Cine y TV

Martín, El Titán: no lo intenten en sus casas

Martín Karadagián
Martin Karadagián, 1968. Fotografía: Archivo General de la Nación Argentina.

«Chicos, no lo intenten en sus casas». Ese era el mantra del programa. Lo repetía Rodolfo Di Sarli, el relator, una o dos veces por bloque. Era un precario disclaimer, una descascarada cláusula de exención de responsabilidad para evitar, sin éxito, que en la semana llegaran al canal cientos de cartas de madres indignadas porque se había lastimado uno de sus hijos imitando a los luchadores.

La gracia estaba en intentarlo en nuestras casas. Probar una «doble Nelson», una «tijera voladora», una «toma manubrio», una «maroma» o un «cortito» con un amigo o un hermano. Somos de la generación que rompimos varios elásticos de camas con las tomas de los titanes.

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Titanes en el Ring era mucho más que un programa de televisión. Era un mundo. Autónomo, con reglas propias, con buenos y malos, con injusticia, con fantasía, con alegría, con incertidumbre. Un mundo en el que una vez por semana nos internábamos. No hubo nada igual, ni antes ni después. Era un evento deportivo, un número circense, un espectáculo, un momento artístico. Todo eso al mismo tiempo. Alguien lo llamó «ficción deportiva». No está mal. Pero habría que aclarar que en la ficción no están en juego los conceptos de verdad y mentira. La ilusión y la energía que provocaban los titanes eran, qué duda cabe, reales.

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Me propuse no buscar vídeos en YouTube. Voy a utilizar como fuente los libros escritos sobre el tema (El gran Martín, de Daniel Roncoli, con sus casi ochocientas páginas es una especie de Biblia de Titanes), revistas viejas y, por supuesto, mis recuerdos. No quiero enfrentarme a lo que creo inevitable. No quiero descubrir que todo estaba mal hecho, que se le veían los hilos, que solo resistía la mirada de un chico de entre ocho y diez años de las décadas de 1970 y 1980 (que, se sabe, eran infinitamente más ingenuos que los actuales).

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Saquémonos rápido de encima los datos duros, la (imprecisa) información biográfica. Martín Karadagián nació en 1922. Era hijo de un matarife armenio y de una española ama de casa. Vivían en el conventillo más populoso de San Telmo. La vida era dura. El padre era muy duro. Martín trabajó desde chico vendiendo carne con él. Después lustró zapatos. Con sus primeros ahorros compró algunos cajones de lustrado y puso a otros chicos a trabajar para él. Un empresario precoz. En el medio descubrió la lucha grecorromana en la Asociación Cristiana de Jóvenes. Era fuerte, más que los demás. Alguien lo llevó a luchar a torneos internacionales. Triunfó en certámenes infantiles y luego fue campeón mundial en la categoría de cadetes. Al tiempo, después de atravesar la adolescencia, se presentó ante el Hombre Montaña, el líder del espectáculo de catch as catch can (así se llamaba la disciplina) que triunfaba varias veces por semana en el Luna Park. No le prestaron atención. Era demasiado bajo.

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5 comentarios

  1. Capítulo aparte eran las presentaciones de los protagonistas, las pequeñas canciones que todos repetíamos después hasta el hartazgo. Incluso el hombre de la barra de hielo tenía la suya: “Es el hombre de la barra de hielo, es un misterio, es un misterio” o Pepino el Payaso, la del Caballero Rojo probablemente la más épica.
    Nota: siempre odié a Karadagian, y mi favorito era la momia.

    • El libro de Roncoli me lo compré la última vez que estuve en Argentina (rebajado además, creo que me costó 3 o 4€ al cambio) y lo tiene mi padre en su casa, que él es más de la generación Titanes (Los Gen X teníamos Lucha Fuerte, con el Ancho Peuchele como máxima estrella). La verdad que la vida de Karadajian es de las que te cuentan en las películas americanas, de tipos hechos a si mismos. Lo que pocos saben es que la Argentina de los 20, 30 y 40 tiene de esas a montones.

  2. The Mangler

    ¿El de la foto de arriba es el supuesto forzudo Martín Karadagián? ¿El que atemorizaba a todo el mundo?¡Pero si no tengo ni para empezar con ese ese enano bracicorto, hombre! ¡Con esos antebrazos que parecen muslitos de pollo! A él y a otro como él, los agarraba yo, uno en cada brazo, así enrollados como alfombras turcas y los llevaba a su casa, los metía en la camita, los arropaba hasta arriba para que no se enfriaran y si no hacían caso, los molía a palos.

  3. Como en el tango, casi se me escapa un lagrimón, Matias; por los recuerdos que has traído a flote. No hace mucho hubo un polverón en un diario porteño que lo recordaba; hicieron notar que sus personajes, todos masculinos y musculosos por supuesto, y algunos con correas, látigos, máscaras y tachas como el de Pulp Ficción encerrado en un cajón, podía haber despertado ciertos instintos sexuales en los pibes. Andá a saber. Martín daba y da para todo, era un genio porque era el prototipo del argentino, de madre española y padre armenio, la gran riqueza genética que nos hacen los mejores del mundo aunque nadie lo sepa. Disculpen esta pequeña exaltación chovinista. Lo llamábamos el turco Karadagián, y más de un descendiente de armenio protestó defendiendo sus orígenes, pero ¿quién podía saberlo si todos los de esa zona antiguamente bajo el dominio turco llegaban a nuestra Argentina con ese pasaporte? No has nombrado al Indio Comanche y su cancioncita, pero no importa, ”… El Indio Comanche, con sus dedos magnéticos aplica su toma…” Y aparecia mio héroe con su cabellera a lo indio, su vincha autóctona sobre la frente y su campera con flecos. La “terrible” toma era apretarle al adversario los músculos de los hombros. Y dolían en serio, y cómo. Muchísimas gracias por estos recuerdos.

  4. Hola a todos. Gracias por los recuerdos ¡¡¡¡ … En los ochentas me tocó ir a vivir a México (soy de El Salvado). Y allí nadie sabia nada sobre TITANES EN EL RING. Hasta que en la universidad conocí a una argentina …. que emoción poder comentar el programa y todo lo que nos hacía sentir y jugar. Yo tendría 8-9 años cuando a mediados de los setentas lo veía. Lo pasaban los martes a las 6:00 pm … y recuerdo decirle a mi papá que si me moría … me gustaría morirme un miércoles … para no perderme el programa del martes ¡¡¡¡ … Así éramos los niños y niñas de aquellos tiempos.

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