
¡Oh forasteros! ¿Quiénes sois y de dónde llegasteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o navegáis como piratas?
(Odisea, Homero).
Si la historia de la humanidad siempre la han contado los mismos, en el territorio del mar y los piratas ha sido ya un desiderátum, sin posibilidad de cambiar hasta hace muy poco tiempo. Porque desde tiempos inmemoriales el binomio ha sido el mismo e incontrovertible: el mar es femenino, como un líquido amniótico donde viajan únicamente los hombres. Ellos se guían por la luna y las mareas, y casi siempre les ponían nombres femeninos a sus navíos y solían llevar una figura femenina en la proa. Es su territorio de caza, y para los piratas además tenía otro significado: era su territorio de independencia, el espacio de libertad donde se sentían sueltos de la sociedad, de la ley, de la consciencia. La mar, y no el mar, es ese sitio donde el pirata hacía su santa voluntad, más las islas y cuevas donde atracaban, esos sitios sin ley, ni orden, ni nada, donde la gente se arrastraba por el suelo con una jarra de ron en una mano y con la otra sacudía a otro; en fin, la idea que Hollywood ha metido en nuestro subconsciente. Total, que introducir en este binomio a las mujeres (piratas + mar) como una más de las ejecutoras del pillaje y el libertinaje resultaba ya no imposible, si no impensable. Además, entre los hombres se considera de mal fario llevar una mujer en un navío.
Pues lo cierto es que, a pesar de la contumacia con que la historia silenció a las piratas femeninas, haberlas, haylas, y desde el principio. Y cuando digo el principio, me refiero a las sociedades previas a Jesucristo, a las que florecieron en el mar Mediterráneo cinco siglos antes. El trazado de las islas griegas, su pequeño tamaño, provocaba que los grandes navíos tuviesen problemas para transitar, y esto facilitó el surgimiento de una flota de piratas con barcos más pequeños para saquearlos. La idea que tenemos de los piratas es un poco distinta de la que fue en realidad.
También son de esta época los piratas al servicio de un rey para levantar las riquezas del vecino, incluso los mismos reyes convertidos en piratas. La reina Artemisa I de Halicarnaso es una de las primeras de las que se tienen registros históricos, en las Historias que dedicó Heródoto a su tiempo. Enviudó pronto y quedó regente de su hijo. Fue entonces cuando se puso al frente de varios barcos y se hizo a la mar para piratear en favor de su pueblo, y después para apoyar a Jerjes en la segunda guerra médica contra los griegos. Fue sabia en sus consejos hacia el general persa, pero este los pasó por alto, y cayeron en la trampa que les había preparado Temístocles, perdiendo aquella batalla, la de Salamina.
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