Gloria de Mastropiero

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Les Luthiers Mastropiero
«El compositor Johann Sebastian Mastropiero…» Les Luthiers en una fotografía de Gerardo Horovitz. Imagen: Les Luthiers: Las fotos de Gerardo Horovitz, 2013.

A Gerardo Masana, Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock, in memoriam.

Tómese como base La Pasión según San Mateo de Bach. Despójese esta de toda su letra y déjese en su estructura básica (coros, corales, recitativos y arias), música pura y desnuda. Sustitúyase el componente religioso del texto por la letra del prospecto del laxante Modatón. Adapte el arreglo musical para ser ejecutado con serrucho melódico, yerbomatófono1, gom-horn2, tubófono parafínico cromático3, manguelódica4, un injerto de guitarra y garza y bass-pipe5. Todos, por supuesto, instrumentos informales nacidos de su imaginación que se habrá tomado el tiempo para construir. Tenga la caradura de presentarse con todo esto en el Festival Nacional Universitario de Coros de 1965 en Tucumán y consiga poner al público del Jockey Club en pie durante quince minutos de aplausos. 

Les Luthiers, o más bien, la semilla de Les Luthiers acababa de ser plantada en aquel mismo momento, aunque ellos mismos ni siquiera lo sabían. Cuando se manifiestan por primera vez, las ideas extraordinarias son difícilmente distinguibles de una broma finísima. En la vida real no hay efectos, como en el cine, que anuncien los momentos de epifanía; todo suele ser mucho más prosaico, incluso para el iluminado al que se le ocurre poner música de Bach al prospecto de un laxante. 

La de Les Luthiers es, tal vez, una de las fórmulas del éxito más complicadas que hayamos visto hasta la fecha porque ¿quién podría pensar que para crear un conjunto humorístico capaz de conquistar al público durante cincuenta años serían necesarios dos arquitectos, uno de ellos con carrera musical, un bioquímico, un estudiante de medicina, un abogado, un director de orquesta y un ingeniero que dejó la carrera para ser locutor de radio y trabajar en publicidad? ¿A quién se le ocurriría que no iba a bastar con componer música, cantar y hacer humor, sino que además habría que inventarse y construir los instrumentos? 

Les Luthiers antes de Les Luthiers

Se habían conocido en el coro universitario de la facultad de ingeniería de Buenos Aires donde, sorprendentemente, no era requisito ser ingeniero para entrar. El éxito no suele darse a la primera, por eso la historia de la gesta de la «Cantata Modatón» o «Cantata Laxatón», como se llamaría más tarde por cuestiones de derechos6, comienza un año antes.

En 1964 se celebra el Festival Universitario de Coros en La Plata y surge la idea de llevar una pieza de humor para el final de la representación. Se apuntan unos diez miembros del coro de ingeniería, liderados por Gerardo Masana; él, con una partitura que había pertenecido a su familia monta Il figlio del pirata, una especie de culebrón en clave de ópera que hizo muchísima gracia al público. Para el año siguiente Masana empezó a trabajar en la actuación del epílogo de Festival de Coros con mucha más antelación y cuidado. La «Cantata Laxatón» se preparó como solo se prepara el humor bien hecho, con mucha seriedad.

Como confirmación de este primer éxito, a finales de 1965 son invitados a actuar en la televisión y se presentan como I Musicisti, grupo compuesto por los diez miembros que originalmente interpretaron la «Cantata Laxatón» en Tucumán. Durante casi dos años este será el grupo en el que los futuros Les Luthiers inician su carrera, hasta que todo salta por los aires el 4 de septiembre7 de 1967.

Acababan de terminar una actuación en el Centro de Experimentación Audiovisual del Instituto Di Tella y en los camerinos estalla una agria discusión. Los principales responsables de la composición y la creación de las obras se quejan de que la carga de trabajo estaba repartida de manera desigual y, sin embargo, el dinero se reparte equitativamente, y proponen que haya un sistema de puntos para distribuir los honorarios. La iniciativa se somete a votación y es denegada, así que Gerardo Masana, fundador y cerebro del proyecto, se levanta, coge los instrumentos informales que él mismo había diseñado y construido y dice que se retira. Lo acompañan inmediatamente Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich y Jorge Maronna. Carlos Núñez Cortés llega ese día tarde a la discusión, cuando ya todo eran gritos y resultaba imposible enterarse de quién tenía o no razón, así que se queda en I Musicisti dos años más. Él mismo reconocería más tarde que se había quedado «en el lado equivocado de la discusión» (sic). 

Lo primero que hace Masana, como líder independiente de los disidentes, es registrar la «Cantata Laxatón» a su nombre, aunque en público la firma como Johann Sebastian Masana. Jorge Maronna propone que el nuevo grupo se llame Los Luthiers, por aquello de que fabrican sus propios instrumentos8; resulta fácil de adivinar que aquellos cuatro amigos y disidentes no eran dados a hacer las cosas a medias, así que deciden ponerse también el artículo en francés. Empieza ya, solo con esta decisión, una especie de broma eterna que los obligará a explicar una y otra vez que no son franceses, que son argentinos, que las eses no se pronuncian…, como si el simple hecho de decir su nombre activase un mecanismo de ironía. 

Les Luthiers nació de un motín. Masana fue una especie de mesías que vio claramente cuál era el camino que seguir, y sobre la piedra de «Laxatón» se edificó una iglesia, o más bien una catedral, que, como todas las obras inmensas, no se construyó en un día, pero cuya sombra es tan alargada que resulta imposible de ignorar. El 20 de septiembre de 1967 los rebeldes envían una nota de prensa para anunciar que acaba de nacer el conjunto de instrumentos informales Les Luthiers.

El compositor Johann Sebastian Mastropiero

Estas cinco palabras que resonaron en la voz de Marcos Mundstock durante cincuenta años se acabaron convirtiendo en una especie de oración, una llamada a los creyentes para abandonarse al espectáculo de la música, el lenguaje y el absurdo. Como personaje, Mastropiero ya existía antes de Les Luthiers, lo había creado Marcos Mundstock y, como todos los personajes de vidas trepidantes, tuvo más de una identidad: primero se llamó Freddy Mastropiero. 

En 1968, ya como Les Luthiers, son invitados a participar en el programa de televisión Todos somos mala gente (humor con grandes comediantes) en el Canal 7. La idea era presentar un número que fuese un homenaje a un autor clásico; ahí es cuando el Johann Sebastian con el que firmaba Masana en la «Cantata Laxatón» se cruza con Freddy Mastropiero y nace Johann Sebastian Mastropiero9

La vida y las composiciones de Mastropiero son el hilo conductor de esta obra monumental que mezcla humor, música clásica y popular, folclore, instrumentos informales, juegos de palabras, pantomima y absurdo. Las piezas, por fin, empezaban a encajar. 

Ya solo faltaba que Carlos Núñez Cortés se uniese finalmente al grupo, cosa que sucedió en 1969. Al año siguiente, al mismo tiempo que probaban suerte actuando en el café cantante, contratan a Carlos López Puccio como empleado y poco después como miembro activo del grupo10. Ernesto Acher llegará en 1971, primero como sustituto de Mundstock durante un año y luego como fijo hasta 1986. 

Era una locura actuar en un café cantante y pasar de un público de melómanos a uno de gente que iba por la noche a beber whiskey. Seguramente porque era una locura era lo único que tenía sentido. En su libro Les Luthiers de la L a la S, Daniel Samper Pizano recuerda cómo para actuar en el café La Cebolla tenían que hacer una cadena humana desde el Renault 4 de Carlos Núñez hasta la puerta para cargar los instrumentos informales. Mientras iban de vuelta en el coche, Carlitos les decía que no se preocupasen, que un día iban a ser ricos y lo llevarían todo en un autobús con televisión y cuarto de baño, y el resto lo miraban con compasión. Era un convencimiento entre ingenuo y casi enfermizo, pero, claro, todo el mundo tiene derecho a soñar a los veinte años, aunque actúe en un café cantante y se asome a la puerta en los intermedios de la función para rogarle a la gente que entre. Incluso aunque aún no gane dinero para vivir. En realidad, esos convencimientos casi suicidas son los que también nos han dado grandes cosas. Los años previos al éxito suenan en todas las biografías como una especie de carrera de obstáculos en el barro: a ratos es divertido mancharse porque todo da igual, y otras veces parece que el protagonista va a morir engullido por arenas movedizas. 

1971: el año en que todo cambió

Después de los cafés cantantes y de las actuaciones para fiestas de empresa, la suerte, finalmente, empezó a cambiar. En 1971 graban su primer disco, y a partir de ahí consiguen su primera gira internacional, en 1972, y actúan por primera vez en un teatro de Buenos Aires, el Margarita Xirgu. Justo en ese momento en que todo comienza a brillar, a Gerardo Masana, de treinta y cuatro años, le es diagnosticada una leucemia grave y, en aquel momento, incurable. Aun así, la actividad de Les Luthiers no se detiene: Masana los acompaña cuando puede y centra toda su actividad en el conjunto, en escribir nuevas piezas, diseñar nuevos instrumentos y revisar contratos para futuras giras en las que él ya no participará. Se le acababa, literalmente, el tiempo, y su criatura, Les Luthiers, era ya imparable. 

El 23 de noviembre de 1973 fallece Gerardo Masana y, en cierto modo, deja huérfanos a Les Luthiers que, en ese momento, deciden empezar a ir a terapia de grupo con el doctor Fernando Octavio Ulloa, un hábito que continuará durante los siguientes quince años. La clave, como más adelante explicaría Daniel Rabinovich en una de sus últimas entrevistas, era que necesitaban entender que los logros de todos eran una aportación al grupo y no dejarse llevar por el ego y la envidia. Por esa misma razón, y porque las palabras no valen nada si no van acompañadas de hechos, después de la muerte de Gerardo Masana todas las obras de Les Luthiers se registran como propiedad de todos los miembros en igualdad de condiciones. 

A partir de aquí, la historia se convierte en una lista de éxitos, de giras triunfales, de no tener apenas malas críticas, de una entrega absoluta por parte del público y de repetir una fórmula complejísima que consigue resultados nuevos basándose siempre en los mismos principios. Una actuación impecable, una ejecución precisa, unos números en los que la música ha de tener, al menos, el cincuenta por ciento del protagonismo y un uso del lenguaje preciso y ajustado como un mecanismo suizo. Y así durante cincuenta años sin fallar ni una vez. 

Lo que nos enseña el humor de Les Luthiers es que un producto nacido para ser aparentemente muy elitista, en un país como Argentina donde, teóricamente, no había tradición para algo semejante, resultó no solo accesible al gran público, sino universal para todos los hispanohablantes. Un humor basado, ante todo, en el lenguaje, en juegos de palabras y dobles sentidos y en las figuras líricas clásicas resultó eficacísimo a la hora de aplicar los distintos niveles de lectura a un producto final que no solo triunfó en su momento, sino que sigue haciéndolo todavía con una precisión asombrosa. Por eso, cuando vemos en un espectáculo a dos políticos corruptos que quieren sobornar a un compositor para cambiar la letra del himno nacional —y, como consecuencia, la historia, nos resulta tan extrañamente actual a pesar de que fue escrito en 199311—, que el compositor, además, se llame Mangiacaprini no es más que un detalle de delicada ironía. La clave no está la actualidad, sino en un modo de mirar al mundo que no caduca nunca y en un uso lúdico del lenguaje que va más allá del simple chiste12. Sus referencias son interminables: desde los hermanos Marx, Gila, Jardiel Poncela y Monty Python a toda la lírica antigua, Borges, Quevedo y, por supuesto, don Quijote, que es el gran personaje literario al que resulta facilísimo imaginar con un instrumento informal en la mano.

La historia de Les Luthiers es una historia de éxito y a la vez de gran pérdida, de disciplina y rigor, de luchar consigo mismos para conseguir aguantarse los unos a los otros durante años hasta llegar a respetarse y convivir pacíficamente. El suyo es un logro que tal vez ya no podremos volver a ver en nuestro siglo. Por tanto, no debería sorprendernos que les concedan el premio Princesa de Asturias, que los homenajee el Instituto Cervantes o que ganen un Grammy Latino: es muy poco para lo que merecen. Para ellos, un sillón en la RAE no es nada; merecerían, como mínimo, un diván.

«Les Luthiers interpretarán a continuación y fuera de programa…»

Se dice que, como artistas, a lo máximo que se puede aspirar es a que tu propio nombre se convierta en adjetivo, como sucede con lo kafkiano o lo borgiano. Eso quiere decir que has alcanzado tal entidad y tu estética es tan marcada que te has convertido en tu propio género. De lo que nadie ha hablado nunca es de cuando te conviertes en la primera acepción de aquel que adoptaste como nombre artístico. 

Esto, que podría parecer un número de los propios Les Luthiers, es la anécdota con la que abre su biografía Daniel Samper Pizano. El 4 de febrero de 1991, en Radio España se informa con toda seriedad de que Étienne Vatelot, «miembro del conjunto argentino Les Luthiers», había reparado los cuatro violines Stradivarius pertenecientes al Palacio Real de Madrid. Oscar Wilde ya lo dijo: lo correcto es que la vida imite al arte y no al revés. La actualidad confirmaba lo que era una obviedad para todos nosotros, los hispanohablantes: un luthier es, y será siempre, un señor vestido de esmoquin que hace música y humor con instrumentos informales. 

Bibliografía

Samper Pizano, D., Les Luthiers de la L a la S (Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1992).

Núñez Cortés, C., Los juegos de Mastropiero (Península, Barcelona, 2007).


Notas

(1) Instrumento de viento construido con el recipiente en el que se toma yerba mate.

(2) Boquilla de corneta conectada a una manguera de jardín con un embudo en el extremo que se enrosca en el hombro del ejecutante.

(3) Instrumento de viento que consta de 32 tubos de ensayo de laboratorio colocados en un soporte de material acrílico. El interior de cada uno de los tubos contiene una cantidad decreciente de parafina hasta conseguir una extensión de dos octavas y media.

(4) Melódica conectada a dos globos gigantes de cotillón. Su sola presencia ayuda a crear un ambiente festivo y puede tocarse cómodamente en horizontal.

(5) Este fue el primer bass-pipe, uno de los instrumentos más veteranos del conjunto, construido por Gerardo Masana con unos tubos de cartón que encontró en la calle.

(6) Masana intentó que los Laboratorio Bagó, fabricantes del laxante, patrocinasen la «Cantata Modatón». Por alguna razón que no alcanzaremos nunca a comprender se negaron y de ahí el cambio de nombre.

(7) Les Luthiers celebran cada 4 de septiembre el cumpleaños del grupo. Cada miembro tiene la obligación de hacer a los demás un regalo, siempre el mismo para todos. Uno de los más celebrados fue cuando, en el 33.º aniversario, Carlos Núñez Cortés le regaló a cada uno un estetoscopio por aquello de «Diga 33».

(8) Luthier es una palabra francesa con la que se denomina a la persona que construye y repara instrumentos musicales de cuerda.

(9) Como los propios Les Luthiers aclararon años después, toda la obra de Mastropiero fue plagiada de la de Günther Frager, incluida su autobiografía titulada Mi nombre es Mastropiero, como que me llamo Günther.

(10) «Me invitaban a hacerme socio de una desventura, de una bancarrota. Por supuesto, acepté».

(11) Véase «La comisión (Himnovaciones)».

(12) La, por todos conocida, «ponencia elocuética».

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6 Comentarios

  1. De este amor desmedido y “deslenguado “ por mi lengua me surge la duda de que no todos los hispanoparlantes gocen como lo hacemos nosotros, los argentinos, y especialmente los porteños de frente a este grupo genial, porque hay gestos y modos de decir una frase o una palabra que son patrimonios nuestros como en cualquiera otra comunidad. Y esto sería una lástima. No creo que un no argentino perciba la ponzoña, el sarcasmo, un llamado a la ignorancia del otro en ese “¡Y dale!” con su entonación y gesto, cuando le pide al baterista que le dé una explicación del porqué tendría que quedarse con la infiel Esther en “Perdónala”, bolérolo. Una genialidad. De cualquier manera, larga vida a Les Luthiers. Y muchísimas gracias por los datos.

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