia hasta el día en que, haciendo de tripas corazón, tiene que presentársela a una persona guapa, rica, famosa y esencialmente superior. Lógicamente, el disgusto le produce náuseas, como a nosotros la comida inglesa. Richard Curtis fun fact: el del fondo es el que ya no liga porque está «demasiado gordo».

Al salir del cumpleaños, Grant le ofrece a Julia Roberts ir a su casa. Ella, por supuesto, rehúsa diciendo «es demasiado complicado». Traducción: una cosa es ir al zoo para pasar el rato, y otra cosa es acostarse con los animales en su nido repleto de chinches. Siguen paseando por la calle. Se cuelan en un parque cerrado porque hay que vivir al límite; imagino que en 1999 Richard Curtis consideraba una gran aventura el no devolver una cinta del Blockbuster. Una vez en el parque, Julia Roberts vuelve a besar a Hugh Grant porque, insisto, no es aficionada a marear. Suena una cancioncita melosa noventera. La escena está certeramente iluminada como la típica película de terror de serie B.

Descubren una inscripción romántica en un banco de madera y Julia Roberts lanza uno de los mensajes fundamentales de Richard Curtis: el amor ha de ser para siempre, o no es amor de verdad. Claro que sí, como en la época victoriana. A esto sigue uno de los movimientos de cámara más raros que he visto jamás en una película, o es que Julia Roberts está mareando tanto al pobre Hugh Grant que hasta la cámara se ha contagiado.

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No, de verdad: Hugh Grant necesita seriamente hablar con su agente.

Un nuevo día. Julia y Hugh van al cine. Como Hugh no ha encontrado sus gafas (spoiler: el Neanderthal se ha sentado encima) y es incapaz de proponer un plan alternativo al cine, pues admite la circunstancia ineludible de que los ricos han de decidir siempre, ha decidido llevar consigo sus gafas de buceo, que están graduadas. Rebobino para comprobar que esto está sucediendo. Veo que sí. Vuelvo a rebobinar.

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Hugh Grant acercándose a una mesa: «Ayúdenme. Creo que estoy en una película escrita por Richard Curtis».
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The Twilight Zone: los comensales, al escuchar el apellido del Innombrable, entienden que también ellos están dentro de esa película. Para siempre.

Después del cine van a cenar a un restaurante y en la mesa de detrás hay varios tipos hablando de Julia Roberts, sin saber que ella está allí y puede escuchar lo que dicen. Al principio se siente halagada cuando comentan lo buena que está, pero después se siente comprensiblemente molesta cuando dicen que tiene cara de golfa. No se inquieten, amigos y amigas del lectorando: aunque los individuos de la mesa no parecen pobres, sí son todos feos. Hugh Grant va a llamarles la atención, diciendo que una actriz famosa también es una persona. Bien dicho. Luego va Roberts a llamarles la atención también, aunque de manera más adulta y madura, esto es, aludiendo al tamaño (pequeño) de sus respectivos penes. Puesto que son feos, sus penes son pequeños: otra gran aportación de Richard Curtis a la ciencia.

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«¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho? Es la Friend Zone. Nada en el mundo huele así».

Llegan a la entrada del hotel donde se hospeda Roberts. Ella le invita a subir, pero le pide que espere diez minutos, quizá para que nadie los vea subir juntos. Cuando él sube, descubre que ella tiene un novio que acaba de llegar desde Estados Unidos, presentándose por sorpresa en el hotel. El novio es Alec Baldwin, que hace de gilipollas, papel prototípico para el que se lo contrataba en los noventa antes de descubrir lo hilarante que iba a ser imitando a Donald Trump.

Hugh Grant, triste, decepcionado y humillado porque El Novio le ha confundido con un empleado de hotel y, con una sonrisa y una generosa propina, le ha hecho sacar la basura, se despide de Julia Roberts. Se va a casa en autobús porque la actriz que gana quince millones por película no se ha molestado en llamarle a un taxi. Un descuido que ella, claro, no ha cometido con mala intención. Desde su punto de vista es lógico no haberle ofrecido un taxi: los pobres no usan los taxis, los conducen.

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(Dramatización) Miguel López-Neyra hundiéndose en la desesperanza al comprobar que todavía le queda media película por ver. A su alrededor, los amigos a los que ha invitado a compartir la experiencia, quienes se han desplazado de asiento con el fin de no estar más junto a Neyra. Como leemos en sus rostros, consideran seriamente la posibilidad de bloquear su teléfono y sus redes sociales para siempre.

Acaba de transcurrir la primera hora de película y hemos llegado al punto de inflexión en esta preciosa historia de amor entre una actriz engreída, adúltera y manipuladora, y un librero pajillero, tocón y tontolaba. ¿Cómo terminará todo? Estoy en un tiovivo de sentimientos. Me tiemblan los labios y tengo ganas de llorar: aún me queda por ver una hora de Notting Hill. Hago cuentas. Son sesenta minutos, uno detrás de otro. Ya no me contengo más. Lloro.

(Continuará)

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17 Comentarios

  1. Julia Roberts es una de las personas más insoportables de la historia (no solo del cine). Una actriz sobrevaloradísima que hace el mismo papel siempre.

      • A mí Tom Hanks me parece un gran actor, muy versátil aunque carga con el estigma de ser el sucesor de “James Stewart” por aquello de que casi siempre hace papeles de hombre corriente. Pero basta ver por ejemplo “Capitán Philips” para comprobar su capacidad. Para mí el equivalente masculino de Julia Roberts es Denzel Washington, siempre hace el mismo papel y pone las mismas caras y gestos. No es casualidad que en 2001 ambos fueran oscarizados, la una por insoportable pelma, el otro por la corrección política que empezaba a asomar la patita. Incluso el bueno de Denzel hace de Denzel cuando reprende a una periodista en un vídeo reciente contra las fake news:

        https://youtu.be/UG0aMavVGV4

    • A estas alturas de la película entiendo que este Dani al que me dirijo es el mismo que había cuantificado el número de obras maestras que la crítica cinematográfica enumeraba dentro de la filmografía de Woody Allen o el que tras una primera afirmación aún más desafortunada sostenía que Sampras ni de coña podría estar entre los diez mejores tenistas de la historia.
      En una nueva versión más actualizada nos lanzas dos afirmaciones sobre Julia Roberts. Las dos de distinto calado. La segunda la dejo a un lado aunque es merecedora de discusión. La primera me llama mucho la atención porque Julia Roberts ha sido escogida por diversas casas comerciales para promocionar sus productos (yo tengo en mi cabeza un anuncio de colonias que me resulta muy insoportable) o ha desempeñado funciones como embajadora de la UNICEF. Por otro lado creo que esta actriz lleva casada mucho tiempo con un tipo que no debe de considerarla tan insoportable porque si no la mandaría a tomar viento.
      En cualquier caso tu crees que Julia es una de las personas más insoportables de la historia en todos los órdenes. Digamos que está situada entre Himmler y Mengele y por encima de Fernando VII, por ejemplo. Me gustaría que conocieras a mi vecina del sexto. Yo la cambiaría sin lugar a dudas por Julia por más que me la puedo imaginar (y a lo mejor no lo es) engreída hasta la médula.
      Por cierto no tengo del todo claro que el comentario de Hugh se refiera al que tú has realizado anteriormente. Creo que son esas ganas de defender tu hipérbole contra viento y marea las que te pierden. Con lo fácil que hubiera sido decir simplemente que a ti esa mujer te resulta insoportable.
      Espero que no te tomes demasiado en serio mi comentario.

      • El mismo. Veo que me sigues. Gracias. Yo no puedo decir lo mismo de ti. Me alegra saber que te distraigo. Obviamente mi afirmación hay que contextualizarla, claro que hay gente peor y más insoportable, pero como el gremio del artisteo es el que gasta más ínfulas por eso es el más fácilmente vilipendiable. Ya se encargó el gran Ricky Gervais en varias galas de los Globos de Oro de contarles a la cara las verdades del barquero.

      • No te sigo. Me encuentro contigo. Vuelve a leer tu frase. “Julia Roberts es una de las personas más insoportables de la historia (no solo del cine).” Luego matizas su contenido porque ves el sinsentido. Y a mi me resulta un rato divertido.

  2. Igual la “crítica” de Love Actually tenía más gracia. Y volvemos con lo mismo. Estas películas son lo que son. Y hasta reconoces que algunos gags te hacen gracia.
    Ya lo de mencionar continuamente la puta corrección política y el presunto maltrato a las minorías en la película. Pues solo por eso un punto para Notting Hill.
    Y el que vive en casa de Hugh Grant no es que sea pobre=guarro. Es que es directamente un parásito. Una garrapata. Mira lo comprensivo que es el otro que lo mantiene y solo le pide (aunque no lo consigue) que limpie.

    • Más de una, entera. A ratos cada vez que la ponen en la tele. Se lo puedes decir a quien quieras. Complejos no he tenido nunca y ya me pilla muy mayor para empezar ahora.

  3. Así es sra. Neyra; los pobres somos feos, calvos, gordos o flacos deformes. Además muchos carecemos de educación. Ir a la playa en Peñíscola o Cannes y observar el paisaje y darse cuenta de una. Yo ya lo superé, inténtelo usted. Saludos.

  4. Es una crítica ad hominem que, como tal, no tiene mayor valor que el de los prejuicios que siente. Todo lo que aparece en la película le molestaría sin recordar que es una comedia y que, por tanto, personajes y situaciones están deformados para provocar hilaridad. La vida real, claro está, no es así, pero el cine no es vida real, es creación y ningún producto de la imaginación se puede desgranar situación a situación porque casi nunca obedece a parámetros no ficcionales. Pero en fin, recordarle a un cazador que está en una cacería es absurdo porque va a ello. No puede volver sin víctima. El remate de su absurda tesis (que una comedia no se pliega a la realidad ni a la moral dominante) es que estas son las típicas películas que ven los pobres, los cavernícolas, y los que van sucios, mientras que usted accede al cine club del museo para volver a visionar las obras maestras de Bergman, que era un tipo, por lo menos, con pocos prejuicios. Así que ya tiene algo en común con los personajes de la película, su esnobismo, y su necesidad de llamar la atención para que le hagan caso y sentirse inteligente y superior al rebaño, que para usted son alienados y sobre todo y fundamentalmente tontos, que es otra manera de despreciar a los pobres.

  5. Disfruté el de Love Actually. En este creo que hay un exceso de pies de foto extensos, que además comentan lo mismo que el texto. No se, le falta frescura desde mi punto de vista.

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