De Guadalupe a Augustobriga: de lo improbable a lo inexistente (pasando entre hojas de castaño)

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De Guadalupe a Augustobriga
DP.

The rain in Spain stays mainly in the plain

(Audrey Hepburn en My Fair Lady, George Cukor, 1964).

Soy lluvia.

Bueno no. En realidad soy palabras colocadas una junto a la otra; o si me apuran, soy pequeños puntos de píxel negro sobre fondo blanco de cierta luminosidad que tienen delante. O fui impulsos eléctricos que tomaban la forma de caracteres en la pantalla de un ordenador. Y antes fui otros impulsos eléctricos, apenas siluetas borrosas y cambiantes que bailaban con la pulsación de cada tecla.

Pero soy lluvia.

Una lluvia fina y uniforme, o quizás una tormenta intermitente de finales de primavera, de principios de junio. A lo mejor soy una gota. Solo una gota que recorre tiempo y materia.

1. Guadalupe. Lo escondido

Soy lluvia.

Es el año 1305 y golpeo el sombrero de ala ancha del pastor Gil Cordero, que se agacha junto al río Guadalupe; el árabe Wad-al-luben, el río escondido. Ha recogido una talla ennegrecida, una pequeña imagen de la Virgen cristiana que, según parece, había permanecido oculta durante seis siglos de dominación árabe. Después, subirá la figura hasta el pueblo, que aunque recibe el mismo nombre que el río, no está escondido, sino que se asoma amurallado sobre los riscos y los quebrados, protegido por la sierra en la retaguardia, pero dominando desafiante el valle.

Es 1389 y embarro el camino por el que trota el caballo del rey Juan I de Castilla. Acaba de entregar a la Orden de San Jerónimo la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Los jerónimos comienzan entonces a levantar un monasterio alrededor de la basílica que verá prolongar su construcción durante cinco siglos. Cuando lluevo en Chartres o en Florencia, remojo edificios que son góticos o renacentistas; pero cuando caigo en España, casi siempre lo hago sobre edificios que son mezclados, añadidos y yuxtapuestos. Así, en mi discurrir entre natural caída y soleado descanso, veo como el monasterio de Guadalupe se construye en parte mudéjar y en parte gótico y en parte barroco y en parte neoclásico. 

Soy lluvia y no comprendo bien conceptos como «dominación árabe». Porque aunque la reina Isabel la Católica denominó a este santuario «mi paraíso» y Cristóbal Colón se encomendó a su Virgen antes de hacer el viaje que cambiaría la historia, me cuesta pensar en dominaciones de ningún tipo cuando el río y el pueblo y la propia Virgen tienen nombre árabe; cuando los abuelos de Gil Cordero eran musulmanes; y cuando los maestros que comenzaron a levantar los arcos del primer claustro los hicieron de la manera que consideraban más bella: en herradura. Como habían visto en Toledo o en Córdoba o en Granada. Como habían hecho siempre.

Soy lluvia y la Orden de San Francisco acaba de recibir el monasterio de Guadalupe. Yo jarreo despiadada sobre unos edificios que han estado abandonados desde la exclaustración de 1835; pero es 1908 y contemplo como los franciscanos adecentan y, poco a poco, van recuperando el uso y el estado de todo el conjunto.

Soy lluvia y es 8 de Septiembre de 1993. Desafiando a lo probable, el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe es declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco y yo chispeo fina y alegre sobre las cabezas de los peregrinos católicos y los turistas laicos que, como cada año en el Día de Extremadura, acuden a este pequeño pueblo de menos de dos mil habitantes a conmemorar el momento, a recordar el lugar donde nacieron o sencillamente a pasar un día de vacaciones.

Repiqueteo en los adoquines que, entre casas balconadas de apenas dos alturas, recorren la calle Sevilla o la plazuela de los Tres Chorros. Salpico divertida los zapatos de los hombres y mujeres que se paran en los soportales antiguos; acaso mirando los pilares de piedra y los dinteles de madera; puede que entrando en alguna de las tiendas de calderería, miel o queso que siguen siendo atracción de turistas y motor económico del pueblo.

Soy lluvia y corro arriba y abajo por la plaza de Santa María, inclinada como todas las demás calles del pueblo. Enfrente, la escalinata, las torres y la portada del monasterio. Dentro, el Museo de Bordados y el de Pintura y Escultura, donde Zurbarán, Goya o el Greco se protegen de mí y de mi humedad. Encima, resbalo por la cerámica de las tejas, me deslizo por cada mampuesto de los muros y por cada vidrio de las ventanas. En cada flor de piedra del rosetón paro un instante a mirar al interior, entro y salgo por los rebordes de cada arco de herradura y al fin, remanso en las únicas superficies llanas y horizontales de todo Guadalupe: los claustros. Me detengo en el claustro mudéjar y, un poco más al norte, también en el claustro gótico, pues yo soy lluvia y no entiendo de islam ni de cristiandad. 

Soy lluvia y es el año 1402. Yañes de Figueroa, protoprior de la Orden de los Jerónimos acaba de mandar construir el Hospital de San Juan Bautista, justo enfrente del monasterio. El hospital, que sería centro de enseñanza y práctica de la medicina crece a principios del siglo XVI con el Colegio de Infantes. Sus paredes robustas y sencillas alojarán a estudiantes religiosos. En los patios, limoneros, naranjos y mandarinos darán olor e imaginación a sus primeras reflexiones humanistas. 

2. Estalactitas, estalagmitas y hojas de castaño

Soy lluvia.

Y me recojo agazapada en nubes sobre la cuenca del río Ibor. Es otoño de 2013, hace un rato que cesé de caer y los parabrisas recorren limpios la carretera EX-118, que nace en Guadalupe y serpentea hasta la A-5. Es un camino bellísimo que revira entre encinas, robles y alcornoques a un lado y la profunda caída del valle, pintada de fresnos, álamos y castaños al otro. Si miro al barranco, veo como, en esta época del año, las copas de los árboles caducos se coagulan en un cuadro de Jackson Pollock: verdes y grises y amarillos y naranjas y marrones y ocres y ocres-verdosos y rojos y negros.

En el kilómetro 29 de la carretera aparece el pueblo de Castañar de Ibor, que se descuelga sobre la quebrada del río. Al poco, una valla con un cartel de la Consejería de Extremadura que indica «Centro de Interpretación del Monumento Natural “Cueva del Castañar”». Detrás, un edificio y un olivar. Debajo llevo cien millones de años esculpiendo.

Soy lluvia y es hace cien millones de años. Me he filtrado a través de estratos calizos y comienzo a gotear por una cueva kárstica. Cada gota que nace hace descender una micra de materia en el techo; cada gota que cae hace crecer una micra de materia en el suelo. Dentro de cien millones de años esas micras de materia serán estalactitas y estalagmitas y los seres humanos podrán visitar la cueva y ver como sigo haciéndolas crecer.

Soy lluvia y es hace trescientos años. Al este del pueblo, recorro fresca la garganta de Calabazas desde el imponente salto de agua que los lugareños llaman Chorrera o Chorrerón, en mi camino al río Gualija. A ambos lados comienzo a regar robles, álamos y castaños.

Es otoño de 2013 y muchos de esos robles, álamos y castaños tienen ahora un porte ciclópeo. Ofrecen frescor al viajero, entrecruzan el sol en sombras multicolores y sus hojas alfombran el camino en un paseo delicado y esponjoso. Algunos de los castaños son tan importantes que su conjunto se ha incluido dentro de los Árboles Singulares de Extremadura. Algunos son tan distinguidos que tienen hasta nombre, como el monumental Castaño Postuero, retorcido pero impasible al correr del ser humano y del tiempo.

Soy lluvia y me deslizo por las calles empinadas de Castañar de Ibor en un recorrido sin remansos hasta el barranco y el valle. Arriba del pueblo, en la calle Europa, repiqueteo sobre el tejado de una vieja casa rehabilitada. Es la Casa Rural Amanecer, que ofrece agradable alojamiento a precios contenidos y desde cuyo restaurante y terraza, en posición privilegiada, se pueden contemplar las formidables vistas que se entreveían en cada curva de la carretera. 

Al margen de su peculiar orografía, las construcciones del pueblo tienen sus historias pero no revisten especial interés, siendo en su mayoría producto del retorno emigrante. Casas sencillas de enfoscado que se construyeron o reformaron en los años 80 y 90, cuando los hombres y mujeres que abandonaron el pueblo en los 60 pudieron regresar con algo de dinero que emplearon en tener una vivienda mejor.

3. Augustobriga. Lo inexistente

Soy lluvia.

Y he prolongado la línea natural del espacio-tiempo que nace en 1960 desde Guadalupe, Navalvillar, Castañar, Bohonal y los demás pueblos de La Jara, Las Villuercas, Los Ibores y el Campo Arañuelo. Es invierno de 2013 y limpio el cielo gris y apelmazado del sur de Madrid.

Caigo constante sobre Villaverde y Getafe y Fuenlabrada y Leganés. Y cuando llego a la altura de los humanos, les escucho hablar; porque la lluvia tiene oídos ¿no lo sabían? Y escucho palabras en muchos idiomas y en muchos acentos; acentos de América del Sur, del Magreb y del este de Europa. 

Pero también escucho un acento distinto, que solo detecto al pasar junto a ciertos hombres y mujeres de algo más de cincuenta años. Quizá al salir de una sucursal bancaria o en la barra de un bar o parados bajo una marquesina protegidos de mi caída. Una hache levemente aspirada, un descuidado deje en las eses y en las des. Es el acento de Extremadura que, tras más de treinta o cuarenta años, estos hombres y mujeres aún conservan y acaso exhiben orgullosos. Hablan de ir a pasar las navidades «al pueblo», a ese pueblo que muchos abandonaron siendo todavía niños, a ese pueblo que es Bohonal, Castañar, Navalvillar, Guadalupe o cualquiera de los demás pueblos de La Jara, Las Villuercas, Los Ibores o el Campo Arañuelo.

Soy lluvia y resbalo por una placa metálica colgada en la fachada de ladrillo visto de un edificio de Leganés. La placa reza «PLAZA DE TALAVERA LA VIEJA», y los hombres y mujeres con acento extremeño que emigraron en 1963 desde allí no pueden ir a pasar las navidades «al pueblo». Porque su pueblo ya no existe.

Soy lluvia y es el año 74 de nuestra era. Vespasiano acaba de promulgar el ius Latii a toda Hispania y la ciudad de Augusto (aunque el sufijo -briga me habla de su origen celta) acaba de obtener la condición de municipium, la segunda clase más importante entre las ciudades romanas. Augustobriga bulle de día en la calzada entre Emerita Augusta y Caesarobriga. En la noche descansa plácida junto al río Tagus, el río del tejo.

Soy lluvia y, una vez caída, recorro acueductos subterráneos, remanso en depósitos de agua y, una vez calentada, limpio la piel de quienes acuden a las termas. También lavo los sillares de piedra que construyen el pórtico del foro de la ciudad. En la confluencia entre el cardo y el decumanus —las avenidas principales de la ciudad— se levanta la columnata corintia que, aunque es de granito, gracias al estuco y a las piezas de vidrio que recubren sus estrías, brilla como el mármol. Los Mármoles, lo llaman los habitantes. Y es un edificio civil, pero el aspecto es religioso, templario; ¿quizá los augustobricenses hayan anticipado el concepto de templo civil? Quién sabe, a lo mejor el arco sobre el dintel, en lugar del habitual frontón triangular, le sirva para distinguirse en la historia.

Soy lluvia y es 1961. Golpeo la superficie del Tajo creando pequeños ondas circulares y me escurro por los andamios de acero y madera que rodean la columnata del antiguo foro romano. El cardo y el decumanus son ahora la calle Real y el camino del Almendro; y Augustobriga se llama Talavera la Vieja o Talaverilla. Pero a sus habitantes les gusta seguir siendo augustobricenses.

Algunos han abandonado ya el pueblo, otros están agrupando y empaquetando sus pertenencias. La mayoría todavía hacen eso que llaman «vida normal», aunque saben que la presa de Valdecañas, a unos quince kilómetros río abajo, está prácticamente terminada. Miran el desmontaje de Los Mármoles y son conscientes de que esos sillares de piedra van a ser lo único que sobreviva tras más de veinte siglos de historia. Veinte siglos de historias, veinte siglos de cuentos, veinte siglos de recuerdos. Quizás estos también sobrevivan.

Soy lluvia y es 1963. En Talavera la Vieja no queda nadie, tan solo caminos y paredes y casas vacías. De Augustobriga no queda nada. Los Mármoles, que en 1931 fueron declarados monumento histórico-artístico, se yerguen reconstruidos sobre un risco elevado a unos seis kilómetros al oeste. A salvo de lo que viene, a salvo de mí.

La presa de Valdecañas acaba de cerrar sus compuertas y yo voy llenando el valle, poco a poco, metro a metro, encina a encina, tejado a tejado. Hasta cubrirlo todo. Hasta ocupar 7300 hectáreas con más de 1400 hectómetros cúbicos de agua embalsada.

Soy lluvia y es junio de 2013. Paso bajo el viaducto que cruza el embalse de Valdecañas y al otro lado, en el kilómetro 54,800 de la carretera EX-118, Los Mármoles miran hacia la superficie del agua. Los años de sequía —cuando apenas he caído y el nivel del pantano ha descendido lo suficiente— dejo asomar el tejado de algunas casas, la torre de la iglesia e incluso el antiguo depósito romano, que los augustobricenses llamaban la Cantamora. Pero normalmente rodeo y recubro todo. Como en tantos otros pueblos de España y del mundo, en Talavera la Vieja solo vive el agua, solo vivo yo.

En la escalinata de Los Mármoles, el pórtico del antiguo foro romano, que es monumento protegido y símbolo universal de Extremadura, se sientan algunos turistas y viajeros. Han parado a merendar un bocadillo —la opción más barata de nuestra ruta—que traían hecho desde su casa. Quizá vienen desde Tiétar o Rosalejo, los pueblos nuevos que fueron repoblados con los hombres y mujeres que perdieron su casa bajo las aguas. Quizá vienen desde Villaverde, Getafe, Fuenlabrada o Leganés. Antes de irse, levantan la vista y miran al sol en la superficie del embalse, cuyo reflejo se cuela a través de las columnas corintias ya desnudas del recubrimiento de estuco y vidrio, erosionado por veinte siglos de mi caída. 

Cuando los viajeros se marchan, Los Mármoles siguen allí, recordando el lugar y el tiempo donde una vez estuvieron. Como yo sigo recordando todos los lugares y todos los tiempos.

Soy lluvia.

Y he parado de llover.

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