Ciencias

Policía, me han robado los testículos

testículos
Imagen: Chicago Tribune, 1923.

Hay una página sobre historia del sexo, The Whores of Yore que tanto la web como la cuenta de Twitter, @WhoresofYore, son de lo mejor que se puede encontrar en la hipertrofiada red para leer curiosidades interesantes y hechos del pasado impensables hoy. Es lo que tiene la historia del sexo, que está cargada de sorpresas. En 2020, parte de todo el conocimiento que su autora, Kate Lister, había vertido en Internet acabó en un libro, A Curius History of Sex (Unbound), que afortunadamente se ha traducido al castellano y en España lo lanza Capitán Swing.

De todos los capítulos, había uno que llamaba singularmente la atención, el que hacía referencia a un fenómeno del que no se han hecho muchas películas en Hollywood: El tráfico de testículos. Todo tenía su origen en la causa de múltiples problemas de la humanidad ayer y hoy: la andropausia. El pánico del varón a envejecer, el terror a perder potencia sexual, la histeria por dejar de ser un hombre que provee y fecunda a buen ritmo.

Todo comenzó en el siglo XIX, época en la que fue habitual relacionar las eyaculaciones con la salud. Cuando el periodo refractario aumentaba, la salud declinaba. Era indiscutible, pero debido al envejecimiento, no a una correlación con el funcionamiento testicular. Sin embargo, la medicina se puso a buscar fórmulas para mantener los caudales de semen a un nivel regular y lograr así que su portador fuese más joven. Una de ellas fue el injerto de testículos.

El fisiólogo francés Charles-Édouard Brown-Séquard, en los años 80 del XIX, empezó a inyectarse a sí mismo extractos testiculares triturados de conejos y perros. Por lo que fuera, notó que se encontraba mejor y planteó su hipótesis: «si fuera posible inyectar sin peligro semen en la sangre de los ancianos, probablemente obtengamos mejor actividad en lo concerniente a las facultades mentales y físicas (…) Es bien sabido que las pérdidas seminales, por cualquier causa, producen una debilidad mental y física proporcional a su frecuencia». Se pensaba que en el semen había una sustancia que, al ser reabsorbida por el organismo, podía vigorizar el sistema nervioso y otras partes del cuerpo. Es decir: detener el envejecimiento.

La mezcla de semen de conejos y perros que se picaba estaba, como el Ricard, diluida en tres o cuatro partes de agua destilada y se conoce que como placebo, de nuevo al igual que el Ricard, funcionaron estupendamente. Brown-Séquard notó que se sentía mucho mejor después de cada dosis. Creía que podía trabajar durante más horas, se concentraba mejor y, con 72 años que tenía, podía volver a bajar y subir escaleras. Todo gracias a meterse semen en la vena.

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2 comentarios

  1. No se puede decir que el siglo pasado, le hicieran el feo a las bolas de mono.

  2. José Manuel Rubio Alonso

    La libido, no «el lívido».

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