Arte y Letras Filosofía

El monstruo de hielo y el detective paciente

monstruo de hielo
Fotograma de El resplandor. Imagen: Warner Bros.

Deja entrar en ti una luz clara que vaya fundiendo el hielo de tu corazón.

Eso es volverse fuerte de verdad.

(Haruki Murakami, Kafka en la orilla)

En general, los libros de autoayuda me inspiran un cierto rechazo. O, más que los libros en sí (sería injusto meter en el mismo saco todos los que se publican bajo ese epígrafe), las editoriales oportunistas que los ofrecen por docenas envueltos en promesas propias de las dietas milagrosas (esas que te harán perder diez kilos en dos semanas comiendo todo lo que quieras y sin hacer ejercicio). El propio nombre invita a la desconfianza: «autoayuda» significa ayudarse a sí mismo, así que un libro que se presenta como «de autoayuda» diríase que te advierte cínicamente de que como no te ayudes tú lo tienes crudo, pues él no va a hacerlo. Y, de hecho, así es a menudo: muchos libros de autoayuda son meras colecciones de tópicos y obviedades tan inútiles como el manual de instrucciones de un sonajero.

Si no hubiera conocido al autor por algunos artículos y por un libro anterior, del que luego hablaré, el título y la cubierta de ¿Ir al psiquiatra? ¿Para qué?, de Ramon Andreu Anglada (Xoroi Edicions, 2022), no me habrían animado a leerlo, y mi prejuicio sobre los libros de autoayuda, o que lo parecen, me habría privado de una de las mejores introducciones al complejo mundo de la psicoterapia que conozco (y eso que en mis muchos años de autista deseoso de comprender su condición —tuve el dudoso honor de ser el primer niño italiano al que diagnosticaron autismo, en los años cuarenta del siglo pasado— he leído, aunque no siempre con provecho, cientos de libros y miles de artículos sobre psicología y psiquiatría).

El del doctor Andreu, psiquiatra con más de cincuenta años de profesión, no es un libro de autoayuda, sino de ayuda, o más bien un libro que ayuda, pues definirlo como «de ayuda» sería ignorar su vertiente crítica e informativa, incluso taxonómica, que constituye uno de los aspectos más interesantes y provechosos de la obra.

Como divulgador, me preocupan especialmente el paradójico auge de las seudociencias en plena era tecnológica y el escaso esfuerzo de las instituciones —y de los propios científicos— por poner el conocimiento al alcance de todos; dos problemas estrechamente relacionados, ya que la ignorancia es el mejor caldo de cultivo para todo tipo de supercherías y creencias irracionales.

Y, por tanto, me parece especialmente oportuna la denuncia de ciertas «terapias alternativas» que, al igual que los libros de autoayuda, engañan desde su mismo nombre, pues, como recalca el doctor Andreu: «Estas terapias no constituyen en sí mismas ninguna alternativa. Alternativa significa opción o solución que es posible elegir además de las otras que se consideren. Esto implica que las otras que se consideren son equivalentes». Y esta falsa equivalencia entre terapias sólidamente establecidas y las vanas promesas de los charlatanes de feria no solo propicia todo tipo de estafas, sino que puede causar —y de hecho causa— graves perjuicios, tanto en el campo de la psicología y la psiquiatría como en el de la medicina en general (en este sentido, dicho de sea de paso, resulta tan sorprendente como indignante que en algunas farmacias se dispensen productos homeopáticos).

El «¿Para qué?» del título no es una pregunta retórica, y el autor la contesta con meticulosa claridad, señalando, ante todo, la diferencia entre las falsas motivaciones, las que no justifican acudir a un psiquiatra ni a ningún otro profesional, como pretender «que se les dé la razón y una receta mágica», y los motivos justificados, como buscar ayuda en la elaboración de un duelo o para superar una adicción. Y entre las adicciones, el doctor Andreu hace especial hincapié en el sufrimiento adictivo. 

El monstruo de hielo

Conviene empezar señalando que la adicción al sufrimiento no es lo mismo que el masoquismo1, a no ser que entendamos este término en un sentido muy amplio (un sentido tan amplio que el diccionario ni siquiera lo contempla, pues define el masoquismo exclusivamente como perversión sexual).

La adicción al sufrimiento es, literalmente, lo que indica la expresión: la conversión del sufrimiento en una droga mental de la que no se puede prescindir. Como dice el doctor Andreu: «Cuando un individuo ha experimentado esta clase de sufrimiento [el que se padece desde demasiado pronto, con demasiada intensidad y durante demasiado tiempo seguido], este desarrolla en él un efecto-droga, que consiste en una verdadera drogadicción del sufrimiento».

A la zona de la psique en la que, cual tumor con vida propia, se desarrolla la adicción al sufrimiento, capaz de boicotear cualquier forma de bienestar para no verse privada de su droga, el autor la denomina el monstruo de hielo. «¿Y por qué de hielo, y no de otra cosa (acero, hierro, etc.)? Porque el hielo es reciclable, transformable. Sirve mejor que ninguna otra cosa para designar una energía negativa. Que, como tal energía, no se crea ni se destruye, pero sí puede transformarse. ¿En qué? En agua. ¿Cómo? Aplicando calor. En las páginas siguientes explicaré qué clase de calor, cómo aplicarlo y las consecuencias terapéuticas de este proceso».

Y lo hace: el libro cumple su promesa y explica detalladamente los procesos terapéuticos que pueden disolver al monstruo de hielo que algunas personas (más de las que parece, seguramente) alojan en su interior, ilustrándolos con casos reales que, como en los escritos de Oliver Sacks (es inevitable pensar en el gran neurólogo británico al leer al doctor Andreu), son a la vez lecciones de vida y pequeñas piezas literarias.  

El detective paciente

No es necesario aceptar la interpretación de los sueños propuesta por Freud para ver en la metáfora y la metonimia los recursos básicos de cualquier discurso que —de forma más o menos deliberada, más o menos consciente— intenta ir más allá del significado literal de las palabras, como ocurre en la poesía (y, en mayor o menor medida, en la literatura en general).

En el caso de los sueños, según el psicoanálisis, la metáfora y la metonimia —o, en otras palabras, la condensación y el desplazamiento— tienen la función de enmascarar un significado oculto —un contenido latente— que, si se expresara de forma clara y directa, resultaría demasiado perturbador para el sujeto. Y por eso resulta significativo que un veterano psiquiatra con formación psicoanalítica2 utilice recurrentemente la metáfora para conseguir el efecto contrario (o recíproco, si se prefiere): revelar en vez de ocultar. Eso es lo que hace el doctor Andreu en su libro El monstruo de hielo (Xoroi, 2019), tercero de una trilogía iniciada con El GPS secreto de nuestra mente (Octaedro, 2013) y continuada con Las cartas que los padres nunca recibieron (Octaedro, 2014).

Shakespeare definió los celos como el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de la que se alimenta. El monstruo de hielo no se burla de su huésped mientras roe sus entrañas; hace algo peor: lo seduce, lo hipnotiza con sus ojos negros como pozos sin fondo. Pero, al igual que el monstruo de los celos, al igual que cualquier adicción física o psíquica, puede ser vencido, sobre todo si se cuenta con la ayuda de un experto cazador de monstruos.

En su brillante prólogo a ¿Ir al psiquiatra? ¿Para qué?, la cineasta Rosa Vergés llama al doctor Andreu «el detective paciente que investiga la mente con su lupa»: un concienzudo Sherlock Holmes que sigue pistas invisibles para desentrañar las causas de las heridas psíquicas. Acertada descripción, a la que cabría añadir que también es un Van Helsing capaz de fulminar a los monstruos interiores con sus rayos de luz esclarecedora y calor compasivo.


Notas

(1) En Más allá del principio del placer, Freud denomina «masoquismo moral primario» al sufrimiento adictivo y lo liga a la pulsión de muerte. Posteriormente distinguiría entre «masoquismo moral» y «masoquismo erógeno», y la segunda acepción —obtención del placer sexual mediante el sufrimiento infligido por otra persona— es la que se da por supuesta cuando se utiliza el término «masoquismo» sin adjetivarlo.

(2) He dicho alguna vez, y esta es una buena ocasión para repetirlo, que, del mismo modo que no creo en el cristianismo pero sí en los buenos cristianos, no creo en el psicoanálisis pero sí en los buenos psicoanalistas. Necesariamente heterodoxos y antidogmáticos, por cierto, pues la ortodoxia psicoanalítica, basada en especulaciones indemostradas, está más cerca de la seudociencia que del rigor científico.

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8 Comentarios

  1. E.Roberto

    ¡Eureka! He aquí la explicación del por qué también a mí esos libros me crean cierta desconfianza. Tal vez si las editoriales hubiesen enunciado algo más humilde, como por ejemplo “este libro te puede ayudar..” otra sería la cosa. Con respecto a la adición al sufrimiento, creo que en ciertas circunstancias hay que dejarla correr, sobre todo en tiempos pasados (mirando a los tiempo idos todos somos infalibles). No creo que un paciente curado de tal patalogía hubiera sido capaz de escribir letras de tangos que todavía nos estremecen. Los hay a montones. Por eso me gustan más las milongas.

  2. Buena parte de la mejor poesía -y de la literatura toda- es hija del sufrimiento. Pero ¿no sería mejor sufrir menos, aunque nos perdiéramos a Byron y cantáramos menos tangos? Podríamos seguir bailándolos, en versión orquestal, sin las estremecedoras letras…

  3. Además de la susceptibilidad individual a la adicción o búsqueda o tendencia al sufrimiento quizá exista una variable social que lo agrave: la tendencia a la autoexploración, unida a la colocación de las más leves preferencias personales en el centro de la atención, que ayudan a reducir el umbral de sufrimiento, a producir una cierta hiperestesia. Utilizar la autoconsciencia y la inteligencia para distinguir la variedad del guisante que nos tortura agazapado bajo 7 colchones.
    Por supuesto, no son así todos los casos. Pero el rasgo tampoco me parece una invención.

    • Oportuna observación, Demian, que tiene que ver con la consabida reflexión irónica de que solo los ricos pueden permitirse lujos como la angustia vital.

  4. Gracias a tu reseña me das a conocer este libro que, sin duda, leeré. ¿Qué artículos -de los que dices haber leído- recomiendas de este autor?

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