
Sevilla, 1987. Los dos pesos pesados del ajedrez mundial, el campeón Garri Kaspárov y su más temible rival, el excampeón Anatoli Kárpov, están disputándose la corona mundial por cuarta vez en cuatro años. Su agria competencia ha alcanzado cotas de atención mediática únicamente superadas por aquel lejano match entre el feroz Bobby Fischer y el caballeroso Boris Spassky, en el que Estados Unidos y la URSS habían puesto el orgullo sobre los tableros. Esta vez no estará la guerra fría en juego, pero las dispares personalidades de Kárpov y Kaspárov, así como el dramatismo y la tensión casi insoportable de sus igualadísimos enfrentamientos anteriores, han convertido sus finales en otro espectáculo mediático y el mundo entero esté pendiente de lo que suceda en la ciudad andaluza. En 1987 cualquier ciudadano reconoce al instante esos dos apellidos; el interés por lo que suceda en la lucha entre ambos es enorme porque Kárpov parece siempre a punto de recuperar el trono que una vez ocupó. La televisión española retransmite las partidas de un evento que ha trascendido la competencia deportiva y se ha convertido en una auténtica guerra repleta de connotaciones personales, políticas e incluso étnicas.
El de Sevilla será un match de veinticuatro partidas. Tras veintidós, cada uno de los contendientes ha obtenido tres victorias y el resto han sido dieciséis empates de dura lucha. Ambos están igualados a once puntos, pero un empate final permitiría que el campeón vigente retuviese el título, así que el aspirante y antiguo rey destronado Kárpov está obligado a jugar presionando al rival para ganar el punto. La vigésimo tercera partida resulta ser dramática: comienza de forma igualada y tras varias horas de tensa lucha se llega a las cuarenta jugadas reglamentarias que permiten aplazar la partida hasta el día siguiente. Pero durante la reanudación, el usualmente férreo Kaspárov parece ceder a la presión y comete un error que le cuesta el punto. Kárpov se adelanta por doce a once. Parece estar rozando el trono con la punta de los dedos. Ahora, únicamente necesita unas tablas en la última partida para recuperar el título. Y que Kárpov consiga esas tablas se considera más que factible, dada la enorme solidez de su juego, su facilidad para leer la posición de las piezas y su más que probada capacidad para neutralizar los embates agresivos del contrario. Casi todo el mundo da por hecho que Anatoli Kárpov va a conseguirlo; a falta del último juego, él es el favorito. Por su parte, el campeón Kaspárov necesita una victoria para empatar a puntos, ya que cualquier otro resultado lo destronará. Kaspárov, pues, ha de jugar agresivamente y arriesgar frente al jugador ante quien menos se debería arriesgar: el correosísimo Anatoli Kárpov. Todo pende de un hilo.
Vigésimo cuarta y última partida: todo es una gran apuesta a una sola carta. Ambos están muy concentrados y como de costumbre están muy igualados: Kárpov obtiene un peón de ventaja, pero sus piezas están menos coordinadas que las de Kaspárov y son vulnerables a un ataque. Sin embargo, algo sucede durante el transcurso del juego: Kaspárov está tan concentrado que olvida anotar sus jugadas en la planilla, lo cual es imperativo durante las competiciones, algo que todo jugador está obligado a hacer. El árbitro, siguiendo las reglas, le recuerda que ha de escribir las jugadas. Kaspárov lo hace, pero esta distracción lo saca momentáneamente de sus pensamientos sobre la partida y así deja escapar una ocasión clara de atacar. Sin embargo, también Kárpov tiene sus propios problemas: ha consumido mucho tiempo calculando sus jugadas y está sufriendo apuros de reloj. En sus prisas, no consigue visualizar una defensa que podría haber forzado unas tablas y haberle dado el título en bandeja.
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Analizados más de doscientos juegos anteriores al Libro de la invención liberal del juego de axedrez de Ruy López de Segura mi opinión es que casi todos los juegos de ingenio del orbe contribuyen al juego tal y como lo conocemos hoy lejos de pensar en un sólo origen y menos desde un juego de azar.
La descripción del duelo es fantástica. Enhorabuena, Rodríguez.