Ciencias

Un vistazo al mundo invisible  

Espermatozoides vistos al microscopio. DP. el mundo invisible
Espermatozoides vistos al microscopio. DP.

Este artículo ha sido finalista del Concurso de divulgación Ciencia Jot Down en la modalidad de ensayo.

Los seres humanos siempre nos hemos sentido cautivados por aquello que queda fuera del alcance de nuestra vista. Tanto que hemos rellenado los huecos invisibles usando nuestra imaginación. Nuestra mente ávida de fantasía pinta el fondo del mar plagado de bestias monstruosas, pacientes cazadores con tentáculos y grandes dientes que flotan en silencio buscando a su próxima víctima. En el interior de los volcanes aguardan caminos selváticos que conectan un punto del planeta con otro, atajos misteriosos solo aptos para los más valientes. Desde Marte, el planeta rojo, nos acechan extrañas criaturas humanoides, aguardando el momento propicio para acudir a nuestro hogar con sus naves espaciales y proclamarse nuestros amos y señores. A quienes han trabajado en imaginar lo que se esconde a nuestros ojos los hemos considerado grandes literatos o increíbles cineastas. Por eso, resulta sorprendente que parte de la comunidad científica pusiese en entredicho la palabra del hombre que descubrió los secretos del mundo invisible.

En 1648, cuando contaba con dieciséis años de edad, el joven neerlandés Anton van Leeuwenhoek comenzó a trabajar como el aprendiz de un comerciante de telas. Fue allí, en el taller de su maestro, donde aprendió a manejar las lupas, artilugios que se utilizaban para comprobar la calidad de los tejidos. Estos instrumentos eran necesarios para el desempeño de su trabajo, así que el aprendiz dedicaría muchos años a mejorarlos y perfeccionarlos. Cuanto mayor el aumento, mayor información tendría acerca de la tela que iba a adquirir y más beneficios podría obtener con su venta.

Sin embargo, Anton no solo era un mañoso comerciante, sino también un hombre muy curioso. Conforme la precisión de sus lupas aumentaba, se fue preguntando qué otros secretos podrían revelarle, así que decidió usarlas fuera de su horario laboral. Su curiosidad le llevó a recoger un poco de agua de un lago cercano a su casa en Delft, donde vivía, y a ponerla bajo sus lupas. Este acto fortuito, motivado quizá por la curiosidad, quizá por el aburrimiento, supondría una revolución en el mundo científico.

Con sus potentes lupas, Anton van Leeuwenhoek fue el primero en asomarse al mundo microscópico que nos rodea. Descubrió que la gota de agua estaba plagada de formas imposibles, a medio camino entre monstruos diminutos y seres mitológicos, que se movían. ¿Acaso podrían estar vivas aquellas extrañas criaturas? Fascinado por su descubrimiento, Anton procedió a dibujar lo invisible con todo el detalle que fue capaz gracias a los aumentos de sus lupas. Después, enviaría esos pliegues de papel a la Royal Society. Aunque Anton no era científico de profesión, era consciente de que había encontrado algo importante, algo que los eruditos de su época tenían que saber y estudiar. Con su rudimentario artilugio casero, este comerciante había observado, por primera vez en la historia, los protozoos que habitan en el agua.

Animado por su descubrimiento, Anton no se detuvo ahí. Su curiosidad lo empujó a seguir mejorando sus lupas —llegados a este punto, podemos empezar a llamarlas microscopios, puesto que es el calificativo que merecen— y a continuar con sus observaciones. Tras analizar muestras de agua, pasó a observar insectos y plantas, enamorándose cada vez más aquella diminuta belleza. Movido siempre por su infinita curiosidad, decidió entonces comenzar a usarse a sí mismo como fuente de muestras. Empezó analizando el sarro de su boca. También allí descubriría minúsculos seres vivos, así como entre los dedos de sus pies tras pasar varios días sin lavarlos. Finalmente, analizaría una muestra de su propio eyaculado para descubrir, con tremendo estupor, lo que él definió como «animáculos»: criaturas microscópicas alargadas, provistas de una cola que se agitaba de un lado para otro para permitir su desplazamiento. Los animáculos de van Leeuwenhoek no eran sino espermatozoides. 

En aquella época, el mecanismo por el cual los seres vivos se reproducían seguía estando rodeado de un halo de misterio. El pensamiento científico estaba fuertemente impregnado por la teología, y ambas disciplinas podían chocar en algunas cuestiones. La reproducción era uno de los temas más espinosos, dadas las implicaciones que tenía el hecho de que crear vida fuese un acto exclusivo de Dios. Eso, sumado a la falta del material adecuado para estudiar y comprender el proceso, hacía que se diesen por válidas ideas como la de la generación espontánea o se siguiesen aceptando dogmas aristotélicos sin ninguna base científica real. Los animáculos de van Leeuwenhoek dieron un nuevo enfoque y pusieron a los científicos de la época tras la pista de nuevas evidencias.

La casualidad quiso que en la misma ciudad en la que vivía Anton van Leeuwenhoek en el momento en el que encontró a los espermatozoides viviese el joven médico Reiner de Graaf, cuyo campo de estudio era la fisiología. Más concretamente, de Graaf estaba centrado en detallar la anatomía y función de los órganos del cuerpo, como el páncreas o, especialmente, el ovario. Al saber del trabajo amateur como científico de van Leeuwenhoek, en seguida se interesó y quiso reunirse con él. Anton detallaba meticulosamente sus observaciones, por lo que de Graaf analizó sus datos con facilidad y se dio cuenta que tenía un descubrimiento trascendental. Con tan solo echar un vistazo al mundo invisible de Anton, Renier de Graaf le persuadió para dar a conocer sus hallazgos al resto de la comunidad científica.

Por supuesto, muchos recelaron. Quién es ese hombre sin ningún tipo de formación, decían. ¿Cómo podemos fiarnos de lo que dice que ha visto con ese cacharro que ha montado de cualquier manera en el salón de su casa? ¡Pero si ni siquiera habla latín, por amor de Dios! Menudo impresentable, no podemos fiarnos de él, clamaban algunas voces de la comunidad científica.

Pero no todos compartían esa cerrazón. Muchos otros supieron ver más allá de la falta de preparación de Anton y reconocer su férrea curiosidad y su tenacidad inquebrantable como lo que los motivaba a ellos mismos a ir más allá, a investigar y a descubrir lo que queda oculto a nuestros ojos. Dichas cualidades no son sino la base de la ciencia, así que, pese a sus métodos poco ortodoxos, a gran parte de la comunidad científica no le quedó la menor duda al respecto: Anton van Leeuwenhoek era un científico. No solo eso, sino que sus hallazgos eran de vital importancia.

La intuición de Anton resultó ser cierta, y años después se pondría nombre a todos los seres que observó en sus gotas de agua de los charcos, se confirmaría de forma inequívoca que los espermatozoides estaban implicados en la reproducción y sus observaciones servirían para tirar por tierra la hipótesis de la generación espontánea. Aunque nunca recibió formación como científico y todos sus descubrimientos comenzaron como un hobby, hoy se le considera el padre de la microbiología, la ciencia que estudia los seres de escala microscópica. Los habitantes del mundo invisible, el lugar que nos descubrió el guía más inesperado.


Bibliografía

Fernández, T. y Tamaro, E. Biografia de Anton van Leeuwenhoek. Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/l/leeuwenhoeck.htm [fecha de acceso: 14 de mayo de 2022].

Gest, H. The discovery of microorganisms by Robert Hooke and Antoni van Leeuwenhoek, fellows of the royal Society. Notes Rec. R. Soc. Lond. 58 (2). 187-201 (2004)

Lane, N. «The unseen world: reflections on Leeuwenhoek (1677) ‘Concerning little animals’». Philosophical transactions of the Royal Society B. 370: 20140344. (2015) 

Ballescà Lagarda, J.L. y Corral Molina, J.M. «Breve visión histórica de la reproducción desde una óptica andrológica». Revista Iberoamericana de Fertilidad y Reproducción Humana. 37(1). 3- 14. (2020) 

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