
El mar. Podría llenar un volumen simplemente con mis imágenes verbales de él.
(El mar, el mar, Iris Murdoch)
«El signo del infinito u ocho horizontal, como también esta cifra, constituyen un entrelazado, pero también un nudo, lo que muestra la relación de este símbolo con la idea de infinitud o, mejor, de manifestación de esta infinitud», explica Juan Eduardo Cirlot en la entrada «nudo» de su imprescindible Diccionario de símbolos.
La atadura del nudo no elimina la libertad, porque el entramado nace y se va formando con la posibilidad de deshacerse, para volver a reconstruirse, renovado. Así, como los nudos marineros, que aseguran el barco, el ancla o la vela, y detienen momentáneamente el dinamismo de las olas para poder recuperarlo cuando las aguas o el viaje lo requieran, toda red textual está hecha para permitir accesos múltiples en cada lectura. Y relectura: en cada etapa de la navegación los nuevos nudos reescriben los anteriores.
«Mare Nostrum» llamaban los romanos al Mediterráneo. El agua se fundía con los límites de lo conocido y, por tanto, de lo nombrable: este mar es nuestro, tal vez pensarían, porque podemos determinarlo y, sin embargo, sabemos que es infinito, que somos también nosotros incontables gotas de agua salada. Por eso el mar se puede contar desde uno de sus mares. El que baña —o no— la bahía de Nápoles. Una pequeña parte de una red sin límites. Una tradición de textos entrelazados.
Nudo de ocho
Es el primer nudo que tienes que aprender cuando navegas, el más popular entre los nudos de tope y el más flexible si lo sometes a tensión; fácil de anudar y rápido de desatar, evita que los cabos se suelten de sus dispositivos de retención. Los dos bucles que conforman el ocho son nuestras Columnas de Hércules, la frontera entre el mapa y el relato mitológico, que Plinio el Viejo incluyó en la topografía que trazó en su Historia natural.
Fue testigo y víctima del vómito de lava y gas del Vesubio en el año 79, que relató su sobrino, Plinio el Joven, en las cartas —dirigidas al historiador Tácito— que escribió imitando la descripción de la caída de Troya que Virgilio pone en boca de Eneas.
Así, un bucle se entrelaza en el otro y dibuja la infinita plasticidad del nudo. Otro de los supervivientes de la guerra de Troya, después de regresar a casa, se hizo de nuevo al Mediterráneo y osó traspasar ese final del mundo: «Luego el mar se cerró sobre nosotros», dirá el Ulises dantesco. Él, que quiso llegar hasta el límite de las columnas y lo cruzó, empujado por la sed de conocimiento, vive eternamente en la octava balsa del octavo círculo del Infierno, ya convertido en lengua de fuego. El nudo une el agua y la lava, también en el reino de ultratumba.
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