Azucre para recordar

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Azucre Pepitas de Calabaza
Azucre. de Bibiana Candia. (Pepitas de Calabaza)

Hay historias lejanas, del tiempo en el que los recuerdos todavía se pintaban en blanco y negro, que hoy nadie olvida. No por mérito propio, sino porque alguien —sin rostro ni nombre— se las vio y deseó para que así fuera. Los recuerdos son como un músculo; cuanto más se ejercitan, más fuertes se hacen, más pesan y más difícil resulta obviar su presencia. Aquel que sabe ser maestro de recuerdos lo tienen todo (o casi) hecho. Hay otras historias —lejanas y no tanto— que, por el contrario, no han corrido la misma suerte. No son nada. Solo puñados de palabras escritas en sucios papeles resguardados en algún cajón en el que nadie quiere meter la mano. La memoria conjunta es selectiva. Los intereses, todavía más. Ya lo advirtió en su día George Orwell: «Son los victoriosos los que escriben la historia». 

En el año 1853, mil setecientos jóvenes gallegos pusieron rumbo a Cuba en busca de un futuro. Uno humilde, sin grandes lujos. Uno que ya no les pertenecía en la tierra a la que, desde que tenían conciencia de lo que eso significaba, llamaban «hogar». La necesidad, propia y de los que orbitan alrededor de uno, hace de cualquier promesa un bote salvavidas. Un «algo» a lo que agarrarse. Mil setecientos jóvenes gallegos se echaron al mar en el invierno más frío precisamente con esa esperanza: encontrar en un lugar, del que nada sabían y que bien podía no existir, una vida digna. Mil setecientos jóvenes gallegos fueron engañados y vendidos como esclavos cuando los calendarios recordaban que el siglo XX estaba ya más cerca que el XIX. Es la historia que cuenta Bibiana Candia en Azucre, su primera novela. Un relato ficcionado impecable, pero también y sobre todo, necesario. Un memorable acto de justicia por el que la autora desentierra rostros sepultados bajo montañas de polvo y les otorga el lugar de la historia que se merecen, el que en su momento alguien no supo o no quiso darles; por el que convierte miles de voces en gritos, anudados con precisión entre palabras, para que el día de mañana nadie los pueda olvidar aunque quiera. 

Mil setecientos relatos de horror, vacío y miedo

Es difícil no agarrarse a un clavo ardiendo cuando no se dispone de nada más que dos manos para evitar caer al abismo. Lo mismo que lo es hacer oídos sordos a las deleitosas palabras de un sujeto que promete el cielo a la vuelta de la esquina. ¿Qué se puede perder cuando no se tiene nada? ¿Qué se puede esperar? Poco. Lo urgente obliga a relativizar lo importante. Ninguno de los protagonistas de la trágica historia —y, por desgracia, real— que Candia narra con un detallismo singular, hubieran puesto un pie en un barco hacia Cuba si no fuera porque llevaban como sombra la firme convicción de que su camino pasaba necesariamente por ahí. Que era cosa de Dios, del destino o de la vida. Que no tenían elección, por la responsabilidad para con mismos y con quienes dejaban atrás. El hambre es siempre más fuerte que el miedo. Los instintos más primarios son los que prevalecen cuando el exterior aprieta y obliga a prescindir de todo lo demás. Por eso un par de palabras vacías fueron suficientes para despojar a un millar de jóvenes de todo cuanto eran. Por eso Urbano Feijóo de Sotomayor, el gallego afincado en la isla, tenía la certeza de que su reclamo correría por las gargantas de los rapaces como el agua lo hace por la de alguien muerto de sed. 

Ni siquiera los marineros irían al mar si no fuese porque buscan otra orilla, otro sitio donde vivir lo menos de otra manera, un lugar opuesto al propio porque la tierra los expulsa o porque les quema los pies.

Ninguno de los jóvenes que cruzó aquel lluvioso invierno el mar sabía que al otro lado le aguardaba el horror. Que acabaría sepultado en tierra extraña, a miles de kilómetros de las paredes que le vieron nacer, dejando a los suyos sin la posibilidad de llorarle ni de peregrinar hasta él con flores al menos una vez al año. Que recibiría latigazos por tirarse al suelo a maldecir a la vida por la muerte de un amigo. Que la vida estaba, donde esperaba un milagroso remedio, todavía más nublada que el cielo de donde partía. Azucre es un ejercicio de reconciliación con un pasado terrible del que muchos más nombres de los que una cabeza cualquiera sería capaz de retener fueron víctimas. Un rescate de todo el sufrimiento enterrado en los campos de azúcar de La Habana, donde tanto sudor y tanta sangre fueron derramadas a lo largo de tantísimos años. Un viaje a la oscuridad, guiado por dos manos capaces de dibujar con delicadeza los retales de las vidas quemadas de una larga estela de compatriotas. Azucre es un relato delicado que susurra cosas al oído. Que sacude, evoca y devuelve.

El mundo es pequeño pero grande a la vez, la distancia recorrida no es una línea recta y larga. A veces, muchas veces, es un abismo del que no se vuelve ni aunque uno regrese al punto de partida. 

La brillantez de Azucre, un campo transparente en el que se entremezclan los sentimientos y pensamientos más humanos, reside en la habilidad de narrar la complejidad de realidades anónimas y dispares a través de una simple decena de historias con nombre propio, cara y voz. Unos cuantos personajes que lo sostienen todo: lo que se cuenta y lo que no. Fueron, claro, muchos los Orestes Veiga, los Tísicos y los Tomases de Coruña los que respiraron al aire de Cuba allá por el mil ochocientos. Muchos los Trasdelríos y los Comidos. Muchos, y todos —sin excepción— tienen su homenaje en esta historia en el que los rostros son conceptos y, las palabras, el recogedor de los trozos de cientos de recuerdos perdidos desde entonces por el camino. 

El mundo es, por costumbre, un lugar demasiado frío e inhóspito. Cuando todo cuanto conoces se evapora y tu mundo se convierte en otro, completamente nuevo, y se dicta a miles de kilómetros de tu cuna, esa sensación se multiplica por mil. Uno se vuelve virgen en lo de vivir y eso es siempre un mal asunto. Cuando el dolor, la vergüenza y el miedo se suman a la ecuación, la esperanza y la esencia misma terminan por huir. El relato de Candia es, también, un ejercicio de empatía y conciencia de esa infamia que no es, en ningún caso, tan lejana a nosotros como parece. 

De este lado todo cambia, todo ha cambiado, cambian las palabras, cambia quién eres y, de repente, bailar puede ser volver.

Recordar es un verbo que nos queda todavía demasiado grande. Eso de fallar a la historia es, por desgracia, demasiado nuestro. Olvidamos siempre demasiado rápido. Por eso Azucre tiene una belleza especial, porque es, por encima de todo, ese paso hacia lo que debería ser nuestra memoria: un compromiso eterno con el dolor y las caras del pasado. 

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