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‘The Innocents’: una desapercibida obra maestra

The Innocents
The Innocents. Imagen: Vértigo Films.

Una recomendación para quienes nos lean en España: presten atención al futuro estreno en cines de la película noruega De uskyldige (se traduce como Los inocentes, aunque en la distribución internacional es más conocida con el título inglés The Innocents —no la confundan con la serie de Netflix—, así que nos referiremos a ella con ese nombre). Todavía no hay fecha oficial para el estreno, al menos mientras escribo estas líneas, y en la web de su distribuidora española Vértigo Films se limitan a decir «próximamente», pero confío en que no se demore mucho. Me gusta recomendar grandes películas que pueden pasar bajo el radar pese a que poseen una enorme calidad cinematográfica. En mi entorno casi nadie ha oído hablar de The Innocents, pero sé de personas que la disfrutarían enormemente, así que les insisto para que estén atentas al futuro estreno en la cartelera. Y no, la distribuidora no me va a pagar por escribir esto: es que, si fuese yo, me fastidiaría perderme esta maravillosa película porque nadie me había avisado de su existencia.

The Innocents es la última joya del terror psicológico nórdico, que cada pocos años nos da muy agradables sorpresas. Personalmente, creo que The Innocents fue una de las mejores y más interesantes películas que vi durante el pasado 2021. Desde su estreno internacional, ha ido de festival en festival —Cannes, Sitges, Sundance, etc.—, y en todos ellos ha maravillado a la crítica, cosechando un sinfín de comentarios entusiastas (si visitan su ficha en la web Rotten Tomatoes, hay casi un centenar de críticas y el 97 % son positivas).

Sin embargo, ha pasado bastante desapercibida para el gran público, lo cual probablemente tiene que ver con la difícil comercialización de películas que, usando elementos formales del género de terror, funcionan también como alegorías que manejan conceptos más propios del drama. El problema suele estar en la promoción: dado el tirón comercial del terror palomitero hecho a base de sustos, estas películas son casi siempre engañosamente anunciadas con tráilers que no se parecen al producto final, y que terminan desencantando a quienes esperaban ver un festival de sustos repentinos, música chillona y figuras fantasmales con la boca muy abierta.

A mí me sucede justo lo contrario: el terror comercial hecho a base de sustos me suele aburrir, y disfruto con estas otras películas de terror atmosférico y ritmo pausado. Durante los últimos tres lustros ha habido un buen puñado de obras interesantes que van desde las curiosidades entretenidas hasta las verdaderas muestras de maestría cinematográfica. Por citar algunos ejemplos muy conocidos: Déjame entrar (2008), Lake Mungo (2008), Troll Hunter (2010), The Babadook (2014), The Witch (2015), It Follows (2015), Get Out (2017), It Comes At Night (2017), Hereditary (2018), Us (2019), Midsommar (2019), etc. También metería dentro del saco algunas películas que se acercan más a la ciencia ficción, pero con similares atmósferas y parecida naturaleza alegórica: Monsters (2010), Under the Skin (2013), Aniquilación (2018), The Vast of Night (2019). Incluso dramas con inesperados toques fantásticos, como la sorprendente película sueca Gräns (2018), escrita por el mismo guionista de Déjame entrar.

Como verán, algunas de estas películas obtuvieron una repercusión importante en su momento, pero la mayoría han tenido un público reducido. Aun así, si los citados títulos le despiertan buenos recuerdos, The Innocents esté hecha para usted. Es horror psicológico de cocción lenta, sin grandes despliegues de efectos especiales pero con algunas secuencias sorprendentemente tétricas. Y es, sobre todo, una inteligentísima visita al mundo de las fantasías y los terrores infantiles.

Su director Eskil Vogt cuenta que la historia se le ocurrió mientras paseaba con su hijo de seis años: «Pensé que, si un dragón hubiese aterrizado de repente junto a nosotros, yo me hubiese vuelto loco porque los dragones no existen, no forman parte del concepto del mundo en el que creo. Sin embargo, mi hijo se hubiese limitado a decir: “Oh, qué bien, un dragón”. Porque él todavía espera que el universo expanda sus límites». Dicho de otro modo, The Innocents habla de maravillas y monstruosidades que los adultos hemos olvidado, pero que para los niños son todavía reales. Lo que Eskil Vogt ha conseguido mediante todo un arsenal de artimañas cinematográficas es que ese universo fantástico de los niños se torne en un universo que los espectadores adultos podemos sentir como algo real, tangible y aterrador.

La historia empieza cuando un matrimonio con dos niñas aprovecha las vacaciones de verano para mudarse a un nuevo bloque de apartamentos. La hija mayor, Anna, padece una forma muy severa de autismo: es incapaz de hablar (o de comunicarse de cualquier otra manera), nunca establece contacto visual, rechaza el contacto físico hasta de su propia madre, y se pasa casi todas las horas del día repitiendo conductas estereotipadas con la mirada perdida en el infinito. La hija pequeña, Ida, muestra rasgos de crueldad e incluso sadismo hacia su indefensa hermana mayor, motivada quizá por celos de la atención que esta recibe, o quizá por la frustración que le produce el no ser capaz de comprender su conducta.

En el nuevo bloque de viviendas, Ida traba amistad con Ben, un niño que la sorprende con su habilidad para mover objetos con la mente. También conoce a Aisha, una niña capaz de establecer conexiones telepáticas. Los tres descubrirán que esos poderes parecen potenciarse en presencia de Anna, la niña autista. Esto desencadenará una secuencia de acontecimientos cada vez más siniestros, que no describiré para no arruinarle a usted el progresivo descubrimiento de un microcosmos cada vez más retorcido. Aunque en efecto la película tiene un ritmo pausado, no piensen que el argumento es previsible. De hecho, el guion es una caja de sorpresas y da un giro después de otro, casi sin parar, hasta el desenlace.

Como sucede a menudo con películas muy bien escritas, The Innocents puede ser interpretada a varios niveles, y todas esas interpretaciones encajan como un guante con lo que se ve en pantalla. En el nivel literal, es una historia de terror sobre los efectos nocivos de unos poderes sobrenaturales que les quedan grandes a los niños que los poseen; es, en esencia, el viaje de descubrimiento de una niña que juguetea con la versión infantil de la maldad hasta que descubre en qué consiste realmente el mal. En un nivel más simbólico, la historia describe el abandono de la infancia, ese momento en que los niños empiezan a entender que sus actos pueden tener consecuencias serias, y que el mundo es un lugar peligroso. En The Innocents hay personajes adultos, pero solo intervienen en la acción como resortes argumentales o como representantes vicarios de los espectadores. Por lo demás, esos personajes adultos son completamente secundarios, y casi toda la acción se centra en los cuatro niños protagonistas. De hecho, el extraordinario clímax (o anticlímax) final de la película es una poderosa escena donde un tremebundo suceso transcurre casi en silencio, sin que los adultos presentes se enteren de nada.

He de decir que, por lo general, no soy un entusiasta de las películas protagonizadas por niños. Suelo coincidir con lo que decía Alfred Hitchcock: «No hagas películas con niños ni con perros» (él añadía «ni con Charles Laughton», pero en esto coincido menos, quizá porque no tuve que sufrir a Laughton en un rodaje). Los actores tan pequeños, en torno a los diez años, están bien para películas de aventuras o comedias, pero en los dramas tienen un problema: rara vez actúan de manera verosímil. Para mí, las interpretaciones verosímiles son parte fundamental de la inmersión como espectador en un drama, y si veo actores infantiles que actúan de manera torpe me cuesta entrar en la película, sobre todo cuando son los niños quienes la protagonizan. Y si ya es difícil que un niño pequeño haga un buen trabajo, no digamos varios. Pero, por descontado, existen excepciones. En algunas películas, los actores infantiles resultan extraordinariamente creíbles, y The Innocents es el caso. En este sentido, me ha recordado mucho a The Florida Project, donde los protagonistas del drama también eran un grupo de niños muy pequeños que realmente conseguían sumergirte en la historia. Curiosamente, cuando un director consigue que niños tan pequeños ofrezcan un trabajo verosímil, el resultado es tan único y tan diferente a la norma, que mis reticencias se convierten en entusiasmo.

The Florida Project fue una lección magistral de cómo filmar con niños pequeños: el cineasta Sean Baker consiguió que no pareciesen niños actuando, sino niños haciendo su vida normal como si no hubiese un equipo de rodaje alrededor. Lo mismo sucede con The Innocents. Por ejemplo, la niña que encarna a Ida se comporta de forma tan natural que me da la sensación de que en muchos momentos Eskil Vogt filmó sus reacciones auténticas. Ya saben, como el astutísimo Steven Spielberg hizo en Encuentros en la tercera fase. ¿Recuerdan la escena de la nevera, cuando el niño que está a punto de ser abducido por los alienígenas los contempla por primera vez? Su expresión de susto y asombro era perfectamente creíble porque, de hecho, el niño no estaba interpretando, sino reaccionando de verdad ante cosas que le mostraban tras la cámara. Estoy convencido de que en algunos momentos Vogt ha usado quizá no esa misma táctica exacta, pero sí otras similares, para que los niños reaccionen con total naturalidad.

Dicho esto, cuando los cuatro niños protagonistas de The Innocents se ponen a interpretar escenas difíciles, el resultado es asombrosamente bueno. En especial Alva Brynsmo Ramstad, la chiquilla que encarna a Anna, la niña autista. No hay elogios suficientes para describir lo que hace aquí. Si esta película fuese estadounidense, no hubiese sorprendido que Ramstad hubiese ganado un Óscar. Su trabajo es tan apabullante que por momentos llegué a pensar que habían rodado con una niña que tiene esos problemas en la vida real, pero no: todo lo hace la actriz. Y créanme, es impresionante. Desde la manera en que mira y gesticula, hasta su forma de caminar, todo en ella transmite una escalofriante sensación de total vulnerabilidad y aislamiento. Incluso sabiendo que es producto del talento de esta actriz infantil, el personaje de Anna produce verdadera congoja porque no hay un instante en que su fragilidad no resulte completamente verosímil. Un portento.

Siendo una película nórdica protagonizada por niños con poderes sobrenaturales, es posible que les venga a la mente la película sueca Déjame entrar, que ya hemos mencionado. Si le gustó aquella, es casi seguro que le gustará esta también. El ritmo narrativo es similar y ambos títulos comparten algunas reflexiones sobre la infancia. Eso sí, el tono es distinto. Déjame entrar era, en esencia, una película romántica. Contaba una historia de amor dentro de un terror sentimental con muchos toques poéticos que parecía salido de alguna novela decimonónica, salvo porque le daba una ingeniosísima vuelta de tuerca al mito de los vampiros. The Innocents es mucho menos poética, mucho más quirúrgica y, en algunos aspectos, bastante más cruel. Parte de un realismo casi documental y trata de manera muy directa un asunto que tiene un gran peso en la trama: la aterradora gratuidad del mal.

En The Innocents no hay tanto romanticismo ni poesía porque cuenta una historia donde tenemos que creer que estamos viendo un entorno cotidiano y doméstico. Al partir de ese naturalismo, los giros siniestros no solo son inesperados, sino chocantes. Hay incluso escenas duras de contemplar, pero no tanto porque muestren cosas de manera muy explícita —la película es muy elegante en este sentido, y parece que muestra, pero recurre a la elipsis—, sino porque retratan el mal de manera descarnada y desapasionada. En un inteligente toque hitchcockiano, un poco en plan Los pájaros, el mal es presentado, pero no explicado. La película nos dice que el mal absoluto existe porque sí, como un elemento horrendo pero inevitable del mundo en el que vivimos, y que ser adultos consiste en admitir la existencia de ese tipo de maldad.

Otro aspecto muy digno de mención es el cuidadísimo lenguaje visual de Eskil Vogt. The Innocents es solamente su segundo largometraje como director (el primero, Blind, se remonta ya al 2014). La mayor parte de su carrera la ha desarrollado como guionista, faceta en la que ha ganado bastantes premios, incluyendo una nominación al Óscar por escribir otra película noruega, La peor persona del mundo. Sin embargo, al ver The Innocents no tenemos la impresión de ver el trabajo de «un guionista dirigiendo», sino de un director de raza. Vogt usa los diálogos de manera económica y prefiere, siempre que le es posible, transmitir la información mediante imágenes. En este sentido, su instinto visual es una sorpresa, como sucedió con el tristemente difunto Jóhann Jóhannsson: recordemos que Jóhansson era famoso por sus bandas sonoras y obras musicales, pero dejó atónitos a los críticos con su pericia y sentido del equilibrio en la composición de imágenes. Vogt es más conocido como guionista, pero detrás de una cámara cualquiera diría que hubiese rodado ya diez largometrajes.

Y eso que, en un primer visionado, The Innocents podría producir la errónea impresión de ser una película visualmente «sencilla» donde el estilo visual no tiene mucha importancia. Y es verdad que, en su búsqueda del realismo, Vogt ha optado por la «cámara invisible», evitando que el estilo de dirección sea vidente, que acapare la atención por sobre el argumento. Pero insisto, esto es engañoso. A Eskil Vogt le importan muchísimo las imágenes. Tanto, que se preocupa obsesivamente por la composición de secuencias aparentemente anodinas que un director menos talentoso hubiese resuelto sin prestar tanta atención. Su economía narrativa es la que puede hacer que caigamos en la trampa de no apreciar su estilo visual pero, cuando uno se fija, no hay una sola secuencia donde la cámara haya sido colocada de manera despreocupada, sin una intención pictórica precisa. Vogt es uno de esos cineastas que tratan las imágenes con un sentido del equilibrio espacial y un amor por la proporción que son propios de un pintor.

En sus planos, utiliza preferentemente tres modos de composición. En varias escenas hay planos simétricos al estilo Stanley Kubrick, aunque con la simetría ligeramente atenuada y un movimiento de cámara menos mecánico. Kubrick subrayaba tanto la simetría que el espectador no tenía más remedio que percatarse de ella, mientras que Voigt la emplea de manera más discreta, pero con una función parecida: hacer que el espectador recorra un espacio determinado (por ejemplo, un pasillo) junto a los personajes.

Otro detalle interesante es que, en las pocas ocasiones donde Voigt filma un plano donde la distribución de la imagen es muy horizontal, introduce elementos que rompen con esa horizontalidad. A veces inclina un poco la cámara; otras veces, como hacían muchos pintores paisajistas del siglo XIX, introduce un elemento oblicuo para romper con esa horizontalidad (pueden ver ejemplos muy evidentes de este recurso si buscan, por ejemplo, paisajes del pintor ruso Arkhip Kuindzhi). Vogt juega con los elementos oblicuos: a veces los introduce de manera muy evidente, como Kuindzhi. Otras veces lo hace de manera tan sutil que realmente hay que prestar mucha atención para percatarse. No nos damos cuenta mientras vemos la película, pero esta técnica heredada de la pintura consigue que sus imágenes horizontales nunca resulten monótonas, incluso cuando muestran escenarios de lo más pedestre y cotidiano.

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Dicho esto, el tipo de plano que más abunda en la película, y es algo que me ha llamado muchísimo la atención porque es una pequeña debilidad personal, es el plano dividido en tres franjas verticales, al estilo Yasujiro Ozu (aunque Vogt varía mucho más las diferentes anchuras de las tres franjas). Y parece hacerlo con varias intenciones. Primero, para obtener una sensación de profundidad, exactamente como hacía Ozu: usa una franja para poner objetos en primer plano u opacando la luz, en otra franja vertical sitúa al personaje, y finalmente usa una tercera franja para proporcionar una vía de escape con elementos que permiten alejar la mirada (ventanas, objetos más lejanos o más iluminados, etc.). No sé si Vogt ha estudiado al cineasta japonés, pero no me sorprendería. Su manera de componer los planos no es idéntica, pero sí sigue una filosofía es muy similar.

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En otras ocasiones, divide también la pantalla en tres franjas verticales, pero no tanto buscando la profundidad (aunque casi siempre sigue habiendo un elemento de escape: una puerta entreabierta, etc.), sino buscando evitar que la imagen sea geométricamente monótona. En estos casos, contrasta diferentes texturas o diferentes grados de iluminación entre las tres franjas de la pantalla.

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Otro detalle significativo es que muchas veces los personajes infantiles aparecen, solos o en grupo, frente a un paisaje donde no hay adultos, o donde los adultos están lejos, o aparecen de manera fugaz. Esto no solo acentúa la sensación de soledad e indefensión, sino que ayuda a transmitir la sensación de que los niños viven en un mundo propio repleto de amenazas ocultas, un mundo donde los adultos apenas poseen agencia. Uno de los temas de la película es la incapacidad de los adultos para disipar los miedos infantiles, y así, en muchas escenas, los adultos son simplemente parte de la escenografía y no una ayuda a la que recurrir. Además, esto sirve como preparación para el inesperado contraste del clímax final, donde los adultos sí están por todas partes, pero sabiendo el espectador que son incapaces de actuar. Es una hábil artimaña para reforzar la idea de que, si el mal gratuito existe, ni siquiera los adultos tienen la capacidad de detenerlo.

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En resumen, The Innocents es una película confeccionada con un gusto exquisito, demostrando una sorprendente sabiduría cinematográfica por parte de un hombre que solamente contaba con una película en su currículum como director. Su próximo estreno en España es una gran noticia; aunque probablemente aburrirá a quien desee ver un festival de sustos y chillidos, encandilará a quienes disfruten con la progresiva construcción de una atmósfera agobiante y tenebrosa, o a quienes sencillamente disfruten analizando la estructura y la técnica visual de un largometraje. Yo no me aburrí ni un segundo; más bien al contrario, estuve cada vez más en vilo durante el metraje. Hay momentos espeluznantes, momentos emocionantes, y momentos maravillosamente desconcertantes. Está tan bien escrita y tan bien rodada que merece la pena verla en pantalla grande y tiene mucho, mucho material para analizar —en lo visual, en lo conceptual, en lo psicológico, etc.— y le dará a usted que pensar bastante después de que haya terminado. ¡No digan luego que no les avisé!

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5 Comentarios

  1. Excelente película. La vi en la pasada edición del Festival de Sitges. Genera una sensación de desasosiego mientras la ves. Muy recomendable.

  2. Xoan Bóveda

    ¿Los Inocentes noruegos, y los Inocentes yanquis, es lo que va a sustituir a los Inocentes turcos en las tardes de Antena 3? ¿ O son los Santos Inocentes hispanos?

  3. Oderus Urungus

    ¿No le pareció lo suficientemente cruel “Déjame entrar”? Pobre chaval.
    De ser una víctima de Bullying, a convertirse en un Guillermo protector enámorado de su criatura de la noche…

    Así a ojo, supongo que le aguardaba un final peor que el del primer protector en cuanto creciera un poco, la otra se aburriese y se buscase un reemplazo.

    Hubiese sido mejor que se enámorase de un Súcubo. Habría sufrido menos.

  4. Eduardo No Riega

    La novedad en “The Innocents” es que los chavales no dejan de serlo ni en sus momentos más truculentos, y no dejan de mostrarse frágiles y vulnerables a pesar de sus actos. Sabida es la crueldad inconsciente de un niño (la angelical niña rubia aplastando sin piedad la lombriz nada más empezar), aunque las espectaculares habilidades descritas requerirían de algo de contexto. No obstante, si lo pensamos, este ya existe; lo encontramos en dos décadas de éxito de películas de héroes con habilidades sobrehumanas, desde los X-Men a los Avengers pasando por Spiderman y Wonder Woman. Ese es el contexto, como lo era de “Thelma” (2017), con la que está directamente emparentada, ya que guionista de una y director de la otra son la misma persona. No me cabe duda que sin estos años normalizando los personajes con superpoderes no estaríamos ante estas dos obras, aunque su enfoque sea completamente distinto.

  5. Megamazinger

    Una maravilla de análisis. Para mí, que no tengo ni idea de fotografía, estás críticas en las también se abordan estos aspectos me resultan muy enriquecedores.
    Un placer leer artículos así.

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