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Mare Nostrum: nudos entre la bahía de Nápoles y el Mediterráneo

Mare Nostrum nudos
Los pies de una tejedora de redes, ca. 1990.Fotografía: Xurxo Lobato / Getty.

El mar. Podría llenar un volumen simplemente con mis imágenes verbales de él.

(El mar, el mar, Iris Murdoch)

«El signo del infinito u ocho horizontal, como también esta cifra, constituyen un entrelazado, pero también un nudo, lo que muestra la relación de este símbolo con la idea de infinitud o, mejor, de manifestación de esta infinitud», explica Juan Eduardo Cirlot en la entrada «nudo» de su imprescindible Diccionario de símbolos

La atadura del nudo no elimina la libertad, porque el entramado nace y se va formando con la posibilidad de deshacerse, para volver a reconstruirse, renovado. Así, como los nudos marineros, que aseguran el barco, el ancla o la vela, y detienen momentáneamente el dinamismo de las olas para poder recuperarlo cuando las aguas o el viaje lo requieran, toda red textual está hecha para permitir accesos múltiples en cada lectura. Y relectura: en cada etapa de la navegación los nuevos nudos reescriben los anteriores.

«Mare Nostrum» llamaban los romanos al Mediterráneo. El agua se fundía con los límites de lo conocido y, por tanto, de lo nombrable: este mar es nuestro, tal vez pensarían, porque podemos determinarlo y, sin embargo, sabemos que es infinito, que somos también nosotros incontables gotas de agua salada. Por eso el mar se puede contar desde uno de sus mares. El que baña —o no— la bahía de Nápoles. Una pequeña parte de una red sin límites. Una tradición de textos entrelazados.

Nudo de ocho

Es el primer nudo que tienes que aprender cuando navegas, el más popular entre los nudos de tope y el más flexible si lo sometes a tensión; fácil de anudar y rápido de desatar, evita que los cabos se suelten de sus dispositivos de retención. Los dos bucles que conforman el ocho son nuestras Columnas de Hércules, la frontera entre el mapa y el relato mitológico, que Plinio el Viejo incluyó en la topografía que trazó en su Historia natural

Fue testigo y víctima del vómito de lava y gas del Vesubio en el año 79, que relató su sobrino, Plinio el Joven, en las cartas —dirigidas al historiador Tácito— que escribió imitando la descripción de la caída de Troya que Virgilio pone en boca de Eneas. 

Así, un bucle se entrelaza en el otro y dibuja la infinita plasticidad del nudo. Otro de los supervivientes de la guerra de Troya, después de regresar a casa, se hizo de nuevo al Mediterráneo y osó traspasar ese final del mundo: «Luego el mar se cerró sobre nosotros», dirá el Ulises dantesco. Él, que quiso llegar hasta el límite de las columnas y lo cruzó, empujado por la sed de conocimiento, vive eternamente en la octava balsa del octavo círculo del Infierno, ya convertido en lengua de fuego. El nudo une el agua y la lava, también en el reino de ultratumba.

Nudo constrictor

Es la mejor hilada para amarres improvisados, tanto si es simple, doble o con cote escurridizo, hay que cortarla cuando deja de ser necesaria. Es una boa constrictor que debes dominar para tomar aire durante la navegación, para poder escuchar y contar lo que acabas de presenciar como testigo.

Así lo hizo Matilde Serao, la primera mujer que fundó y dirigió un periódico en Italia. En El vientre de Nápoles, publicado en 1884, la cronista observa la realidad con la lupa de la precisión descriptiva, penetrando con el oído y la mirada en los espacios olvidados por la política ciudadana. Serao expone las heridas provocadas por la epidemia de cólera, las condiciones de pobreza y soledad de aquel vientre que son los barrios, destripados por la especulación urbanística. Y analiza el rol de la costa, del mar, del agua, tan presentes en los rituales que sedimentan la identidad cultural y activan el pensamiento mágico de la población. 

Aquellas mismas aguas mediterráneas se volverán invisibles cuando se vean envueltas por la niebla de la posguerra. Lo cuenta Anna Maria Ortese en El mar no baña Nápoles, el volumen de relatos y crónicas publicado en 1953: «Todo aquí olía a muerte, todo estaba profundamente corrompido y muerto, y el miedo, solo el miedo, vagaba entre la muchedumbre de Posillipo a Chiaia», de la colina a la costa.

La protagonista de «Un par de gafas», uno de los textos que componen el libro, es Eugenia, una niña miope que espera ver la realidad con todos sus matices, una vez tenga los cristales graduados. Su primer par de gafas debería revelarle la profundidad de las formas, la brillantez de los colores; y sin embargo solo le descubre la crudeza del barrio y de sus habitantes, el contraste entre el escenario imaginado y el paisaje tan negro. 

El Mediterráneo ya no es suyo (nuestro), sino ajeno, ahogado entre el golfo y el Vesubio. Encontramos un eco futuro de ese horizonte en la muerte marina que abre El amor molesto, la primera novela de Elena Ferrante: «Mi madre se ahogó la noche del 23 de mayo, día de mi cumpleaños, en el trecho de mar frente a la localidad que llaman Spaccavento». Quien narra es Delia, la protagonista, que desde Roma vuelve a Nápoles para reconstruir los últimos días de su madre, Amalia. La navegación se traduce en la revelación de fragmentos de su autobiografía, en un juego de espejos entre ella misma y la madre ausente. El mar acompaña los pasos de Delia y se encarna en los trazos de su padre, que intenta pintar la bahía: «El mar no puede ser azul si el cielo es rojo fuego», le dice ella.

Y sin embargo azul y rojo son los colores de esta boa constrictor que, por su belleza y su dolor, quita el aliento.

Nudo as de guía

Es un nudo fijo que cumple múltiples funciones y los pasos para anudarlo se traducen en una historia breve, que verbaliza la secuencia de gestos y la convierte en narración: junto a un árbol, había un lago (¿ves el lazo simple con los dos cabos en vertical?), de pronto una serpiente (el chicote) salió del lago, rodeó el árbol y volvió a sumergirse en el lago. Porque navegación y relato van de la mano, ambos desplazan la doble posición de quien narra y de quien escucha, de quien guía y de quien observa.

En la Via Mezzocannone hay una placa y una escultura que retrata a Colapesce, el personaje creado por Raffaele La Capria. La fábula del niño convertido en pez —que el escritor napolitano reescribe en diálogo con Benedetto Croce, Italo Calvino y Leonardo Sciascia— congrega el viaje y el relato de viaje. Colapesce, bajo petición del rey de Messina, explora las profundidades marinas y, cuando vuelve a la superficie, cuenta lo que vio y lo interpreta con la magia de su mirada. Finalmente, decide escenificar su propia muerte para quedarse bajo el mar, lejos de las ciudades de reyes y súbditos.

La edificación metafórica de un reino propio también orienta la mirada de Arturo, el protagonista de la segunda novela de Elsa Morante, La isla de Arturo. Procida, el escenario narrativo, se convierte en el espacio amniótico que define la realidad del protagonista: Arturo, huérfano de madre, decide finalmente atravesar el mar —Mediterráneo y maternal— y cruzar el umbral de la edad adulta, cuando acepta que «cada perla del mar imita a la primera perla, y cada rosa de la tierra imita a la primera rosa», que su isla es todas las islas. Por eso sale a buscarlas, con los ojos cerrados.

En otra isla, la de Capri, diseña su residencia el polifacético Curzio Malaparte. Entallada en el acantilado que acecha el golfo, la Casa Malaparte encarna la visión de su dueño, la presencia de la tierra en el agua y la invasión del azul en el rojo de las paredes. En La piel, la sarcástica novela sobre la posguerra que Malaparte escribió después de Kaputt, la amenaza del fuego y de la sangre se amplifica por la hambruna y el tifus que devastan al pueblo vencido y aparentemente liberado. La vergüenza es la serpiente que se sumerge en el lago y lo envenena, hundiendo la ilusión de libertad. Ya podemos despertarnos, como Arturo, y ver que «el mar se extendía sin límites, como un océano. Ya no había isla.»

Nudo de pescador

Es uno de los más fiables para unir dos cabos o sedales, es simétrico y flexible, se puede convertir en doble o triple y modificar así su forma, como harías con un verso para desatar la tormenta o restaurar la calma en un poema. 

Lo sabía bien Giacomo Leopardi, que plasmó la percepción de la inmensidad en los versos de «El infinito». Suspendido entre memoria y sentidos, el poeta observa el horizonte incompleto, en el silencio refleja su propia voz que susurra lo inefable y experimenta la pérdida que es encuentro. El mar que Leopardi plasma es a la vez real y simbólico, nombra la infinitud acuática y representa la fluidez de la vida, en el ciclo constante de renovación y muerte, por eso el poeta cierra el canto con este verso: «Y naufrago dulcemente en este mar». En este mar, Mediterráneo y nuestro, que es también inefable. Ya en los poemas homéricos encontramos términos distintos para nombrarlo: es hals (sal) cuando indica las olas que se funden con la orilla; es thálassa, para distinguirlo de los otros tipos de aguas; es pónton cuando es oceánico. Pues el mar es cambiante y cambiantes son las imágenes verbales que lo reflejan.

Una de ellas se encarna en los versos de Eduardo De Filippo. «Poesia! Poesia!», solía aclamar el público para que Eduardo De Filippo, al acabar la función, recitara uno de sus poemas (qué bella es la identificación de poema y poesía en italiano). Y el dramaturgo napolitano anudaba su voz y homenajeaba a los presentes con los versos que dialogaban con la obra o con el ritual y el espacio del teatro o con la historia estrictamente contemporánea. Alternaba poemas inéditos con versos que el público ya conocía, compuestos siempre en dialecto napolitano, prolongando la comunión teatral en las calles y las casas. «O mar, ‘O mar» (El mar, El mar), le pedían los espectadores, canta tu mar, Eduardo. Aquí lo tienes, anudado en esta lengua que también es nuestra:

El mar es mar

y no sabe que te da miedo.

Cuando lo escucho…

sobre todo por la noche

mientras golpea el acantilado

y saca las manos…

millares de manos

y brazos

y piernas

y hombros…

rabioso como es él

no le importa

si arranca las rocas

y veo que se retrae

y se abofetea

y obstinado,

susceptible,

pertinaz,

vuelve a salirse

y se ayuda con la cabeza

los hombros

los brazos

los pies

las rodillas

y ríe

y llora

porque quisiera espacio para desahogarse…

Yo, cuando lo escucho,

sobre todo por la noche,

como estaba contando,

no digo:

«El mar da miedo»,

sino me digo:

«El mar está haciendo el mar».

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