
Phileas Fogg estaba arruinado. Había comprometido la mitad de su fortuna en una apuesta y gastado la otra mitad en el viaje que se la haría perder. Según sus cálculos, puntualmente anotados en el cuaderno de ruta, había llegado a Londres a las 20:50 del 21 de diciembre de 1872, con solo cinco minutos de retraso sobre la hora estipulada. En esa tesitura, encerrado en su casa y ocupado en «poner en orden sus asuntos» durante todo el día siguiente, lo abandona Julio Verne para hacer un aparente flashback y centrar el relato en los socios del Reform Club que aguardan con incertidumbre su aparición. Para asombro de esos caballeros y del propio lector, a falta de tres segundos para las 20:45 del 21 de diciembre de 1872, Phileas Fogg hace su entrada en la estancia y rompe el silencio con su flema habitual: «Aquí estoy, señores». Por pura casualidad, y con el tiempo justo para enmendarlo, se había percatado pocos minutos antes de un error crucial: su regreso a casa no se había producido el 21 de diciembre, sino el día anterior.
¿Y cómo, siendo tan exacto y minucioso —se pregunta Julio Verne— había podido cometer el error de un día? ¿Cómo se creía en sábado 21 de diciembre, cuando había llegado a Londres en viernes 20, setenta y nueve días después de su salida? He aquí el motivo de este error. Es muy sencillo.
Phileas Fogg, sin sospecharlo, había ganado un día en su itinerario; y esto porque había dado la vuelta al mundo yendo hacia oriente, pues lo hubiera perdido yendo en sentido inverso, es decir, hacia occidente. En efecto, marchando hacia oriente, Phileas Fogg iba al encuentro del sol y, por consiguiente, los días disminuían para él tantas veces cuatro minutos como grados recorría. Hay 360 grados en la circunferencia, los cuales, multiplicados por cuatro minutos, dan precisamente veinticuatro horas, es decir, el día inconscientemente ganado.
La idea de ganar o perder un día según se viaje hacia el este o hacia el oeste no era nueva: había servido como dénouement en el relato «La semana de los tres domingos», de Edgar Allan Poe, y en El galeón perdido, un poema de Francis Bret Harte publicado pocos años antes que La vuelta al mundo en ochenta días. Pero ya en el siglo XIV el geógrafo sirio Abu Al-fida’ Isma’il Ibn ‘ali ibn Mahmud Al-malik Al-mu’ayyad ‘imad Ad-din, cuyo nombre ha sido felizmente reducido por la historia a Abu Al-fida, especulaba con la posibilidad de una paradoja de ese tipo. Incluso, con más propiedad que Verne, no se refería a «ganar» o «perder» un día, sino a la discrepancia sobre el cómputo del tiempo que surgiría entre una persona que hubiese permanecido inmóvil y otras dos que hubiesen dado la vuelta al mundo en sentidos opuestos, «asumiendo, claro está —escribía—, que sea posible dar la vuelta al mundo».
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