Ciencias

¡Dios mío, los genios están entre nosotros!

genios entre nosotros
El doctor Emmett Brown de Regreso al futuro. Imagen: Universal Pictures.

La serie de televisión The Big Bang Theory tuvo durante sus primeras temporadas cinco protagonistas principales. Cuatro de ellos eran «frikis». Uno era un indio de la India incapaz de hablar con las mujeres. Otro era un obseso sexual escuchimizado que gastaba un vestuario propio de un chuloputas setentero del Bronx. El tercero era un tipo inseguro, bajito y cuatro ojos, que pasaba por ser «seminormal» en comparación con el resto. El cuarto —el alma de la serie— tenía un CI de más de ciento ochenta, memoria eidética e hipocondría, y se caracterizaba por su incapacidad patológica para relacionarse de manera normal con el resto de las personas, hasta el punto de parecer a menudo idiota. Hay, sin embargo, un factor que une a estos personajes: todos son extremadamente inteligentes. La quinta protagonista era una guapísima y simpatiquísima y normalísima camarera, que soportaba estoicamente las extravagancias de los otros cuatro. 

Como pueden ver, el ochenta de los protagonistas son flacuchos, tarados, enanos, faltos de sensibilidad o empatía, enfermos sociales. Son lo que la mayoría de la gente espera cuando se tiene que ver las caras con alguien que disfruta de una inteligencia muy superior a la suya, el estereotipo del superdotado, del científico loco, del genio. Esta serie no era original tampoco en esto, por más que, con su desarrollo, fuera «humanizando» a los personajes para lograr esa empatía con el espectador que sirve para que circule el dinero. Es tan habitual que esos rasgos aparezcan unidos a cualquiera que lleve «Dr.» delante del apellido, que los damos por supuestos: el Dr. Rotwang, el Dr. Strangelove, el Dr. Moreau, el Dr. Caligari, el Dr. Emmet Brown o el Dr. Frink. La cuestión no es que un «genio loco» o un «genio del mal» bizquee con frecuencia, ande siempre despeinado y grite enfurecido cuando sus planes de dominación y genocidio salen mal; esto es lógico y circular: está loco, hace el mal, pretende algo absurdo y egomaníaco, no se preocupa en peinarse, pretende algo absurdo y egomaníaco, hace el mal, ergo está loco. No, lo que es llamativo es por qué la gente relaciona tan a menudo las altas capacidades con rasgos enfermizos y con un físico propio de un pigmeo contrahecho. Hasta uno de Mensa, como Asimov, convirtió al «mulo», de su serie La fundación, en el tipo más feo y repelente de la galaxia, mientras que en la aclamada Blade Runner el dios de la biomecánica, Eldon Tyrell, tiene pinta de chiquilicuatro y calza unas gafas con un cristal como el del telescopio Hubble, el genetista Hannibal Chew es un cobardón y no les digo la pinta de pringado y tarado emocional de J. F. Sebastian. Y para uno listo y físicamente superior, Roy Butter, resulta que es una creación artificial pelín psicótica y que se entretiene soltando palomas mientras palma.

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