The Vast of Night: cómo hacer mucho con poco

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The Vast of Night. Imagen: Amazon Prime Video.

Cuando hablamos del cine que viene de Estados Unidos, el independiente y el de los pequeños estudios llevan años dándonos felices sorpresas. No es que esté yo en contra del cine masivo y comercial precisamente, al menos cuando está bien hecho; muchas de mis películas favoritas fueron producidas por los grandes estudios de Hollywood y fueron grandes éxitos de taquilla. Hoy, no obstante, cabe admitir que la creatividad de Hollywood está bajo mínimos; basta con comparar sus productos actuales con los de la industria surcoreana que apuesta por lo comercial sin renunciar a la calidad. La explosión internacional de Parasite no fue más que la constatación de lo que mucha gente llevaba tiempo pensando: en plena era de los superhéroes y los refritos de franquicias, Corea del Sur es la nueva Hollywood.

Eso no significa que el talento cinematográfico estadounidense haya desaparecido, porque aquel país es una cantera inagotable. Sucede que el talento que busca hacer oír su propia voz ha huido a otras plataformas o tiene que abrirse camino al margen de una industria en la que imperan ejecutivos salidos de —santigüémonos— facultades de empresariales. El hecho de que siguen surgiendo talentos se nota en los géneros de terror y ciencia ficción, que atraen a autores desconocidos, quizá porque son géneros menos difíciles de distribuir. Esto se materializa en películas que para subsanar la falta de recursos recurren a la construcción de atmósferas. Estas películas chocan con una parte del público, acostumbrado que el terror y la ciencia ficción comerciales estén más basados en la acción y en los efectos especiales. Un público que espera un espectáculo más dinámico y se aburre con los ejercicios de sutileza.

Así, algunas de las películas estadounidenses más interesantes de los últimos años han fascinado a los críticos y a un sector minoritario de la audiencia, pero han aburrido a mucha otra gente. Y se obtiene una reacción polarizada: los que alaban una película con entusiasmo, y los horrorizados que no entienden el porqué de esas alabanzas. Quede usted avisada o avisado: The Vast of Night es esa clase de película. No hay término medio; a algunos les encantará, porque toca adecuadamente las teclas de la ciencia ficción clásica, y tendrá al borde del asiento a quien consiga sumergirse en su particular atmósfera. A otros, en cambio, les provocará un somnoliento fastidio. The Vast of Night fue estrenada oficialmente en el 2019, aunque hasta 2020 no llegó al streaming, donde su prestigio ha ido creciendo de boca en boca entre quienes aprecian los encantos de la ciencia ficción minimalista. Basada en el poder de la sugestión, en que el espectador sea capaz de ver con su imaginación cosas que no están en la pantalla, carece de cualquier atisbo de espectáculo palomitero. Yo soy de quienes disfrutan con este tipo de película y lo pasé como un crío viéndola (ya la he visto más de una vez), aunque entiendo que a otros no les suceda lo mismo.

Es el debut como director de Andrew Patterson, que, cual George A. Romero, se financió el mismo la película con el dinero que fue ahorrando mientras trabajaba dirigiendo anuncios para un equipo de la NBA. The Vast of Night costó setecientos mil dólares, que parece mucho dinero (y lo es) si se lo dan a usted en una mochila, pero que en términos cinematográficos equivale a una miseria. Para que se hagan una idea, cada episodio de la primera temporada de Stranger Things costó unos seis millones de dólares, casi diez veces más. Además, aunque el dinero es lo más importante, hay otros factores a considerar. Una cosa es crear una serie contando con el apoyo logístico de Netflix y sabiendo que esa plataforma la va a distribuir (21 Laps Entertainment, empresa creadora de Stranger Things, tenía una alianza con Netflix), y otra cosa es autoproducirse una película sin ese apoyo logístico y sin saber quién la va a distribuir. En 2019, Patterson presentó The Vast of Night y el largometraje fue dando tumbos de un festival a otro, suscitando elogios críticos, pero sin gozar de una distribución masiva hasta que Amazon decidió comprar los derechos. Cuando Amazon la empezó a emitir, empezó el boca a boca entre ciertos aficionados a la ciencia ficción.

Reitero que puedo entender por qué algunas (o muchas) personas pueden aburrirse con The Vast of Night, pero confieso que esta película estaba destinada a hacer diana conmigo. Siempre he sentido  atracción por la temática de los ovnis. No, no me pongan el chaleco de fuerza todavía: no creo que nos visiten seres de otros planetas, ni que las pirámides hayan sido construidas por alienígenas, ni que las líneas de Nazca sean señalizaciones para el aterrizaje de naves espaciales. Tampoco creo que se estrellase un platillo volante en Roswell, ni que se guarden cadáveres de hombrecillos grises en el Área 51. Todo eso son fantasías, por supuesto. Pero son fantasías que me entretienen muchísimo. Uno no necesita creer en una mitología para encontrarla fascinante. Es como el panteón de los dioses griegos: no creo que haya nadie en el mundo que piense que Zeus y Apolo existen, pero sí hay quienes se sienten atraídos por esa faceta de la antigua cultura griega y se saben al dedillo el panteón. Pues bien, cambien dioses por hombrecillos verdes o grises, y ahí me tienen, escuchando entrevistas con el jeta de Bob Lazar: no me creo una sola palabra de lo que cuenta, claro, pero me entretiene porque me lo tomo como una historia de ciencia ficción más (eso sí, cosas en plan Ancient Aliens son demasiado horteras incluso para mí).

La afición me viene de la infancia, esa época en la que uno no separa bien lo imaginario de lo real, cuando pensaba que algo cierto debía de haber en el asunto de los avistamientos de naves extraterrestres y aprovechaba cualquier ocasión para mirar hacia el cielo, deseando contemplar la aparición de algún artefacto venido de otro lugar de la galaxia. Con el tiempo, claro, dejé de esperar la aparición de un platillo volante, como se deja de esperar que vengan los Reyes Magos. Naves extraterrestres, o cosas sospechosas de serlo, no he visto ni una. Porque no las hay, al menos no que estén de visita en nuestro planeta. Dado que me gustaría verlas y sé que no va a ser posible, recurro a las películas. Casi cualquier largometrsje que toque la temática de las visitas, invasiones o infiltraciones extraterrestres, capta mi atención. Algunas se cuentan entre mis favoritas de cualquier género, como Encuentros en la tercera fase o La invasión de los ladrones de cuerpos.

Se podría dividir las películas sobre visitantes alienígenas en la Tierra según la manera de presentar el asunto: si predomina la acción, si predominan el suspense y una atmósfera de misterio, o si se trata de una excusa para hablar de otros temas. Este último es el caso, por ejemplo, de El hombre que cayó a la Tierra, donde un David Bowie más marciano que nunca encarnaba a un extraterrestre con problemas de identidad. La película es curiosa, pero recomiendo leer antes la novela de Walter Tevis, que es muy, muy interesante. En una línea similar está Under the Skin, con una Scarlett Johansson sorprendentemente convincente en el papel de depredadora alienígena que intenta en vano comprender las extrañas costumbres del planeta al que ha venido a cazar. Pero estas películas, aunque me gustan, son ejercicios filosóficos y estilísticos que encajan poco con la mitología ovni. Luego están los títulos donde predomina la acción, como Independence Day, cuya ventaja es que se puede ver con el cerebro apagado. El tercer tipo de película es la basada en la construcción progresiva del suspense. En los años cincuenta, cuando se empezó a tratar esta temática en el cine, tenían claro que el asombro y el pavor ante lo desconocido eran el resorte emocional fundamental. Pensemos en la llegada del platillo volante en Ultimátum a la Tierra: la maravillosa sencillez de una escena imitada mil veces, donde lo importante no es el platillo, sino la preparación de su llegada, y la reacción de la gente. Y, por supuesto, ¡el sonido!

Hay títulos muy atractivos por sus hipótesis, como Contact, aunque en esa película lo mejor está en la primera parte, cuando se construye el mencionado suspense sobre lo desconocido. Algo similar ocurre con The Arrival (me refiero a la de 1996, aunque la de Denis Villeneuve también me gusta, claro), que no es perfecta, pero que merece una revisión. Trata el tema ovni jugando con el misterio y el suspense; yo la prefiero mil veces a la tontada de Independence Day. Otras películas más afamadas son, por el contrario, frustrantes demostraciones de lo fácil que resulta arruinar la particular atmósfera que requiere este subgénero de los ovnis. Pienso, por ejemplo, en Señales de M. Night Shyamalan, que contiene varias secuencias muy efectivas sobre una insidiosa invasión alienígena. El argumento tenía muchas posibilidades: una familia de campo que se enfrenta en solitario a una invasión hostil. Pero esas posibilidades fueron meticulosamente arruinadas por las sonrojantes ínfulas religiosas del guion. Si la historia se hubiese quedado como lo que debió ser —básicamente Los pájaros en versión marciana— y Shyamalan se hubiese dejado de estomagantes metáforas bautismales, Señales podría haber ocupado una buena posición en mi lista de los mejores largometrajes sobre ovnis. Una lista en la que, por supuesto, ya existe algo cercano al ideal: Encuentros en la tercera fase, que considero el culmen de lo que se puede hacer con las apariciones alienígenas sobre la Tierra. Es prácticamente imposible hacerlo mejor que Steven Spielberg. Basta con ver la siguiente secuencia; en especial, el primer minuto y medio, una de tantas demostraciones de cómo el mejor Spielberg conduce al espectador hacia donde quiere. Y, después del clímax, la suprema habilidad para concluir la escena con el más impactante de los recursos: el silencio. Ya saben, la clase de secuencia que Roland Emmerich no sabría rodar ni después de que lo hubiesen abducido veinte veces (no caerá esa breva):

Encuentros en la tercera fase opta por un espectáculo grandioso difícil de imitar. Recuerden que fue estrenada en el mismo año de Star Wars: tanto Spielberg como George Lucas deseaban explorar los límites de los efectos especiales de su tiempo, inspirados por Stanley Kubrick y, sobre todo, por Douglas Trumbull. Se trataba de comprobar hasta qué niveles de espectacularidad podían llegar a la hora de plasmar naves espaciales en pantalla. Spielberg y Lucas lo comprobaron y, de paso, sentaron un nuevo estándar visual en la industria. Así que no pretendo que alguien intente superar o siquiera igualar a Spielberg en cuanto a la grandiosidad de las apariciones de ovnis. Pero esa faceta no es la fundamental, para mí. Lo que de verdad me gusta de Encuentros en la tercera fase no son los efectos especiales (que también), sino la atmósfera de misterio, angustia y paranoia. Lo mejor de Spielberg, que en el tuétano es un director hitchcockiano, es el manejo de la tensión psicológica. Escribió Encuentros en la tercera fase claramente influido por el cine de los cincuenta y por la mitología ovni, a la que es muy aficionado. Su gran acierto fue situar el argumento en un entorno suburbano repleto de gente insignificante, y sus naves espaciales no aparecen sobre el Capitolio, ni amenazan con secuestrar al presidente, ni se ponen a bombardear grandes capitales. Sus naves aparecen sobre una pequeña localidad pueblerina para complicarles la vida a un humilde operario eléctrico y a una madre divorciada. Encuentros en la tercera fase es, pues, mucho más que un espectáculo visual: es la crónica de unas personas normales que realizan el descubrimiento aterrador de que sobre sus cabezas hay algo, y que ese algo está produciendo un terrible efecto en sus vidas y no saben por qué. Encuentros en la tercera fase se apoya en un terror básico: el pánico ante la pérdida del control, un mecanismo al que los psicólogos atribuyen una gran cantidad de neurosis y fobias. Los dos personajes principales, interpretados por Richard Dreyfuss y Teri Garr, son dos ratitas que, aterradas, no saben que están en un laboratorio.

Esa misma atmósfera de misterio y paranoia es lo que me gusta encontrar en las películas de ovnis. Si la atmósfera está conseguida, ni siquiera necesito que aparezcan naves o los propios alienígenas. A mi modo de ver, una película de ovnis ideal debe parecerse más al suspense o al horror psicológico. El mecanismo fundamental del guion debería ser el retrato de la indefensión de quienes descubren la presencia de visitantes de otro mundo. Pero no es fácil conseguir esa atmósfera. Ha habido intentos loables que han querido apuntar en esa dirección, aunque con resultados relativamente fallidos. Por ejemplo, Fuego en el cielo, un largometraje irregular que, no obstante, contiene una gran secuencia donde se muestra lo que le sucede a un pobre tipo que es abducido por los extraterrestres. Y no, no es spoiler, pues Fuego en el cielo fue publicitada en su día como la adaptación de un libro que contaba un episodio de encuentro cercano supuestamente «real», y antes del estreno se sabía que había una abducción en el argumento. Aunque lo suyo es ver la escena en el contexto de la película, es posible que a usted no le compense tragarse las partes menos interesantes del metraje para llegar al clímax, así que aquí tiene la susodicha secuencia, que es excelente y sobresale de entre el resto del metraje. Si toda la película hubiese estado al nivel de la siguiente secuencia, hablaríamos de un clásico:

Así pues, lo importante para mí no son los alienígenas en sí, sino la anticipación de su presencia, y el efecto que esa presencia —real o imaginada— ejerce sobre los personajes humanos. Es lo mismo que me interesa de las películas sobre fantasmas: no lo que se ve, sino lo que los personajes intuyen y sienten. Por eso me gusta tanto Al final de la escalera, donde casi todo el metraje se dedica a construir una creciente tensión basada en lo invisible. En ese maravilloso largometraje, los fantasmas serían perfectamente intercambiables por alienígenas incorpóreos, porque lo que importa no es la naturaleza concreta de la amenaza, sino la manera en que esa amenaza es plasmada en pantalla. Vean Al final de la escalera; ni El sexto sentido, ni Los otros, ni otros muchos títulos, incluyendo unos cuantos del terror japonés, hubiesen existido sin ella (spoiler: no vean esta secuencia antes de ver la película completa, porque es en contexto cuando produce todo su efecto, pero no me resisto a señalar lo poco que se necesitó para crear uno de los momentos más grandiosos en la historia del cine de terror).

Pues bien, The Vast of Night es una película que, por sus escasísimos medios, no podía ofrecer un espectáculo grandilocuente, y ha optado por el suspense a fuego lento. Andrew Patterson se ha inspirado en la mitología ovni tradicional —años cincuenta, Roswell, platillos volantes—, pero esas referencias mitológicas no son mencionadas de manera explícita. De hecho, en los diálogos ni siquiera se pronuncian las palabras «alienígena» o «platillo volante». Durante el metraje no vemos casi nada más que a los protagonistas hablando o escuchando hablar a otras personas. Los protagonistas no ven, solo escuchan e imaginan; el espectador también escucha e imagina. Los diálogos imperan hasta el punto de que por momentos es como estar oyendo un programa de radio. De hecho, en el argumento juega un papel importante una emisora de radio llamada WOTW, acrónimo de War of the Worlds y obvio guiño al terror radiofónico originado por Orson Welles. Este uso de lo radiofónico podría recordar a aquella película canadiense, Pontypool, en la que el locutor de una emisora de un pequeño pueblo retransmite en directo el inicio de una epidemia zombi. Hay diferencias: Pontypool era más claustrofóbica, mientras que en The Vast of Night la cámara viaja constantemente por los exteriores. Además, Pontypool era abstracta, con muchas segundas lecturas y una metáfora sobre la manera en que el lenguaje transforma la realidad. The Vast of Night es mucho más directa y cuenta una historia sencilla y sin dobleces.

En un pueblo insignificante de New Mexico tenemos a dos jóvenes obsesionados con la radio. Uno es Everett (Jake Horowitz), que tiene un programa de música en la emisora local. La otra es la adolescente Fay (Sierra McCormick), que trabaja como operadora en la centralita telefónica, pero sueña con hacer radio también y tiene a Everett como referente. La historia sucede una noche en la que el equipo de baloncesto del instituto local juega un partido; dado que casi todo el pueblo va a ver el partido, las calles quedan desiertas. Fay se queda trabajando en la centralita telefónica, donde recibe la llamada de una mujer muy alterada que dice que «hay cosas en el cielo». Después, capta un extraño sonido en una de las líneas. Cuando le muestra el sonido a Everett, este decide emitirlo por la radio para comprobar si alguien sabe lo que es. Entonces recibe la llamada de un hombre que dice haber estado en el ejército, y que afirma reconocer ese sonido como algo que oyó durante una misión en una base secreta. Fay y Everett no saben si creérselo, pero la extraña historia del oyente excita la pasión de ambos por la investigación periodística. A partir de ahí, descubrirán que hay más personas con historias que contar. La tensión va hilándose lentamente, mientras los dos protagonistas se debaten entre la incredulidad por un lado, y la creciente sensación de pequeñez e indefensión ante la posibilidad de que el pueblo esté siendo cercado por visitantes celestes.

Los quince o veinte primeros minutos de película son los más confusos y difíciles. Apenas vemos los rostros de los personajes, ya que la cámara suele seguirlos a cierta distancia, como si alguien los estuviese espiando. Los personajes hablan mucho y muy deprisa, lo cual provoca en el espectador cierto estado de confusión. Sin embargo, cuando termina ese primer acto, nos damos cuenta —con considerable sorpresa— de que se nos ha inoculado en la cabeza toda la información que necesitábamos para afrontar el segundo acto. En el primer acto no hemos entendido bien lo que estaba pasando, pero hemos paseado por el pueblo, hemos visto que casi todo el mundo está en la cancha viendo el partido, hemos visto que en las calles no hay nadie. Y hemos conocido a los dos protagonistas, hemos entendido cuál es la relación que hay entre ellos, así como la actitud que tienen hacia la radio y la investigación. He de decir que esa primera parte de la historia es una de las presentaciones más desconcertantes que he visto en mucho tiempo porque, sobre el papel, hace cosas que no deberían hacerse en una narración pero que, increíblemente, funcionan a la perfección en el propósito de dejar todas las piezas en su sitio.

En el segundo acto, los diálogos dejan de ser aparentemente caóticos como lo eran en la presentación, y se convierten en el vehículo principal de la historia. Como decía antes, The Vast of Night combina de manera muy premeditada el cine con el programa de radio (sin olvidar guiños a la televisión de los cincuenta, en especial The Twilight Zone, serie de la que, con otro título, esta película finge ser un episodio). Incluso hay momentos en que la pantalla se torna negra para recordarnos que estamos en una historia radiofónica. Pero, insisto, esa preponderancia de lo hablado no impide que The Vast of Night sea muy visual, muy cinematográfica. Abundan los encuadres inusuales y la cámara es usada para subrayar el contexto de cada momento. Incluso hay un plano secuencia que recorre el pueblo de punta a punta y que me hizo preguntarme cómo demonios lo habían hecho, hasta que, leyendo una entrevista con el director, resultó que habían subido la cámara a un carrito de golf.

No cabe esperar grandes despliegues de efectos especiales, ni escenas de acción. Casi todo es hablado, aunque fantásticamente hablado. Los intérpretes son poco conocidos, pero hacen un trabajo fantástico y han cuidado hasta los detalles más nimios. Por ejemplo, una de las mejores escenas del film —la primera escena del segundo acto, la escena en la que arranca el misterio— nos muestra a Fay manejando la centralita telefónica. Estoy convencido de que la actriz Sierra McCormick estuvo ensayando a conciencia con ese aparato, porque desprende una sensación de completa desenvoltura. Y esto no es una tontería: verla manejarse como una verdadera operadora de los años cincuenta ayuda muchísimo no solo a construir la credibilidad de su personaje, sino a la inmersión del espectador en la historia. Lo mismo sucede con Jake Horowitz cuando su personaje maneja la vetusta máquina de grabación de la emisora de radio. Ambos actores defienden maravillosamente bien los pocos momentos en que la cámara nos muestra sus rostros de cerca para que veamos sus reacciones. No exageran, no sobreactúan, pero transmiten muchísimo. Igualmente brillantes son los secundarios. Bruce Davis pone voz al exmilitar veterano que llama por teléfono a la radio, al que nunca vemos, y consigue algo extraordinario: no necesita más que su voz para que entendamos por completo a su personaje. Gail Cronauer interpreta a una mujer que cuenta una extraña pero emotiva historia a los protagonistas, que no saben si creerla o pensar que está loca, durante un largo monólogo que acentúa la sensación de inquietante cercanía de los fenómenos que no vemos en la pantalla. Una película que depende tanto de los diálogos corre un riesgo. Con diálogos peor escritos, o con peores intérpretes, The Vast of Night nunca hubiese funcionado. Pero funciona, y muy bien.

Lo lamento por quienes no consiguen meterse en esta historia. Está claro que no es largometraje que elegir cuando uno solo quiere comer palomitas y que lo mantengan entretenido con rayos y explosiones; esto, por desgracia, repele a muchos espectadores. The Vast of Night es una pequeña historia de suspense que gira en torno a cosas que no aparecen en pantalla y requiere que el espectador imagine mucho. En ese sentido, podría recordar a Man from Earth o Coherence. Incluso a The Witch. Hay que buscar el momento propicio para verla, pero, si a usted le gustaron estas películas que acabo de mencionar, es bastante posible que esta le vaya a gustar también. Y si no le gustaron, esta tampoco le gustará. Yo, por mi parte, tengo depositadas grandes esperanzas en lo que este cineasta, Andrew Patterson, pueda hacer en el futuro.

Y ahora vienen los spoilers, no siga leyendo si no quiere que le arruine el final.

Antes decía que la progresiva construcción del suspense y la cuidadosa preparación del clímax me parecen herramientas básicas en una película sobre ovnis, porque sirven para recrear las sensaciones que, creo, tendría cualquier persona que en la vida real se encontrase, o creyese encontrarse, con estas cosas tan extrañas. Pero toda atmósfera misteriosa requiere una resolución. Y The Vast of Night se reserva un as hasta el final, hasta ese momento en que se revela que los alienígenas, en efecto, están ahí. La escena en que aparecen los platillos volantes es un clímax que realmente no me esperaba la primera vez que vi la película, en especial sabiendo que habían contado con tan bajo presupuesto. Imaginaba que el director recurriría a algún tipo de elipsis narrativa para suplir una carencia de efectos especiales. Pero no: ahí estaban las naves espaciales, en toda su spielbergiana gloria. Es increíble lo que pueden hacer los efectos especiales actuales cuando son usados de la manera correcta. Pero, lo importante, esos platillos que vemos en pantalla multiplican su impacto porque el espectador lleva muchos minutos recurriendo a su propia imaginación. De repente, la película basada en diálogos lo deja todo a la visión; el esfuerzo de la imaginación es recompensado por la aparición de los platillos, y el efecto es sobresaliente. Por cierto, aprovecho para señalar otro aspecto magnífico: la banda sonora. Sobre todo en esa escena final, donde la música es perfecta para conseguir el estado emocional que se pretende: una sensación de maravilla ante el descubrimiento repentino de que «la gente del cielo» es algo real.

Ese final es, por descontado, el único final que encaja en la historia. Todo lo anterior en el metraje era la preparación para ese momento en que entendemos que Fay y Everett han sido manipulados desde arriba, y que su destino era ser abducidos. Los extraños encuadres del principio de la película, cuando la cámara persigue a los dos protagonistas desde varios metros atrás, inciden subliminalmente sobre la idea de que están siendo vigilados. El final también explica la escena en que Fay escucha el ruido radiofónico por primera vez y, por unos momentos, se queda absorta, como hipnotizada; no nos había quedado claro si ella estaba escuchando algo más que nosotros los espectadores no podíamos escuchar. Y así era; la «gente del cielo» le estaba hablando directamente a ella, aunque ella lo asimila sin darse cuenta. En fin: que es una lástima que los platillos volantes no nos visiten, aunque tal como va 2020, ya no cabe descartar nada.

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6 Comentarios

  1. La verdad es que esos 20 primeros minutos de charleta descontrolada e intrascendente me dejaron con el morro torcido. Cierto es que luego mejora un poco pero aun así…

    La cogí con ganas, sin saber apenas nada de la historia, tan solo que tocaba una temática de la que soy fan pero a lo mejor no tenia yo el estado de ánimo adecuado.

  2. Excelente Emilio.
    Porque: “Ya han venido antes. Les gusta este lugar, siempre les ha gustado. . .”
    Muchas gracias por tu artículo.

  3. Extraordinaria película. Llegué a ella a través de este artículo. Gracias (una vez más) Emilio. Si bien los primeros minutos
    son poco convencionales, a mí la película me enganchó enseguida. Reconozco que no tuve que hacer ningún esfuerzo. La atmósfera que se crea me recordó a las mejores películas de Hitchcock. Hay que verla. Me puedo imaginar perfectamente a Spielberg viendo esta película, y pensando: “me gustaría poder decir que la hice yo”

  4. Emilio, gracias por la excelente recomendación.
    Esos veinte minutos iniciales me recordaron mucho a Aaron Sorkin y The West Wing.

    • ¿Lo dice usted por la insoportable y banal verborrea de los dos protagonistas? Aguanté hasta el minuto 17 y a pesar de las advertencias del Sr. de Gorgot, no creo en que luego la cosa mejore hasta salvar por completo la película. ¡Menuda plasta!

  5. Ahora animo al Sr. de Gorgot para que haga una crítica de “Estoy pensando en dejarlo” de Charlie Kaufman. De nada.

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