
Ser niño durante los ochenta y noventa suponía tener la cabeza como unas maracas intentando sobrellevar la incertidumbre ante el mundo del entretenimiento.
Los más jóvenes no os lo vais a creer, pero en aquellos años la única forma de intuir si un estreno cinematográfico valdría la pena pasaba por intentar adivinarlo al ojear los fotogramas que se colgaban junto al póster de la película, por observar sin parpadear el anuncio televisivo de diez segundos del film, o por llegar temprano a las proyecciones para saborear quince minutos de tráileres previos y cantar a gritos, en comunión con toda la sala, la cabecera de Movierecord.
En el mundo de los videojuegos la cosas estaban peor a la hora de distinguir el oro de la chatarra: durante la época de los ordenadores de ocho bits muchos juegos se compraban solamente por sus fantásticas portadas, algunas de las cuales eran auténticas obras de arte, o, si acaso, tras tratar de descifrar el pantallazo a mal tamaño y peor resolución que incluían algunas casetes en su parte trasera. Ejecutarlos en casa y contemplar lo poco que se parecían los cuatro píxeles de la pantalla a lo que anunciaba la cubierta sí que era un downgrade difícil de masticar, y no lo que ocurre con los tráileres actuales.
En ambos casos, en el cine y en los videojuegos, existía el recurso de asomar la cabeza por el quiosco para consultar revistas especializadas. Pero las publicaciones sobre cine tendían a la altanería, el esnobismo y eran poco dadas a reconocer que un blockbuster palomitero podía ser algo digno. Como muestra, el botón: en 1997, en un libro recopilatorio de las críticas especializadas con más renombre de España, se sentenció de manera casi unánime que la peor película del año era Men in Black. Y mira, por ahí no.
En el tema de la prensa de videojuegos la cosa también estaba complicada, publicaciones como MicroHobby o Micromanía arrancaron siendo bastantes justas y exigentes a la hora de evaluar el software lúdico, pero a la altura de Hobby Consolas daba la impresión de que los redactores vivían bajo la amenaza de que les cortarían los dedos si algún juego sacaba una puntuación por debajo del ochenta por ciento. Las acusaciones de maletines henchidos de billetes circulando por las redacciones eran graciosas, pero absurdas. El problema no es que en Hobby Press estuvieran comprados por todas las compañías del mundo, sino que eran redactores en un mundillo nuevo que no podían evitar fliparse mucho con cualquier cosa.
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¿»Commando» no tenía los derechos? Porque era un juegazo para la época.
Juegazo. Precisamente era original y luego llevado al cine. Vamos, que la peli era una adaptación del juego.
No, no tenía nada que ver el uno con el otro. Fue casualidad que ambos se llamaran igual. No es la primera vez que ocurre en videojuegos de los años 80.
La primera película basada en un videojuego fue Super Mario Bros, de 1993. Una película en la que, por cierto, se ofreció el papel de Rey Koopa al bueno de Arnie (que rechazó, y menos mal…)
Muy buena nota.
Agregaría el «Alien vs Pedator» de Capcom en el que podías jugar con el personaje del Mayor Schaefer.
Vaya currada para un tema tan aburrido. He llegado a la mitad que ya es un logro del articulista. Enhorabuena.
Yo también llegué hasta la mitad. Ni me gustan los videojuegos ni las pelis de Schwarzenegger (bueno, Desafío total me encanta). Pero reconozco que el artículo tiene su encanto si tienes 40-50 años y te interesaban estos temas.
El «The Running Man» también salió para MSX. Pero vamos, que no, que mejor no lo digáis, que ese lamentable engendro se lo queden otros sistemas…
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