Sociedad

Los periodistas obscenos

Ilustración Pablo Amargo periodismo obsceno
Ilustración: Pablo Amargo. periodismo obsceno

El erotismo y la pornografía han trabajado siempre con los mismos materiales. Es solo su mirada la que los hace diferentes. Es la forma en que miramos o mostramos las cosas la que delimita esas fronteras. Un simple detalle, otra perspectiva, o el uso de determinados planos pueden llevarnos sin dificultad de uno a otro lado. El periodismo también se ha movido con regularidad en el límite de esas fronteras, en tanto que su oficio es fundamentalmente una cuestión de mirada: una forma de ver y mostrar el mundo.

Cuando uno se dispone a ver una película pornográfica no espera ver en ella la construcción de una historia, la evolución de unos personajes o el sentido de unas acciones. Tampoco espera escuchar unos diálogos bien trabados ni contemplar la originalidad o la belleza de algunas de sus secuencias. A la industria pornográfica no le interesa nada de lo que tenga que ver con el cómo —ni en el plano formal ni en el argumental—, y solo nos muestra lo que hacen los protagonistas en ese momento a través de un primerísimo primer plano. El espectador aquí no ha de poner nada de su parte pues nada está sugerido. Nada queda fuera de ese encuadre fijo. En el porno —es una convención del género— no se trata de construir una historia sino de ir directamente a lo que asombra, lo que escandaliza, lo que sonroja o lo que mueve nuestros instintos. El porno nos muestra la parte de la historia que no significa pero que algunos desear ver y oír.

El periodismo pornográfico sería, pues, todo aquel periodismo al que no le interesa el resto de la historia, un periodismo que no nos muestra diferentes encuadres —solo primeros planos—, y en el que el lector no ha de poner nada de su parte pues nada está sugerido. Se trata de un periodismo que solo busca asombrar, escandalizar, sonrojar o activar los instintos, pero que no pretende contar lo que importa, buscar un significado o entrever un símbolo en la historia que nos narra.

En las películas pornográficas se da un pacto entre productor y consumidor por el que ninguno de ellos pretende otorgar verosimilitud al relato. No persiguen —como ocurre en el cine o el teatro— la búsqueda de una ilusión de verdad. La película pornográfica es una historia falsa y no pretende pasar por verdadera, no aspira a que nos creamos sus personajes y, sobre todo, no desea buscar una verdad, un símbolo o un significado. Es sabido que en el porno los actores fingen o exageran sus papeles, pero no lo hacen para dotar de una mayor verosimilitud a la historia, sino para reforzar la credibilidad del engaño. De esta forma, el engaño resulta creíble y el espectador se regocija en él. Lo mismo ocurre con el periodismo pornográfico, donde productor y consumidor tienen un acuerdo tácito por el que ninguno de los dos pretende buscar algo de verdad: ambos saben que es pornografía y la producen o la consumen como tal. En el peor de los casos —o tal vez deberíamos decir en el mejor de ellos pues estos, al menos, lo hacen de forma inconsciente— el consumidor ni siquiera sabe que está consumiendo pornografía y cree hallarse ante una hermosa historia de amor.

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2 comentarios

  1. Jose Antonio Fernández

    Me parece aventurada la denominación «Periodismo pornográfico». Por lo menos lo de llamarlo «periodismo». Imagino que la carrera de periodismo desapareció hace algunos años, es lo que deduzco leyendo los periódicos.

  2. Probablemente siempre fue así. Al menos yo no recuerdo otros tiempos. Hace poco murió Balbín y más allá del capítulo de loas pocos quieren recordar lo rendido que estuvo siempre a la ideología del diario «Pueblo» y a su continuidad, la política de González, socialista de nombre, pero CEDA de espíritu.

    A propósito del artículo, gracias. No hubiera estado de más reemplazar Susan Sontag por Walter Benjamin.

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