Entrevistas Música

Zahara: «La música es una carrera de fondo. No tiene nada que ver con llenar estadios»

Zahara

Desde pequeña, María Zahara Gordillo Campos (Úbeda, 1983) compone y canta. Tras acabar la carrera de Magisterio, y a pesar de que podía compaginar ser profesora con iniciar su carrera musical, decidió apostarlo todo por salir de su pueblo para darse a conocer como cantante. Su carrera arranca con una gran carga emocional a sus espaldas conformada por el bullying y el maltrato. Tras un largo camino de sanación, termina con la publicación de su disco más personal, desnudo y valiente.

Zahara nos ha invitado a su casa en Madrid, donde repasamos su trayectoria personal y profesional, desde sus inicios, ganando premios a los dieciséis años, hasta su participación como profesora en Operación Triunfo. Por el camino, lleno de obstáculos, la autoedición, su paso por discográficas multinacionales y la creación de su propio sello. También hemos conversado con ella sobre conciliación familiar, la salud mental y cómo una palabra, Puta, con tan solo cuatro letras, es capaz de hundirte o empoderarte.

Vamos a despejar el misterio: ¿eres o no sobrina de Sabina? 

Yo no sé si cuenta siquiera como familia, porque él es primo segundo de mi padre. Es verdad que Sabina siempre se ha llevado muy bien con mi tío, el hermano mi padre. Cuando venía por Úbeda se veían y tenían más relación de primos. Conmigo no ha hecho nunca de tío, en el sentido de prepararme unas lentejas o enviarme unos táperes, como mi tía Loli. 

¿Te ha «apadrinado»?

No, y estoy convencida de que eso ha sido positivo para los dos. Cuando empecé a hacer canciones, a mí no me interesaba que se me relacionara con él. Me parecía que, si quería tener una carrera como cantautora, ¿de qué me servía que llegara una persona como Sabina a decir: «Es mi sobrina, escuchadla»? Quería hacerme valer por mí misma. Siempre tuve claro que, a pesar de admirarlo muchísimo, de que me encantara ir a sus conciertos, de haberlo conocido y haber estado en su casa, no me interesaba ese apadrinamiento. Es verdad que hubo un concierto en Úbeda, cuando yo tendría catorce o quince años, en el que me invitó a cantar una canción. Esa ha sido la vez que más cerca ha estado de apadrinarme. Al margen de eso, nunca ha hablado de mí. De hecho, ya con el paso de los años, siempre me lo decía, con su gracia y su voz ronquísima [imita su voz]: «¡Qué cabrona, sobrina! ¡Sabías que tenías la puerta abierta, pero nunca has llamado!» [risas]. Luego, con los años, hemos llegado a tener más relación. Por ejemplo, cada vez que saco nuevo disco, se lo envío.

¿Y te da el feedback del disco?

No. Le canté una vez en su casa porque Pancho Varona me invitó. Organizó un encuentro de los tres que fue muy bonito. Estuvimos comiendo, y luego en su casa le canté «A la orilla de la chimenea», que por entonces yo versionaba, y le gustó mucho. Él me ha tratado muy bien, pero siempre ha sido en la sombra. La primera vez que vine a tocar a Madrid, en el Libertad 8, antes de salir al escenario, entré al minicamerino que tenía y me encontré con un ramo de veinticuatro rosas con un mensaje muy bonito y muy inspirador firmado por Joaquín y Jimena. Y yo pensando: «¿Y estos quiénes son?» [risas]. Nadie me había avisado de eso.

Desde muy pequeña te sentiste atraída por la música. Compusiste tu primera canción, «Una palabra», con doce años. Con dieciséis ganaste el Certamen Andaluz de Canción de Autor, que ya te proporciona tu primera «experiencia profesional». ¿Cómo lo recuerdas?

Para mí la música siempre ha sido un refugio. Es decir, cuando hacía canciones no sabía por qué las hacía, solo sabía que me sentía bien haciéndolas. Y que, al igual que me costaba ser yo misma en cualquier faceta de mi vida, cuando estaba sola en mi cuarto, cogía la guitarra española y me ponía a escribir y a tocar, ahí todo estaba bien. Siempre ha existido esta conexión con la música como refugio y salvación. 

¿Llegaste a pensar alguna vez que llegarías hasta este momento?

No. En ese sentido Sabina ha sido un referente. Una de las cosas que aprendí de su carrera de manera indirecta era que, si quería dedicarme a la música, o aspiraba a ello, tenía que saber que la música era una carrera de fondo, no tenía nada que ver con llenar estadios. Cuando yo veía a Sabina, no veía una plaza de toros llena, sino una carrera de muchos años, de muchos discos, y eso sí que me inspiraba, eso sí lo quería para mí. Mi sueño era hacer música. Nunca imaginé el fandom, ni el éxito o el dinero. Cuando gané el certamen tenía dieciséis años, fue muy bonito y a la vez aprendí mucho. 

He estado viendo fotos y vídeos tuyos con la guitarra y eras un poco «Flanders», nada que ver con la mujer empoderada que ahora mismo eres.

Era una niña refugiada detrás de su guitarra. Cuando gané, por un lado, me di cuenta de que eso no servía para nada. Fue uno de los grandes aprendizajes; mi vida siguió igual. Tenía que volver al instituto y allí a nadie le importaba que hubiese ganado. En todo caso, habría sido un motivo más para señalarme y reírse de mí: todo lo contrario a lo que pasa ahora, que sí existe cierta admiración por la gente que canta y compone. En mi generación no ocurría eso. Por otro lado, también aprendí otra cosa gracias a algo que me dijo un amigo de mis padres. Estábamos subiendo en el ascensor a mi casa y le dije que tenía mucho miedo de no ganar por si les decepcionaba, y él me miró y me dijo: «¿Decepcionar a quién?». Y yo pensé: «También es verdad, a quién coño le importa». Entendí que, si hacía todo eso, era para mí, y que los demás iban a estar igual de bien si yo ganaba o no, me iban a querer igual. Haber aprendido eso con dieciséis años me quitó muchas gilipolleces de encima.

Estudiaste Magisterio, especialidad Educación Musical. ¿Qué tal la experiencia con los niños? ¿No te picó nunca prepararte las oposiciones como tus padres?

Sí y no. Empecé muy desanimada porque me pilló en una etapa vital muy complicada, en medio de una relación con un maltratador. Tenía diecinueve o veinte años y no estaba bien. Entonces entré en un colegio de Úbeda a hacer las prácticas y me ofrecieron quedarme de maestra de música allí. En ese momento yo ya había desarrollado el amor a la educación y al contacto con los niños. Por una parte, me apetecía, y además mi padre me decía que podría compaginarlo perfectamente con los conciertos, pero ahí me di cuenta de que eso no era posible. Yo soy una persona —y siempre lo he sido— que me vuelco al 100 por ciento en todo lo que hago. Si iba a ser maestra, iba a querer ser la mejor maestra. Me iba a pasar los fines de semana inventándome juegos, actividades, canciones…, lo que iba a hacer que no tuviese energía para irme de bolo. Y si me iba de bolo, sabía que acabaría frustrada porque llegaría reventada el domingo por la tarde y no tendría ganas de prepararme la clase. Sin haber empezado a hacerlo, ya veía que no iba a funcionar. Luego también me imaginé mi vida viviendo en Úbeda como maestra: casándome con el profesor de educación física —que era el único joven—, teniendo dieciocho hijos… Veía mi futuro encerrada para siempre en esa ciudad, que para mí era ya de por sí un redil. Entonces dije: no. Aun así, tengo todavía dentro una cosa… que no se va.

Nunca estamos contentos con lo que tenemos al cien por ciento.

No, no, pero yo sí estoy contenta. No va por ahí. No me arrepiento, ni se me queda ninguna espina por no haber sido maestra, al contrario. Siento que mi profesión ya tiene eso. Cada vez que me subo a un escenario, para mí, mi público es una clase de niños de seis años.

Gracias, por la parte que me toca.

[Risas] Piénsalo. Cuando eres maestra —o por lo menos yo lo veía así— cada veinte minutos como máximo tienes que cambiar el mood de la clase. Si estaba en una actividad baja, tenía que venirme arriba y viceversa. No podía perder la atención de nadie, tenía que observar desde el último de la fila hasta el primero y, en realidad, un bolo es lo mismo. Todos son importantes y tengo que intentar no perder a ninguno. Haya treinta o tres mil. No me importa eso. Luego todo el show se mueve en bloques de veinte minutos, que van subiendo y bajando. Y esto, siempre lo pienso, lo tengo completamente integrado de cuando era maestra. No se me va. Por eso no lo echo de menos.

Zahara

Hablando de niños, cuando te quedaste embarazada hiciste un «Beyoncé» en las redes sociales y comentaste tu experiencia sobre la maternidad. ¿Te dieron fuerte y flojo en las redes?

No lo sé. Seguramente me dieron bastante fuerte, pero no me enteré. Y esto es algo que he ido aprendiendo de las redes, porque empecé muy pronto en ellas (fui pionera en MySpace, llegué a tener un millón de amigos). Una de las cosas que descubrí es que no hay que tomarse las reacciones digitales o virtuales como uno hace con las relaciones presenciales. Entendí que puede haber cinco mil personas que estén hablando de mí en Twitter y que eso da igual. Aunque estén hablando bien. Tampoco tiene ninguna importancia: es algo que se amplifica porque la red social lo permite. Pero no es real. No es más real que cuando alguien está en un bar y le comenta a un amigo: «Tío, ¿has visto a Zahara que dice que no sé qué?», y pasan a otra conversación. Yo no soy relevante en la vida de esas personas que están hablando de mí. Hablan de mí porque lo que importa es la anécdota de lo que estoy contando, que los lleva a una reflexión para expresar sus propias opiniones sobre las cosas. Entonces a mí me da igual. Sé que no va conmigo, ya va con ellos o con ellas. Luego aprendí también a no estar ahí. Es decir, no voy a estar mirando todo el día las redes, como tampoco voy a meterme en el bar a poner la oreja y a ver quién habla mí. Eso es rarísimo, pero lo hacemos.

Si tienes la capacidad de saber que, cuando tú apagas el ordenador, se queda ahí…

Yo he ido aprendiendo. No siempre no me afecta. Hay veces que digo alguna cosa que se saca de contexto y de repente se amplifica y la gente le da vueltas. Pero intento siempre traerlo de vuelta al plano real. Con la maternidad me pasó un poco. Sin embargo, la mayoría de lo que recibí era agradecimiento.

Pero ¿tú crees que hay un manto de hipocresía en cuanto a la maternidad? En el sentido de que solamente potenciamos lo bueno, pero que, cuando una mujer como tú cuenta en redes que le han salido grietas en los pezones, que tiene estreñimiento, que le ha cambiado el cuerpo, que tiene mal humor… ya se la tacha de mala madre.

Sí, hay un ataque continuo. Yo creo que hay mucho estigma con todo lo que tiene que ver con ser madre. Parece que el hecho de serlo te hace ser buena persona, buena educadora… Como si por tener un niño tú ya supieras todo sobre la vida. O sea, sigues siendo la misma persona desastre de antes, solo que ahora tienes una personita a tu cargo, lo que te hace pensar: ¿dónde está el botón de emergencia? [risas]. Pero creo que mi experiencia fue positiva. Si hubo cosas negativas, a mí no me llegaron, porque lo que yo recibía eran comentarios maravillosos de «gracias, Zahara». Mujeres que me decían: «Estoy dándole el pecho a mi hijo, que tiene la misma edad que el tuyo, y ahora me siento un poco menos mal». Porque, como si no tuviéramos suficiente con el cacao físico, hormonal y mental que nos sacude en esa etapa, estar encima echándonos mierda porque no somos las madres que socialmente se nos ha vendido que tenemos que ser. Y ahora creo que hay un estigma todavía mayor, hablo sobre todo de mi generación, porque no sé cómo serán las nuevas, ya que no sé si esto ha cambiado con las chicas que ahora tengan dieciocho o veinte años. El otro día hablaba también con una amiga que se dedica a la música, que tiene cuarenta años y no es madre, y me decía: «Yo nunca he querido ser madre, pero creo que no quiero porque la presión social que he tenido para serlo es tan grande que me está generando una duda que yo no tengo». Y, claro, aunque yo tampoco había querido ser madre, porque ya me sentía realizada con mi trabajo, sí es verdad que hay algo que está en el ambiente, en la presión, en el colegio, en las series, que está en las plataformas de consumo de ficción… Algo que nos lleva a ver el patrón en el que la sociedad quiere encajarnos.

¿Y pudiste conciliar tu carrera con tu hijo?

Gracias a que tuve dinero. Única y exclusivamente. Ya te digo yo que no fue por las ayudas del Estado. ¡Eso es una mierda! Se nos dice: «Qué poca natalidad tenemos en el país, necesitamos que haya más jóvenes, que se tengan más hijos». Vale, pero es que yo no habría podido trabajar si no hubiese ahorrado previamente para tener un hijo. Porque, si no, la responsabilidad cae sobre los abuelos, si es que los tienes y si es que pueden, o sobre la madre que renuncia a su carrera, a su desarrollo o a lo que sea. Yo tuve, por un lado —entonces, ahora estoy divorciada— a mi pareja, lo que fue maravilloso porque nunca me hizo sentir mala madre, ni me reprochó que me fuese tres días fuera a tocar y que le dejara con el niño. Él estaba encantado porque es su hijo. Eso también ayudó, en mi caso, porque si hubiese tenido una pareja que me hubiese estado diciendo: «Uy, pero ¿qué va a hacer el niño sin ti?», quizá me hubiera tenido que replantear algunas cosas. De hecho, yo me tuve que ir a grabar mi disco, nueve días, cuando mi hijo tenía nueve meses, y él me dijo: «Vete, ya nos organizaremos, es tu carrera». Luego también ahorré como una rata porque yo no tengo a mis padres aquí. Sabía que podía contar con mi suegra, pero ella está sola, ya tiene otro nieto. Y, aparte, creo que los abuelos tienen que ser abuelos, no padres. Yo veo en mis padres, como abuelos, algo que no tenían conmigo como padres, pero que es maravilloso que no lo tengan porque a mi hijo ya lo educo yo. 

El rol es completamente diferente.

El rol es otro, pero es maravilloso, porque a mi hijo es lo que lo nutre y enriquece. Si tú a un abuelo le privas de ser abuelo porque te está educando al hijo, estás creándole un sufrimiento a un abuelo o abuela y a ese niño, que no está viviendo lo que es tener unos abuelos. 

Siempre se ha dicho que un padre cría y un abuelo malcría.

Claro, pero es que tiene sentido. Yo no puedo criticar eso. Yo veo que mis padres le consienten de una manera preciosa que es positiva también para mi hijo. Sería negativa si estuviera siempre ahí, si mis padres estuvieran de ocho de la mañana a tres de la tarde malcriando, consintiendo o cediendo en exceso a ese capricho o a ese chantaje infantil, si es que se le puede llamar así. 

Uno de los muchos sacrificios que haces cuando te quedas embarazada es dejar de salir a correr, porque tú tenías un blog de running. ¿Cómo llevas las agujetas?

Pues he tenido que volver a hacer deporte para la gira. Porque ahora pego unos botes enormes y estoy bailando…

Me lo creo, porque el trote que llevas… Si no haces fondo, vomitas.

Ya te digo yo que vomito y no llego [risas]. Dos meses antes de empezar la gira, cuando estaba en la nada, empecé a caminar seis o siete kilómetros todos los días, al ritmo de Rajoy [risas]. Pero, aunque estoy fatal, porque me lo noto, el otro día vi un vídeo del último bolo en el que en «Berlin U5», que es la canción final en la que llevo bailarinas porque yo solo de cantarla ya me ahogo, estaba bailando y saltando. Entonces le dije a mi banda: «¡Mirad que estoy saltando! ¡Ya me puedo mover! Cuidado que acabo la gira haciendo acrobacias».

Volviendo al tema de la universidad, conociste a Aure Ortega y empezaste a coquetear con el jazz, presentándote a varios concursos. ¿Cuándo te diste cuenta de que podrías vivir de la música?

Pues yo creo que fue por ahí. Cuando terminé la carrera pasó algo muy bonito que fue ese puesto de trabajo que me ofrecieron en el colegio como maestra de música. Entonces me hice todas esas preguntas, visualicé mi futuro con el maestro de educación física [risas], y fue ahí cuando acordé con mis padres que intentaría dedicarme a la música un año. 

Anni B Sweet nos contó, cuando la entrevistamos en Jot Down, que empezó Arquitectura y a los tres años decidió dejarlo. Habló con sus padres y dijo: «Voy a probar un año y, si no, retomo la carrera». Y no volvió.

Eso es maravilloso, porque es verdad que es un mundo tan complejo, tan inestable, tan volátil, tan inseguro a todos los niveles que, o tienes este soporte afectivo y económico, o no hay manera. Yo empecé a buscarme los bolos mientras mis padres me pagaban lo que costaba el piso, que eso era mi nómina, y a partir de ahí no tenía ningún beneficio. Es decir, si quería comprarme la comida, tenía que dar un bolo. Si quería hacer un viaje, salir o comprarme un pantalón, tenía que tocar. Entonces era muy guay, porque por una parte tenía una estabilidad y una tranquilidad de saber que no me iba a quedar en la calle, pero si quería vivir…

Si no querías comer macarrones un mes…

Si quieres dejar de comer macarrones a lo mejor tienes que buscarte algo [risas].

Zahara

En 2005 autoeditas Día 913. ¿Cómo fue la experiencia? ¿Tenías alguna idea o fue ensayo y error?

No. Había ganado un certamen que me daba dinero para grabar dos canciones. Con el dinero que gané, cogí los tres o cuatro días de estudio que tenía, me metí a fondo y con eso grabé casi el disco entero. Lo hice un poco porque entonces yo ya giraba, vivía en Granada y conocía al círculo de cantautores que tocaban allí, como Fede Comín, Fran Fernández o Patricia Lázaro. Me sorprendió que Fede Comín, después de los bolos, vendía sus discos. Y él no tenía discográfica. Entonces pensé: «Ah, pero que esto se puede hacer así, que no necesitas a nadie» [risas]. Veía que él con vender unos cincuenta discos a diez euros se sacaba más dinero que del concierto, porque por el bolo nos pagaban una mierda. Entonces decidí hacerlo yo también. Saqué una tirada de quinientos discos que vendí en un mes o menos. Se vendieron superpronto porque nada más que con los amigos de mis padres y los pocos fanes que iba teniendo podía acabar con la tirada. Eso fue maravilloso porque me di cuenta de que era la dueña de todo. También me hacía mis carteles, los iba pegando por las salas… Recuerdo tocar en Granada y estar pegando los carteles en la Sugar Pop y que me dijeran: «Ay, qué guay, me encanta Zahara, ¿me regalas un cartel?». Y yo: «Sí, claro», mientras pensaba: «Por favor, que no vean que soy yo» [risas].

El Fary llevaba a un amigo o a un familiar porque decía que cómo iba el artista a pegar los carteles.

Bueno, pues yo me los pegaba. Me acuerdo de estar por El Realejo pegando carteles. No olvidaré ese cartel en concreto, que era precioso y lo diseñó un amigo mío que tocaba en un grupo de reggae.

En 2006 formas Zahara Eléctrica junto a Alfonso Alcalá, Pablo García y Javier Serrano como teclista. Grabáis cuatro temas, lo petáis en MySpace y por ahí os ganáis a parte del público, llegando a superar las ventas por correo.

Sí, fue muy bestia. Yo venía de ser cantautora, entonces lo era porque no tenía otra cosa. Hacía canciones con mi guitarra y las cantaba, por eso era cantautora. Pero la música que escuchaba eran los Smashing Pumpkins, A Perfect Circle, que era un grupo de metal, había descubierto bandas nacionales como Maga… Es decir, yo tenía un espíritu pop que no podía materializar porque no tenía los medios. Entonces, cuando conozco a Alfonso Alcalá, que es bajista, empezamos a tocar juntos y yo me paso de la acústica a la eléctrica, y me compré una Fender Telecaster. Primero nos montamos un «power trío»: éramos solo Pablo, Alfonso y yo, Javi llegó más tarde. Fue la incorporación de «nos hemos hecho mayores». Era increíble porque por fin tenía un sonido que se asemejaba mucho más a lo que escuchaba.

En 2009, das el gran salto a Universal. La fabulosa historia de la chica que perdió el avión y que estuvo esperando toda la noche después de despedirse del amor de su vida en una cena sin postre lo conoció en Roma y aunque aprendieron a flotar y a hacer infinitos los domingos… creían haberse perdido para siempre pero mientras despegaban los aviones él le preguntó: ¿te llevo? ¿Qué te dijeron en Universal cuando les dijiste el título?

«Qué guay, qué bonito, Zahara, pero en el registro vamos a poner solo: La fabulosa historia de…, que si no es muy largo». No entró en el Guinness de los récords por eso. Porque no lo registraron. Era un nombre fake.

Creo que incluso podría ser peligroso para la salud, porque alguno se podría asfixiar leyéndolo. 

¡Que practique! [risas]. ¿O no hago yo deporte para no ahogarme en los bolos?

Lo hiciste con Carlos Jean y Ricky Falkner. 

Sí. Cada uno hizo unas canciones del disco.

Eran dos maestros de ceremonias. 

Uno impuesto y otro elegido. Yo elegí a Ricky y al principio no me dejaron. Pero me empeñé tanto que, para que me callara, al final me dejaron trabajar con él. Pero el productor del disco era Carlos Jean. Y mi problema con Carlos Jean no era con él, porque tuvimos una relación maravillosa y creo que hizo un gran trabajo. Mi problema fue que ese disco que el produjo en casa luego no lo tocó mi banda. Yo tenía una banda estupenda en Barcelona, que ya no era la de Zahara Eléctrica, sino que tocaba con Xavi Molero, que es el batería de Iván Ferrero, Dani Ferrer, teclista de Love of Lesbian, estaba Alfonso Alcalá, que ahora está con Loquillo… Estaba rodeada de tanto talento que esas ideas que tuvo Carlos Jean tenían que haberlas grabado mi banda. Eso me frustraba mucho porque tengo toda la parte de Ricky que suena que es un gusto, y luego toda la parte de Carlos que se me queda pequeña, como demos, porque no terminé de hacerlo. Esa fue una de las muchísimas frustraciones que tuve con Universal. 

«Merezco»: cómo una pérdida de avión se convierte en el tema de la Vuelta Ciclista y te conviertes en mainstream.

Sí, bueno. Lo intentaron, pero no lo fui. No lo fui porque nunca vendí. Mainstream es si vendes y si lo petas, pero yo nunca vendí, ni lo peté. Llámalo espejismo mainstream o intento fallido. No se consiguieron esos propósitos porque era todo irreal y falso. No había nada de lo que estaban intentando vender. Lo intentaron y es verdad que se quedó la estética mainstream y a mí también se me quedó ese tufillo mainstream.

Se te dio el premio a la mejor autora revelación de los Premios de la Música y a la mejor canción de autor en los Premios Guille por «Merezco».

Sí, gané cosas. Pero, como ya aprendí con dieciséis años, no sirve para nada [risas]. O sea, es un reconocimiento bonito, a mí me sigue haciendo ilusión. El otro día me dieron el Premio global de la Música Aragonesa y lo tengo ahí en la entrada. Es precioso y lo agradezco, pero no sirve para nada. Emocionalmente es bonito que alguien te dé una palmada en la espalda y también ayuda en según qué momentos.

A todo el mundo le gusta que le reconozcan su trabajo.

Claro. Lo que pasa es que yo, sinceramente, con esos dos premios no sentí que me estuviesen reconociendo nada. «Merezco» es una canción con estrofa estribillo que compongo para que Universal se calle y me deje en paz, porque me decían que hacía canciones muy complejas. 

Eso le pasó a Iván Ferreiro con «Años 80».

Bueno, claro. Y luego «Merezco» es una canción que… no sé.

A mí me gusta mucho. De hecho, creo que podría ser con la que te conocí.

Sí. No es que no me guste. Es que todo lo que me recuerda esa canción… Recibir un premio por ella no significó nada. Fue una canción que no me costó absolutamente nada hacer y que encima hice cabreada, para quitármela de encima. Entonces, que me diesen un reconocimiento por esa canción, teniendo otras mejores —«Funeral», «Olor a mandarinas», «En la habitación», «Con las ganas»— me parecía desproporcionado. Que ahora Aragón me dé el Premio Global me parece un reconocimiento mucho más bonito, porque soy la única artista de fuera de Aragón a la que le dan un premio. Eso significa que les interesa mi música y que les intereso yo como artista. 

Desde fuera parecía que todo iba guay, e hiciste como dicen en términos taurinos: «una espantá torera».

Sí [risas]. 

Volviendo a la autogestión: ¿lo tuviste claro, o te costó unas cuantas noches sin dormir?

Qué va. Lo tenía claro antes de firmar. Yo tenía claro que no iba a salir bien, pero me pilló siendo joven, sin mánager, vulnerable. Además, había tenido una lesión en las cuerdas vocales y llevaba prácticamente tres meses sin poder hablar. Tenía mucho miedo a haberme quedado sin voz…, pensaba que no iba poder volver a cantar. Entonces recupero la voz y, aunque yo sabía que eso no estaba bien, aparecieron y me convencieron. Me dijeron que se iba a hacer lo que yo quisiera, que era mi disco. 

Publicas La pareja tóxica con Music Bus, grabado en La Casamurada con Ricky Falkner de productor. Ahí ya bien, ¿no?

Ahí ya hice lo que quise. Es un disco que surge de toda esa rabia que había ido acumulando.

Es un disco más intenso y triste que funcionó bastante bien.

Sí. Hoy sigue siendo el favorito de muchos de mis seguidores. A mí me encanta ese disco. De hecho, este año se cumple su décimo aniversario. Para mí fue poner el puño encima de la mesa. Lo grabo con Ricky Falkner, el productor con el que no me habían dejado grabar en Universal, y me voy a La Casamurada con mi banda, con la que tampoco me habían dejado grabar. Además, llamé a todos mis músicos. Vino Xavi Molero; pero también Alfonso Alcalá a tocar el bajo; Sergio Sastre, que ya tocaba conmigo; Dani Vega, que también era guitarrista; Pablo Garrido… Allí tocó todo el mundo con quien tenía afinidad y conexión musical.

Zahara

Háblame de «Leñador y la mujer América». ¿Quiénes son el leñador y la mujer América?

Era el primer single con el que íbamos a lanzar este disco, y a Jesús Hernández, el realizador del vídeo se le ocurrió que, como era una canción tan corta, de dos minutos, fuese el tráiler de una película ochentera y que nosotros fuéramos dos personajes tóxicos. Entonces creamos este tráiler y dijimos que había una película que, en realidad, no existía. Solo existían esos dos minutos que habíamos rodado porque, de hecho, fue muy caro de hacer en un momento en el que yo no tenía pasta y me lo dejé todo ahí. Cada plano que aparece en el tráiler no lo podías estirar ni un segundo porque no había dinero para más. Se grabó lo que sale en el vídeo. Pero yo también entré en esa divertida mentira: iba a las entrevistas y decía que el tráiler era una película de verdad, que habíamos estado el verano rodando, que me había hecho actriz…

Creaste un hype. ¿Para cuándo la película?

Sí, sí. Llegó un momento en el que ya tuvimos que hacerla. Lo que pasa es que no teníamos dinero para hacer la película entera e hicimos un mediometraje de veinte minutos maravilloso que proyectaba en la gira «Leñador y la Mujer América» antes de salir a actuar. Fue la primera vez que tuve, si es que se puede decir, éxito. Es decir, fue la primera vez que llenaba salas de ciento cincuenta, doscientas, trescientas personas. Pero venía del supuesto mainstream con cincuenta personas en las salas. Y, de repente, con el disco más oscuro y triste y este proyecto de la película fake, las salas comienzan a llenarse y empiezo a colgar, por primera vez en mi vida, el cartel de entradas agotadas.

En 2015, publicas Santa bajo tu sello GOZZ Records. De Godzilla, ¿no?

Bueno, se llama GOZZ porque no me dejaron llamarlo Godzilla.

¿Crear tu propio sello fue un «Juan Palomo» impuesto por las exigencias de la discográfica, o fue voluntario? 

Fue completamente voluntario. De hecho, ya venía de Music Bus, que era un sello pequeño, y me di cuenta de que, si lo tienes claro, las cosas te las tienes que hacer tú. Otra cosa es que no lo tengas claro. Yo no digo que no sean necesarios los sellos. Creo que para el tipo de artista que soy —que era en ese momento— no funcionaba. Hice Santa, un disco en el que el formato físico fue revolucionario. Nadie habría invertido la cantidad de dinero que costó fabricar físicamente ese disco en un momento en el que las ventas digitales estaban en auge y se había empezado a abandonar el disco físico. En ese momento quise apostar por el formato físico, porque creo en él. Con mi disco no vas a comprar solo un CD, vas a comprar una experiencia. No te vendo solo canciones. Y se vendieron. Se vendió mucho más que el disco mainstream

Y tuviste que buscar el dinero fuera, ¿no?

Iba a pedirle la ayuda a un banco, porque no tenía dinero. Entonces, al contarle esto a uno de mis amigos, que trabaja en un banco, y pedirle ayuda, me dijo que me prestaba diez mil euros.

Él veía claro que esto iba a triunfar. 

Sí. Además, me dijo que no tenía prisa en que se lo devolviese. Le dije que lo haría en un año. Entonces, al contarle esto a otro amigo de la infancia, y decirle que ya solo tendría que pedir otros diez mil, porque con los ahorros que tenía podría sacarlo adelante, me dijo que me prestaba lo que me faltaba. Se lo iba a devolver un año y medio después y al final se lo devolví a los dos en seis meses. Ahí me quedé tranquila porque lo de la deuda lo llevaba muy mal. Aún más cuando eran mis amigos.

Un disco coproducido por ti, Sergio Sastre de Miss Caffeina, Víctor Cabezuelo de Rufus T. Firefly y un montón de músicos…

Y Martí Perarnau, que ya estaba ahí también.

Astronauta es un doble CD. Santi Balmes, de Love of Lesbian, nos dijo cuando lo entrevistamos que toda banda tiene un error admitido, que es hacer un doble CD.

Pero mi doble CD no es verdad. Es la cara B. Eso ya estaba en Santa. Lo que pasa es que no sé por qué motivo en muchos sitios aparece como doble, pero no lo es. Entiendo lo que dice Santi Balmes y estoy completamente de acuerdo: no hay que hacer dobles CD. Prefiero un disco largo de dieciséis canciones que un disco doble. No sé por qué, pero a mí tampoco me funcionan.

Aquí ya tienes himnos bastante potentes, como «Hoy la bestia cena en casa» o «Multiverso». Y, además, colaboraciones con Santi Balmes y Miguel Rivera.

Sí, porque yo en este disco oía las canciones con ellos. No es que buscara la colaboración por esta obsesión que hay ahora, que parece que si no colaboras con alguien no tiene sentido. Yo creo que las colaboraciones tienen que surgir por muchos motivos: a veces hay un interés comercial, artístico…

O amistad. 

O amistad. A mí, en este caso, la canción de verdad me lo pedía. Yo compuse «Guerra y paz» oyendo a Santi Balmes. 

Te mojaste en contra de los vientres de alquiler con «Hoy la bestia cena en casa». Te dieron también, ¿no?

No. No me dieron, y cuando alguien intentaba decirme algo negativo sobre esto, aparecía una avalancha de gente explicándole a la persona lo que estaba pasando. Generar controversia por error, por malentendidos o frases fuera de contexto me duele y ahí sí que lo paso mal porque pienso que no se me ha entendido, pero en esto no. Esto es lo que pienso y lo que siento.

Es un tema que además sigue funcionando muy bien en el directo, con casi cuatro minutos y medio de duración.

Sí, es brutal. En el bolo es verdad que está puesto en un lugar estratégico en el que la gente está ya muy arriba y entonces se vuelve loca.

¿Te llamó Albert Rivera para saber si era él o no?

[Risas] No. Obviamente en la canción hay una parte inspirada en él, más bien en sus políticas, en la regularización del vientre de alquiler, y hay otras partes inspiradas en muchos otros políticos. Es decir, para mí es una canción política, no en contra de un político. Yo no sé si se ha dado por aludido. Me río porque es mi sueño.

Lo mismo lee esta entrevista y te llama para preguntarte…

Me río también porque un día fui a tocar a Bilbao y esa misma mañana en la Ser, a las ocho de la mañana, en un espacio en el que pinchan siempre una canción asociada a la actualidad política, pusieron «Hoy la bestia cena en casa» a raíz de unas barbaridades que habían dicho Pablo Casado y Albert Rivera sobre los abortos y los vientres de alquiler. Entonces hicieron una especie de remix con sus declaraciones y partes de mi canción contestándoles, y ese día dije: «Ya está, ya no hace falta que me llame nadie». Fue muy guay.

Zahara

Hablemos de Martí Perarnau. ¿Cómo lo conociste y hasta qué punto forma parte de tu vida?

Lo conocí en 2013 porque él empezó a tocar conmigo en la gira previa a Santa. Yo me vine a vivir Madrid y necesitaba una banda, porque estaba sola. Entonces Álvaro, de Miss Caffeina, me dijo que tenía que llamar a Mucho y, como era un proyecto que también me flipaba, los llamé, y dijeron que sí. Entonces de repente ellos, Víctor Cabezuelo, Miguel de Lucas y Martí Perarnau se convirtieron mi banda. Fue en esa gira donde empezó una amistad muy profunda con Martí. Con él hablaba mucho de política y de música en la furgoneta. A partir de ahí compusimos «Hoy la bestia cena en casa» juntos. Lo hicimos porque, en un viaje a Murcia, cuando yo tenía la idea de esta canción y los textos ya escritos, él me puso su nuevo disco y escuché la canción «Putochinomaricón», que es una genialidad. Ahí aluciné y le dije: «Martí ayúdame, tengo una letra sobre los vientres de alquiler y cada vez que intento poner la música me sale una canción de cantautora». Le pasé el texto y unas semanas más tarde me devolvió «Hoy la bestia cena en casa». Ahí surgió esta conexión brutal en la que por fin puedo hacer música con alguien, porque hasta entonces yo siempre había compuesto sola, no me había atrevido nunca a compartir ese momento con alguien. Eso es lo que nos lleva a crear Juno, un proyecto de música electrónica donde descubrimos nuestra propia electrónica. Yo aprendo a tocar sintetizadores, escribimos juntos… es un proyecto de verdad al 50 por ciento.

¿Es un punto de encuentro?

Sí, y aparte para nosotros es un laboratorio musical donde vamos a descubrir cosas. No hay ninguna presión comercial porque, aunque Zahara, como proyecto musical, sea muy libre, tiene plazos, estructura, marketing… Y con Juno solo se trata de hacer canciones. Da igual si en una canción canto más yo o en otra canta más Martí, si tiene o no estribillos, si hay un interludio de cinco minutos en el que suenan máquinas…, todo está bien. Con Juno pensamos en ser aún más libres. En llevar esa libertad que sentimos y tenemos a su máximo esplendor. Entonces ahí surge ya una conexión musical muy bestia que es la que lleva y desemboca en Puta.

Digamos que la línea roja de Juno es no tocar canciones vuestras. 

Sí, un poco como hace Thom Yorke, que es mi músico favorito. Por un lado, tiene Radiohead y hace un tipo de música, pero luego puede sacar su disco en solitario y además puede hacer Atoms for Peace, que es su música electrónica. Cuando vas a ver a Thom Yorke no escuchas «Creep». O, si vas a ver a Radiohead, no se toca una canción de Thom Yorke en solitario. Eso a nadie le parece raro.

¿Cuántas veces os han pedido entonces tocar «Hoy la bestia cena en casa» en Juno? 

La pidieron al principio, pero como lo dejamos superclaro, no la han vuelto a pedir. Lo entendieron. Además, uno de los motivos por el que no quisimos mezclarlo era que el proyecto tuviera su propia identidad, que no fuera el recurso de algún promotor que, si no podía tenerme a mí, a Zahara, llamase a Juno.

Que como son dos, cobran menos.

Sí. Pero en realidad cobramos menos porque somos más pequeños y vale menos que otro más grande. También yo quería que el público que viniese a ver a Juno viniese a vernos a nosotros, no a Zahara en otro formato. Eso me encanta porque creo que lo hemos conseguido. Creo que la gente que va a vernos tocar, igual que en el primer bolo gritaron «¡Merichane!», ya no lo han vuelto a decir. 

Ahora es cuando vamos a abrir el melón: una niña modélica, la nuera perfecta que toda madre quiere tener, viene una pandemia mundial y tú petas. Confiesas que has sufrido acoso escolar, abuso sexual y maltrato psicológico. Es como un gato que ha estado lamiéndose las heridas y al final las expulsa como una bola de pelo, solo que tú expulsaste Puta

Sí. Cuando antes te hablaba de toda mi carrera, porque todo está ligado a quien yo era, nunca he querido que esto se viera, porque era asqueroso.

¿Cuándo te diste cuenta de que lo que te estaba pasando, o lo que habías pasado, lo podías plasmar en algo que se pudiese compartir? Que no fuese solamente cosa de tu psicóloga, La Benito Escribe y Martí Perarnau que, haciendo un guiño a Santa, son tu Santísima Trinidad.

Yo no me di cuenta. Lo que he observado es que ya estaba intentado hablar de todo esto desde mi tercera canción, que compongo con doce años y que se titula «Gritaré». Es una canción que habla sobre la violencia machista y que empieza diciendo: «Siento que el miedo al fin se marchó / rompo un silencio que una vez me ató», que es como una mujer que empieza a hablar de lo que le pasa. Cuando hago esa canción, se la vendo a mis padres como que la he hecho a partir de lo que hemos hablado en casa sobre la violencia de género, porque mi madre siempre ha estado muy involucrada en el movimiento feminista y se han tratado esos temas. Pero era mentira. 

Cuando tus padres descubren lo que hay, y tú les dices: «Mamá me está pasando esto», te acompañan. ¿En algún momento te dijeron: «Cuidado, esto se te puede volver en contra»?

No, nunca. Mis padres, los dos, sufren porque yo haya vivido esto. Hubo un momento que mi padre me dijo: «Entiendo que tú tengas que expresar y compartir lo que vives para que te ayude, pero entiende que eso también es complicado de gestionar». Esto me lo dijo antes de que saliese el disco. Pero una vez salió «Merichane», y empezaron a ver los comentarios, me dijo: «Mira, yo nunca entro en redes sociales y es la primera vez que lo he hecho y que he empezado a leer los comentarios de tu Instagram y me quedo con este: “Ojalá más Zaharas en el mundo”». Dentro de ese sufrimiento, ver que esto es positivo, que solo lleva a algo bueno, es muy fuerte y muy bonito. En este disco, mientras lo hago, nunca pienso en mis padres. No pienso si les voy a hacer daño, porque cuando lo he hecho ha sido malo. Es como cuando alguien te dice: «No te he contado esto por no hacerte daño». Pues habérmelo contado, porque siempre es mejor contarlo. A veces intentamos proteger a los demás a cambio de no protegernos a nosotros mismos, cuando encima es una falsa protección. No es real.

Zahara

¿Vivimos, entonces, en una sociedad de felicidad impostada en la que, cuando vemos algo que está mal, tendemos a justificarlo? Por ejemplo, en los abusos sexuales: «Algo habrás hecho, ten cuidado».

Claro, es la sociedad. Además, sucede que, por ejemplo, cuando vemos en las noticias a un abusador, no tenemos ninguna duda de que lo es. Pero si te dicen que alguien de tu círculo es un abusador, de quien primero dudas es de ella, no de él. «No hombre, pero si es muy buena persona». Ya te digo yo que todas las personas que han abusado de mí eran de cara al resto muy buenas personas. Cuando hay un abuso sexual lo normal es que sea una persona de tu entorno. El porcentaje es altísimo. 

Se valen de eso, de la confianza.

Claro. A mí no me ha hecho nunca nada malo un desconocido. Ojalá pudiera decirlo. «Es que iba por la calle y un tío que no conocía de nada…». Eso me ha dado miedo. Pero el problema es dónde ha sucedido: en los entornos supuestamente de confianza. Por eso hay que hablarlo. Yo no he denunciado públicamente quiénes han sido estas personas. Una parte de mí confía en que, si les ha llegado todo esto, si siguen haciéndolo, se lo miren. 

¿Tú crees?

No. Tuve esta conversación con mis padres, en la que hablábamos del novio maltratador con el que estuve, y les decía: «Ese hombre no lo sabe, hoy todavía no lo sabe». 

No se va a identificar.

Nunca. Va a pensar: «Uy, quién le habrá hecho eso».

«Como me entere yo…»

«Lo mato», ¿no? Encima. Es la sociedad en la que vivimos y por eso tenemos que empezar a cambiar esto, como hablábamos con la maternidad. Tenemos que empezar a hablar y acabar con el concepto de mala madre, porque todas somos madres. Hay que dejar de ponerle ese calificativo. Somos madres y lo hacemos lo mejor que podemos. Tenía una amiga que decía: «Lo hago como madremente puedo». Esa frase significa que, si esta semana no he estado presente en la vida de mi hijo, no soy una mala madre por ello. Ni buena. Soy una madre. Con lo otro igual. O hablamos de las cosas y las desestigmatizamos, liberándonos de esa culpa y de esa obsesión de estar bien y mostrar solo lo bueno, o solo vamos a perpetuar que siga sucediendo.

¿Tú crees que los padres de hoy en día estamos más sensibilizados con esos temas? ¿Tenemos más mecanismos o más recursos?

Creo que por lo menos lo intentamos. En mi infancia, el bullying no tenía ni nombre, para empezar. Eran «cosas de niños». Ahora veo que hay una atención, por lo menos el bullying tiene nombre y a veces nombrar las cosas ayuda a gestionarlas.

Si le pones un nombre estás identificando algo.

Sí, yo eso no lo veo mal.

Vamos a hablar de salud mental. ¿Tú crees que le damos la suficiente importancia? Parece que no somos capaces de admitir que necesitamos ir al psicólogo o de decir que estamos en tratamiento. De hecho, personajes públicos como Dani Martín, tú u otros artistas están reconociendo que necesitan ayuda en un momento puntual de su vida y que para eso están los profesionales.

Yo creo que las personas que tienen problemas necesitan ir al psicólogo, pero las que creen que no los tienen también. Estoy totalmente convencida de que el maltratador de mi juventud cree que no tiene ningún problema y creo que es el que más necesita ir a un psicólogo a que le digan: «A lo mejor lo que tú haces no está bien». Me decía una amiga: «Es una pena, porque las histéricas vamos al psicólogo, pero los psicópatas no». A mí me encantaría —y esto es algo que no me voy a cansar de decir y estoy aprovechando este disco para llenarme la boca con ello— que hubiera terapeutas en los colegios. Desde los tres años y por aula. Ojalá fuera un compromiso a nivel nacional con la educación. Porque creo que, si yo hubiese tenido con doce años un psicólogo o una psicóloga en mi clase a quien que no me diese vergüenza decirle lo que me estaba pasando, mi vida habría sido completamente diferente. Pero me daba vergüenza llamar a un psicólogo, porque me moría de vergüenza. No sabía a quién recurrir. Me daba vergüenza contárselo a mis padres, a pesar de que me dijesen que les podía contar cualquier cosa. Yo sentía que necesitaba a alguien que supiera cómo ayudarme. Porque eso sí que lo tenía claro: sabía que yo no podía y que necesitaba ayuda. Por eso, si integramos esa ayuda psicológica en la infancia, en la juventud, los adultos del futuro no estarán hablando de que van al psicólogo porque tienen un problema, sino de que vienen de la revisión del psicólogo como de la del fisioterapeuta. Sería algo maravilloso. Para mí ir al psicólogo ha sido un lujo en el que he invertido. Pero que la salud mental tenga que ser un lujo, que esté asociado a que solo unos privilegiados se puedan permitir, cuando debería ser como una analítica que te hacen en el médico… Aparte, si no está en la educación, ¿cómo vamos a pretender que no haya bullying, acoso, machismo, si no tenemos personas profesionales que se encarguen de detectarlo y de gestionarlo? Una cosa que siempre he sentido —y luego los estudios me han dado la razón— es que, igual que yo sufrí bullying por una inseguridad en mí misma, el que ejerció bullying conmigo tenía el mismo problema que yo. Solo se sentía bien haciendo sentir pequeños a los demás. En muchas ocasiones, víctima y maltratador tienen como origen en su la falta de amor propio. 

Zahara

«SANSA» es una canción que hiciste sobre el maltrato psicológico, que es un maltrato invisible, pero el más terrible porque te anula, no deja huella, no es visible, pero te destroza. Entonces tuviste una etapa vegetativa de no componer, de no cantar.

Sí, dos años y medio. Aclaro que el peor maltrato es el físico; tiene unas consecuencias directas que pueden ser la muerte. Lo que ocurre es que el maltrato físico es muy difícil que se dé sin el psicológico, que es la base de todo, por eso digo que es el más terrible. Si tu anulas el maltrato psicológico, es muy difícil que llegue el físico, porque la persona que te maltrata físicamente primero se ha encargado de anularte. Esa anulación es la que permite que pase todo lo que pasa después; la que impide a las mujeres irse de sus casas; la que le genera esa dependencia con el maltratador; la que les hace perdonarlo porque sienten que les compensa. Yo he oído esa frase de: «Si mi marido me pega una hostia yo lo denuncio, no voy a ser la tonta que aguante eso». Encima le echamos la culpa a la mujer maltratada por ser la tonta que aguanta que le peguen. No va así. A lo mejor esa mujer no es tonta. A lo mejor esa mujer no ha tenido absolutamente ningún recurso para pararlo. Entonces, o ponemos el foco ahí, o seguirá pasando lo mismo. Por eso para mí era fundamental hablar de la salud mental, porque tiene que ver con todo lo que no se ve, que, además, es más difícil de demostrar. Porque, ¿cómo llegaba yo a urgencias? ¿qué les decía? Yo no sabía de qué manera denunciarlo, si de cara al público mi maltratador era la mejor persona del mundo, ya que obviamente él no iba a tratarme mal delante de nadie. Nunca.

Puta. Una palabra. Dos sílabas. Cuatro letras que pueden condicionar toda tu vida social y sexual. 

No somos conscientes del daño que hacemos cuando agredimos verbalmente a alguien. 

Además, tú has estado en los dos grupos. Volviendo a las frases religiosas: «Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado».

Claro, que te hayan llamado puta no te exime de haberlo llamado tú. Sobre todo, de haber querido hacerlo. Yo no tenía alternativa. Yo estaba en el grupo de las tontas, de las eran objeto de las risas. Y donde yo quería estar era en el grupo de las listas, de las populares, de las que se reían de los demás. No somos conscientes de ese daño, porque yo, a los doce años, que no me había ni besado con ningún chico, como me llamaban «puta», pensaba que ya no podría hacerlo nunca. Porque si sin hacerlo me lo llamaban… No sabía cómo relacionarme con ningún hombre. 

Eso fue para ti un shock, ¿no? 

Sí. Además, es que hacía algo que me parece incluso más terrible: intentaba justificar que me llamasen así. Pero no encontraba los motivos. ¡Si ni si quiera me había liado con nadie! Cada vez que me acercaba a un chico, si me gustaba alguien y tonteaba, pensaba: «Me van a llamar puta». Entonces, no lo hacía. Dejé de relacionarme con chicos. Llegué a creer que era lesbiana porque me daba asco y miedo relacionarme con los hombres. Ahora me doy cuenta de que algo estaba muy jodido dentro de mi cabeza. Por eso voy con esta banda en la que pone «Puta» por la vida. Porque esto es lo que pasa cuando llamas puta a una mujer. Esta banda de puta te acompaña hasta para cagar. No te la quita nadie.

¿Te ha llamado alguien de Universal para decirte que no los metas en tus mierdas?

No, pero seguro que no están contentos. No quiero que me llamen. No necesito que nadie me llame. En este disco son los únicos que menciono. Fui muy elegante y menciono el sello, pero podría haber dado nombres propios. También te digo: para ellos ya era un grano en el culo. ¿No me ves? Todo el rato queriendo cosas, sabiendo lo que quería, teniendo ideas… Era un coñazo.

Taylor Swift y su adicción a lo desconocido, por recomendación de Martí, te ayudó mucho. ¿Te gustaría que te llamase Taylor?

Sí, claro. Sería un sueño. Esta mujer me ha cambiado muchas cosas.

Pero igual que ella te cambió a ti, ¿piensas que tú puedes estar cambiando la vida de otra gente?

Sí, porque me lo dicen. Si no, a mí me cuesta mucho verlo. Aunque yo esté bien conmigo misma, creo que siempre me va a perseguir esa tendencia a autoempequeñecerme. Esto viene mucho de cómo se educa a las mujeres. Una mujer no puede decir: «Qué bien me va, qué éxito tengo, soy la hostia».

Eso es un poco educación, pero sobre todo también religión. Siempre estamos pensando en la culpa.

Claro, obviamente. Eso es algo que me quiero quitar, porque no sirve para nada. Pero es verdad que, cuando leo que a la gente le pasa conmigo lo que a mí me pasó con Taylor, me hace muy feliz. Saber que esa felicidad que yo siento gracias a Taylor se la estoy provocando yo a otras personas me hace alegrarme mucho por ellas. 

¿Y tú te sientes querida por el resto de los músicos? ¿Has sufrido machismo en la industria?

Por parte de mi equipo, sí me siento muy querida. Siento que hay mucho respeto, compañerismo y admiración. Pero también he sentido un machismo brutal dentro de la industria por parte de mis compañeros y compañeras, como yo he sido machista con otras compañeras cuando las he percibido como mi competencia. He sabido cómo han hablado de mí, única y exclusivamente de una manera sexual y sobre mi aspecto físico. Sé que cuando he conseguido cosas o he montado mi sello, los adjetivos que habría tenido si hubiese sido un hombre habrían sido: «Qué valiente» o «Vaya jefaza», cuando los que recibí fueron: «Uy, qué ambiciosa», siempre con un retintín o una connotación peyorativa. Eso, quitando que hablamos de una industria monopolizada por hombres, por lo que la única manera de liderar entre ellos es comportándote como uno de ellos. Esto es algo de lo que no se habla mucho, pero que está muy presente. Yo he tenido la sensación, como mujer, cuando estaba en una furgoneta con once tíos, que me llevaba a un escenario en el que iba a haber veinte hombres y que cuando llegaba a mi camerino solo llegaban más tíos, que la única manera de desenvolverme ahí no era desde la empatía, desde la dulzura o desde el acompañamiento; era desde la agresividad, la sexualidad y atacando. Haciendo bromas machistas, sexuales y siendo aún más bestia que ellos. Tenía que liderar desde la brutalidad. Y eso es lo más machista que creo que hay. Porque hay algo de la educación femenina que es muy positivo, como la empatía o el cuidado. Ahora lidero desde ahí, pero me ha costado muchísimo.

Zahara

Has participado en diferentes programas de televisión, casi siempre relacionados con la música. ¿Crees que se le da la suficiente importancia a la música en la televisión?

Sí y no. La evidencia es que, en las franjas horarias de mayor audiencia, en el prime time, no se le da importancia. Pero creo que, a pesar de eso, hay mucha gente en la industria de la televisión peleándose por que eso no sea así. Por ejemplo, surgen canales diferentes, como Movistar+, en el que tienen sesiones musicales, yo misma he hecho programas como Canciones que cambiaron el mundo. También La 2 con La Hora Musa, un programa en el que también he participado. En Buenafuente siempre hay una actuación en directo… Por eso digo sí y no. Lo positivo es que hay mentes creativas y poderosas dentro de la industria de la televisión que aman la música y se están esforzando por que tenga más visibilidad. Otra cosa es que, cuando hay música en prime time, suele ser un talent show, donde lo que importa no es la música, sino el reality.

¿Cómo fue tu experiencia como profesora en Operación Triunfo?

Maravillosa, a muchos niveles. Primero, porque para prepararme las clases de Cultura Musical me tiré meses solo escuchando música y leyendo libros de música, hablando de música, estudiando y viéndome documentales, charlas TED… Aprendí tanto que ya me daba igual que no me escuchase nadie en la clase. Fue muy guay tener la excusa de impartir clases para, en realidad, aprender de algo que me apasiona. Porque la vida va tan rápido que no tienes tiempo de pararte a leer un libro de David Byrne sobre la música. Por otro lado, me gustó mucho la experiencia en sí misma de estar con los concursantes. De ver cómo podía colarme en el imaginario musical de estas mentes artísticas jóvenes que van a hacer música en el futuro. Y no solo de ellos, sino también de los jóvenes que estaban en sus casas viéndonos.

Pero ¿tú crees que se puede fabricar artistas en serie? ¿Un artista nace o se hace?

No creo que se puedan crear artistas en serie. Creo que la propia Academia no tiene esa vocación. 

Salvo en la primera temporada, que a todos les sacaron carrera.

Claro. Pero creo que ya son más conscientes de la realidad, y de hecho lo dicen mucho. Que allí los preparan para un posible futuro en la música que quizá algunos tendrán, pero la mayoría no. La mayoría no va a pasar, porque es imposible. En ese sentido, creo que eran conscientes. Otra cosa es que al final haya un talent show, un reality, y una empresa que quiera ganar dinero, que quiere vender y ganar audiencia. Por lo que obviamente hay muchos intereses detrás. Lo cierto es que, tal y como yo lo viví, a lo que yo iba era a darle Cultura Musical a los concursantes. Es decir, dentro de un talent show hubo alguien que quiso que yo enseñase historia de la música, dándome total libertad para hacerlo. Eso es muy valioso. El hecho de que una persona como yo —que soy independiente y no tengo muchos pelos en la lengua— hable en ese talent show de las mujeres en la música, de machismo en la historia de la música, de música electrónica, de grupos que allí nadie conocía y, también, que ellos preguntaran me hacía pensar que valía la pena. Esa era mi única meta: que tuvieran curiosidad, porque es lo que les va a hacer libres si tienen un futuro en la música.

Tienes también una faceta de escritora. Trabajo piso pareja y Teoría de los cuerpos. ¿Habrá un libro que complemente a Puta?

No lo he pensado. Hay gente que me ha preguntado por qué Puta es un disco y no un libro. Y es simplemente porque me salió así, es algo que yo no decidí. No sé si tendría sentido un libro. Lo que sí tengo en mente es que, junto a mi fotógrafa, Noemí Elias Bascuñana, que lleva haciéndome fotos más de diez años, tengo una colección de fotos que nadie ha visto, y me imagino que cuando cumpla cincuenta o sesenta años quizá publique esas fotos en las que salgo embarazada, dando el pecho, de bolo…, que son muy naturales y no tienen nada que ver con lo estético, y las acompañe de un texto en el que desarrolle cosas que he vivido o de las que he hablado en este disco. 

¿Y si tu hijo quiere ser artista el día de mañana?

Esa pregunta me lleva a dos respuestas. Una: él ya es artista. Es músico, es creativo… Creo que a veces con los niños tenemos cierta prisa con esa proyección de qué será, como si ahora no fuera. Él ahora hace sus creaciones, por ejemplo, tiene una pared llena de pegatinas que es su obra del confinamiento, crea con las plastilinas, a veces toca un piano que tiene en miniatura… Ahora mismo es eso, y quizá mañana ya no quiera serlo. Y dos: me da igual. Me gustaría que fuera lo que él quisiera. Pero sí creo que la creatividad es tan valiosa y tan positiva que ojalá la tenga incorporada en su vida. Me da igual de qué manera. Puede ser abogado, pero si es creativo, será feliz y será muy buen abogado. O puede ser carnicero, pero si es creativo, será muy buen carnicero. Y si es cocinero, le pasará igual. Creo que lo único que le salvará la vida será la creatividad.

Zahara

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3 Comentarios

  1. Gallego Rey

    Su carrera arranca con una gran carga emocional a sus espaldas conformada por el bullying y el maltrato (…)
    Me vais a perdonar, pero estoy harto de que se presente a alguien de este modo. Tal vez me pierda una entrevista fantástica pero, toda vez leído ese párrafo, lo demás no me interesa en absoluto.

  2. El oyente hastiado

    No es que no nos afecten los problemas ajenos. A mí lo que me sorprende y ya hasta me hace gracia, es que llegue un punto en que la artista reivindique el recuerdo de su abuso para exhibirlo como el leit motiv de su obra para reclamar más atención. Y si no comulgas como tal o lo cuestiones, ya te ponen la etiqueta de «-ista» de turno.
    Hay por youtube un concierto en Radio 3 de esta señora que es demencial. Después del primer tema, los propios presentadores piden al público que levanten la mano los asistentes que se han sentido así. Zahara es una artista que ya canta sobre los raíles ideológicos del poder. Nada de ir a la contra, nada de cuestionar. Caca, culo, pedo, pis y ahora enseño una teta porque quiero llamar la atención.
    Me sorprende por qué en lugar de dejar caer que abusaron de ella en el colegio/Universal/donde sea, no acude directamente a la policía a denunciar el hecho. Eso ayudaría de verdad al resto de mujeres que tienen que vivir (esta vez de verdad) esas desgracias. Pero claro, eso no vende discos.

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