La lluvia en Sevilla

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lluvia en sevilla
Fotografía: Enrique Moya Ortiz.

Así que me dije, vámonos a la Semana Santa sevillana, no vaya a ser que te mueras sin haberla visto. Según algunos amigos del club Viejos Ateos Solidarios, en las procesiones no era raro ver lo que debió de ser la religión mediterránea antes del cristianismo. Imaginaba yo que sería similar a las tremendas procesiones sicilianas y napolitanas, con sus penitentes tintos en sangre y sus masas agrícolas desesperadas por la muerte del fertilizador anual y luego gozosas por su resurrección primaveral. ¡Cuánto me equivocaba! La era moderna y científica también ha llegado a la Semana Santa de Sevilla. Por esta razón y no otra recomiendo la excursión como imprescindible.

Total que llegué un lunes abrileño que cayó en 25 de marzo. Para ir a Sevilla lo mejor es el AVE incluso si uno vive en Gerona. El avión no da tiempo para recapacitar, cogitar y recogerse en lo que estas celebraciones religiosas significan. El AVE sí. Son dos horas y media si se sale de Madrid y otras tantas para llegar a Madrid desde donde tenga uno el capricho de vivir. Hay lugares, sin embargo, malditos. Gijón, por ejemplo, Lugo o Santander. Si alguien vive todavía en esos remotos poblados, es mejor que vaya de semana santa a Londres. Le cae mucho más cerca. 

Aquel 25 de marzo y una vez desnortado desde Santa Justa hasta el hotel, salí un poco a tontas y a locas a comer, sin acordarme de que en Sevilla no se come. Puede uno tomar unas tapas aquí y allá, unas cazuelitas, pescaítos fritos por toneladas, hamón de bellota al peso, olivas, cacahueses, chufas, pijotas, pero comer, lo que se dice comer, es cosa de bárbaros, de modo que es mejor abstenerse. Eso no quiere decir que no haya tascas, tabernas y figones en donde se pueda pedir de casi todo. Yo me afinqué en el Olalla y ya de ahí no varié ni un solo día por lo que es mi única recomendación. 

Al salir del Olalla y tras evitar el café Tapanuba, Catunamba, Catacumba, o algo similar, que es lo que sirven en Sevilla casi en régimen de monopolio, me topé a la hermandad de la Redención que circulaba en ese momento por la plaza de la Encarnación, más conocida como «la de las setas» debido a un gigantesco monstruo ejecutado para dar una apariencia de modernidad a la ciudad, como si esta lo necesitara. Las setas son un armazón sinusoide a modo de platillo volante ingenuo, que ocupa casi toda la plaza. Debe de haber costado otra fortuna y no solo es horroroso sino que no sirve absolutamente para nada. Constituye un delirio levantino en una ciudad casi siempre sobria.

La procesión, debo confesarlo, me emocionó. El paso se llama «El beso de Judas» y habría que tener el corazón de pedernal para no reconocer en ese gesto del beso (tan español y tan político) la inminente traición en la que caeremos todos, uno después de otro, gracias a la incondicional amistad y la mano en el fuego etcétera. Los nazarenos en esta cofradía son solo mil cien y desfilaban con lenta grandeza, velón apagado y caperuzo bien sujeto con la mano no ocupada por el velón (hacía mucho viento), a quienes seguía la banda de música y sus claros clarines. Yo ya para cuando llegaron los músicos estaba llorando como una monja. Luego vino la Virgen que, si no ando equivocado, era la del Rocío, y ustedes se dirán ¿cómo es posible que no sepa este hombre qué Virgen era? Verán.

Los diarios de la ciudad reparten durante las celebraciones unos cuadernillos con las cofradías o hermandades (no me ha quedado claro qué es cuál), las procesiones, los pasos, los recorridos por la zona centro, los colores nazarenos, las bandas de música (si llevan) y todo tipo de información útil para el asiduo. Vienen a salir a un mínimo de cinco procesiones diarias, con acopio los jueves y viernes de hasta veinte. O sea, unas cuarenta en la semana a ojo de buen cubero. No hay quien distinga cuarenta Vírgenes, todas preciosas y cubiertas por lágrimas de cristal de cuarzo.

Así, por ejemplo, pillé por la tarde la procesión de la Vera Cruz, que porta la reliquia homónima sobre la que mucha gente se precipita a besar o tocar —tiene mucho poder—, operación difícil dado el gentío que pasa por en medio de la procesión, por los lados y casi por encima, porque una de las sorpresas del visitante es que aquello es un caos y hay familias enteras que cruzan por donde les apetece, levantando las cruces de los nazarenos al grito de «¡usté perdone!», madres con cochecitos por en medio del nazarenío, grupos de alegres muchachas cogidas del brazo, y así. Algún nazareno he visto que harto de que le crucen el caperuzo ha dado un giro veloz y cascado la nuca del incivil con un cristazo tremendo. Pues bien, en esa procesión pasea una bella Virgen que solo muy tarde supe que respondía al apelativo de «Las tristezas de María santísima». No solo es que haya muchas Vírgenes, es que responden a nombres de un lirismo sideral.

Como en este reportaje tengo que señalar algunos monumentos dignos de ser visitados, apunten la iglesia de El Salvador, uno de los templos más bellos de España, sin duda. Aquellos ancianos que a partir del Sesentayocho se fueron a  la India encontrarán allí lo más cercano al templo hindú que les sorbió el poco seso que les quedaba. Inmensos retablos de oro y pedrería, oscuridad tachonada por candelas, grandes y barrocos santos, santas, mártires y mártiras, muy semejantes a los de nuestros hermanos del Índico, aunque con mayor volumen de ropaje.

También merece la pena el Museo de Bellas Artes, posiblemente el recinto con más imágenes religiosas del mundo entero, incluido el Vaticano de Roma y el Walhalla de Múnich. No vaya a creerse, sin embargo, que la población sevillana y andaluza es particularmente católica. La frondosísima imaginería obedece más bien a un resto pagano ya muy estudiado etcétera. Y la mejor prueba es verlo en vivo y en directo, con toda la población gritándose de un lado a otro de la procesión que a ver dónde quedamos, vendedores de paraguas anunciando su mercancía o centenares de niños corriendo entre las piernas de los nazarenos en busca de caramelos.

Bueno, pero es que esa es precisamente la religiosidad que a mí me gusta, la que mejor comprendo y amo. Estoy casi seguro de que cuando el verdadero Nuestro Señor subía al Gólgota, numerosos niños palestinos seguían el cortejo y se colaban por entre las piernas de los soldados romanos, los verdugos, los felones y las santas mujeres, al tiempo que puñados de familias jerosolimitanas acompañaban el Vía Crucis comentando los últimos resultados de las carreras de cuádrigas en la capital y el precio del incienso y la mirra.

Luego ya empezó a llover, como cada año, y no merece la pena comentar ya más el asunto, excepto para hacer ver que la lluvia, en Sevilla, es una maravilla si a uno le pilla en el bar tomando un negroni bien servido. Llevado por mi entusiasmo, seguí buscando y encontrando procesiones en cuanto amainaba, gracias a lo cual creo que pillé uno de los momentos más grandiosos del siglo. Fue cuando me apretaba junto a mil sevillanos más (componíamos el típico funeral árabe) para ver a la Macarena. Era en la calle Feria. El paso de Cristo juzgado por Pilatos es uno de los más impresionantes del conjunto, pero cuando yo lo vi tenía una peculiaridad añadida, turbadora e irrepetible. Para protegerle de la lluvia lo habían cubierto con un chubasquero de la guardia civil. Formaba el santo paso un híbrido capaz de remover las entrañas del más desalmado. El Cristo vestido de guardia civil. Lloré como un crío. 

Considerando que ya no podía ver nada más elevado y grandioso, no solo en Sevilla, sino posiblemente en toda mi vida y teniendo en cuenta que seguía lloviendo como si aquello fuera Pontevedra, me refugié en el hotel y ya no abandoné el bar hasta que monté en el AVE transido de emoción y convertido en mucho mejor persona. Espero que a usted le suceda lo mismo.

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9 Comentarios

  1. Felix de Azua siempre tan certero. No son topicazos Ester…son las realidades que ve el de fuera, si no van con alguien que les inicie. Por cierto Azua, son mas de 55 cofradías en la Semana Santa más otras 10 o 12 los días previos.

  2. Yo respeto cualquier comentario, cada uno es libre de interpretar lo que vé.

    Soy de Sevilla y he visto mundo, a veces he visto costumbres que me chocan, pero respeto la emoción que causan a quien las celebran, porque para mi la Semana Santa en Sevilla es acordarme de mi madre que me falta y que me vestía de nuevo el Domingo de Ramos diciéndome “hoy hay que estrenar”, de mi padre cogiéndome en brazos, del puñado de caramelos, de mis hijos disfrutar de la música y mirar absorto a la Virgen mientras yo le pedía que todo fuera bien…., yo este año le he pedido PAZ.

    Todo eso se junta en emociones que hacen que te des cuenta como discurre la vida y te emociones, y eso le pasa a cualquiera ya sea en Pamplona, Gerona, Murcia o aquí en Sevilla.

  3. Caray el Azúa… le desconocia ese sentido del humor, anda siempre tan cabreado contra todo y todos. Juro que he leído el artículo sin saber que era de ėl y me ha hecho gracia, bastante. Ya veo que a algún integrista sevillano – los tenemos a miles- le ha caído mal y está dentro de lo conseutidinario. Yo que soy sevillana y considero la Semana Santa como un hermoso montaje teatral, me parece estupendo que los forasteros sepan contemplar el espectáculo como lo que es. Al espectador de teatro le interesa la puesta en escena, no le interesa cuánto han costado los decorados y si el empresario se hace más o menos rico. Eso seria otro tema, y ėse, aunque los sevillanos no lo sepan o no quieran saberlo, estå ampliamente estudiado pero poco publicitado.

  4. Y aluego describir el articulo el Felix se fue del bracete con el Bragas Llosa a ver una corria de toros. ¡Ele!

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