
Soy yo, soy Borges…
Todos los escritores tienen secretos; si no, ¿de qué iban a escribir? Secretas angustias, secretas deficiencias, secretas ambiciones, secretas concupiscencias, desórdenes secretos. Lo fundamental de Borges es el carácter primordialmente literario de todos sus secretos. Nada tan sorprendente como hallar, por fin, alguien realmente posado por la literatura, que obtiene de ella todos sus puntos de referencia y le debe todos sus contentos. Borges, el poseso de la poesía, el hechizado por cuentos y tratados. En esto reside la singular, conmovedora limpidez de Borges: ningún secreto extraliterario, pero toda la vastedad inabarcable de la literatura como secreto. Limpidez: Borges ha edificado lentamente un claro desafío a las sombras, cuya transparencia tiene todos los atributos de lo velado y el ominoso palpitar de la tiniebla. No es una luz crepuscular, brillante, pero a punto de ser devorada por la sombra, como la de Proust; es un mediodía deslumbrantemente esotérico, cuyo fulgor ciega como el más hondo de los misterios porque es el misterio más hondo. Como asegura Cioran, «el auténtico vértigo es la ausencia de locura». No hay escritor más denodadamente cuerdo que Borges, ni más vertiginoso. Es una cordura difícilmente conquistada, que exige para mantenerse todo un complejo ritual. De ahí que la prosa y la poesía de Borges sea tan rica en esas repeticiones de temas y modos que tienen un carácter netamente ceremonial, de consolidación del cosmos por su renovación. Borges el ceremonioso, el sumo sacerdote pagano. La celebración adecuada del rito exige una disposición privilegiada y desnuda, una memoria celosa de sus límites, una voluntad sagradamente ordenadora que se refuerza en la contemplación implacable de la inmunda fragilidad de todo orden, en la visión del caos. Esa vocación ceremonial puede parecer amaneramiento, si se la considera desde una perspectiva desacralizadora, es decir, ingenuamente optimista de la realidad.
La desmitificación del mundo, la trivialización de cada uno de sus aspectos —«no es más que…»— no supone tanto su liberación de la opresión de lo sagrado como su pleno avasallamiento por la necesidad de la Ley, necesidad institucionalizada en la significativa expresión «leyes naturales». De este modo, la alimentación o la sexualidad pierden todo misterio y se reducen a procesos orgánicos, el giro de los astros o el movimiento de los ríos a procesos físicos, la composición de los cuerpos a fórmulas químicas: tras cada misterio borrado aparece una ley necesaria; escapados de la arbitrariedad de lo aleatorio, henos aquí subyugados por lo necesario. La profanación total del mundo se consuma en su plena ordenación, en su transformación en objeto manipulable, de acuerdo con la Ley de su naturaleza, que tiene la doble función de autorizar su utilización al borrar el aura sagrada que imponía respeto y enseñar juntamente los modos de tal manejo. Esta concepción es optimista, porque acaba definitivamente con el caos (que no era más que ignorancia de la Ley), pero solo ingenua o superficialmente, pues troca la incertidumbre —la libertad, en último termino— por el férreo consuelo de la necesidad. En todo caso, las ceremonias rituales pierden su sentido, cuya expresión era el mito, pues solo pueden realizarse con el caos, como telón de fondo, y referencia constante: la Ley las hace inexplicables, es decir, inútiles. Cuanto más fuerte es la Ley, menos relevancia tienen las ceremonias y ritos, que se transforman en gestos rebuscados, ridículos y supersticiosos. A este rebuscamiento supersticioso se le llama en literatura amaneramiento, y nada más lógico, desde el punto de vista descrito, que referirlo al ceremonioso Borges. Pero, mientras que en el mundo de la Ley no hay otra cordura que la sumisión, más o menos ilustrada, la presencia inequívoca del caos convierte a la cordura en una aventura improbable y hace necesaria una cuidadosa interpretación de la propia libertad. Tal interpretación de la libertad (en el doble sentido de «desentrañar» y de «representar»— se efectúa en los ritos y sus mitos correspondientes. Para bien o para mal —para bien y para mal) la cordura de Borges es conquistada, no sencillamente aceptada. Esta consideración arroja una luz decisiva sobre el conservadurismo —en todos los órdenes— de Borges, el cual, contra la opinión de los escandalizados progresistas que le admiran, no es un capricho superficial, sino una consecuencia perfectamente lúcida de su más hondo pensamiento.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Buf, menos mal que para disfrutar de Borges no hay que entender artículos como este.
Borges, gran escritor que deja sentadas las bases para las nuevas generaciones.
Es cierto, el artículo es denso y sus comprensión exige el conocimiento, si no total, cuando menos amplio de las gran obra de Borges; no obstante, proporciona muchas claves para penetrar en el complejo mundo de espejos y laberintos que es la literatura del genio argentino. Difícil, pero muy estimulante.
Borges se analiza desde la perspectiva de cada lector: es breve para quien solo se acerca a la carátula o contraportada es denso para quien se afana por leerle más.
En fin, Borges es el aleph. Es un punto tan denso que cualquier detalle en su obra, pesa tanto como su universo
Qué honor leerlo en este rincón literario. Un placer y gracias de antemano. Su densa, meditada y atrapadora lectura me presenta una nueva faceta de Borges que más de una vez sospeché: alguien que fuera de la escritura no existia; hasta diría físicamente, y para colmo ciego al final de sus días, un eventualidad o una sorpresa diría él, no un castigo, pero para quienes lo leían no hacia otra cosa que aumentar su grandeza sabiendo que formaba parte de esa categoría que instintivamente respeto y venero, pero sobre todo temo porque supuestamente poseedores de un conocimiento superior: los ciegos. Esa expresión “Su confinamiento en la literatura… lo situa en la realidad de la realidad” pienso que me lo confirma, y si esto es así, ¿qué otra finalidad tendría recibir como dono las letras y sus lenguajes que jamás serán el nuestro si no fingir narrando para suplir una falla, una distracción o un olvido, ya que de lo aparentemente real otros lo hicieron, lo hacen y lo harán sin llegar a conclusión cierta? Fingir a partir de un día en el cual las letras, tan reacias como nosotros acudieron a la cita, Ellas, que al igual que los números e ideas ya existían sin necesidad de nosotros, y como aristocráticas desdeñosas nos arrojaron al supuesto e imprevisto real. (Tengo que aceptar que lo anterior, salvos los saludos, también es fingir). Muchísimas gracias por la lectura.